Los cuervos de Max Aub: a 117 años de su nacimiento

Max Aub (1903-1972), el escritor de las muchas patrias, en palabras de Guillaume Contré

Para hablar muy brevemente de Max Aub, escritor francés-alemán-español-mexicano, solo puedo remitir a mi propia experiencia con su obra y por eso voy a referirme solamente a uno de sus libros, no porque se trata necesariamente del mejor, sino porque confío en que a partir de una parte se pueda evocar el todo (y el todo, el conjunto de su obra, en el caso de Aub, es amplio). El año pasado, la editorial suiza Héros-Limite me propuso traducir al francés un libro suyo corto y extraño, que no entra ni en la casilla de novela ni en la casilla de cuento largo, y que, de hecho, en vida de su autor no fue publicado como texto independiente, sino como parte de un volumen titulado Cuentos ciertos. Este texto que traduje se llama Manuscrito cuervo y ficcionaliza (mucho menos de lo que aparenta) en clave de parodia de tratado filosófico un periodo particularmente doloroso de la vida de Aub, cuando fue internado al principio de la Segunda Guerra Mundial en los campos franceses en los que fueron retenidos los refugiados republicanos españoles en plena retirada. Algunos años más tarde, una vez que el Mariscal Pétain hubiera asumido el poder, estos mismos campos detendrían judíos en tránsito hacia los campos de exterminación. 

Pero este Manuscrito cuervo no es un mero testimonio, empresa ardua si las hay; se trata, más bien, de una obra maestra del humor negro, un humor tan negro que resulta a veces desesperanzador. El cuervo que supuestamente ha escrito este texto en su idioma de cuervo (un texto que a su vez ha sido supuestamente traducido al castellano por un dudoso traductor que interpola intempestivas notas al pie) observa el día a día en el campo y deduce de esta observación algunas generalidades sobre la raza de los humanos que podrían parecer absurdas y hacernos reír de buena gana si no fuesen, más bien, crueles verdades sobre nuestra pobreza de espíritu. Por más imbuido de sí mismo que esté este cuervo grandilocuente y prejuicioso, no deja de observar con involuntaria agudeza la triste condición de los hombres (o sea que lo entiende todo mal y a la vez demasiado bien). El título del volumen en el que fue incluido este Manuscrito agrega una capa más de humor negro: este cuento corvino, sí que es, infelizmente, muy cierto. 

Comparado con los cinco volúmenes de su opus magnum dedicado al drama de la guerra civil española, El laberinto mágico, este Manuscrito cuervo que apenas llega al centenar de páginas podría pensarse como una obra menor. A mi entender, no es el caso. En esas ciento y pocas páginas se encuentran muchos de los rasgos esenciales de un escritor muy peculiar para quien escribir era a la vez dar testimonio de un mundo que se hacía pedazos e inventar formas sorprendentes con un espíritu juguetón (basta pensar en su clásico Crímenes perfectos, otra joya del humor negro, en su falsa biografía de un supuesto pintor catalán que algunos creyeron verdadero, en su libro escrito en forma de juego de naipes, etc.). 

La vida de Max Aub y sus cuatro nacionalidades sucesivas es conocida, aunque sospechamos que no tanto, ya que aún hoy no goza del reconocimiento que merecería, ni siquiera en España. Así que aprovechemos la fecha para resumirla a grandes brochazos. Nació el 2 de junio de 1903 en París de una madre francesa y un padre alemán; en 1914, se fue a vivir a España, a Valencia, con su familia, ya que el estallido de la Primera Guerra había convertido la nacionalidad de su padre en un problema; una vez del otro lado de los Pirineos, se volvió español y adoptó el castellano (que aprendió, según cuenta la leyenda, muy rápidamente) como idioma de vida y de escritura. Cuando terminó la Guerra Civil se exilió a París y, después de haber sido denunciado por “comunista”, tuvo que padecer la experiencia de los campos franceses primero en Le Vernet, cerca de Pau, en el sur, campo al que hace explícitamente referencia en Manuscrito Cuervo, y después en Djelfa, en la Argelia francesa, donde escribió los poemas del Diario de Djelfa. Finalmente, el 18 de mayo de 1942, gracias a la ayuda del cónsul mexicano en Marsella, pudo embarcar en el barco Serpa Pinto hacia Veracruz. Pasará el resto de su vida en México y, si bien viajará algunas veces a Europa, solo hará una breve vuelta a la irreconocible España de 1969. En México escribió mucho, fundó revistas (en algunas de las cuales él era el único redactor), publicó mucho y tuvo una actividad incesante en el ámbito cultural. Por una u otra razón —acaso por su paradójica calidad de apátrida con muchas nacionalidades— no forma parte del canon de la literatura española ni de la latinoamericana (y ni hablar de la francesa), a pesar de lo cual, en todo caso, sigue siendo editado y se lo sigue leyendo. 


El ensayo, escrito en ocasión de la publiación de Manuscrit corbeau (Génova: Heros-Limite, 2019), fue traducido al español por Francisco Álvez Francese y revisado por el autor.
La imagen que acompaña al texto es una fotografía tomada por Ignacio Soldevila Durante del escritor y su esposa, Perpetua Barjau, en el Lago Saint Joseph (Canadá), en octubre de 1962.

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