Gerónimo Pose recorre la filmografía del artista plástico y animador György Kovásznai
Bubble Bath, dirigida por György Kovásznai en 1979, aparece en nuestra visión con paisajes urbanos e industriales estáticos, como lienzos frescos a los que no se les permitió secarse adecuadamente. Los espacios interiores están vivos, se contorsionan y hacen bailar a las paredes al ritmo de bongos, notas ejecutadas en un bajo espeso y un piano que recuerda al café concert del siglo XVIII.
La película se abre con un monólogo musical sobre la biología dictado por una profesora: protoplasmas, circulación sanguínea, metabolismo, ácido desoxirribonucleico. Irrumpe una big band de jazz que perfectamente podría ser compañera de Tom Waits. La profesora, de pollera roja, lentes púrpuras y camisa blanca se pasea por el departamento abrazando sus sillones y desplazándose a un tempo inhumano, animatrónico.
Un aire de psicodelia, acompañado por las líneas sutiles y sensuales de un saxofón, irrumpe en la escena y lo atraviesa casi todo: personajes, objetos aparentemente inertes, colores, formas, el espacio-tiempo. Me hace pensar que sería bastante difícil no caer en esos recursos lisérgicos a la hora de hacer una película animada que busca mezclar la realidad con la fantasía. Los diálogos parecen ser el único cable a tierra, tenso y metálico, que otorga ese factor de realismo a la película.

Los momentos musicales juegan con la comedia e introducen cuestiones más existencialistas a través de interpretaciones desopilantes y figuras que ahondan aún más en esa psicodelia deformada, invitando al espectador a navegar en planos y profundidades que no logran ajustarse a ninguna superficie y parecen estar en constante incomodidad. Todo está envuelto en una atmósfera oscura, un ácido que pega muy mal, como si se tratase de una pesadilla, y ahí es cuando el humor o la incorreción política irrumpe para lograr el balance que evita que la ansiedad se apodere de tu cuerpo. Hasta las boquillas de los cigarrillos tienen una dimensión desproporcionada, emulando la de un sable de batalla. Constantemente, como espectadores, nos vemos atacados por situaciones nuevas a un ritmo exasperante, algo que comparten muchas películas animadas de los años 70, que a su vez es herencia del cine animado de los 60. Y es que la locura visual llega a impactar y puede generar rechazo, disgusto y distraer del tema principal. Las imágenes caleidoscópicas le dan libertad expresiva a las figuras humanas que se destruyen y se transforman dentro del mismo número musical. Nadando entre el cubismo, el fauvismo y el surrealismo, tintes histriónicos de pop art y la abstracción geométrica, la película pinta un paisaje sumamente extraño que al mismo tiempo, gracias a estas referencias pictóricas, se mantiene reconocible.

György Kovásznai, el artífice de esta locura expresionista, nació el 15 de mayo de 1934 en Budapest, Hungría. Criado en una familia adoptiva, Kovásznai conoció la pobreza a una temprana edad, cuando su padre adoptivo fue enviado a la guerra en 1944, lo que llevó al resto de la familia a la pérdida de su casa y demás bienes personales. Estudió artes visuales durante un corto periodo, abandonando la carrera para trabajar como minero durante un año y medio para «tener más contacto con la clase obrera», según su biografía Kovásznai, Painting and Animation. Más tarde fue crítico de arte y cine en Nagyvilag, diario cultural de Budapest, al mismo tiempo que se agenciaba una importante notoriedad en el circuito por las reuniones semanales que organizaba junto a su mejor amigo, encuentros ilegales en caserones destruidos de la ciudad para las personalidades de la escena avant garde de Hungría. Posteriormente se supo que este amigo le pasaba información a inteligencia sobre las ideas que tenía Kovásznai acerca del rol del proletariado en el arte y la importancia de impulsar un arte obrero. En 1961 comenzó a trabajar en el Pannonia Film Studio, el principal estudio cinematográfico que existía en Hungría en ese momento. Allí realizó 25 cortometrajes, una mini serie de televisión y un musical. Ninguna de estas obras fue exhibida en vida, al igual que su trabajo como pintor, solo vieron la luz de forma póstuma.

El trabajo de Kovásznai estuvo siempre atravesado por el Marxismo, presente siempre en escenas donde se miran a sí mismas la primavera y el verano del 68. Es una obra en constante conflicto con el régimen de turno y con las ideas del totalitarismo y la desigualdad, que su autor conoció bien de cerca. El sociólogo húngaro Ferenc Hammer alega que la obra de Kovásznai nos hace «mirar la mirada», entender al oponente y así comprender también su lucha. También se puede ver un lado más satírico en sus otros largometrajes, como ‘’This is just fashion’’ donde con la ayuda de personajes un tanto más figurativos reflexiona sobre la moda, las tendencias y las costumbres de la época. Con un estilo cargado e intenso que sumerge y obliga a deambular por óleos disonantes y diáfanos, aunque elegantes dentro de su mar de caos, Kovasznai fue primordialmente un pintor que encontró en el cine una manera de extender la vida útil de un lienzo.

En The Song Of The French Revolution, el director recurre a esta idea de actividad en constante circulación que recuerda especialmente a la contemporánea Loving Vincent. Intenta resumir la revolución francesa en un breve e intenso lapso de 9 minutos donde por supuesto, debido a su duración tan exigua para con un tópico tan complejo y extenso, se pasa por alto grandes momentos del hito histórico, pero que deja ver, como declaración una vez más, el pensamiento y la intención del artista.
Como última mención, el cortometraje Memory of the summer of 74 se apoya en la creación de figuras que nacieron como parte de un óleo aislado y presenta una «interpretación subjetiva» del día a día en los años 70 en Budapest, mostrándonos a un Kovásznai más sensible y empático con el entorno. Aquí, el ser humano es producto de las decisiones políticas de unos pocos, y estas lo apresan en un rincón, seduciéndolo u obligándolo a colocarse los grilletes y a sofocar la visión, sin dejarles respiro para reflexionar sobre su propia realidad o intenciones. El piloto automático, la alienación, el cansancio.

Otra obra del director húngaro que no quiero pasar por alto es Nights in the boulevard, que sigue a un poeta abandonado mientras deambula por lugares estrafalarios, siempre ubicados en el boulevard. Como en ese Dirty Blvd de Lou Reed, también parece inspirarse en la bohemia y el desamparo que recorre el poeta en las noches oscuras y cerradas de Budapest. Allí, en el film, aunque también en la canción, el boulevard es un lugar de encuentro, de búsqueda noctámbula y una forma de vida. El protagonista va saltando de un lugar a otro, de una conversación a otra, poniendo énfasis en la observación como el único trabajo del poeta, arrastrándolo así a insaciables descubrimientos. La banda sonora es exquisita, como lo es usualmente en la obra de Kovásznai: el jazz y la noche como nunca antes había sido cincelada en la animación.
Disociada de la realidad, evadida y elevada en atmósferas lentas y acuosas de personajes extraños y deformados, la animación se vuelve un arma potente, liberadora de la imaginación. El alcohol y los cigarrillos son el combustible que direcciona las fantasías hacia sonetos espaciales ilustrados por texturas contrastables y un argumento que no logra desprenderse del todo y parece navegar de forma incierta, nunca arribando a un puerto en concreto. Perdido en el océano de la noche.

György Kovásznai fue un artista muy vinculado con las problemáticas sociales y políticas que no se cansó de la experimentación. Encontró la libertad en la expresión animada, película tras película se fue reinventando y ahondando en formas de expresión que nunca eran cómodas. Hallamos este espíritu en sus pinturas expresionistas, muestrario insaciable de personajes icónicos en constante actividad, miradas obtusas que propagan una incomodidad palpable en la pantalla.

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