Félix Pérez destaca algunas de las películas más notables de su recorrido por el 42º FCIU
El paraíso sería algún tipo de festival de cine. Sin embargo, más allá del placer de ver todos los días por lo menos una película buena, uno podría sospechar que este método de visionado es parte del consumismo reinante: precisamos estímulos, devoramos algo y lo dejamos atrás para pasar a lo siguiente. Como reels y videos de TikTok. ¿Pero acaso varias de estas películas no quedan con nosotros? ¿No seguiremos pensando en ellas después que la luz de la sala se prenda?
El imaginario del siglo XX es, en gran parte, cinematográfico. Las cosas cambiaron y el cine no sigue ocupando la centralidad discursiva que supo tener, ni siquiera sabemos muy bien cómo hablar sobre él (¿está evolucionando? ¿cómo? ¿hacia dónde? ¿qué es?). Pero se siguen haciendo grandes películas: un viaje por el Vietnam católico, una desesperación por el rapto de un niño por el Papa, los fantasmas de Recife, sus cines; una vuelta alrededor de un cementerio argentino. Y sobre todo, el cine sigue siendo una forma de acceder al mundo, de habitarlo. Los festivales son la mayor prueba de esto.

Eureka (2023), de Lisandro Alonso
Una primera parte interesante y una segunda parte genial. En estas, el director Lisandro Alonso se adentra en la reserva de Pine Ridge, que parece ser un verdadero infierno sobre tierra. Quizás, al no ser estadounidense, puede ser honesto y no idealizar esta población oprimida sistemáticamente desde tiempos de la conquista. Sin embargo, entre la violencia, los casinos, la droga y la pobreza deambulan ángeles, o simplemente humanos que no parecen tener lugar en estos Estados Unidos tan deshumanizantes.
El problema de la película viene en la tercera parte. El director hace pasar un recurso narrativo por una posición metafísica, lo que desacredita en gran medida la tercera parte, y en definitiva, gran parte del film. Así para Alonso las creencias de los “pueblos originarios» (una terminología de agrupación de diferencias tan dudosa como la película) son intercambiables, lo que parece corresponder más bien con una necesidad de unir las historias que con una postura sobre la vida más allá de la muerte. Uno tiene que creer en los milagros de las películas, por más que no sea creyente, sino no sirve de nada. Como diría Rivette: “Ésa es la diferencia entre Lars von Trier y Dreyer en cuanto a la cuestión de los milagros. Está el hecho de que Dreyer cree en Dios. Lo digo entre comillas: no me importa si él personalmente creía o no, pero sus películas creen por él, mientras que Lars von Trier puede ser un buen Católico, un creyente que irá directo al paraíso, eso se lo deseo, pero sus películas no creen ni por un segundo.”

Rapito (2023), de Marco Bellocchio
Sí, es una crítica a la violencia ideológica de la Iglesia. Pero es algo más y por eso es una película tan poderosa. Cada forma de creencia es un cuadro que nos enmarca: judaísmo, patriotismo, cristianismo. Esto no significa que no podamos elegir, aunque esta posibilidad (¿ficción?) de elección también es un marco. Por eso el film es trágico: no se puede aspirar a la totalidad, siempre hay ruptura. También por eso el final es tan conmovedor: dos personajes alejados por sus creencias, enmarcados en sus cuadros que se ven en la pantalla dividida.
El director filma cada cuadro de una forma distinta, desde el claroscuro de las casas judías, a la elegancia imponente (impone e impresiona) del Vaticano, hasta el heroísmo republicano con su repetición pictórica (las banderas) un tanto alarmante. Como decía Benjamin, en el siglo XX la política se convierte en un fenómeno estético. Cuando el ejército revolucionario de Garibaldi derrumba las paredes del Vaticano, sentimos que algo irrumpe en la historia y en la Historia. Algo se pierde y algo se gana. La película menos “festivalera”, y por eso de las mejores.

Retratos fantasmas (2023), de Kleber Mendonça Filho
Un retorno: a una casa, al cine, a una ciudad y a la madre. Estos son algunos de los fantasmas que habitan la película, con su presencia/ausencia. Cada uno verá las similitudes y las diferencias. El cine como lugar público, el público del cine, la experiencia colectiva, las historias dentro de la pantalla y fuera de ella. El cine como Iglesia ¿en decadencia?, como religión (religare: atar, unir) a defender. Y sobre todo algo urgente: la reivindicación de la idea de Centro, en esta época de atomización, de parcelamiento. Imposible no pensar en la Cinemateca y en Montevideo, una ciudad que parece también querer perder su centro.

Il sol dell’avvenire (2023), de Nanni Moretti
Un neurótico director que no puede vivir en la realidad. Es más: en ella causa bastante daño. Pero en las ficciones, aunque lleno de dudas, puede crear algo bello y algo que funciona. Como en otros films de Moretti, se pierde en varias ensoñaciones. Al final, frente a la terrible historia, nos propone una alternativa. Y claro, ficcionaliza a sus compañeros, sometiéndolos a su sueño, lo que en principio parece totalitario (reducir a los otros a lo que queremos de ellos, enmarcarlos en nuestra narrativa absolutista), que es lo que a la película le aterra de la política (simbolizado esto por Stalin) y Moretti lo sabe, pero también nos invita a soñar nuestros propios sueños, en un verdadero gesto fellinesco. Momento más tocante: cuando el director dice tomar antidepresivos hace años, evidentemente.

No esperes demasiado del fin del mundo (2023), de Radu Jude
Dos o tres cosas que sé sobre ella (ella siendo Bucarest). El comunismo es un relato que miente, el capitalismo es un relato que miente. ¿Qué queda? Una sátira que se lleva puesto todo a su camino, quizás nada sobreviva, ni siquiera el cine, ni siquiera la película. Pero qué película. Un humor negro realmente incómodo. La cámara sigue a la protagonista que se despacha con una performance avasallante.

Inside the Yellow Cocoon Shell (2023), de Pham Thien An
La revelación del festival. Un viaje a la vez espiritual y físico. Una película, que como su personaje, se anima, aunque esté lleno de dudas y miedos. “Los sueños y la vigila son páginas de un mismo sueño”, dice Schopenhauer. “En los sueños empiezan las responsabilidades”, dice Schwartz. Por eso no importa tanto en qué plano se realizan las acciones. Me dormí un ratito en la proyección, lo que acompañó la experiencia.

Las cosas indefinidas (2023), de María Aparicio
Una frase del film lo describe. «Ternura: ese sentimiento sencillo que lima los bordes ásperos de la vida». Gracias por la ternura.

The Urgency of Death (2023), de Lucía Seles
Nadie está filmando como Seles. Cuando uno ve sus películas uno siente que todo queda por decirse, por filmarse, que el cine recién está naciendo y que sus posibles caminos todavía no existen: hay que inventarlos. Como en Godard poco importa si hay presuntas fallas, errores narrativos, fragmentos no logrados, momentos hasta inclusive tontos. No importa la perfección, lo que importa es la inventiva y todo lo que (se) siente. Graciosísima (lo que no es un atributo menor) y emotiva. El final, que marca un punto de quiebre en su cine y nos quiebra. Esa ruptura en lo real que es la muerte de la madre. Ver cómo seguir después, quizás con planos como el último, el mejor del festival. Hay directoras que filman como respiran, Seles es una de ellas.

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