La embajadora: sobre la Coca Sarli

A un año de su muerte, Irene Delponte recorre la vida de Isabel “la Coca” Sarli (1929-2019)

Era 1955 y Argentina se encontraba, otra vez, en la puerta de un golpe de estado. Isabel Sarli llegó a Miss Argentina, fue semifinalista de Miss Universo y conoció al General Juan Domingo Perón, quien en su despacho de la Casa Rosada le dijo que su rol como embajadora de belleza en el certamen era más importante que el de cualquier otro embajador. Viajó a California, donde obtuvo el segundo puesto entre las mujeres más bellas de la galaxia. Un año después de su encuentro con el Presidente, conoció a Armando Bó, de quien fue musa y amante hasta el fin de sus días.

A partir de ese encuentro, la Coca Sarli protagonizó un sinfín de películas sexploitation realizadas por Bó y se consagró como el mayor ícono sexual de la historia del cine argentino. Luego de la muerte del director en 1981, la vuelta de la democracia y el correr de los años, sus filmes, despreciados por la crítica y perseguidos por las autoridades morales, se volvieron de culto en los ambientes artísticos más recalcitrantes. En este sentido, el de Armando Bó fue un cine vanguardista y único, vituperado al principio para luego ser reivindicado por los intelectuales que hoy lo valoran por su carácter artístico y su gusto camp. Al fin y al cabo, Bó estaba impregnado de conocimiento cinematográfico: era conocedor de las corrientes de cine moderno francés y seguía muy de cerca la revista Cahiers du Cinéma y los filmes de la nouvelle vague, cuyos realizadores llenaban aquellas páginas. Si bien sus producciones no guardaban ninguna relación directa con los films modernos de Jean-Luc Godard, Agnès Varda o François Truffaut, él intentaba cernir aquella estética con su sensibilidad, a través de la figura de su musa, a quien apodaban la Coca por sus curvas, similares a la botella de la famosa bebida.  

Las películas, que fueron casi 30, estuvieron marcadas por una sensibilidad estética muy clara: la exageración, lo kitsch… y la violencia de género explícita (sin ánimos de cancelar a nadie, pero había que decirlo). De argumentos absurdos y actuaciones muy pobres, solían tener una misma trama elemental que seguía a los distintos personajes de Sarli, siempre una criatura pasional pero inocente sometida por los hombres —de expresión impúdica y rostro facineroso— a su antojo (el de ellos o el de ella). Así, los films eran también dueños de nombres sugerentes y vendedores como Sabaleros (1959, en cuyo rodaje contrajo hepatitis A, dado que su director y amante la hizo revolcarse en deshechos cloacales), La diosa impura (1964), Carne (1968, en la que ella se llama Delicia y es violada dentro de una cámara frigorífica y perseguida entre medias reses colgando de ganchos carniceros), Fuego (1969), Fiebre (1972), Furia infernal (1973) o Insaciable (1979), entre otros.

En su primer protagónico, El trueno entre las hojas (1958, con guión de Augusto Roa Bastos), la Coca hizo el primer desnudo del cine argentino, no sólo dejando el recuerdo de sus curvas al aire, sino la anécdota del cenicero. Resulta que Armando Bó le había prometido que nadie iba a notar que estaba desnuda, pero la filmó con un teleobjetivo que captaba hasta el más mínimo detalle de su cuerpo despojado de ropas. Cuando Isabel vio el resultado, cuenta “Furiosa, le rompí el vidrio del escritorio con un cenicero, y mi madre me cortó la cara con una bota”. Sin embargo, y mal que le haya pesado a Isabel y a su madre, junto a Bó, habían creado un género autóctono que haría volar por los aires las taquillas del cine X de Latinoamérica, California y Nueva York. Más de una vez, el director confesó que “descubrir a esa mujer fue como encontrar una mina de oro”.

Pero no todo fueron desnudos y tórridos romances en las películas del dúo Bó-Sarli, que tuvieron también un involuntario pero fuerte costado político. Durante las dictaduras (1955, 1962, 1966 y 1976), sus colaboraciones cinematográficas estuvieron prohibidas y ellos fueron acusados de “enemigos de la moral, las buenas costumbres y el ser nacional”, categoría esta última quizás la más oscura e insondable de todas. Además de lo ya descrito o sugerido, en muchas de las películas, para colmo de males, hubo escenas de alto contenido erótico con Víctor Bó, hijo de Armando, lo que por supuesto no fue aceptado por la sociedad pacata y de buenas costumbres, que encontraba incestuosas aquellas escenas. En La mujer de mi padre —vaya nombre— se la disputan padre e hijo. Aunque el hijo era interpretado por Víctor Bo, dicen que en los planos detalle, en los que se ve una mano tocando los pechos de Sarli, era Armando el que ponía las manos, porque no soportaba que otro la tocara: la magia del montage.

Perseguida por los críticos y los censores, Sarli llegó a realizar una huelga de hambre para manifestar que ella no hacía pornografía: lo suyo era la sensualidad. Así es, Isabel, lo tuyo era la sensualidad. Aún así, ni ella ni sus películas se parecían al ser nacional oscuro de aquellos tiempos dictatoriales. Con los años, Sarli fue reivindicada como mujer audaz, osada y “empoderada” —el empoderamiento como fenómeno individual y retroactivo, un martirio de estos últimos años— por haber circulado por centenas de sets de grabación desnuda. Sin embargo, puertas adentro, fue una mujer fóbica y antisocial, que al morir su amante —y, según ella, “hermano, hijo, padre y único amor de su vida”— prefirió confinarse en su casa, rodeada de perros, gatos y una variedad de aves.

“Pasé mucho frío filmando, era un gran sacrificio”, confesó la diva a La Nación hace unos años. Filmaba más de una película por año y era la pieza esencial de un engranaje que producía millones de dólares: “su sensualidad” alimentaba a muchas familias. Eso le decía Armando Bó y ella se sometía; pronto Isabel fue aceptando que el vínculo laboral era lo que los unía. Pasaban mucho tiempo juntos y hacían fortunas. La ecuación daba perfecto. “Está visto que la infidelidad en el matrimonio es muy natural para el hombre”, es una de las líneas de Isabel Sarli en el filme Carne. Y así lo era para Bó, que, aunque jamás cumplió su promesa de separarse de su mujer —Teresa, de la alta alcurnia marplatense—, se despidió, en su lecho de muerte, de Isabel, dejando afuera de la habitación a su mujer oficial. Isabel Sarli nunca se sintió “la otra”. 

La Coca Sarli y Armando Bó constituyeron así una de las historias de amor más profundas (juicios de valor aparte) de la historia farandulesca argentina, al mismo tiempo que fundaron un imperio fílmico robusto y taquillero. Una sociedad que creó el camp vernáculo argentino, un cine kitsch que no dio pérdidas ni una sola vez pese a la censura y a la crítica y que, según su propio testimonio, sirvió a directores icónicos como John Waters de inspiración. Sarli sobrevivió a Bó y vio sus películas de algún modo redimidas por nuevos espectadores y críticos y murió hace un año, a los 89. Antes contó en una entrevista que todas las madrugadas rezaba por sus seres queridos, entre los cuales estaban Armando y su mujer oficial: hasta el último momento se acercaba al cementerio a dejarle besos a él y flores a ella, porque la consideraba una buena mujer.

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