¿Dónde estará mi primavera?: sobre Leo Mattioli

Este 13 de agosto Leo Mattioli (1972-2011) habría cumplido 48 años e Irene Delponte lo recuerda, como cada primavera

Al principio, la primavera se llamó primo vere, porque era la estación que antecedía al verano. Más tarde fue prima vera, de donde proviene el nombre tal cual lo conocemos ahora. Desde tiempos inmemoriales, la primavera suele ser de gran inspiración para los poetas: porque se trata de florecer, de renacer, de renovación,  se la relaciona estrechamente con la juventud, el momento en el que —se supone— estamos (o debo decir: “¿estamos?”) en “la flor de la edad”.

En las Geórgicas, su poema en forma de manual agrícola, Virgilio dice:    

En la primavera se infla la Tierra
y con ardor implora el germen, la semilla creadora,
y el padre entonces,
el etéreo Júpiter,
baja en lluvia fecunda
y el vasto seno de su esposa inunda.

En Argentina, el día de la primavera es también el día del estudiante; día en que la juventud hace colapsar parques, plazas, playas, campings y espacios públicos al aire libre en general. Los más privilegiados se reunían en las casas de “fin de semana” —no casas de campo, sino casas de “afuera”— que sus familias tenían en localidades linderas a la ciudad. Entonces también colapsaba el transporte público interdepartamental.

La primera localidad saliendo de Rosario al oeste es Funes. Generalmente las casas de Funes eran lindas, con piscina y un gran jardín, y a vece alguna que otra hectárea de campo. El 21 de setiembre no suele hacer calor, claro, pero a ningún liceal celebrando su día le importa eso: recuerdo cada día de la primavera entre 1997 a 2001 como mi primera insolación anual.

Entonces nos reuníamos, amigas y amigos, en la terminal de Entre Ríos y Mendoza para tomarnos un Las Rosas o Monticas, destino Roldán (la siguiente localidad al oeste de Rosario, después de Funes). La expectativa era enorme: ¿a quiénes conoceríamos?, ¿qué grupo de amigos y de qué colegio iría a la casa de fin de semana vecina?, ¿cuál de todas encontraría novio esta vez?  

Nos reuníamos temprano, a eso de las 8:00 AM, pero las colas de adolescentes hiperperfumados —pese a lo cual el olor a adolescente permanecía— eran larguísimas. En los vidrios de los ómnibus, además del cartel luminoso con el destino, había carteles escritos a mano que leían: “Fiesta de la primavera, Leo Mattioli”. Entonces compartíamos el hacinamiento en los interdepartamentales con osados jóvenes que no tenían problema en llevar remeras, vinchas y accesorios con el nombre del cantante de cumbia. Nosotras nos reíamos a escondidas, porque éramos adolescentes de clase media, hijas de padres poseedores de capital cultural que nos enseñaron que los gustos de las “clases bajas” eran grotescos (o grasas, desagradables, e indignos de nosotras, criadas a poetas romanos y música clásica). Umberto Eco dice —en el capítulo “La fealdad ajena, lo kitsch y lo camp” de La historia de la fealdad—, justamente, que la discriminación muchas veces no es económica sino cultural. Dice que quienes definen la sensibilidad estética dominante no son necesariamente quienes detentan poder político o económico, sino “la que fijan los artistas, las personas cultas, los que son considerados (por el mundo literario, artístico y académico o por el mercado del arte y de la moda) expertos en ‘cosas bellas’”. Y cualquier joven —los mayores de 35 seguimos siendo jóvenes, aunque ya no lo celebremos en la vía pública cada 21 de setiembre— que haya sido un adolescente de clase media en los 90 sabe perfectamente que lo “popular” era, cuando mucho, consumo irónico, música divertida en un casamiento, un cumpleaños de quince, graduación y no mucho más. Los bailes de cumbia eran las “bailantas” (se puede leer lo peyorativo) y los bailes sin cumbia —boliche, pub, boite o disco— eran dónde íbamos nosotras. Entonces nos íbamos a pasar el día a Funes, a escuchar Los Fabulosos Cadillacs, Los Rodríguez y Babasónicos en CD, mientras otras personas iban a disfrutar un concierto en vivo de Leo Mattioli, el León santafesino. Y lo bien que hacían.

No es casual, entonces, que Leo inaugurara, año tras año, la temporada del amor. Leonardo Guillermo Mattioli nació el 13 de agosto de 1972 en Santo Tomé, localidad de la provincia de Sante Fe, Argentina. Creció en un complejo de viviendas del barrio Centenario, cercano a la cancha de Colón de Santa Fe. Abandonó los estudios secundarios, le gustaba cantar, era muy seductor. A los 17 conoció a Marina Rosas, quien sería su pareja y manager hasta el día de su muerte, y con quien tuvo seis hijos. Vivieron humildemente en un cuarto que les facilitó un tío, con una garrafa de tres kilos con una hornalla que usaban para cocinar y para calentar el agua de la ducha.

Su carrera comenzó en 1992, con apenas 20 años, liderando el mítico Grupo Trinidad. El carisma y liderazgo que ostentaba hizo que los presentadores lo bautizaran, con un ardor natural, “el león santafesino”. Mientras, él le imprimía a sus canciones su inolvidable sello, el grito romántico tirando a lujurioso dada su áspera voz: “¡Ay, amorrr!” Su carrera como estrella de la música tropical, de todas formas, no estuvo libre de tragedias, llamémosle “típicas” de aquellos artistas que dan diez shows por noche: en el 2000, un grave accidente de tránsito que mató a dos de sus compañeros de Trinidad lo dejó en estado crítico y adicto a la morfina —su única adicción— debido a los dolores que sufría. Cuenta su hijo mayor que a veces “se le salía la cadera” de solo desplazarse en el escenario. Superó el accidente, una grave neumonía, una depresión que casi acaba con su vida.

Leo, el León santafesino, era un romántico. Y aunque Umberto Eco se hubiese dado una panzada con solo ver las tapas de sus discos (él, a los pies de una cama, tocándole la guitarra a una mujer desnuda que yace enfrente), dejó una imagen mítica de su forma de habitar el mundo. La cama, siempre de estilo victoriano —como buen romántico— fue una de las grandes protagonistas, además de las tapas de sus discos, en sus canciones.

Canta, por ejemplo, en “Conmigo te gustó”,

No me digas que en la cama él es mejor,
que nunca sentiste lo que sientes hoy
No le digas que aprendiste a terminar,
que solo con él llegas al final

Leo, según él mismo, escribía lo que vivía. Le cantaba a mujeres: a su mujer, a las mujeres de otros (“Tu mujer en mi cama”), a muchachas ciegas que lo amaban (“Carta del corazón”). También al whisky, al cigarrillo (“Me preocupa sin ti”), a la guitarra, a sus hijos (“Siéntate, escucha, y serás”). Siempre desde lo romántico, desde el deseo profundo y sensiblero. A veces desde el rencor o el temor. Pero siempre, y por sobre todas las cosas, gritando “¡Ay, amor!” Las letras, por supuesto, tienen matices machistas que no estoy preparada para cuestionar —ni me interesa—, como no lo he hecho con las de los Rolling Stones tampoco.

Leo murió el 7 de agosto de 2011, a los 38 años, de un paro cardiorespiratorio, en brazos de su hijo mayor, Nicolás, a quien supo cantarle:

Siéntate hijo mío y escúchame
(Y nunca, nunca trates de ser como yo,
te aconsejo por que te quiero
es por eso es que te digo: “hijo escúchame”)
Siéntate hijo mío y escúchame
Voy enseñarte a respetar a una mujer
Si algún día te enamoras y ella tiene un feo pasado
Solo tienes que preocuparte como se porte a tu lado

Hace 9 años que las primaveras en Santa Fe comienzan sin la romántica y fascinante voz de Leo, que miles de estudiantes no disfrutan de su día coreando a gritos “Estoy tomando sin control, estoy fumando sin parar, / nada me importa porque sé que esto pronto va a acabar”, pero sospecho que llegó a ver cómo su música comenzaba a sonar cada vez en más bailes y a sensibilizar más almas que, como la mía, hoy llevan tatuada su cara transpirada junto a una rosa. Roja, claro.

Afuera

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