Elogio de la inverosimilitud: sobre “Riverdale”, de Roberto Aguirre-Sacasa

Francisco Álvez Francese comenta la serie Riverdale, de Roberto Aguirre-Sacasa (1976)

En su libro La cultura entretenida (2019), el poeta y académico Felipe Cussen reflexiona sobre el molesto concepto de placer culpable en torno al Festival de Viña del Mar. En Chile, explica, su introducción se debe al escritor Alberto Fuguet. Cussen cita un fragmento de la primera novela de Fuguet, Mala onda (1991), en la que el protagonista dice, sobre la canción “I Love the Nightlife” de Alicia Bridges: “me conquista. Me la sé de memoria. En realidad me apesta, como toda la onda disco. Pero esa canción en particular es como un placer culpable”, a lo que Cussen agrega: “Me cuesta imaginar que exista una persona en el mundo que necesite dar justificaciones para deleitarse con esa melodía de tan sutil belleza. Pero lo que más detesto es ese halo condescendiente, paternalista, y, en definitiva, moralista que rodea esta postura”. 

Yo hace tiempo que no creo en lo que llaman “placeres culposos”, entre los que muchos mencionan escuchar música pop, mirar telenovelas o comedias románticas y un largo etcétera de actividades que a veces me dejan indiferente y otras son parte de mis cosas preferidas. Decir que no creo en los “placeres culposos” es lo mismo que decir que me hago cargo de lo que me gusta, incluso sabiendo distinguir los distintos grados de complejidad, los motivos por los cuales prefiero algunas obras a otras, la diferencia, a veces abismal, que puede haber entre estas y aquellas. Por ahí, en esa lista caótica, está Riverdale, cuya cuarta temporada acaba de terminar. 

La siempre inteligente Emily Nussbaum criticaba hace unos años en The New Yorker el carácter exagerado de la serie, que pasa a la televisión las clásicas historietas de Archie y sus amigos, que a su vez fueron recientemente revividas y adaptadas a estos tiempos, como en otro sentido sucedió con las aventuras de Sabrina, la bruja adolescente, también bajo la dirección de Roberto Aguirre-Sacasa. Aunque había empezado bien, comenta la crítica, con un misterio de pueblo chico, pronto la serie se transformaba en un “cosplay aburrido” de “falsa profundidad”.  

Con razón, Nussbaum tomaba la frase que un profesor de música le decía a Archie sobre sus canciones (que eran inmaduras y repetitivas) y se la dedicaba al programa entero, algo que el show “claramente sabe y no le importa”. Riverdale, seguía argumentando Nussbaum, compartía la fetichización de los 50 que David Lynch llevó a sus extremos en Blue Velvet y, sobre todo, en Twin Peaks, pero, no contenta con eso, “está determinada en hacer hipervínculos con todos los dramas adolescentes del siglo pasado”. Así, enumera la crítica, Riverdale homenajea a Dawson’s Creek, Heathers, Gilmore Girls, la Lolita de Stanley Kubrick, Rebel Without a Cause, Wild Things, The O.C., Beverly Hills, 90210, Gossip Girl, Veronica Mars y Pretty in Pink: tan lejos lleva esta tendencia la serie, tan al límite va, que en las distintas temporadas desfilan por la pantalla actores que hicieron su carrera en aquellas series y películas que tanto parodia, imita, reproduce. Así, podemos ver a Mark Consuelos (de All My Children), al recientemente fallecido Luke Perry y a Shannen Doherty (Beverly Hills, 90210), Skeet Ulrich (Scream), Robin Givens (Head of the Class), Molly Ringwald (Pretty in Pink), Chad Michael Murray (One Tree Hill) y Mädchen Amick (Twin Peaks)… 

Nussbaum, sin embargo, se defiende diciendo que el pastiche no tienen nada de malo en sí mismo, y cita algunos ejemplos recientes para sustentar su idea, en una lista en la que incluye a la fatigosa Stranger Things, que en ese momento era un hit absoluto. En efecto, el problema con esa serie, problema que ni por asomo tiene Riverdale, es que se toma en serio. A Riverdale, como nota Nussbaum, estas cosas no le importan.

Evidentemente no se trata de una serie acerca de la pérdida, o el pasaje a la adultez, o la corrupción o el deseo, pero esos tópicos están ahí. Se los comenta de manera a veces torpe, van y viene con inconsistencia, pero Riverdale se rehúsa a ser una metáfora, a la vez que, a través de sus personajes, está constantemente elaborando discursos sobre temas tan debatidos como el bien y el mal o la verdad y la mentira. En ese plano, evidentemente, es superficial, inmadura, mala: Jughead, por ejemplo, personaje recortado bruscamente de una ficción noir de los 40, es sentencioso y cursi, con sus frases absolutas sobre la culpa o el lado oscuro del sueño americano. En ese sentido también, sigue Nussbaum, la serie se acerca a Lynch, pero lo que en sus películas es “honesto” en Riverdale suena falso, vacío, insustancial. Lo mismo sucede cuando la compara con otro teen show, Buffy the Vampire Slayer (el capítulo que la crítica dedica a esta serie en I Like to Watch es muy recomendable, como el libro todo): aunque la serie de Joss Whedon mezclaba géneros y era en exceso estilizada, había atrás de eso personajes profundos, bien construidos, comprensibles.

Lo que parece molestar a Nussbaum, entonces, como a muchos otros críticos, es la “no-humanidad” de la serie, que la haría, en todo sentido, un chiste largo, un divertimento tonto para adolescentes que no captan las referencias y a los que eso no les importa. Esa no-humanidad anti-realista se puede leer también como inverosimilitud e inconsistencia en el armado de los personajes y de las tramas, una absurda obsesión del mundo contemporáneo. En un momento, por ejemplo, a Archie le da por la música, que luego abandona sin explicaciones, se pasa al boxeo y a otros divertimentos, mientras que su amigos van también de tener una banda a manejar un bar, ponen y funden negocios en pocos capítulos, se cambian de colegio, administran empresas, se enamoran y desenamoran, preparan exámenes para el liceo y organizan fiestas, y todo esto sin entrar en el costado de misterio de la serie, que lleva a los mismos “adolescentes” a resolver crímenes, desenmascarar sectas diabólicas, vivir episodios casi sobrenaturales, terroríficos, matar gente, ver gente morir, infiltrarse en organizaciones, planear venganzas, trabajar con el FBI, hablar con los muertos y participar en un RPG siniestro. 

Los personajes, finalmente, parecen fichas de un juego cuyas reglas permiten que cambien de sentido según las necesidades narrativas. Llevan adelante el relato y, en el largo de la serie, no “evolucionan”, no “aprenden”, no tienen, en un sentido estricto, una “psicología”. Aunque tengan momentos en los que eso asoma, se comportan en general como estereotipos que los escritores toman de cualquier fuente, incluidas muchas series “de adultos” ponderadas por la crítica que andan a la vuelta. De este modo, Riverdale puede pasar del drama familiar de ribetes shakesperianos (con un tío que, incluso, se llama Claudius) a los especiales musicales en los que el capítulo toma el tono de la obra adaptada (sea Carrie o Hedwig and the Angry Inch); del policial hard-boiled al romance; de la clásica ficción en torno a un culto secreto a la comedia; del esquema típico de películas como The Breakfast Club al weird. En esa mezcla desquiciada, hay referencias cultas y pop (desde un muy homenajeado Stephen King hasta frases de parlamentos que remedan versos de Dylan Thomas y de Hannibal a Edipo), se habla un inglés antinatural (en un episodio una de las supuestas adolescentes dice “Reveal thyself”, por ejemplo) y todos los tiempos coexisten: hay guiños obvios a los 80-90 pero también a los 50 y hasta a los 20 (¡hay un speakeasy!).

Esta libertad, hija del carácter marcadamente anti-realista de la serie (que, sin embargo, también logra emocionar), es la que permite que en su variedad logre a su vez proponer ideas interesantes sobre nuestro tiempo, con el que dialoga de manera corrida, extraña. La ciudad, cuya fisonomía va variando de acuerdo también a las necesidades de la trama (puede tener, según los requerimientos, barrios que parecen salidos de una metrópolis o casitas de suburbio, un diner solitario, un bosque con un bunker, un río, mansiones palaciegas y castilletes de estilo gótico, un antiguo convento, industrias, una prisión, hoteles, etc.), es en realidad la que marca los ritmos, los momentos de composición.

Como ejemplo de esto, en los capítulos finales de la última temporada entra en la trama un videoclub oscuro que guarda VHSs de todos los horrores que se cometieron en el pueblo: los filicidios, los engaños, los asesinatos… El cuarto secreto de ese videoclub, como antes el juego Gryphons and Gargoyles, funciona a la vez como un mapa y como una condensación de la ciudad, su representación en clave negativa. La aparición de estas cintas, entonces, supone un nuevo doblez en la historia, porque a su vez a ella se suman puestas en escena de los crímenes efectivos o supuestos, una vuelta sobre sí misma de una serie que no para de concentrarse, retorcerse sobre su eje para, de forma paradójica, poderse expandir.   

Afuera

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