Casa tomada: sobre “Shirley”, de Josephine Decker

Sofía Gervaz escribe sobre la película Shirley, de Josephine Decker, basada en la figura de la escritora Shirley Jackson (1916-1965)

Venía de ganar en Sundance, tenía como protagonista a Elisabeth Moss, un póster maravilloso y se presentaba como un biopic de Shirley Jackson. Shirley (Josephine Decker, 2020) era la película más esperada del año… al menos para mí.

Un tren que se dirige a no sabemos dónde, un chica que lee en una revista “The Lottery” con cara de sorpresa, tuerce los labios pintados de un rojo increíble, sonríe; mira a su pareja y le dice lo que pasa en el final de la historia. Él dice que eso es creepy, ella le responde que es estupendo. Sonríe, baja su mano a la entrepierna de él, miradas cómplices, encuentro furtivo y sexo en el baño. 

La joven pareja llega a una casa en la que hay una fiesta, los recibe un hombre con un “¡Bienvenido a nuestro sagrado fin de la Tierra, chico! Bienvenido a Bennington”. La cámara nos lleva al interior del caserón: música, personas hablando, una anécdota que es el centro de la conversación, el dueño de casa que interviene, una mujer sentada en un sillón con un whisky en una mano y un pucho en la otra que agrega información a la historia. Los invitados que ríen. Alguien le pregunta a esta mujer, desde la otra punta de la habitación, “Shirley, ¿qué estás escribiendo ahora?”, ella responde “Una pequeña novela a la que llamo No es asunto tuyo”. Así empieza.

Basada en la novela homónima  de Susan Scarf Merrell (2014), Shirley llegó a diferentes plataformas de streaming el 5 de junio, y corrí a verla. El descubrimiento de que estaba basada en una novela, de que no era exactamente una biopic de Jackson y de que era una maravilla visualmente, llegó todo mientras la miraba.

Sin embargo, aunque la película lleva su nombre, no es precisamente su historia; esta es la historia de Rose (Odessa Young) y Fred Nemser (Logan Lerman), una pareja de recién casados que termina viviendo en la casa que Jackson (Elisabeth Moss) y su esposo, el crítico literario Stanley Edgar Hyman (Michael Stuhlbarg), tenían en North Bennington, Vermont, a mediados de los 40. Fred llega como aprendiz y asistente de Hyman en la universidad de Bennington y Rose como la joven esposa embarazada que no tiene más que hacer que quedarse en la casa. Shirley es entonces la historia de esta pareja y de cómo sus vidas van a verse atravesadas por otras historias y por los fantasmas que habitan en la casa Jackson-Hyman.

Un poco a través de la mirada de Decker, otro poco a través de la mirada de Rose es que conocemos a Shirley, que nos sumergimos en su mundo, que entramos en su cabeza. Vemos la vida de la escritora desde los ojos de esta joven, una admiradora más de su trabajo, a través de escenas cubiertas de un velo onírico, de una neblina que confunde esa realidad con las ficciones de la autora, como si de a ratos los personajes formaran parte de una de las historias de terror de Jackson. Las dos son mujeres completamente diferentes que entablan una amistad particular, que se encuentran en un encuentro que cambia sus vidas: una chica desaparecida en el pueblo, un caso sin resolver, un personaje para la novela en la que la escritora está trabajando. Fiestas en la universidad, maridos infieles, mujeres que tienen que sostener el personaje y ser socialmente funcionales. El amor en diferentes expresiones, las adicciones, la depresión, el ruido de la máquina de escribir, las hojas amarillentas del manuscrito. Todo esto y más es Shirley.

Visualmente es perfecta, toda. La puesta en escena, los colores, el vestuario, la música, todo está cuidado y funciona. La actuación de Odessa Young y la transformación de Rose a lo largo de la hora cuarenta de la película, es también fantástica. Y, obviamente, Elisabeth Moss brilla y hace una gran interpretación de Shirley Jackson. Hay escenas en que la mirada de una y de la otra, esa mirada penetrante detrás de los lentes gruesos de acetato, parece ser la misma. Pero, más allá del amor que profeso por Moss, hay algo que me genera un poco de, no sé, ¿agotamiento?, y es cómo vuelve a este tipo de personaje en el que parece estar encasillada. Esa construcción que ya vimos en The Handmaid’s Tale, Her Smell o la reciente The Invisible Man. Quizás, y solo quizás, Moss debería poder de salir de ese lugar; o quizás es simplemente que el rol de disturbed woman le va muy bien.

Shirley es una película que a aquellos que somos lectores de Jackson nos deja con ganas de saber más sobre su vida, ni que hablar de seguir devorando ávidamente su obra, compuesta por novelas góticas, cuentos oscuros y relatos familiares  como El reloj de sol (1958), La maldición de Hill House (1959), Siempre hemos vivido en el castillo (1962) o el cuento distópico “La Lotería”, que han sido referentes para Stephen King y Neil Gaiman, por mencionar sólo a un par. Para aquellos que nunca la leyeron, por su parte, funciona como una puerta de entrada a ese universo, despierta el deseo de descubrir un poco más, por más que no deja de ser una película indie y de nicho, de esas que dividen las aguas, que generan amor u odio: sin que me tiemble el pulso en esta fría noche de junio, yo me atrevo a decir que es una de las mejores películas que he visto en este particular, y pandémico, año.

Afuera

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