Diario de lectura: “Lanark”, de Alasdair Gray, y algunos libros de Mario Levrero

La relectura, durante el confinamiento, de Lanark (1981), del recientemente fallecido Alasdair Gray (1934-2019), trajo a Ramiro Sanchiz nuevas reminiscencias de la obra de Mario Levrero (1940-2004)

Mayo-junio de 2020

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Es harto común encontrarse con el tipo de lector que presume de haber leído libros raros, y por raros se entiende aquellos que son poco conocidos, poco leídos, quizá inconseguibles o incluso no han sido traducidos. Se mezclan, entre otras cosas, el gesto hipster de declarar haber “llegado primero” y el espíritu explorador del bibliómano que se aventura por bibliotecas perdidas en aquellas tierras olvidadas por los imperios; todo el mundo leyó a fulana o a mengano, diríase, pero ¿quién conoce a….? Y el resultado es algo parecido al capital simbólico: de pronto, quien conoce a ese escritor envuelto en misterio o esoterismo ha ganado cierta estatura. Al menos así funciona entre gentes fácilmente impresionables: adolescentes, talleristas de grupos de creación de poesía o narrativa, etcétera. Gente, es decir, que se dice amante de la literatura.

Debo admitir que me encantaría ser capaz de jugar esa carta, pero lo cierto es que todos los autores oscuros, esotéricos, apenas leídos o inconseguibles (o todo esto junto) que conozco son de ciencia ficción, lo cual implica una notoria devaluación del capital simbólico aludido en el párrafo anterior. Eso, digámoslo así, no sirve.

Sin embargo, en una ocasión noté que fluía hacía mi persona cierto prestigio de lector aventurado y conocedor de tesoros ocultos. Fue en 2010, en una reunión de escritores latinoamericanos jóvenes que se celebraba en Madrid: nadie tenía la menor idea de quién era el escritor del que había empezado a hablar con admiración, excepto otro escritor del que suelo de hecho hablar con admiración y que, entre otras cosas, pasa por un inmenso conocedor de tesoros ocultos y lector de casi cualquier cosa que pase por literatura. No importa el nombre de este conocedor, sino la identidad del escritor desconocido para la mayoría de los presentes: Alasdair Gray, y creo que en todas las ocasiones que he mencionado el resultado resultó ser el mismo que el de aquella tarde en Madrid. Es un escocés, aclaro siempre, que publicó en 1981 un libro llamado Lanark, una de las cosas más impresionantes publicadas bajo la forma de una novela. 

Ignoro si mi prédica graysista resultó alguna vez en el contacto real de un nuevo lector con Lanark u otra de sus novelas, pero al menos por unos minutos logré pasar por un descubridor de rarezas. Y para alguien como yo, que siempre llega tarde a todo (empecé a ver Lost, mi serie favorita de todos los tiempos, cuando promediaba ya la segunda temporada, me fascinó Mircea Cartarescu después de que todo el mundo presumiera de haber atravesado los cientos de páginas de Solenoide, y así sucesivamente), se sintió muy bien.

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Ahora el flashback de rigor. Descubrí a Alasdair Gray en 2005, lo cual en cierto modo es curioso para alguien que conocía bastante bien el catálogo de Minotauro desde fechas tan tempranas (dada mi edad, claro) como 1992, ya que la editorial publicó (en su rama española) dos libros del escocés (Un hacedor de historia y el maravilloso Cuentos ante todo inverosímiles) en los noventa. Así, a pesar de que a los quince soñaba con completar la colección que sugerían las páginas finales de todos los libros, donde se listaba una selección de títulos publicados (y, por cierto, así fue como “descubrí” El señor de los anillos), jamás me enteré de la existencia de aquellos tomos.

A mediados de los 2000, por otra parte, estaba considerablemente más preocupado por la música que por la literatura —en oposición al presente, cuando estoy apenas un poco más preocupado por la música que por la literatura— y alimentaba las esperanzas de “salir adelante” con la banda que tenía entonces, para la que componía músicas y letras, tocaba la guitarra y, horror, también cantaba (o hacía algo parecido a cantar, para ser más justos con los pobres oídos que debieron sufrir aquellas performances). En circunstancias que no vienen al caso, mi tío me puso en contacto con el hijo de un amigo suyo, un vasco cuatro años mayor que se hacía llamar Txabi (nacido durante el franquismo, debió haber sido anotado como “Javier”). Nos encontramos en un bar de Punta Carretas y pronto descubrimos que nos gustaban más o menos las mismas cosas, desde Tolkien y Tool hasta Dan Simmons y King Crimson. Le comenté que tenía una banda glamgothmetalexperimentalelectroalternativa y que nos venía bien un guitarrista más. Después resultó que Txabi era más o menos un virtuoso del instrumento, que sabía de teoría musical más que todos los demás miembros de la banda juntos y que, creo recordar, tenía perfect pitch (lo cual, sesiones de “taller de canto” mediante, sirvió para que yo renunciara al lugar de vocalista); pero, además, en alguna de aquellas primeras ocasiones en que nos encontramos por ahí le comenté que también escribía narrativa, y le pasé los últimos cuentos que había terminado. 

Por esas fechas mi única actividad pública como escritor era participar del concurso de narrativa joven de la filial Jai de la B’nai B’Rith, en el que año tras año obtenía desilusionantes menciones de honor y, por tanto, veía impresos mis textos en unos libros pequeñitos, de tapas a colores plenos y casi siempre primarios, que una vez apagadas las luces de su presentación (donde se comía y bebía bastante bien), desaparecían misteriosamente de cualquier lugar que no fuesen las estanterías de los publicados —miento: hace unos años conseguí un tomito que me faltaba en el rebusque de saldos de una librería de viejo cerrada que exponía sus remanentes en la Feria del Libro de Paysandú, o Maldonado, o San José, no recuerdo bien; por supuesto, mi ejemplar está autografiado por uno de los autores. En ese concurso, de hecho, obtuve menciones hasta 2008, el último año en que (por cumplir treinta) calificaba de “joven” y, por tanto, podía presentar mis cuentos. Ese año recibí el primer premio —compartido con una joven promesa rápidamente esfumada del mapa, que según tengo entendido se convirtió en abogado— por un cuento copiado de El discurso vacío, de Levrero (se titulaba “El cuento vaciado” y tuve el descaro o la ingenuidad de incluirlo a mi primer libro de relatos). Como ya para entonces había roto la banda y abandonado toda esperanza de hacer música de un modo más o menos público, profesional o pretendidamente “serio”, volvía a la literatura (así escrito me recuerda la biografía de solapa de un querido amigo ya fallecido, donde se decía que después de publicar varios libros el escritor en cuestión fue “devuelto a la música” gracias a su banda de rock del momento) con cierta amargura y ganas de conquistar las eventuales polonias. 

Pero esa, como se dice al final de Conan el Destructor, es otra historia.

Cuando Txabi leyó mis cuentos seleccionó uno que le gustaba especialmente. Era una trasposición muy calcada de la historia de Heliogábalo de Emesa a un contexto de imperios más o menos fantásticos en el que se hablaba de una flor alien y algunas cosas más (todas reaparecidas en novelas posteriores): se parece a los cuentos de Alasdair Gray, dijo quien poco después pasaría a dirigir las sesiones de rol (Rolemaster Tierra Media, para dar detalles nerd) en las que conocería a mi esposa. 

Le respondí a Txabi que jamás había leído a Gray y él (con un fervor graysista que todavía vive en mí) pasó los siguientes dos o tres meses instándome a que lo hiciera con todas las armas retóricas disponibles. Y había que leer Lanark, precisaba. Los otros libros estaban bien (mi cuento se parecía a uno de los que integraban Historias ante todo inverosímiles, lo cual sin duda fue uno de los mayores elogios que le han hecho a mis textos), pero Lanark estaba a otro nivel. “Despegado”, habría dicho de haber sido uruguayo.

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Pero no llegué a Gray sino hasta mucho más tarde. En 2007 compré Lanark en la edición aniversario de Canongate, por Amazon, y lo leí en tres días tras haber renunciado a mi empleo de entonces, que era tratar de vender cosas parecidas a libros en una sucursal de cierta célebre juguetería y papelería montevideana. Semanas atrás había leído La novela luminosa, de Levrero, lo que terminó por catalizar mi renuncia; no sé si entonces el uruguayo y el escocés se tocaron en mi lectura de sus obras respectivas, o si más bien me detuve en sus (no pocas) diferencias. Ahora han pasado trece años y, en medio de la pandemia y la reclusión, releí Lanark. En su momento (y también ahora) el libro me fascinó o deslumbró como pocos —y me convirtió en un verdadero predicador de la graylatría, misión que jamás perdí de vista en estos largos años. Quizá, como pasa con las primeras (y por demasiado tiempo únicas) lecturas de libros tan vastos, no pocas secciones de la novela permanecieron en una suerte de opacidad luminosa: esas páginas de las que no se lee nada en verdad, pero que persisten en la sensibilidad, como si esta supiera replegarse a la espera del momento en que las circunstancias logran que ciertos detalles nos llamen la atención y empecemos a mapear esos territorios recorridos a ciegas. Por supuesto, no puedo presumir de que una segunda lectura de Lanark me haya permitido “abarcar la totalidad” del libro, porque toda obra es inagotable y algunas son más inagotables que otras, pero creo haber obtenido una imagen de conjunto un poco más detallada que la que permanecía en mi memoria. Y, entre otras cosas, emergió cierto parecido asombroso entre Gray y Levrero: casi como si hubiese encontrado, en esta lectura (detalles sórdidos a continuación) el camino a casa.

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Esto amerita, notoriamente, una lectura más detenida, un “análisis pormenorizado”, como se suele decir, y mucho más trabajo; pero por ahora bastará con recoger algunas impresiones sobre el parecido de Lanark con no pocos textos de Levrero. En particular la tercera parte de la novela de Gray (con la que arranca el libro, cuyo orden de partes es 3, prólogo, 1, intermedio, 4, 2, epílogo) resulta llamativamente semejante a Paris y al cuento “Espacios libres”, en los que el recurrente solitario levreriano entra en contacto con pequeñas comunidades de hombres y mujeres derruidos (esto, a su vez, también puede remitir al más reciente The Spectral Link, de Thomas Ligotti), que se reúnen en las noches grises y viven un caos a escala y una confusión cotidiana. Lanark, el protagonista de la novela epónima, descubre en las sombras de Unthank (una ciudad de pesadilla en la que nunca brilla el sol) un pequeño club liderado por una suerte de chantafilósofogurú posteriormente elevado (en la cuarta parte del libro) a la autoridad máxima de su ciudad; Lanark, además, se vincula a los integrantes del club, los acompaña al cine, se enamora de una de las mujeres y, mientras vive en una habitación que le alquila a una anciana, desarrolla una enfermedad llamada “dragonhide”, que poco a poco va convirtiéndolo en dragón.

Pero terminada esta tercera parte, cuando comenzamos la “primera”, la historia de Lanark deja paso a la de Thaw, un niño con notorios problemas emocionales que aspira a convertirse en artista. Aquí arranca la versión de Gray del Retrato joyceano, y si bien para este momento entendemos que las proporciones de la novela se acercan a las de eso que ha sido dado en llamar “novela total” y por tanto a algo en principio ajeno a la sensibilidad levreriana (quien famosa y uruguayamente declaró preferir cultivar pequeños jardines a levantar catedrales), las coincidencias siguen presentes: sólo que se han deslizado ahora hacia cierta cosmovisión inherente, o incluso hacia un perfil posible de sus autores —en el caso de Gray un escocés autodidacta de clase obrera, en el del Levrero un (¿acaso equivalente?) uruguayo autodidacta de clase media.

Es posible que todos los autodidactas del mundo se parezcan en líneas fundamentales de su sensibilidad y su actitud hacia los saberes, pero es llamativo que tanto Levrero como Gray dejen ver en su escritura una suerte de gnosticismo amargo y un humanismo pesimista, derrotado, por el que esa cosa única, espiritual y tal vez divina que hace al ser humano en su esencia queda maculada inevitable e irreversiblemente por el mundo y su valle de lágrimas. Gray piensa en principio a otra escala: habla de guerras, de maquinarias, de gobernantes, de la historia del mundo explicada en cuatro páginas, pero lo hace con la misma ligereza con la que Levrero aborda temas similares en, por ejemplo, el cuento “Aguas salobres”, una de sus obras maestras. Hay, repito, una coincidencia de sensibilidades, no de resultados (salvo cuando esos resultados se parecen, por supuesto).

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Sin duda, Levrero no leyó a Gray. O, en todo caso, no pudo hacerlo mientras escribía buena parte de su obra, esa parte que hace que Levrero, para todos nosotros, sea Levrero. No pudo leerlo en 1968, por ejemplo, mientras trabajaba en la Trilogía Involuntaria (cuyas partes integrantes resuenan con imágenes y temas de Lanark), por la simple razón de que por ese entonces Gray todavía estaba escribiendo su novela, que fue publicada recién en 1981; Gray no leía español, y los únicos cuentos de Levrero que pudo haber leído traducidos, si es que leía francés, fueron los de La máquina de pensar en Gladys en su edición francesa (Labyrinthes en eau trouble) de 1977. Pero esto no tiene importancia; el complejo “índice de plagios” que Gray incluyó como notas al margen al epílogo de Lanark incluye un buen número de libros rastreables a su vez a las lecturas de Levrero, lo cual es evidentemente un buen punto de partida a la hora de pensar en la formación y desarrollo de sus sensibilidades. El gesto metatextual de Gray, a su vez, que enumera los antecedentes del libro que se está leyendo y los involucra en el relato pirandelliano y unamunesco del encuentro entre personaje y autor, es tan candoroso como los experimentos formales de Levrero en Ya que estamos o los cuentos de El portero y el otro.

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Levrero, como todo gnóstico, no podía aceptar una visión no humanista del mundo: con todos los matices imaginables, su apelación a lo “espiritual”, al arte como expresión del inconsciente y de lo esencialmente personal, y su distinción entre imaginación e invención (como la desarrolla en su correspondencia con Pablo Silva Olazábal), presuponen la idea de un sujeto humano esencial y de alguna manera transfísico: indicios de una superación de esta poca cosa en que estamos inmersos —la materia, la economía, la selección natural. Hay en su obra, es decir, una permanente búsqueda de lo auténtico (entendido siempre como lo más excelso), de lo cercano al núcleo de lo humano, que, entre otras cosas, da por sentado que hay algo así como “lo humano”, por extraño que pueda resultar al final del camino. 

Alasdair Gray, a su vez, entiende que la gran maquinaria del cosmos no hace otra cosa que destruir esa esencia humana, maltratarla, vulnerarla. Como Kurt Vonnegut, da por sentado que la vida “no es forma de tratar a un animal”, y apela a una suerte de ética por la que los seres humanos, dada su condición esencial y a su vez privilegiada (seres conscientes de sí), deberían comportarse dignamente; por supuesto, esto no sucede, pero el deber ser de Gray se mantiene ante la adversidad y la aniquilación, por decirlo así, aunque sea como una utopía. En algún momento perdimos el camino, diría, y ya nunca lo volveremos a encontrar; pero alguna vez existió un hogar. 

Arriesgo una conclusión. El hecho de que no otra cosa se diga en Paris, por poner apenas un ejemplo, no es sorprendente: estas formas de gnosticismo son ubicuas en la literatura, porque la literatura en el fondo no es otra cosa que un pliegue del humanismo: su brazo, quizá, su herramienta, y por tanto sólo en los escritores sospechosos de no “pertenecer” del todo a la literatura (Ballard, Burroughs, Lovecraft) cabe encontrar un pensamiento radicalmente opuesto. Levrero y Gray escribieron libros que resuenan armónicamente con ese gnosticismo porque vieron siempre en la literatura la expresión más auténtica de esa esencia humana cuya existencia la propia literatura les había enseñado a dar por sentada, en un loop memético hipersticional. En última instancia, lo que resulta llamativo es la magnitud del parecido: cómo dos hombres estrictamente contempráneos (Gray nació en 1934, Levrero en 1940), separados por un océano, una lengua y por la historia del capital escribieron ficciones que se parecen tanto sin parecerse demasiado (no se trata de la coincidencia entre “El ahogado más bello del mundo”, de García Márquez, y “El gigante ahogado”, de Ballard, dos cuentos que son exactamente el mismo).

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El resto (como el principio) es historia personal. Leí a Levrero y a continuación a Gray, y ambos a su manera formatearon mi vida (mi pensamiento, mis intentos de escritura, mi sensibilidad) durante los años de 2005-2010; mis primeras novelas (iban a formar una trilogía integrada por 01.Lineal, 02.Espuma y 03.Regreso, que creo llegué a presentar a algún editor) imitaban a ambos, como si los arrojaran a la máquina teletransportadora de The Fly. Yo, quiero decir, sólo encontraba el parecido entre Gray y Levrero escribiendo, en oposición a hacerlo leyendo. Y si bien estas tres novelas no fueron editadas finalmente, las retomé y reescribí de varias manreas, y todavía hoy lo hago, como si fueran instancias de mi propio ADN, hackeado viralmente por Levrero y Gray, o por eso que son cuando son el mismo.

Leer (y escribir), supongo, es enfrentar espejos en movimiento para obtener loops visuales, o apuntar cámaras a monitores; en la imagen aparecen los fantasmas, los espejismos: el arte, la esencia, el yo, el ser humano.


La imagen que acompaña la entrada es el detalle de una página del manuscrito de Lanark, de Alasdair Gray.

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