Ruinas contemporáneas: ficciones del eco-horror en América Latina

Nicolás Campisi traza un recorrido por algunas ficciones latinoamericanas en las que el desastre ecológico tiene la forma del horror

Ruinas contemporáneas. 

Así es como el escritor mexicano Homero Aridjis se refirió en su ya clásica novela La leyenda de los soles al paisaje (pos)apocalíptico de la Ciudad de México en un futuro no tan distante, devastada por la frecuente irrupción de terremotos, la polución urbana, la escasez de agua potable, el progresivo hundimiento del terreno y, ante todo, la ineptitud de una clase política que no ha querido ni sabido abordar una crisis que se nos ha escapado de las manos. La leyenda de los soles se publicó en 1993, pocos años antes de que el químico Paul Crutzen popularizara el término Antropoceno, que designa, como es bien sabido, la llegada de una nueva era geológica caracterizada por la fuerza de transformación de los seres humanos a escala global. A partir del cambio de siglo, una serie de ficciones latinoamericanas se han inscripto en el subgénero de lo apocalíptico o lo distópico para narrar las ruinas que van dejando tras de sí los proyectos neoextractivistas a lo largo del continente. Se trata de ficciones del eco-horror, que se preguntan insistentemente sobre qué formas debe adoptar la novela contemporánea para tender puentes entre los órdenes de la estética y la política, y sobre cómo sumir a los lectores en un proceso de concientización ambiental. 

Distancia de rescate, novela de 2014 de la argentina Samanta Schweblin, es un buen lugar para empezar a rastrear las contribuciones de la literatura a los debates sobre cambio climático, avanzada neoextractivista y colapso ambiental. Situada en un pueblo sojero de la pampa húmeda, Distancia de rescate cuenta la historia de una madre (Amanda) y una hija (Nina) que, tras alquilar una casa de campo en la que procuran huir del caos urbano, se ven involucradas en una serie de intoxicaciones causadas por el uso de pesticidas y demás sustancias agrotóxicas. La novela está compuesta por el diálogo entre Amanda y David, un niño-zombi que se ha intoxicado con pesticidas hace varios años y ha sobrevivido gracias a la intervención de la curandera del pueblo, “la mujer de la casa verde”, que se dedica a transmigrar el espíritu de los niños intoxicados a otros cuerpos en un intento por salvarlos de una muerte inminente. Mientras Amanda agoniza en una sala de emergencias en este pueblo que carece de hospitales y de otras instituciones de protección social, la voz ominosa de David —agudizada por el uso de la letra cursiva en cada una de sus intervenciones—– va guiando la conversación e instando a Amanda a encontrar “el punto exacto” de la intoxicación somática. Así, la novela construye vasos comunicantes entre la precaria situación de sus personajes y el ámbito del público lector, que también debe enfocarse en “lo importante” de una narrativa que no da respiro y, por lo tanto, en las medidas más urgentes que debe tomar para salir de la crisis ambiental. 

La literatura sobre pesticidas cuenta con una larga tradición. Sus orígenes se remontan a Silent Spring de Rachel Carson, un libro de ciencia ambiental publicado en 1962 que denunció el uso indiscriminado de pesticidas (en particular, del DDT) y las campañas de manipulación informativa por parte de la industria química. Sin embargo, Distancia de rescate es un aporte fundamental a este corpus textual, en la medida en que utiliza recursos del gótico o del horror para trazar homologías entre contaminación ambiental y daño somático, y para conjurar la ausencia espectral de los empresarios que se mantienen al margen de la cadena de intoxicaciones. Sotomayor, el dueño del campo, no aparece en ningún momento en la narrativa y sólo nos enteramos de su existencia a través de los dichos de los obreros. Es, en otras palabras, la mano invisible que mueve los hilos de la novela, a la manera de transnacionales como Monsanto que emprenden proyectos extractivistas a gran escala desde sus headquarters metropolitanos. En la novela, la soja adquiere agencia propia, su verdor contrasta con la sequedad de la tierra y se mueve de un lado a otro sin la intervención de las personas, encarnando esa cualidad eerie (espeluznante) que Mark Fisher vinculó con el descentramiento de las acciones humanas y con ruinas, estructuras abandonadas y paisajes vacíos. Desde la publicación de Distancia de rescate se ha producido un boom de ficciones sobre pesticidas y fumigaciones tóxicas en el campo argentino, como es posible apreciar en una novela como Noxa de María Inés Krimer o en los cuentos de Fosfato de Manuel Crespo.

En los últimos años, sin embargo, las ficciones del eco-horror sobre el uso de pesticidas han proliferado también en el resto del continente. Mientras que en Distancia de rescate el eco-horror es una forma de violencia desmaterializada, Después de la ira (2018) del colombiano Cristian Romero está repleta de escenas de represión, violencia contra los activistas ambientales y deterioro del cuerpo humano y social. Después de la ira se inscribe explícitamente en la estela de la novela de Schweblin, en la medida en que sus personajes tratan de encontrar, de manera retrospectiva y en ese “después de” que indica el título, “el punto exacto en donde se hubiera podido vislumbrar la tragedia, ese en el que el destino se había empezado a torcer”. La novela transcurre en San Isidro, un pueblo perdido entre maizales transgénicos en el que una empresa transnacional, Semina, clara figura de Monsanto, quiere comprar a cualquier costo las tierras de los pobladores rurales. Para ello, Semina se alinea con un grupo paraestatal, Los Cuervos, que asisten a la transnacional en la tarea de amedrentar a los dueños de los campos para que cedan sus tierras a precios irrisorios. Otro de los métodos que utiliza Semina para aterrorizar a los agricultores locales es la venta de fertilizantes falsificados que echan a perder rápidamente las cosechas de maíz. Como en la novela de Schweblin, en Después de la ira atestiguamos la descomposición del cuerpo de los habitantes que crecen en los poblados aledaños a los cultivos transgénicos, especialmente el cuerpo de los niños: plantas de pie deformadas, manchas blancas, dedos sin uñas.

En este contexto, el protagonista de la novela, Samuel Roldán, se propone defender a capa y espada el terreno que ha heredado de su padre. Pronto, sin embargo, se da cuenta de que se trata de una lucha imposible de llevar a cabo por cuenta propia. Su ambiente familiar se va transformando poco a poco en un “moridero”, esa figura que Mario Bellatin utilizó en Salón de belleza para referir la descomposición corporal de los enfermos de VIH/SIDA. Al cuerpo de la esposa de Samuel, Liliana, le crecen “manchas descoloridas” que corroen sus órganos internos y que el narrador compara con “los inmensos mapas de los maizales que se tragaban el pueblo”. La sensación que transmite la novela es la de una resignación colectiva, porque, por más que obreros y pobladores unan fuerzas para la organización de una lucha comunitaria, las transnacionales movilizan todos los recursos que tienen a su disposición —incluyendo aquellos que se encuentran por fuera del ámbito legal— para someter violentamente a los pequeños y medianos productores. América Latina es líder en los rankings de activistas ambientales y defensores de derechos humanos que son asesinados o desaparecidos, exhibiendo cifras aterradoras a nivel continental. En este marco, Después de la ira representa la lucha de “trabajadores anónimos” que son devorados por una maquinaria que los somete a un trabajo alienado sin ningún tipo de garantía laboral. Las únicas opciones con las que cuentan los pequeños productores son vender la tierra o desaparecer. La metáfora más dominante de la novela es la de una fuerza exterior que avanza por los maizales y se traga tanto a la tierra como a sus habitantes (“pensó en los maizales que ya lo empezaban a encerrar. Pronto se lo terminarían tragando”) y, en este sentido, la novela conecta con una obra fundacional de la literatura Latinx, …y no se lo tragó la tierra (And the Earth Did Not Devour Him) de Tomás Rivera, que se centra en la lucha de los trabajadores migrantes mexicano-americanos en la Texas de los años 40 y 50. 

Una de las escritoras que promociona la novela de Romero en el blurb de la contratapa es la ecuatoriana Gabriela Alemán, que también ha hecho una contribución notable a este corpus de ficciones sobre el eco-horror. Poso Wells, de 2007, es una reescritura del cuento de H. G. Wells “El país de los ciegos”, en el que un alpinista encuentra a un grupo de disidentes políticos que se han refugiado en un valle escondido y que padecen una enfermedad que los ha dejado ciegos. Alemán actualiza la metáfora de Wells en el contexto de las luchas de defensa de recursos naturales y autodeterminación indígena en el Ecuador contemporáneo, que se pueden vislumbrar a través de movimientos como YASunidos y su resistencia a la intervención de empresas extranjeras en el Parque Nacional Yasuní, ubicado en la Amazonía ecuatoriana. Poso Wells conecta el activismo ambiental con las luchas del movimiento feminista, pues la novela comienza con una serie de desapariciones de mujeres que remiten al contexto de feminicidios y termina con los intentos de explotación del bosque nublado por parte de un magnate dueño de una multinacional. El personaje principal de la novela es un periodista que tiene que escarbar en la historia nacional para encontrar trazos de una verdad encubierta, penetrando de manera literal en los subsuelos de la realidad ecuatoriana en una época en que gobernantes e inversionistas privados hacen todo lo posible para montar una maquinaria de ocultamiento. El “poso” del título se refiere a los sedimentos de una historia colonial de explotación desenfrenada de los recursos naturales y desposesión del cuerpo ciudadano. Por ello, el tropo de lo subterráneo busca rescatar los impulsos sostenibles de las poblaciones marginadas por el estado-nación, ese “conocimiento intangible” (o intangibility) que, según Macarena Gómez Barris, se encuentra en los recodos de la selva amazónica y que sólo los miembros de las comunidades indígenas son capaces de percibir.

Otra reescritura de la tradición literaria en tiempos de crisis ambiental es La Compañía de la mexicana Verónica Gerber Bicecci, una fotonovela que documenta los efectos tóxicos de la explotación minera a gran escala en el estado de Zacatecas. La primera sección de la novela es una reescritura o desapropiación de “El huésped”, cuento gótico de Amparo Dávila en el que un ente (nunca se revela si es humano o animal) invade el ambiente doméstico de una familia rural hasta volverse una presencia siniestra. La intervención de Gerber consiste en cambiar los nombres de los personajes del cuento (el huésped pasa a llamarse la Compañía y la criada Guadalupe, la máquina) y el tiempo verbal del pasado al futuro. Al mismo tiempo, Gerber sitúa el texto en un poblado específico (San Felipe Nuevo Mercurio, Zacatecas) a través de fotografías que documentan las ruinas que dejaron una serie de compañías mineras en este poblado remoto, cuyos habitantes sufren hoy todo tipo de trastornos psicofísicos. Al adaptar el cuento de Dávila en un contexto de avanzada neoextractivista, Gerber contextualiza la idea de los seres humanos como huéspedes de una manera similar a como el teórico francés Michel Serres define la noción de parásito. Según Serres, los seres humanos hemos incumplido el contrato de reciprocidad que nos une con el mundo natural, de modo tal que hemos devenido parásitos de una naturaleza que se está volteando contra nosotros. La segunda parte de La Compañía es un collage de citas de otros textos literarios y científicos, así como de entrevistas sobre el paso de las empresas mineras por Nuevo Mercurio a partir de los años 30. De este modo, Gerber inserta su práctica dentro de las escrituras citacionistas o las necroescrituras contemporáneas que, según Cristina Rivera Garza, descentran una noción estable de autor y movilizan una matriz colectiva que permite erigir estrategias de resistencia al poder soberano. En un contexto de violencia ecológica, la idea de que existen pluriversos o mundos relacionales —que, como señala el antropólogo colombiano Arturo Escobar, se opone a la separación occidental entre cultura y naturaleza— sirve para postular narrativas ajenas a la centralidad de lo humano y más atentas al conjunto de especies que constituyen el mundo natural.

En el Caribe, una de las preocupaciones por la avanzada extractivista tiene que ver con la contaminación de los ecosistemas marinos. Una novela de Rita Indiana Hernández de 2015, La mucama de Omicunlé, instaura una temporalidad vertiginosa que difumina las diferencias entre pasado, presente y futuro. La novela comienza en la Santo Domingo del año 2027, un futuro posapocalíptico en el que un maremoto ha dañado irreparablemente el ecosistema del mar Caribe, ayudado por las armas tóxicas que el presidente de Venezuela le había donado al gobierno dominicano y que se vierten en el agua tras el cataclismo. En la primera escena de la novela, un camión recogedor de basura destroza el cuerpo de un inmigrante haitiano en el que detecta un virus. La protagonista, Acilde Figueroa, es una mujer que trabaja primero como prostituta en el puerto de la ciudad y luego como mucama de Esther Escudero, la santera del presidente a la que también llaman Omicunlé por ser la protectora del fondo del mar. En primer lugar, Acilde hace la transición al sexo masculino gracias al Rainbow Brite, una vacuna que promete el cambio de sexo sin la necesidad de someterse a una operación quirúrgica. Luego, cuando entra en contacto con la anémona de mar que guarda Esther Escudero en su casa, Acilde se duplica en dos tiempos-espacios previos de la historia dominicana: como Roque, un bucanero en La Española del siglo XVII, y como Giorgio, un empresario ítalo-dominicano en la Santo Domingo de 2001, en la que monta un proyecto que combina arte contemporáneo y ecología para salvar a las especies marinas. Sin embargo, en vez de convertirse en un verdadero agente de cambio, Acilde se deja subyugar por los impulsos de acumulación primitiva de capital que lo convierten, como ha indicado Indiana en una entrevista, en un “mesías del capitalismo”. Pese a ser una novela sumamente pesimista, La mucama de Omicunlé encuentra en la anémona de mar una figura de lo que Donna Haraway ha llamado “pensamiento tentacular” (tentacular thinking), una ontología relacional que postula una alianza inextricable entre lo humano y lo no humano, entre hombre y mujer, que permite entrever la fluidez, la improvisación y el sincretismo de las sociedades caribeñas. 

Este muestrario de ficciones sobre el eco-horror no es para nada exhaustivo. De hecho, este proliferante corpus de ficciones incluye textos de Lina Meruane, Cristina Rivera Garza, Pedro Mairal, Luis Hernán Castañeda, Liliana Colanzi, Pedro Cabiya, Ramiro Sanchiz y un largo etcétera. Cada uno de estos textos explora los nuevos ordenamientos afectivos que padecen las sociedades contemporáneas. Los ciudadanos, además de tener que soportar una sensación de horror omnipresente, sufren muchas veces la anticipación pre-traumática de una catástrofe que puede acaecer en cualquier momento. Al mantenerse atentas a los ensamblajes entre seres humanos y no humanos en la era del Antropoceno, las ficciones del eco-horror nos brindan pistas esenciales para orientarnos dentro del mapa de una crisis cada vez más escalofriante.

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