Los juegos morales: sobre “Las teorías salvajes”, de Pola Oloixarac

Las teorías salvajes, el debut narrativo de Pola Oloixarac, leído por Isabel Retamoso

Al momento de su publicación en 2008, la primera novela de Pola Oloixarac recibió múltiples y diversas reacciones. Si por un lado fue bastante celebrada por la crítica, fue duramente criticada por los grupos universitarios y militantes de izquierda, sobre todo de la Universidad de Buenos Aires, que manifestaron un fuerte rechazo a la relectura de las épicas militantes setentistas y al trabajo de desacralización de ciertos relatos de la identidad nacional argentina. Sin embargo, esta reacción es también consecuencia de que el libro en sí es una sátira de la vida universitaria de la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA, y que, al decir de Beatriz Sarlo en la nota “Las teorías en tiempos de Google”, publicada en la revista Perfil en 2009, “no podría haber salido de una cabeza educada en otra parte; a quienes conocen la abigarrada escena de la Facultad esta novela les resultará algo así como una carta escrita por un pariente próximo que desprecia y ama los cuatro pisos del edificio y los personajes de picaresca que discurren allí”. 

La novela comienza con la descripción del rito de iniciación de la tribu Orokaiva de Nueva Guinea, niños perseguidos y atormentados por adultos enmascarados, rituales del miedo para preparar a los jóvenes para las dificultades de la vida en comunidad de los adultos y para la guerra. El relato de estas prácticas, que abre la novela en tanto introducción casi mitológica de lo que será relatado después—sobre todo en el recorrido de descubrimiento sexual-social de la pequeña Kamtchowsky y de su novio Pabst—no es extraña a la obra de Oloixarac. En Mona, publicada en 2019, los rituales de piratas etruscos aparecen casi como una invocación de la historia de la tierra sobre la cual ahora una conferencia vacía de sentido tiene lugar, y el título de su segunda novela, Las constelaciones oscuras, remite a la forma en que los incas pensaban la astronomía: en lugar de unir los puntos luminosos de las estrellas como se suele hacer en Occidente, buscaban los dibujos animales escondidos en las formas oscuras. Este uso de mitologías entrelazadas con historias desprovistas de épica no solo da un tono casi trascendental a lo que se está contando, sino que introduce la forma misma que suele tomar el narrador, una visión de aventurero decimonónico, de antropólogo explorador que se introduce en territorios ajenos con curiosidad pero sin ser ingenuo y que va recogiendo datos que luego cargará de su propio sentido. 

En Las teorías salvajes (Buenos Aires: Entropía, 2008; Barcelona: Alpha Decay, 2010; Lima: Estruendomudo, 2010; Buenos Aires: Random House, 2016), el comienzo de rito de iniciación señala además que el libro mismo tendrá algo casi de novela de crecimiento o que esa misma violencia permeará en el pasaje de ser amorfo y desagradable a estrella de porno amateur. De este modo, el debut de Oloixarac es una novela polifónica, donde se plasman varios pequeños mundos que apenas se rozan pero que coexisten sintonizados y en un mismo territorio, ese que al final de la novela será tratado como una masa casi deforme de mapa sobre mapa, el del recorrido de Adán Buenosayres (1948) manchado por la sangre desbordante del Matadero, con edificios incendiados y calles destruidas por las celebraciones de la muerte de Evita, un Buenos Aires forzosamente superpuesto sobre sí mismo, satirizado en sus yuxtaposiciones. En tanto a los que la habitan, están por un lado la pequeña Kamtchowsky y su novio onanista y pedante—es decir, onanista— Pabst y sus conjuntas aventuras sexuales y posmodernas, por el otro, una sensual voz femenina de una aparente estudiante de Filosofía obsesionada con el profesor Augusto García Roxler, y por último, una tercera voz casi antropológica, que trae consigo los relatos de los rituales y de las mitologías y la figura del explorador holandés Johan Van Vliet, el precursor de la Teoría de las Transmisiones Yoicas.

Kamtchowsky aparece en primer lugar bajo la figura de su padre. Hijo de inmigrantes polacos, Rodolfo Kamtchowsky se ve, por su condición de estudiante de ingeniería, desprovisto de contacto real con mujeres, por lo que queda completamente anonadado al conocer a quien será la madre de su hija, una de las cientos de estudiantes de Psicología que comienzan a plagar el mundo universitario porteño y que, con voz confiada, lo introduce en la lengua absurda y adulta de un psicoanálisis que se presenta como Verdad. De este choque de universos—las ciencias duras con la psicología/humanidades—surge el ser que resulta ser la pequeña Kamtchowsky, cuyo punto de vista se balancea entre ambas formas de pensar la realidad.

La historia alumbra así el comienzo del periplo de la pequeña Kamtchowsky y Pabst hacia las oscuridades de la vida universitaria, donde su fealdad se vuelve rápidamente fetiche. La sobreconceptualización de los momentos, o el acribille constante de teoría sobre teoría y de intento de unión conceptual con aquello que parece desplegarse en planos casi mecánicos, da el tono humorístico y satírico: Pabst, que se dedica a hacerse la paja mientras Kamtchowsky se retuerce con los bellos y despierto anfitriones Andy y Mara, no deja de generar enlaces conceptuales e intentos de mapeos teóricos que se anudan con sus fantasías de humillación sexual. Pero la realidad kamchowskiana no deja de ser una realidad desprovista de erótica, sino de agujeros siendo rellenados en un despliegue casi animal, que se intenta ideologizar—las nuevas formas de vivir la sexualidad y los vínculos—pero que la práctica devuelve simiesca y ridícula. 

La voz más fuerte, sin embargo, es la de esa narradora seductora y soberbia que aparece como una sombra casi omnisciente en la novela. Esta estudiante de Filosofía, obsesionada con Augusto García Roxler, profesor veterano y estudioso de la Teoría de Transmisiones Yoicas, recurre a una voz que juguetea con lo pedante. Después de refregarle un libro en la trompa a su gata Montaigne y darle de comer a su pez Yorick, elabora una teoría sobre el vínculo entre Soberanía, Reverencia y Muerte, habla de filosofía política hobbesiana y se pregunta sobre el “derrotero mental del insecto” al ver a su gata luchar con una cucaracha. Envuelta luego en un casi romance con un intelectual de izquierda, cargando libro tras libro y mostrando constantemente su erudición, parece a su vez el único personaje medianamente lúcido, por ser ante todo tremendamente cínica y burlona. La única vez que es enfrentada, más allá del ofensivo “gorda” que le dicen unos ladrones luego de asaltarla a ella y a Collazo, es cuando este, al haber sido puesto en ridículo por la muchacha y obligado a cantar sumisamente un canto montonero, le dice “No sos mejor que nosotros por no haberte equivocado. Se te nota la soberbia por todas partes. Hubieras hecho lo que fuera por ser una Evita cualquiera, una montonera”.

La Teoría de las Transmisiones Yoicas, que envuelve y atraviesa la novela, resulta tan sólida y arbitraria como cualquier teoría que intente explicar la dinámica entre comportamiento individual y colectivo. De esta manera, las teorías son a la vez salvajes y sobre lo salvaje, despliegan formas de resistencia ante el avance del estado y las desarman: la realidad presente de los propios protagonistas se ve envuelta por los relatos retrospectivos de sus padres, que sí vivieron la dictadura militar, y que crean un mito alrededor de sus desaparecidos, una martirización de los militantes políticos, como es el caso de los diarios de la tía Vivi, que fue secuestrada mientras repartía volantes frente a una fábrica de Avellaneda. 

Estos diarios, de los que Beatriz Sarlo señala que “no funciona la parodia del diario íntimo de una militante setentista […]. La parodia necesita una idea más exacta del texto a parodiar y Oloixarac no la tiene”, ridiculizan la idea de la militante estudiantil firme e idealista, cuando esta es en realidad una joven que le escribe a Mao Tse Tung sobre sus desencantos amorosos. Los personajes del presente de la novela, envueltos por esta sacralización y criados en la adoración de los altares de los mártires de la dictadura, parecen tener una respuesta para todo pero terminan desembocando la existencia en videos de porno y traspasando todo ese supuesto arsenal teórico a la creación de videojuegos que utilizan los estereotipos setentistas mientras que, a su vez, recolectan los datos personales y conductuales de quienes los juegan, en un repliegue electrónico del sueño totalitario. 

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