Mujeres desquiciadas, madres devoradoras: sobre “Little Fires Everywhere”, de Liz Tigelaar

Clara Vázquez Vila escribe sobre Little Fires Everywhere, la serie de Liz Tigelaar que adapta la novela de Celeste Ng

Hace tiempo que no miraba una serie con mi madre. Cada tanto la invito a ver una película, pero mis selecciones recientes le parecieron aburridas o le dieron sueño. Últimamente mira más miniseries, que después me recomienda y yo le digo que las voy a ver en algún momento, pero nunca me acuerdo. Por eso y por el placer de ver algo juntas y comentarlo, le pregunté si quería ver Little Fires Everywhere conmigo. Me acordaba de lo mucho que le gustó Big Little Lies, también producida y protagonizada por Reese Witherspoon. Además, la historia parecía interesante: es una adaptación de la novela del mismo nombre escrita por Celeste Ng, sobre dos mujeres de realidades muy diferentes cuyas vidas se enredan de mil maneras a partir de coincidir en la misma localidad de Ohio a fines de los años 90. La empezamos juntas, pero ella la dejó por la mitad. Ahora soy yo la que le dice que la termine, porque lo que empieza siendo un drama familiar predecible y sobreactuado se convierte en un retrato visceral de la maternidad para devorar en una sola noche.

Reese Witherspoon y Kerry Washington son Elena Richardson y Mia Warren. La primera, una madre suburbana, periodista de un diario local, la segunda, una artista y madre soltera que va de ciudad en ciudad, sin quedarse en un mismo lugar por mucho tiempo. Vive de su arte y de los trabajos que consigue en el camino.  La primera escena muestra la casa de los Richardson en llamas, con los bomberos apagando el fuego y la familia en la vereda. La historia empieza seis meses antes, cuando Mia y Pearl, su hija adolescente, llegan a Shaker Heights, una localidad manejada por una asociación de propietarios que se promociona como “una ciudad planeada para evitar desastres”. Yendo a trabajar, Elena Richardson las ve en un estacionamiento, durmiendo en el auto, y llama a la policía. Ese mismo día, Mia y Pearl empiezan a buscar un lugar para alquilar, y van a ver una propiedad que resulta ser de Elena. Mia y Elena desconfían una de la otra desde el primer momento, pero igualmente firman el contrato de alquiler. 

Después de este inicio prometedor, los primeros capítulos son decepcionantes: todo lo que pasa es predecible, los diálogos son muy exagerados y todos los personajes, con la excepción de tres (siendo muy generosa), son insoportables, sin mucha complejidad o por lo menos alguna cualidad que haga posible quererlos. La dirección de arte se toma bastantes libertades con la reconstrucción de la época, algo que podría sacarle más verosimilitud a la serie, pero termina jugándole a favor: en esta producción donde todo es excesivo, es un alivio que el vestuario y la escenografía no exploten al extremo la estética de los 90 ni busquen apelar a un sentimiento de nostalgia. La serie pone énfasis en la crítica al racismo en la sociedad estadounidense, especialmente en este tipo de comunidades, que están fundadas en eso aunque se desvivan por aparentar que han cambiado por completo, pero, a pesar de eso, no encuentra nada nuevo que decir al respecto ni una forma interesante de hacerlo. Esto no significa que el mensaje no sea importante, está claro que historias así son más relevantes que nunca, considerando la situación actual en Estados Unidos, pero llegaría más lejos si no tratara de bajar línea constantemente sin ningún tipo de sutileza. En este sentido Little Fires Everywhere subestima a sus espectadores, o asume que se dirige a un público compuesto de personas como Elena, que con sus microagresiones y el racismo mal camuflado que no logra reconocer en sí misma termina metiéndose en situaciones que la exceden cada vez más.

Todo se vuelve melodramático muy rápidamente, y al principio cuesta aceptarlo, porque las acciones de los personajes no están muy bien justificadas: parecen esfuerzos del guión para hacer que la trama avance. Por lo menos Elena es coherente en su locura: le alquila la casa a Mia y Pearl por sentirse culpable de su prejuicio, y para sentirse bien consigo misma. Constantemente se mete en situaciones incómodas para ella con el objetivo de quedar bien parada frente a su familia, sus amigos y todos sus vecinos. La opinión de la comunidad y su propio rol en ella son las cosas que más le importan: se esfuerza por proyectar una imagen falsa de la familia perfecta, y por presentarse como una mujer “empoderada” y exitosa. No se puede negar que Reese Witherspoon está perfecta en el rol; a esta altura es la reina indiscutida del arquetipo de mujer burguesa fuera de sí que necesita creer que tiene todo bajo control. Mia Warren llega para exponer toda la basura que se oculta en la familia y la comunidad, algo que no podría hacer sin que Elena la habilitara, alquilándole el dúplex que heredó de sus padres y ofreciéndole trabajo en su propia casa. 

 El personaje de Mia Warren es muy poco creíble durante los primeros cuatro capítulos, rozando el estereotipo de “mujer negra enojada”. Su manera de actuar es funcional a la trama, pero no es coherente con sus motivaciones principales: su carrera como artista y su amor por su hija. Su desprecio por Shaker Heights y todo lo que representa entra en conflicto con lo anterior, lo que tiene el potencial para desarrollar la complejidad del personaje, pero no lo consigue. Es tan egoísta como Elena, pero a diferencia de ella no oculta su rechazo por la otra mujer. Desde el principio se muestra hostil con Elena, a pesar de saber que eso la afecta negativamente tanto a ella como a su hija, no solo porque la casa que alquilan es de los Richardson sino porque Pearl se hace amiga de los hijos de Elena. Mia empieza a trabajar en la casa de Elena cocinando para la familia y encargándose de las compras, con la excusa de “proteger a Pearl” de las garras de esta familia privilegiada y disfuncional. Elena desconfía todo el tiempo de Mia, pero le permite meterse más y más en su vida.

La historia atrapa más en los momentos que unen a Elena y Mia, en las escenas en las que Mia deja de mostrarse hostil y Elena deja de desconfiar de ella. Una de las mejores escenas llega en el segundo capítulo, después de que Mia ayuda a Elena a quedar bien parada frente a sus amigas en una reunión del club de lectura donde discuten un monólogo feminista. Quedan solas en la casa cuando todas se van y hablan un largo rato sobre el monólogo y sobre sus vidas, se empieza a insistir más en el pasado misterioso de Mia. Esta escena, además de enriquecer la dinámica entre ambas, empieza a revelar el tema del que mejor se ocupa la serie: la maternidad. 

Después de esto la serie parece estirarse sin sentido, pero a partir del quinto capítulo por fin se vuelve a encaminar. Empieza a hacerse cargo de estos personajes tan cuestionables y de sus diferentes formas de vincularse con sus hijos y vivir la maternidad. Las dos están seguras de que “ponen a sus hijos primero”, y esto les explota en la cara a través de subtramas que van haciendo escalar la tensión entre ambas y contaminando la relación con sus hijos. ¿Qué significa poner a los hijos primero? Mia cree que está haciendo eso al concederle a su hija el deseo de quedarse en una misma ciudad durante todo el año escolar. Cree que está haciendo eso al meterse en la casa de los Richardson, cree que la tiene que proteger para que sus amigos blancos no se aprovechen de ella. El tiro le sale por la culata porque en lugar de ser honesta con Pearl y escuchar sus preocupaciones, la termina alienando a tal punto que la chica pasa todas las tardes en la casa de Elena, buscando en ella lo que su madre no le da. Lo mismo pasa con Elena y sus hijas. Lexie es la hija preferida de Elena, la “mini Elena” en la que proyecta todas sus aspiraciones. Por eso, al quedar embarazada, en lugar de pedirle ayuda a su madre, recurre a Pearl y Mia cuando decide abortar, porque sabe que no puede ir con Elena, por su reputación en la comunidad y por la presión de ser la hija perfecta. Izzy es la hija menor, la más rebelde y la que tiene una relación más complicada con su madre. Pelean constantemente y a raíz de eso busca una nueva figura materna en Mia. Las dos madres cuidan a las hijas de la otra, pero más allá de la preocupación genuina por las adolescentes, ambas toman la oportunidad para poner a las jóvenes en contra de su madre. 

Los capítulos con flashbacks de la juventud de las dos madres llegan en el momento indicado. Se empiezan a develar los secretos del pasado de Mia y el personaje de Elena adquiere otra profundidad, lo que no hace que al volver a la historia principal dejemos de detestarlas, pero las vuelve entretenidas de ver y finalmente involucran al espectador. Además, a través del pasado de Mia, con una clase en la facultad donde estudia arte, se presenta el concepto que clave para la interpretación de la serie: das unheimliche, lo siniestro. Se presenta y se explica de una forma muy literal y explícita —nada en Little Fires Everywhere es sutil— pero funciona, y así es como la serie asume la dirección más interesante que podía tomar. Después de todo, la figura de la madre es una de las más ominosas de todas, y Elena y Mia lo demuestran en todo su esplendor melodramático. 

Por momentos, ambas madres reconocen lo monstruoso en la figura materna, incluso en ellas mismas. Lo hacen desde el principio, desde el momento de vulnerabilidad frente a la otra que se permiten en el segundo capítulo, cuando hablan de sus hijos. Elena concluye que verlos crecer es “como tener que conformarse con el aroma de una manzana cuando todo lo que querés hacer es devorarla, con semillas y todo”. De esta manera, la verdadera motivación de las protagonistas es querer huir de lo siniestro en ellas mismas, y exponerlo en la otra. La tensión escala en la medida que ambas van agotando sus posibilidades de huir y deben hacerse cargo de sus acciones. Las escenas en las que se enfrentan manejan bien los distintos cambios en la dinámica y el poder; así, cuando el final llega y es tan excesivo como se puede adivinar, no es decepcionante sino coherente y en cierta medida hasta satisfactorio: sólo podía terminar en llamas. De todas formas, la serie juzga más severamente a Elena que a Mia, cuando las dos son igual de problemáticas. 

Volviendo al tratamiento del racismo, la serie logra más cuando menos se esfuerza, cuando el consumo y el “devorar” se convierten en el eje para entender cómo se relacionan las madres con sus hijos, y cómo se relacionan las mujeres blancas burguesas con las mujeres de color de clase obrera. Es más efectiva por eso cuando los personajes dejan de querer enseñarse a ser menos racistas o gritarse en la cara que lo son, y la historia se concentra en la maternidad y en cómo las decisiones que todas las madres de la historia toman se ven permeadas por la diferencia en oportunidades y la clase social a la que pertenecen.

La segunda mitad de la temporada salva a la serie. Es una lástima que no alcanzara todo su potencial, pero vale la pena verla, aunque sea para llegar al momento hermoso y demente donde Lexie le grita a su madre “no soy perfecta”, y ella le contesta, gritando todavía más fuerte “sí, sí lo sos”. Little Fires Everywhere abre muchas preguntas con respecto a qué cosas hacen a una madre. Intenta resolver algunas, y aunque su postura al respecto por momentos es ambigua y hasta bastante cuestionable abre un diálogo interesante a propósito de la maternidad. Habitualmente, en la ficción, las madres complicadas, problemáticas, locas o malas son personajes secundarios o antagonistas en el mejor de los casos. Su vínculo con la maternidad no se cuestiona, no se problematiza: son herramientas del guión para desarrollar a los protagonistas o hacer avanzar la historia. Little Fires Everywhere se encarga de estas madres complicadas con propiedad, lo que a fin de cuentas resulta satisfactorio de ver. La serie mejora cuando reconoce que no tiene todas las respuestas a los problemas tan complejos que plantea tanto en la trama principal como en las secundarias. Si en lugar de explicarse tanto para asegurar una lectura determinada hubiera dejado más espacio para la interpretación, si en lugar de querer decir tantas cosas se hubiera permitido imaginar un espectador menos ingenuo, habría llegado mucho más lejos.

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