Cuaderno de Afuera: «Resucitar al espectador», por Clara Vázquez Vila 

Durante los últimos cinco años desarrollé la capacidad de adivinar con sorprendente exactitud qué tanto me va a gustar o no una película. No es una habilidad excepcional, lo sé, se necesita muchísima menos información de la que da un tráiler para formar un prejuicio más o menos acertado sobre una película. Tampoco es algo que disfrute, en realidad desearía que más películas me sorprendan. Es más emocionante entrar a una sala de cine y no saber qué voy a estar sintiendo cuando salga, pero de todas formas no reniego demasiado de eso porque no puedo (o siendo honesta, no quiero) esquivar la información mínima necesaria para saberlo. Además, a veces es bastante útil saber qué esperar: las películas que me sorprenden y contradicen mi prejuicio inicial, para bien o para mal, suelen convertirse en mis favoritas, o en mis más odiadas. Algunas que sé que me van a gustar las dejo para los días en que las necesito, y las que anticipo que no voy a disfrutar pero igual elijo ver las dejo para cuando estoy de buen humor, o cuando me quiero enojar. 

Sabiendo exactamente qué esperar, o sea, no mucho, en enero fui a ver Priscilla (2023). Al igual que Barbie (2023), fue recibida con gran entusiasmo por parte del público femenino, por ser considerada una película para “las chicas”. Las girlies, si se quiere. No voy a detenerme hoy en todo lo que eso implica. Dirigida por una directora respetada y muy querida, con un diseño de producción cuidado y precioso, con una protagonista femenina que le permite a la historia explorar superficialmente cuestiones feministas pero sin escarbar demasiado por debajo de eso, la película huye de cada lugar mínimamente incómodo o controversial al que se asoma. Quiere contar una historia que ya conocemos desde otra perspectiva, la de Priscilla, pero la puesta en escena cae una y otra vez en formas muy trilladas de filmar las diferentes situaciones que vive la protagonista: escenas de consumo de drogas como se supone que debe ser una escena así, secuencias de fiestas en la piscina con amigos que se filman entre sí, el infaltable montaje de la llegada a Las Vegas, etc.; nada de esto permite un verdadero acercamiento a la protagonista y lo que siente más allá del hastío, la angustia y la soledad que siente en su vida como la esposa de Elvis Presley, que se subrayan hasta el hartazgo. Insinúa contradicciones y aspectos inquietantes, más complejos, que finalmente no desarrolla. 

Además de ser aburridísima, Priscilla parece hecha, como Barbie, para que Netflix la ponga en una categoría de cine sobre mujeres y que las chicas de Twitter con un emoji de moñito en el nombre posteen screenshots y frases sueltas y hagan hilos hablando de por qué es una película feminista. Lo que he leído de la discusión al respecto de Poor Things (2023) (no la vi) viene más o menos por el mismo lado. Críticos y espectadores intentan resolver si es feminista o no, para amarla si lo es y odiarla si no. No es un problema que una película tenga un “mensaje” o explore un tema desde una postura marcada, lo absurdo es exigirle que marque su postura explícitamente con el objetivo de interpretarla a partir de eso. Es básicamente pedirle al texto que haga el trabajo por nosotros. Veo este fenómeno crecer a un ritmo alarmante en la comunidad cinéfila online: en medios especializados, redes sociales y páginas de influencers de cine. Pareciera que las únicas lecturas posibles son las que se desprenden inmediatamente del texto. ¿Por qué, como espectadores y como críticos, limitaríamos nuestra lectura a lo que el autor quiere decir? Es una actitud que no favorece a la obra, ni al autor, ni al público. 

En Contra la interpretación (1966), Sontag escribe: “Al reducir la obra de arte a su contenido para luego interpretar aquello, domesticamos la obra de arte. La interpretación hace manejable y maleable al arte”. No habla precisamente de esto, pero sirve para pensar en esa necesidad desde la recepción de las películas de resolver el “mensaje”, determinar si son feministas y quedarse en eso; y la voluntad de parte de las autoras de filmar apuntando a esta clase de prácticas de interpretación.

Este modo de representación parece ser de los pocos que tienen lugar en Hollywood actualmente. Quizás sea una cuestión de cobardía de parte de los y las realizadoras o de las productoras. Hollywood siempre produjo para las masas, pero filmar una película con intenciones de que sea vista y disfrutada por la mayor cantidad de gente posible no siempre significó sacrificar cualquier tipo de contenido o forma que el público pueda encontrar desafiante, incómodo o difícil de resolver. Entonces ¿fue la industria la que cambió, o fue el público?

En lugar de adoptar la postura derrotista (y bastante alejada de la realidad) que sostiene que “el cine murió hace, mínimo, 20 años”, sería provechoso pensar en el rol del espectador y su reciente transformación: los espectadores dejaron de pensarse como tales para pasar a considerarse “consumidores de medios”. Estudiar las posibles causas o determinar el momento exacto en el que este cambio comenzó a darse es tema para una investigación más seria, aunque no descarto que este sea un problema que solo existe para la gente extremadamente online (yo) y que no tiene mucha relevancia en el mundo real (ojalá). Quizás haya tenido que ver con el advenimiento de las plataformas de streaming y el aumento de la oferta audiovisual, quizás sea otro de los tantos efectos secundarios de la pandemia y los estragos que causó en nuestros neurotransmisores durante esos meses de scrollear sin fin, o quizás (seguramente) vaya mucho más allá de eso, pero el cambio en las formas de recepción de las obras ya se está reflejando en los modos de representación actuales. 

Para poder hablar de esto, primero es necesario establecer una distinción entre ambas maneras de vincularse con las obras de arte. Dentro de este criterio estoy teniendo en cuenta, más que a las personas que casualmente ven series y películas, a las que de una forma u otra nos dedicamos al cine, sea como realizadores, como estudiantes, como críticos, como influencers incluso, o como cinéfilos. 

Por un lado, el espectador tiene un rol activo en la construcción del sentido de las obras de arte, y no espera que lleguen a él, sino que sale a buscarlas con curiosidad y entusiasmo. Es crítico de las obras que lee, mira, escucha, presencia. No entra al cine esperando que la película que está por ver reafirme sus propias creencias sobre el mundo, y está dispuesto a todo lo que le puede ofrecer, más allá del entretenimiento. El consumidor, por otro lado, tiene una actitud mucho más pasiva frente a las obras que, en su consumo, homogeniza. Sus lecturas suelen ser más literales e inmediatas. Adopta una postura anti intelectual, tildando de pretencioso a todo texto que pueda desafiarlo u obligarlo a salir de su zona de confort, que se hace más y más chica. A cualquiera que no comparta su forma de ver el cine o que critique negativamente una película que le gusta lo acusa de “no dejar que la gente disfrute de las cosas”. Su gusto aniñado lo hace volver constantemente a las películas y series de su juventud, un impulso que la industria le alimenta con reboots y remakes mediocres, poco inspirados y vaciados de todo lo que hacía buenos a los originales. 

No puedo concebir que semejante vínculo con el cine pueda ser satisfactorio o enriquecedor, que tantas personas que se autodenominan cinéfilas quieran que el cine sea lindo y fácil y entretenido siempre. Entiendo que alguien que llega de trabajar todo el día quiera prender Netflix, poner la primera serie que aparezca y apagar el cerebro un rato, de nuevo, no es esto de lo que me quejo. El cine puede cumplir esa función y sabe hacerlo muy bien, pero si quienes nos dedicamos a él (ya sea por nuestros estudios, profesión o intereses personales) no le exigimos más, ni permitimos que exija más de nosotros ¿quién va a hacerlo? 

A todo esto se me podría replicar ¿para qué? ¿cuál es la necesidad de exigirle algo más que entretenimiento al cine? La respuesta es que no tiene que haber un para qué (aunque los hay). Claro que no es necesario, pero la experiencia humana es más hermosa y vale más la pena vivir en un mundo donde el arte tiene la capacidad de conmover, de hacer pensar cosas nuevas, de hacer surgir nuevas obras; donde las películas son más divertidas y más graciosas y más emocionantes o más inteligentes y mejor pensadas y más inquietantes. Eso debería bastar. Debería ser suficiente la voluntad de ver otra cosa más que toneladas de películas olvidables y desabridas que ya vienen con el efecto pre producido, el mensaje pre reflexionado y la lectura pre direccionada en un sentido predeterminado. 

Para no acostumbrarnos a mirar complacientemente es sano, cada tanto, desafiar el gusto. Abrazar la posibilidad de pasarla mal un rato, aburrirnos incluso. Tener curiosidad por lo que nos es ajeno. Porque querer ver únicamente lo que sabemos que nos va a gustar y lo que conocemos es una manera de borrarnos como espectadores y olvidar todas las formas diferentes en las que como tales podemos apropiarnos de una obra, más allá de si nos gusta o no. Hay un disfrute enorme en toda la parte del contrato con el texto que nos involucra como participantes activos. Volviendo a Barbie y Poor Things, no hace falta que una película sea feminista para que podamos encontrar algo en ella que nos permita pensar en la realidad de ser mujeres. De hecho, es mucho más interesante ver qué dicen “sin querer” las películas (en especial aquellas que tienen un interés tan marcado por ser interpretadas de una única manera), y cómo estos hallazgos las hacen crecer, que quedarnos únicamente con las intenciones autorales para tratar de reducirlas a una etiqueta. 

Hay muchísimos realizadores y realizadoras apostando por modos de representación que exigen formas de recepción distintas al de consumidor-contenido. El problema es que, dentro de este tipo de vínculo con el arte que unifica todo lo que entiende por “contenido”, el consumidor intenta ver todo con los mismos ojos. Al acercarse a todas las películas desde el mismo lugar y forzar el mismo tipo de lecturas, no importa qué tan disruptiva, provocadora, inteligente o novedosa sea una obra, va a ser reducida a una idea más o menos sencilla y fácil de comprender (por mucho que se aleje del texto) y vamos a tener que leer las peores takes del mundo de parte de gente a la que no le tiembla el pulso a la hora de despachar dos horas de película reduciéndola a un chistecito quirky para postear en Letterboxd. 

Como espectadora y como mujer terminalmente online, quiero creer que es posible romper esta lógica de consumo y encontrar formas un poco menos superficiales de disfrutar del cine. Que podemos aunque sea intentar escapar de nuestras cámaras de eco cuidadosamente curadas, para desarrollar miradas críticas que desconfíen más de los textos a los que se enfrentan, y que podemos hablar de todo esto desde un interés y amor genuino que no reduzcan el cine a “contenido”. Pero por ahí estoy siendo demasiado pretenciosa.


Acompaña esta nota un fotograma de The Band Wagon (1953), dirigida por Vincente Minnelli.

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