La forma inesperada: sobre “Dickinson”, de Alena Smith

Dickinson, la nueva comedia del servicio de streaming de Apple, en la mirada de Clara Vázquez Vila

La popularidad de los servicios de streaming ha llevado a todas las grandes empresas a ampliar sus horizontes en la producción audiovisual. Los gigantes ya establecidos en el cine o la televisión como HBO y Disney tienen ya muchísimo contenido para ofrecer en sus plataformas, mientras que las empresas igual de gigantes pero por fuera del área como Amazon tuvieron que comprar derechos de reproducción y encontrar su lugar produciendo contenido original que las diferenciara del resto. Apple es uno de estos casos, y entre sus producciones originales para su plataforma Apple TV+ se encuentra Dickinson, una propuesta bastante particular dentro del panorama de series actuales y entre todas las producciones basadas en escritoras que se han estrenado estos últimos años. 

Dickinson se inscribe en un subgénero que viene creciendo de a poco, con películas como Mary Shelley (2018), de Haifaa al-Mansour, o Vita & Virginia (2017), de Chanya Button. En general, este tipo de producciones comparten varios aspectos de contenido y forma: en lo que respecta al guión, se trata en general de dramas en los que es evidente una búsqueda desde el tono por mantener la fidelidad con los documentos históricos en los que se basan (la correspondencia entre Vita Sackville-West y Virginia Woolf en el caso de Vita & Virginia) y los modales, costumbres y expresiones de la década. La mayoría de los elementos de la puesta en escena acompañan esto, particularmente la dirección de arte, que se maneja con bastante precisión histórica. Los elementos formales que se alejan de un modo de representación “realista”, por decirle así a esta búsqueda de precisión histórica, son momentos que no tienen demasiada importancia narrativa y son extradiegéticos o suceden dentro de la imaginación de las protagonistas (las ramas y hojas de CGI que surgen de la nada en Vita & Virginia). La música destaca por ser el único elemento contemporáneo, algo que básicamente se convirtió en la norma después de que Sofia Coppola nos mostrara a María Antonieta corriendo por los pasillos del palacio de Versalles con “Meet Me in the Bathroom” de los Strokes. 

En este sentido, este tipo de película es sobre todo interesante para quienes admiramos la obra de estas autoras, porque nos acercan a ellas y nos hacen entender más cómo pensaban y vivían. Las reflexiones de las directoras con respecto al lugar de las mujeres en el arte y la representación de su imagen y sexualidad suelen dar más valor a estas películas, pero no van mucho más allá cinematográficamente. Ese es el problema con el género: hasta ahora ningún film presenta una propuesta original, no surgen formas de representación diferentes o que parezcan haber sido pensadas para ser las más adecuadas a las historias que cuentan. Son películas pasables, pero no están a la altura de las mujeres en las que se basan. Esto no significa que sea necesario crear una obra del nivel de Orlando para poder hacerle justicia a Virginia Woolf, pero, si de todas las historias que hay para contar se elige la suya, su obra literaria podría incorporarse mucho mejor, no solo desde lo narrativo sino desde los elementos del lenguaje cinematográfico y la puesta en escena. Por ejemplo, en Mary Shelley hubiera sido interesante la incorporación de elementos góticos, que la película parece exigir constantemente pero nunca llegan. Sin embargo, no es que haya una única manera de hacer películas sobre escritores célebres: precisamente es esta concepción la que Dickinson viene a derribar. Su creadora, Alena Smith, se niega a hacer una serie aburrida con una vida tan excepcional y plantea algo totalmente diferente: una comedia con características contemporáneas en la conducta de los personajes, pero sin alterar las condiciones históricas y los hechos comprobables de la vida de la autora. 

La historia sucede en Amherst, durante la juventud de Emily Dickinson, en los años previos a la Guerra de Secesión. La serie sigue la vida de la poeta en su camino a definirse como tal, explorando su relación con sus padres, con la literatura y con la mismísima Muerte, su disputa con su hermano por el amor de Sue (prometida de él y mejor amiga de ella), su sexualidad y su desprecio por las normas que le son impuestas. Mientras los hechos principales que se desarrollan a lo largo de los diez capítulos que conforman la primera temporada, así como el resto de los personajes, están basados en su biografía, es el tono lo que contrasta. La dirección de arte es fiel al período que representa y la escenografía está basada en la casa real de la familia Dickinson; las condiciones del período se respetan, pero los personajes hablan como adolescentes actuales: Emily le dice “bro” a su hermano en el primer capítulo, su hermana Lavinia le dice a una amiga que es “woke” más adelante, etc. De este modo, la serie se aleja de una representación “realista” (en el sentido de la precisión histórica) para acercarnos más a los personajes. Así se vuelve mucho más fácil entender a Emily Dickinson, considerada una de las mejores poetas estadounidenses, no como la genio, sino como una joven con preocupaciones características de su edad hoy y en el 1800. Esto también permite hacer comentarios con respecto a problemáticas actuales, desde el racismo y la xenofobia hasta el lugar de la mujer en el arte y la academia o el descuidado del medio ambiente en beneficio del progreso.

El aspecto principal que hace destacar a la serie es la forma en que la obra de la poeta se entreteje en ella. Cada capítulo está construido alrededor de un poema, que aparece al final a modo de cierre. Todo el tiempo se muestra a Emily escribiendo a partir de las cosas que le van pasando; los capítulos van significando los poemas u ofreciendo una interpretación o un acercamiento a través del relato que construyen. El tono de comedia sorprende porque nadie lo hubiera considerado como una posibilidad, pero está más que a la altura. Smith genera un modo de representación distendido, informal, alegre y optimista donde otros no hubieran pensado crear más que un drama. Las apariciones de otros escritores contemporáneos a Emily son grandes momentos en la serie, que dan lugar a la sátira y el humor de la forma irreverente pero simpática que caracteriza a la serie. El casting es excelente, con apariciones especiales como la de John Mulaney como Thoreau o Wiz Khalifa como la Muerte: cosas que no funcionarían en cualquier otro lugar pero resultan ser de los momentos más memorables. Hailee Steinfeld, que interpreta a la protagonista, mejora con cada capítulo y lo que al principio podría parecer una versión caricaturesca de la poeta se profundiza a través de sus experiencias con el amor, la decepción, la injusticia, la muerte y su búsqueda como artista. 

Dickinson desafía las expectativas constantemente, incluso cuando sigue las normas. La decisión de usar una banda sonora contemporánea no responde solo a la tradición del subgénero: las canciones están cuidadosamente elegidas y tienen sentido hasta narrativo dentro de la historia y la elección de artistas habla de la intención de su creadora por acercar la obra de Emily Dickinson a nuestra época. Está claro que hoy el contacto más masivo con la poesía pasa por la música y Alena Smith parece haberse preguntado qué voces dentro de la cultura popular son las que más resuenan con nuestra generación, dónde está la poesía, o incluso quiénes podrían están diciendo las cosas que Emily Dickinson estaba diciendo o qué música disfrutaría ella si viviera en este siglo. Si se trata de las voces de esta generación es imposible no pensar en Billie Eilish, Mitski y, en menor medida por ser menos conocida pero no por su valor artístico, Angel Olsen. Por eso muchos de los mejores momentos son los musicales. La serie permite establecer puntos de contacto entre estas artistas y Emily Dickinson, una reflexión acerca de lo que significa ser mujer: los versos de todas exploran la sexualidad (en especial por fuera de la heteronorma), el vínculo con la muerte y la experiencia de ser una mujer joven en una sociedad que marginaliza lo femenino hoy y a mediados del siglo XIX; lo mismo que va explorando la serie a través del personaje de Emily. La serie lleva el apellido de la poeta, pero al terminarla es imposible no pensar en ella como Emily. Al entretejer así la obra poética con la serie despierta el interés por leer más, y al representarla como una adolescente normal, termina siendo mucho más fiel que si hubiera seguido la línea del drama histórico. De forma inesperada, Dickinson prueba estar a la altura de la obra con la que se mete, cuya relevancia transmite con propiedad y originalidad.

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