Mateo Gonella Ravela escribe sobre Animal (2023), la segunda película de Sofía Excarchou
Primer día del 42° Festival Cinematográfico Internacional del Uruguay (festival de Cinemateca, para los amigos). La tarde anterior la había pasado planificando meticulosamente un cronograma de películas que detallaba el recorrido a realizar día por día y sala por sala, con sus respectivas pausas para tomar café, y a seguir. Solo un día me permití improvisar, y como dos goles en la hora, Memorias de un cuerpo que arde y La estrella azul llegaron para dar vuelta una jornada que había arrancado floja. Salió bien, sí, pero el resto del fixture se respetó tal cual había sido previsto, porque el toc siempre puede más. El cronograma determinaba que con Animal iniciaría mi periplo por el festival, esa odisea a través de treinta largometrajes y varios cortos. No tenía muchos datos de la película, ni referencias sobre su directora, Sofía Exarchou. No sabía qué esperar, y eso es lo mejor en este tipo de eventos: ver de todo y dejarse sorprender.
En medio de la temporada veraniega en una isla griega, Animal muestra la rutina de un grupo de empleados encargados de la animación en un all inclusive. Por alguna razón la descripción me hizo creer (o elegí creer) que podía tratarse de una comedia. Spoiler: está lejísimos de serlo. Si esperaba una mirada cínica y paródica del capitalismo (algo parecido a El triángulo de la tristeza, quizás), la experiencia no pudo ser más distinta. Aunque hay una clara crítica al sistema de explotación laboral, la narración es más empática con sus personajes, y se centra más en sus vidas. Es un relato íntimo y genuino. Melancólico, por momentos angustiante, por momentos hermoso. Personajes en pose mientras que por dentro todo parece desmoronarse.
La versión que cuenta Animal es la de quienes trabajan mientras otros disfrutan, o mejor dicho, quienes trabajan para que otros disfruten. Caras sonrientes y cuerpos seductores, siempre dispuestos a brindar entretenimiento. Los pequeños shows que preparan para quienes se hospedan en el hotel me parecieron fascinantes. Son sencillos pero contundentes, y logran retratar muy bien a sus protagonistas, que ponen todo de sí, toda su creatividad y amor en pequeños detalles para hacer lucir su talento artístico. A la vez, estos momentos evidencian una cierta decadencia, porque los números tienen ante todo el objetivo de complacer a los turistas, y el resultado termina siendo el reflejo sucio del consumidor.

La relación de los personajes tanto con el trabajo como con el placer se muestra de una forma salvaje, como sugiere el título. Cuerpos que se exhiben, que se venden, que se explotan: el cuerpo como materia prima del capitalismo. Y fuera del hotel no hay descanso. Las noches se alternan yendo a los bares del centro, a trabajar para aprovechar la temporada y conseguir algún ingreso extra, o simplemente a emborracharse y disfrutar, buscando cualquier forma de mantener el ritmo que les exige el día a día. El físico es llevado al extremo y por momentos parece alcanzar su límite, pero a pesar de todo el show debe continuar, porque la música no para y hay que seguir bailando.
El relato se centra especialmente en Kalia, la más experimentada del equipo, que lleva varios veranos trabajando en el hotel. Es a ella a quien más vemos fuera del ambiente laboral y es en estas escenas donde aparecen los momentos más interesantes, los más sutiles; cuando entramos en la intimidad de la protagonista, lejos del ruido y el brillo, y conocemos la otra cara de Kalia, vemos quién es cuando ya no tiene que fingir. El alma de la fiesta parece ahora deambular sin rumbo. Fuera del trabajo seguimos su búsqueda de reconectar con el placer propio, y el intento de encontrar un lugar entre los extraños. Sentirse una turista más de las tantas que están de paso, que la posibilidad de salir de aquella monotonía sea una opción, encontrar el disfrute en medio de una fiesta en la que parece estar atrapada, bailando hasta no dar más. Entramos en sus momentos de mayor fragilidad, porque tarde o temprano el cuerpo se astilla. Y descubrimos la vulnerabilidad de alguien que intenta mostrarse siempre fuerte, enérgica, imparable.
En Sobre héroes y tumbas, Ernesto Sábato escribe:
Siempre es terrible ver a alguien que se cree absoluta y seguramente solo, pues hay en él algo trágico, quizás hasta sagrado, y a la vez horrendo y vergonzoso. Siempre llevamos una máscara, una máscara que nunca es la misma sino que cambia para cada uno de los papeles que tenemos asignados en la vida... Pero ¿qué máscara nos ponemos o qué máscara nos queda cuando estamos en soledad? Cuando creemos que nadie nos observa, nos controla, nos escucha, nos exige, nos suplica, nos intima, nos ataca.
Si hay algo maravilloso en el cine es que esto puede trasladarse y aplicarse también fuera de la pantalla. En la sala dos cosas en principio contradictorias parecen coincidir: nos juntamos en una especie de soledad-colectiva, nos refugiamos para ser tomados por sorpresa, cada uno viviendo su propia experiencia, personal y compartida; y una vez que la luz se apaga y la función comienza podemos ir percibiendo las reacciones alrededor. Las risas cómplices y las más estridentes, los llantos disimulados y los no tanto, algún resoplido de desaprobación o una queja ahogada en aquellas escenas que ponen a prueba a los más impresionables. Todo esto sucediendo en la intimidad de una sala llena. Hasta que la película se termina, la luz se enciende y nos preparamos para salir, cada uno con su máscara.
Hoy ya pasaron dos semanas de ese día, el festival terminó y Animal se llevó la mención especial del jurado en la competencia de nuevos realizadores. Ese arranque había sido tan acertado como premonitorio de los días que seguirían: era la primera película del festival, la primera de treinta, la primera y ya estaba conmovido. Fua, esto va a estar bravo, pensé cuando salí al pasillo*. Exarchou me había sacado a bailar, me hizo girar, una, dos, tres vueltas, y me dejó en medio de la pista. El baile recién empezaba y yo ahí, mareado y sin saber para donde arrancar.
*Finalmente habré llorado en un tercio de las películas.

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