Mucho énfasis fue el que se le puso a lo largo de mis años educativos a la dificultad que implicaba seguir una formación académica por la rama de la ingeniería. Adentrarse en un mundo de fórmulas y teoremas matemáticos, de integrales y derivadas, donde paradójicamente había cada vez menos números y más letras, y sobre el cual se formó una leyenda urbana de deserción completa de la vida social en pos de la mínima suficiencia académica hizo que más de un adolescente sintiese aversión o intimidación por esta rama. En el extremo opuesto, los que se decantaban por el plano artístico eran tildados de faloperos, vagos que se aprovechaban de esa especialización para no tener que cruzarse con las materias más duras: matemática, física, química. A su vez, el concepto erróneo típico de las generaciones a las que pertenecen nuestros padres no hicieron más que machacar aún más en la idea del pobre rédito económico que devendría de una carrera desligada de las ciencias duras. Desperdiciar una potencial mente «brillante» en materias «inútiles» como Historia del Arte o Danza no hacía sentido si uno pretendía salida laboral inmediata y una remuneración competitiva al término de la etapa liceal. La inteligencia (o más bien, la mera utilidad como individuo en sociedad) se medía pura y exclusivamente en base a la capacidad de pensamiento lógico, frío y calculador, que pudiese demostrar el estudiante. Más de una década después, temo que este enfoque sobre la educación secundaria esté teniendo un efecto negativo en cómo percibimos e interactuamos con lo que nos rodea. El haber clasificado arbitrariamente a las habilidades lógico-matemáticas por sobre otras más relacionadas con lo corporal o lo lingüístico lo considero un error capital que está empezando a cosechar sus deteriorados frutos.
Puede sonar trivial, pero pensando esto en retrospectiva y contrastándolo con el estado actual de la industria de la tecnología, veo despertar en mí ciertos disgustos y preocupaciones que cada día me empujan más a manifestarme, sea a través la molestia, la desesperación, o la absoluta decepción. Hay muchas aristas que están haciendo de la vida en este mundo un suplicio sin precedentes.
En primera instancia, más allá de que la industria viva en un estado de cambio y aceleración presuntamente irrefrenables, hay un aspecto que hasta ahora supo mantenerse recio ante su devenir: el atractivo económico. No solo considero esta percepción como imprecisa en la mayoría de los casos, sino también como una suculenta carnada que cuenta con el potencial de atraer en masa a personajes individualistas, fríos calculadores que miden los aspectos de sus vidas fundamentalmente en términos financieros y a los que no les tiembla el pulso a la hora de recortar todo aspecto que no tenga que ver con una maximización de valor monetario. Por otro lado, el sistema educativo en general, y la rama tecnológica en particular, no cesa en su afán de formar dos, y solo dos, tipos de ciudadanos: productores y consumidores. Hace mucho tiempo que estamos transitando una degradación cultural que presupone que todo lo que no genere beneficio monetario es un desperdicio de recursos y no debería ser tomado en cuenta. La valoración humana pasa exclusivamente por lo material; el trap latino, le pese a quien le pese, es una expresión directa de una postura neoliberal individualista donde la ropa de marca, la popularidad y las mujeres son trofeos en una vitrina de egocentrismo, el mérito es único y personal, y el éxito se mide en visualizaciones, en espectadores, en interacciones virtuales. No considero coincidencia que hoy en día sea el género más popular de la región, pero que sobre todo sus principales exponentes se encuentren cada vez más cerca de ciertos «titanes» de la industria de la tecnología, que poco a poco intentan pintar al emprendedurismo como la nueva moda cool de la juventud, como ya se vio en 2023 y 2024. Pienso que Tamara Tenenbaum lo resume muy bien en su artículo de opinión Sentir menos: «noto que en mi generación y en las que me siguen hay un goce extraño en el descubrimiento de que la vida es eso [la reducción de todo encuentro con otra persona a un intercambio], descubrimiento que es por supuesto performativo: convertimos todo en una transacción al descubrir que todo puede serlo…». El número pasó de ser un mero indicador de eficiencia a ser la norma que todo lo regula, el símbolo neorreligioso que nos lanza a la hiperoptimización de todo lo que nos representa y rodea. El análisis en términos de porcentajes permea todas nuestras decisiones y nos limita la acción si no hay una jugosa tajada para nosotros al final del camino. Pasamos a vivir en un mundo de ventajeros y aventajados.
Pero mi principal problema hoy es más específico. Las condiciones que mencioné son solo algunas de las que considero permitieron proliferar con desconcertante velocidad a un tipo muy específico de tecnología que hoy en día no se plantea detenerse en aplicaciones meramente laborales, sino que a la fuerza también pretende tomar por asalto cada pequeño rincón de nuestras vidas privadas, reconfigurando nuestros criterios de análisis, nuestras experiencias de aprendizaje y descubrimiento, nuestra interpretación, y nuestro disfrute.
El 4 de marzo de 2024, un fondo de capital riesgo llamado SV Angel publicó una carta abierta titulada Build AI for a Better Future. Con más de 400 firmas ya recolectadas, entre ellas las de gigantes de la tecnología como Google, Meta, y Microsoft, la carta apunta a ser un llamado a la nobleza de estos actores a construir las herramientas de inteligencia artificial generativa que permitan a la humanidad alcanzar un mejor futuro. Al leerla, me cruzo con un cúmulo de promesas maravillosas con las cuales sería absurdo estar en desacuerdo a menos que uno sea un cínico: tutores educativos para que el aprendizaje llegue a todos; herramientas de traducción refinadas para alcanzar una comunicación absoluta; diagnósticos médicos potenciados que van a mejorar la atención sanitaria; aceleración de la investigación científica; asistentes con los que hablar para que te ayuden con cualquier tarea diaria. En una sola palabra: panacea. La cura para todos los males imaginables. Sin embargo, una lectura entre líneas no me permite encontrar mucho más que hipérboles ambiguas; frases propias de un equipo de relaciones públicas que pretende echar más leña a los fuegos de la utopía para desviar la atención de las flagrantes irregularidades en las que se incurren diariamente. Para ser capaces de desarrollar este escenario fantástico en el cual el pensamiento humano superará sus límites en una revolución intelectual avasallante, los responsables de estas tecnologías admiten que hay ciertos daños que son necesarios e inevitables en el corto plazo.
La huella de carbono que se manifiesta al alimentar los data centers que entrenan a los grandes modelos de lenguaje (Large Language Models, o LLM) es uno de los ejes centrales de la crítica que se le hace a estas compañías, y Sam Altman, actual CEO de OpenAI, declaró en el World Economic Forum que se necesita alcanzar la fusión nuclear para recién comenzar a hacerle frente a este problema. Y eso no es decir poca cosa, ya que no solo es mencionado en el artículo que la fusión nuclear está a décadas de ser dominada, sino que al principio del mismo mes de su publicación, el New Yorker publicó un artículo sobre un estudio que coloca al uso diario de ChatGPT como equivalente al uso diario de electricidad de unos 17 mil hogares promedio en los Estados Unidos, y estima que si Google integrase IA generativa en su motor de búsqueda, la electricidad consumida en un solo año por el uso de un texto predictivo glorificado igualaría la misma cantidad de electricidad que consumen países como Kenia, Guatemala o Croacia. Cabe recordar que Meta ya comenzó a incorporar a su propio agente de IA generativa en Facebook, Instagram y WhatsApp —aplicaciones utilizadas por unas cuatro billones de personas en el mundo— y Microsoft ya integró GPT-4 a través de Copilot en las búsquedas de Bing. Se me hace poderosamente difícil tener en buena consideración a este selecto grupo de visionarios del mundo tecnológico si al mismo tiempo que dicen preocuparse por los altos consumos energéticos declaran que la solución es una que está, como mínimo, a décadas de distancia.
Y esos son ejemplos específicos del derroche eléctrico, porque por otro lado, un estudio publicado por investigadores de la Universidad de California, en Riverside, pone el foco en el descomunal consumo de agua que se requiere para entrenar a uno de estos modelos; hablamos desde una botella de agua Salus de 500ml por entre 10-50 respuestas de ChatGPT (con GPT-3) hasta decenas de billones de litros de agua para mantener funcionales los servicios de Google y Microsoft anualmente. Curiosamente, el estudio menciona la sequía histórica que sufrió Uruguay a principios de 2023, y las protestas públicas que se sucedieron meses después contra los planes de Google de instalar una granja de data centers en nuestro territorio.
Estos datos son tan solo un paneo general de la hiperexplotación de los recursos naturales de nuestro ya sumamente diezmado, saqueado, desmantelado planeta en pos del poderío económico (innecesario, exagerado, degenerado) de unos pocos. En esta misma línea, Altman salió a la búsqueda de inversores que le aporten 7 (siete) trillones de dólares para avanzar en el diseño y manufactura de GPUs que puedan acelerar el entrenamiento de los LLMs de OpenAI. Siete trillones. US$ 7.000.000.000.000. O capaz sean 8 trillones, según un tweet suyo del 16 de febrero que se lee menos como proveniente del director ejecutivo de la empresa más insólitamente hypeada a nivel mundial y más como de un alcohólico empedernido que no está capacitado para trazarse límites. Lástima que esa sed solo pueda ser saciada con la fabricación de un número desconocido (y por lo tanto con posibilidad de aumentar a voluntad) de GPUs, alojadas en un número desconocido de data centers, consumiendo una cantidad aberrante electricidad y agua para mantener en pura tracción a los engranajes de un algoritmo endiosificado que arrolla todo a su paso en pos de la «salvación de la humanidad».
Pero para esta megalomaníaca cosecha aún hay campo fértil; el extractivismo indómito continúa en el plano intelectual y cultural.
En diciembre de 2023, OpenAI declaró mediante evidencia escrita entregada al parlamento británico: “Debido a que los derechos de autor hoy en día cubren prácticamente todo tipo de expresión humana– incluyendo blogs, fotografías, foros, código de software, y documentos gubernamentales–sería imposible entrenar a los modelos de IA sin utilizar materiales protegidos por derechos de autor. Limitar la información utilizada para entrenar a estos modelos a libros pertenecientes al dominio público y dibujos de hace más de un siglo podría arrojar un resultado interesante, pero no brindaría sistemas de IA que satisfagan las necesidades de los ciudadanos.” Asemejando el final de esta cita con el final de la carta abierta («Nosotros, los firmantes, ya estamos experimentando los beneficios de la IA, y estamos comprometidos a construir una IA que contribuya a un mejor futuro para la humanidad—por favor únetenos!»), se me hace curioso el hecho de que siempre son los billonarios irrestrictos los que conocen más que nadie las «necesidades de los ciudadanos» o el «mejor futuro para la humanidad». ¿Cuáles son esas necesidades? ¿Bajo cuáles criterios se definieron estas necesidades? ¿Las necesidades de cuáles ciudadanos? ¿En qué momento se colocó en un pedestal a la imagen del emprendedor tecnológico todoterreno como para que hoy en día tengamos que padecerlos mientras declaran a sus anchas sobre oficios de los que no tienen ni un ápice de conocimiento? Desde la hiperpopularización de la IA generativa hasta el día de hoy, nos encontramos con varios sectores, muy distintos entre sí, bajo amenaza inmitente de ser infiltrados o absolutamente reemplazados en sus oficios. Hablamos de áreas esenciales para la formación y el bienestar humano, como la educación, la psicología o la medicina; áreas de enriquecimiento y redescubrimiento interior, como las artes plásticas, la escritura o la música; áreas que, en los mejores casos, aportan a una convivencia plena en sociedad y obligan a rendir cuentas a los que incurren en atropellos, como la política, el derecho o el periodismo.
Este afán de parasitar cualquier tipo de organismo es laudado desvergonzadamente por un reducido sector que pretende bajar cada vez más la vara de nuestra capacidad intelectual humana para que sea más fácil convencernos de que la IA (concebida, investigada, financiada y secuestrada, desarrollada, alojada y puesta en producción por los sospechosos de siempre) es una herramienta que llegó para quedarse, que no vamos a querer volver atrás, y que va a ser un salto hacia adelante en términos de eficiencia y crecimiento laboral. Un avance que, siendo sumamente sinceros, nadie pidió; un avance que, como no encontró una necesidad a cubrir en el mercado, tuvo que crearse una a la fuerza para seguir vigente; un avance que arremete contra cualquier individuo plenamente capaz, que no encuentra beneficio alguno en incorporar IA generativa en su ámbito laboral, pero que aún así es apretado por líderes y managers enviados a complacer los deseos hedónicos de unos traje-y-corbata desprovistos de buen gusto y de vergüenza. Estas respuestas se van a repetir hasta el hartazgo mientras se les siga dando espacio a la misma rama corporativa de siempre, que se frota las manos y se relame la comisura de los labios imaginando el prospecto económico de achicar su fuerza de trabajo y seguir rampantes hacia un hermoso amanecer en el que no tengan que pagarle un peso a nadie más. Capaz estaría bueno preguntarles a los trabajadores tercerizados en Kenia cómo la optimización de ChatGPT los llevó a desarrollar estrés postraumático; a los estudiantes internacionales que no manejan el inglés como lengua nativa cómo los sesgos sobre los cuales los LLMs se entrenan los acusan de hacer trampa en sus trabajos; a Instagram cómo permite anuncios de apps de IA que generan imágenes de desnudos de otras personas; a Amazon cómo permite que libros enteramente generados por IA generativa sean puestos en venta sin regulación; a Stable Diffusion por qué está usando un dataset que incluye miles de imágenes de material de abuso sexual infantil; a Google por qué sigue echando a los empleados que protestan contra el contrato billonario relacionado a la venta de tecnología de IA que tienen con Israel.
En fin; los responsables de la IA generativa seguirán aumentando el abanico infinitamente recursivo de demandas que exigen al mundo para seguir adelante con sus delirios de grandeza histriónica, adjudicándose unilateralmente un rol paternalista sobre todos los habitantes de este planeta. Detrás de esta tulipomanía moderna nos encontramos con un lavado de cara frente al escarnio público y a los numerosos embates legales a los que OpenAI y aledañas proponentes de esta tecnología fueron expuestas a lo largo de este último año. No es sorpresivo que mientras las voces referentes más respetadas del ámbito de la IA ética advierten sobre los peligros de su uso en cuanto a sesgos raciales, implementaciones militares y de estados de vigilancia, y el consumo degenerado de fuentes de energía no-renovables, las grandes compañías quieren virar la discusión hacia un estado de emergencia potencialmente apocalíptico. Advierten que esta tecnología está en camino a la singularidad, donde la capacidad de la IA superará los límites de la inteligencia humana, y piden que se frene o enlentezca su desarrollo hasta que se encuentre la forma de controlarla (obviamente, mientras siguen desarrollando y sacando al mercado «mejores» iteraciones del mismo producto que piden regular). Lo que (otra vez) aparenta ser un acto de buena fe es más bien una nueva instancia de autobombo publicitario, donde describir a un producto como potencialmente apocalíptico connota un poderío tecnológico con un potencial interminable, que no hace más que seguir alimentando las llamas de la codicia de los que están al mando. Creo que no estamos en una situación en la que podamos seguir haciéndonos los ciegos ante tamaño atropello en todas las áreas y categorías que nos podamos imaginar. No es suficiente con ser conscientes de los daños si al día siguiente utilizamos las mismas herramientas que replican los sesgos que mantienen a la web en su actual estado de putrefacción, que facilitan la persecución y exterminio de minorías perseguidas por décadas, que atacan y devalúan hasta la miseria nuestra capacidad intelectual, y que siguen arraigando al mismo tipo de parásito humano que preferiría vernos muertos a todos con tal de ser reyes en un reino de desperdicio sintético. La industria de la tecnología está llegando al pico de su despolitización y nosotros, sus integrantes, tenemos la responsabilidad ética y moral de volver a colocar al ser humano en el centro de nuestro oficio.

Deja un comentario