Diario de lectura: “Sueños de un insomne”, de Vladimir Nabokov

Su Xiaoxiao visita el diario de sueños de Vladimir Nabokov (1899-1977)

15 de enero de 2020

Empiezo Sueños de un insomne (Madrid: WunderKammer, 2019), el diario que llevó Vladimir Nabokov de sus propios sueños tras leer Un experimento con el tiempo de J. W. Dunne, filósofo británico hoy casi olvidado, me parece. Según este libro, que causó un notable revuelo en su momento, los sueños se relacionan con experiencias tanto de nuestro pasado como de nuestro futuro, lo que significa que pueden ser premonitorios y, según Dunne, una prueba de que el tiempo no es lineal, sino recursivo, aunque generalmente no lo percibamos así por falta de atención. Para comprobar la veracidad de su teoría, Dunne proponía a sus lectores realizar el siguiente experimento: primero, apuntar los propios sueños cada mañana, rápidamente, nada más despertar, con especial esmero los detalles concretos; segundo, estar atento a las posibles relaciones entre esos sueños y cualquier acontecimiento vivido en los días previos, pero también en los posteriores. Nabokov se decidió a realizar este experimento siguiendo las detalladas instrucciones de Dunne, desde el 14 de octubre de 1964 hasta el 3 de enero del año siguiente, momento en el que vivía en Montreux (Suiza). No fue el único escritor influido por la obra de Dunne, según el editor del volumen, Gennady Barabtarlo, también lo fueron otros autores anglófonos contemporáneos como Aldous Huxley, J. B. Priestley, James Joyce o T. S. Eliot.

Una de las cosas que me sorprende de este libro, nada más empezarlo, es que en realidad su autor es el profesor estadounidense Gennady Barabtarlo, que en la portada figura en letra pequeña como “editor”, en el sentido de que organiza las notas y los textos de Nabokov sobre la cuestión, pero más allá de eso comenta y dirige la interpretación del lector. Durante buena parte del libro, entonces, no es la voz de Nabokov la que voy a oír, sino la de Barabtarlo (traductor de Nabokov al ruso), hablando sobre Nabokov; confieso que no es lo que esperaba y que atravieso un pequeño momento de decepción, pero por el momento encuentro pertinente el discurso de Barabtarlo, aunque algo repetitivo y en ocasiones desorganizado.

La visión del tiempo que Dunne propone se distancia de las principales teorías del momento (Hinton, Bergson, Freud, Einstein y Planck) y vendría a respaldar la idea de que existe un mundo racional y otro irracional. Para él, el tiempo se compone de diferentes dimensiones o capas que se pliegan y se despliegan, se contienen unas a otras, en un sistema similar al de las cajas chinas. En una línea teórica similar, más espiritual, Barabtarlo presenta otro libro que sin embargo no leyeron ni Dunne ni Nabokov: El iconostasio, escrito por el clérigo ruso Pável Florenski en la primera década del siglo XX. Al igual que Dunne, Florenski cree que los sueños constituyen una “zona fronteriza”, marcan la intersección entre el mundo racional (visible) e irracional (invisible), estrechamente imbricados. (Imposible no pensar, al leer esto, en Angélica Liddell, actuando justo estos días en el théâtre de La Colline: Je ne vois rien du monde visible. A quién le interesa todavía el mundo visible).

El interés de Nabokov por los sueños tiene que ver, en buena parte, con el insomnio que sufrió toda su vida, pero también con su creencia en ese otro mundo, irracional, paralelo al que percibimos con los sentidos y que sería el origen de toda una serie de “interferencias espirituales”. Barabtarlo hace alusión a las “tramas metafísicas” frecuentes en la obra de Nabokov y me doy cuenta de que realmente la representación mental que la mayoría de lectores tienen de este autor (basada principalmente en Lolita) está muy lejos de la realidad y de lo que su obra trata de plantear. Barabtarlo, en su afán, llega incluso a decir que Nabokov era “por así decirlo, un místico”, lo que quizá ya es ir demasiado lejos, sin embargo.

Parece probable que la cuarta parte de Ada o el ardor, titulada “Textura del tiempo”, tuviera su germen en la lectura del libro de Dunne y las reflexiones que su experimento le inspiraron a Nabokov. Como Ada o el ardor es una de mis novelas favoritas, me dispongo con gran placer a releer esa famosa cuarta parte, que es la más corta, en la que Van Veen (el narrador) expone de manera ensayística sus ideas sobre el tiempo, efectivamente deudoras de Dunne. Una refutación del tiempo lineal, del tiempo objetivo y del tiempo universal y una reivindicación del tiempo perceptivo individual, que la física moderna no considera e incluso rechaza. De hecho, Van Veen declara abiertamente su desconfianza hacia la teoría de la relatividad, mira con malos ojos la visión del espacio-tiempo como un continuum y se queja de que nuestra representación del tiempo haya sido parasitada por nuestra representación del espacio, insistiendo en que la esencia del tiempo no puede limitarse a su “transcurrir”. En su lugar propone el ritmo como elemento que permite entrever el sentido del tiempo: “El tiempo es ritmo: ritmo de insecto en una noche cálida y húmeda, onda cerebral, respiración o martilleo en mi sien: esos son nuestros fieles relojes”. Lo que le interesa a Van Veen, en cualquier caso, es lo que él llama “el Tiempo detenido por mí”. Esta cuarta parte de la novela se cierra con unas palabras de Ada, textualmente recogidas por Van: “Podemos saber el tiempo que hemos tomado. Podemos saber el tiempo que hemos dado. Pero no podemos saber lo que es el Tiempo. Sencillamente, nuestros sentidos no han sido hechos para percibirlo” (traducción de David Molinet).

16 de enero de 2020

Empiezo la segunda parte del libro, “Bitácora del soñador”, que contiene las anotaciones de Nabokov durante los 80 días que duró el experimento de estudio de su “vida onírica”, expresión utilizada por Barabtarlo que me hace sonreír, pues le da a los sueños el estatus que merecen al lado de la “vida desvelada”. La bitácora de Nabokov empieza con una clasificación de sus sueños en 6 categorías principales y la siguiente lista de rasgos curiosos y repetidos:

1. Conciencia muy precisa de la hora del reloj, pero sensación difusa del paso del tiempo
2. Muchos absolutos desconocidos, alguno en casi todos los sueños
3. Detalles verbales
4. Reflexión más bien sostenida, más bien clara, más bien lógica (dentro de límites especiales)
5. Enorme dificultad para recordar un sueño completo, incluso resumido
6. Tipos y temas recurrentes

Me llamó la atención el número 5, porque me sucede también y siempre lo he encontrado frustrante. Pero después de pensarlo, ¿no será inadecuado calificar un sueño de “incompleto”? ¿No será una proyección de nuestra representación de lo que debe ser una historia, que no tiene nada que ver con la realidad de los sueños? ¿Quién dice que un sueño tenga que concluir en algo? 

Escuché justamente hace unos días un programa de radio en France Culture llamado La mécanique des songes, que abordaba la cuestión de los sueños desde la perspectiva de la neurociencia. Se dijeron algunas cosas que se comprueban al leer los registros de sueños de Nabokov, por ejemplo, que hay dos veces más emociones negativas que positivas en nuestros sueños; lo que resulta comprensible teniendo en cuenta de que de las seis emociones básicas (rabia, miedo, repugnancia, alegría, tristeza y sorpresa) enumeradas por Paul Ekman, sólo hay dos que pudiéramos considerar positivas. En el programa que escuché, un psicólogo llamado Tobie Nathan justificaba esta realidad sugiriendo una de las funciones de los sueños pudiera ser la de prepararnos para afrontar mejor potenciales situaciones difíciles que podrían presentarse en nuestra vida. 

Por otro lado, a veces Nabokov afirma ser consciente de haber tenido muchos sueños aunque los recuerda confusamente. Barabtarlo alude en algún momento a las noches agitadas que pasaba Nabokov a causa de su insomnio y sus problemas de próstata, que le hacían casi imposible dormir muchas horas seguidas. Al despertarse varias veces, Nabokov detectaba que cada noche tenía muchos sueños, pero esto no es ninguna anomalía, según explicaba la neuróloga Isabelle Arnulf en el programa de France Culture: a lo largo de la noche pasamos una media de 5 horas soñando, es decir la mayor parte del tiempo. 

19 de enero de 2020

Me ha costado un poco terminar esta primera parte de la bitácora de sueños de Nabokov simplemente porque no me daban demasiadas ganas de seguir la lectura. Hay que decir que, dejando a un lado algunos registros memorables por su originalidad o interesantes por ilustrar obsesiones de Nabokov (las mariposas, algo en relación a su escritura, la convivencia de diferentes lenguas, su padre), buena parte de los sueños que anota son triviales, similares a los de cualquier otra persona. Otras veces, Nabokov se queja de su “estreñimiento onírico” y de no recordar nada, lo que para Dunne era una “ilusión de la memoria”, porque, técnicamente, todas las noches soñamos. 

Me parece digno de mención que Nabokov involucre con frecuencia en este experimento a Véra, su esposa, anotando también sus sueños. Aparentemente conversaban a menudo sobre esto. ¿Es acaso la mejor manera de conocer a alguien, saber qué pasa en su cabeza cuando sueña? ¿Todas las banalidades incluidas? Sin duda. Nabokov a veces anota un gran número de detalles relativos a los sueños de Véra. Se repite la impresión que tuve al leer las Cartas a Véra: que Nabokov miró con pasión a Véra a lo largo de los casi cincuenta años que duró su vida en común, lo que encuentro enternecedor. 

Además del registro de sueños que Nabokov llevó durante las ochenta noches de 1964, Barabtarlo incluye en este libro todas las anotaciones que Nabokov hizo de sus sueños, antes o después de ese momento, y acaba esta tercera sección con un fragmento de un cuento llamado “Mademoiselle O”, de inspiración autobiográfica, en el que describe su escasa afección por el sueño ya desde la infancia, la oscuridad absoluta que necesitaba para conciliarlo y lo angustiosa que le resultaba la sensación de perder la consciencia. A pesar de esto (y este libro es una prueba), dedicó mucho tiempo a reflexionar sobre los sueños y a observar los suyos, sin contar todos los que incluyó en sus cuentos y novelas. 

Comprendo bien que Nabokov se resistía a interpretar sus sueños, y que detestaba el psicoanálisis, pero finalmente no encuentra tantas veces esas conexiones de las que Dunne habla con acontecimientos pasados o futuros (a veces, curiosamente, Barabtarlo sí las encuentra, paradoja del especialista que acaba conociendo mejor la vida del autor que el propio autor), y entonces esto empieza a convertirse en un catálogo de sueños que no siempre resulta interesante. 

20 de enero de 2020

Continúo mi lectura empezando la cuarta parte del libro, “El arte del sueño”, que reúne todos los sueños que aparecen en la obra de Nabokov, organizados según la clasificación temática que él mismo ideó para ordenar su diario onírico. Esta parte retoma el mismo sistema de catálogo de las dos secciones anteriores pero hay una diferencia: el trabajo del escritor es evidente, se trata ahora de textos que Nabokov pulió y publicó dentro de su obra de ficción, si bien el lector que haya llegado hasta aquí o que conozca la biografía del autor podrá detectar elementos autobiográficos. Disfruto mucho más esta sección aunque estoy ya un poco abrumada por este sistema de catálogo. En todo caso, los fragmentos despiertan mi curiosidad por leer algunos de sus cuentos o novelas que me quedan pendientes.

Me divierte mucho la ambivalencia que mantiene Nabokov: al mismo tiempo que llena sus cuentos y novelas de sueños, no duda en desmitificarlos burlándose así de sí mismo. En Desesperación leemos: “Los sueños son casi siempre paparruchas”, y en Barra siniestra hay un fragmento fabuloso que me voy a permitir reproducir aquí: 

“El sueño recurrente que todos conocemos (encontrarnos en la antigua aula, con los deberes por hacer, debido a que, sin querer, hemos faltado diez mil días a clase) era, en el caso de Krug, una reproducción bastante buena del ambiente de su versión original. Naturalmente, el guión de los recuerdos diurnos es mucho más sutil en lo que respecta a detalles reales, ya que los productores de sueños (de los que suele haber varios, en su mayoría analfabetos, de clase media y apremiados por el tiempo) tienen que hacer muchos cortes y recortes y combinaciones convencionales; pero un espectáculo siempre es un espectáculo, y el enfadoso retorno a la anterior existencia de uno (con el paso fuera de escena de los años traducido en términos de olvido, holgazanería e ineficacia) es, de algún modo, mejor representado por un sueño popular que por la erudita precisión de la memoria […] Pero, entre los productores u operarios responsables del montaje de la escena, ha habido uno…, es difícil expresarlo…, un genio innominado y misterioso que se ha aprovechado del sueño para introducir su propio y peculiar mensaje cifrado, que nada tiene que ver con los días escolares, ni ciertamente, con ningún aspecto de la existencia física de Krug, pero que le liga de algún modo a un impenetrable modo de ser, tal vez terrible, tal vez dichoso, tal vez ninguna de ambas cosas, una especie de locura trascendental que acecha detrás de la esquina de la conciencia y que no puede definirse de un modo mejor, por mucho que Krug se estruje el cerebro” (traducción de J. Ferrer Abreu).

22 de enero de 2020

Nabokov reflexionó sobre el tiempo a lo largo de toda su vida y según Barabtarlo no sólo lo consideraba “la principal condición estructuradora de la existencia terrenal” sino que su impulso de escribir narrativa hunde sus raíces en estas indagaciones y reflexiones, porque efectivamente toda “narración larga” tiene algo de experimento con el tiempo y porque además uno de los presupuestos básicos de la novela es la capacidad de recrear el paso del tiempo de manera creíble (“domar el tiempo”, según Barabtarlo), para así poder simular la condición humana. La atención que Nabokov prestó a autores como Tolstoi, Joyce o Proust va en esta dirección, ya que el tiempo es una de las cuestiones fundamentales de la novela del siglo XX. 

En la última parte del libro, Barabtarlo vuelve de nuevo al particular concepto de tiempo que Nabokov construyó y afinó a lo largo de su vida, tratando de mostrar cómo determinó su trabajo literario y cómo se declina en consideraciones acerca de los vínculos entre la imaginación y la memoria, que son especialmente poco afines a la linealidad. Esto se ve sobre todo en las novelas que Nabokov escribió en Montreux (Ada o el ardor, Cosas transparentes, ¡Mira los arlequines!, Desesperación, El original de Laura) en las que juega con textos que se construyen a capas y que requieren de varias relecturas para poder descubrir toda la información que contienen. En este sentido, el acto de la relectura, fundamental en la estética de Nabokov, se puede relacionar también con su visión del tiempo regresivo, como flujo y reflujo: fuerza al lector a ir y venir, leer en sentido inverso, de la causa al efecto y del final hasta el principio. Esta es la forma correcta de leer para Nabokov. 

Este efecto de flujo y reflujo, similar a un extenso déjà vu que Barabtarlo  llama el “Tiempo ondulante” me parece que tiene un parecido innegable con lo que Virginia Woolf construye en Las Olas. La máxima expresión de este principio serían las tramas helicoidales que Nabokov concibe en La dádiva y en La verdadera vida de Sebastian Knight.  Los vínculos entre el tiempo y la memoria son lo que más me interesa de la concepción del tiempo nabokoviana marcada por la importancia de la percepción subjetiva. En Ada o el ardor se dice que “el tiempo no es sino la memoria en desarrollo”. Llamamos memoria al ejercicio mental de traer el pasado al presente y llamamos imaginación a la capacidad de representarnos el futuro antes de que se transforme en presente. ¿Pero no es la imaginación lo que funciona en ambos casos? Sobre todo cuando sabemos hasta qué punto la memoria se entrega a juegos y trampas de todo tipo. 

Al final del libro queda claro que Nabokov no piensa realmente que los sueños le permitan viajar en el tiempo y no deja de ser llamativo que está dispuesto a servirse de la lente de la percepción subjetiva para aprehender esta dimensión y sin embargo rechace de pleno observar sus propios sueños en relación consigo mismo. Acabo mi lectura lamentando que Barabtarlo desplace su atención de la cuestión de los sueños a la cuestión del tiempo, de la cual la reflexión onírica se va despegando progresivamente hasta desaparecer por completo, decisión cuestionable en mi opinión en un libro que, por si había dudas, deja claro el enorme lugar que ocupa lo onírico en la narrativa de Vladimir Nabokov, pero también en su vida.


La imagen que acompaña la entrada es un detalle de una página del diario de sueños, de noviembre de 1964, de Nabokov.

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