Salir del cine: sobre “Al morir la matinée”, de Maximiliano Contenti

Félix Pérez reseña la película Al morir la matinée, de Maximiliano Contenti (1984)

Los personajes están encerrados dentro de un cine junto con un asesino. Quieren salir. El que no quiere salir del cine es el director.

¿Qué es la película?  Una serie de asesinatos. De los espectadores, primero, del propio asesino, luego.  Este último, y por lo tanto los crímenes que comete, no tiene explicación. Tampoco parece importar: los personajes son apenas presentados, lo suficiente como para que nos pese —poco— su muerte. 

Como el monstruo, o villano, el director se despacha, entonces, en un juego sádico: nos invita a disfrutar de la violencia que ejerce sobre estos cuerpos.  ¿Hasta dónde puede ir? Este parece ser el dilema central de Al morir la matinée. Al veterano se lo puede asesinar tranquilamente; al butaquista, algo tonto, también; a la mujer libidinosa y su cita ni que hablar; a los adolescentes… bueno, por su muerte nos compadecemos un poco más. Ya cuando se trata de asesinar a una aplicada estudiante de ingeniería y a un niño se marca un límite: la película no los puede matar. Ellos son los inocentes, los inmaculados, los virginales. Puritanismo punitivista. 

El film decide, entonces, a qué personajes se puede descuartizar y a cuáles no, según sus características, según le parezcan dignos de compasión o no: el director, en su papel de eugenista, decide quién merece (sobre)vivir, a costa de quién tenemos permitido gozar con que un fierro le atraviese la cabeza. La deshumanización total.  Es bastante reveladora en este juego la falta total de humor. Más bien una sonrisa irónica, socarrona. 

Pero ¡si finalmente todo es una película! ¡Si no habla de otra cosa que del cine! ¡Si no es otra cosa que una carta de amor al séptimo arte!  ¿Pero de qué cine habla y cómo? Del cine como acto masturbatorio, como descarga de ciertas pulsiones (la metáfora sexo/asesinato es constante). Una vez que se satisface, precozmente, mi deseo y el del villano de asesinar, enseguida se recomienza el acto, sin progresión alguna. Volvemos al punto de partida, vuelve a comenzar el deseo del siguiente orgasmo, de la siguiente muerte. En este cine podemos someter al otro a nuestra voluntad, a nuestra fantasía. O más bien no hay otro en tanto sujeto, sino en tanto objeto del que se puede fácilmente dispensar. El cine como borradura del otro, que es un medio para satisfacer mis deseos. No hay relación. No hay autonomía, hay dominación. Triste y ominoso imaginario. El no-tomarse-demasiado-en serio, el juego como simple excusa para hacer lo que uno quiere, sin culpa ni responsabilidad.  El cinismo como hacer pero no asumir lo que uno hace: en la oscuridad de la sala no tenemos que realizar ningún tipo de compromiso, no hay brechas, no hay tragedia. 

Una particular cinefilia que no quiere abandonar el cine, la butaca. Parece ser sintomática de una generación que se crió con Spielberg, Zemeckis, Joe Dante, los Simpson, los videojuegos, y que luego tuvo una nueva revelación con Tarantino (no quiero criticar a los directores mencionados, esa sería otra discusión, sino la forma en que han sido consumidos); una generación para la que no existe un afuera.  El cine se entiende como universo cerrado herméticamente; los personajes funcionan como eco de otros personajes de otras películas, en el entendido de que todo ya fue dicho, o mostrado, y solo queda recordarlo con nostalgia. Así, no hay crítica ni reflexión y cada plano, cada acción, es un guiño. La escena de la escalera de El acorazado Potemkin se convierte de este modo (después de Los intocables, Brazil, etc.) en una cita de una cita. En un código interno entre el espectador y el director, el film no se inscribe en otro universo que en el ya trazado por los films que lo anteceden y a este remite constantemente, y no se aleja de él. En este cambalache, lo mismo vale una película de Islas, una publicidad de empanadas, una persona degollada, un ojo, una golosina o el bebé de la masacre de la escalera de Odesa. 

El film, carente de ideas, no puede más que aumentar su sadismo, cada vez más efectista, más explícito. La muerte se vuelve irreal. La vida y el sujeto algo descartable, o el terreno para explorar mis deseos de violencia. La desensibilización absoluta. El placer del asesinato parece así el placer cinematográfico por excelencia. Estas muertes están filmadas, por supuesto, con los fuegos artificiales correspondientes: luces  y música estridentes, cámara lenta. La sangre abunda. El mismo recurso, la relación pantalla/realidad, se repite una y otra vez, pero los asesinatos no son filmados con gran inventiva, ni siquiera. Evidentemente, cuando el plano dura un poco más o cuando abre, nos damos cuenta de lo absurdo de toda la empresa.   

En algunos momentos, los más interesantes, el film parece reflexionar sobre qué pasaría si lo que disfrutamos en la pantalla se viera materializado, pero esta reflexión no tiene, hélas!, demasiado vuelo. Volvemos, pronto, a los homicidios, que es lo que importa. No estamos ante La ventana indiscreta, así que tampoco hay desarrollo de las historias individuales, solamente una excusa para ejercer la misma violencia, una y otra vez, apenas un atisbo de cierta sororidad femenina introducida a conveniencia cuando el guión así lo requiere, y descartada, claro, cuando asesinan a una de las chicas. En ese momento pasamos a la maternal protección de un niño por parte de una adolecente. El desarrollo temático como delgado marco del asesinato. Ni siquiera se nos presenta un misterio sobre quién es el asesino, o qué relación hay entre las víctimas y él, o entre las víctimas entre ellas, o cualquier desarrollo de este tipo: ningún aprendizaje moral.  En este sentido, por lo menos, podemos decir que el film es honesto sobre sus intenciones. El problema sea, quizás, cuáles son.

Luego de ver un asesinato ya los vimos todos y así se abre un bucle interminable, que recomienza una y otra vez.  La fastidia nos gana y el final que esperamos es el del film, que eventualmente llega  y recuerda al comienzo: otro recurso más ingenioso que inteligente. ¿A qué conduce todo? A ningún lugar. ¿Qué nos podría importar el destino de estos personajes una vez que asesinaron al asesino, cuando ya no queda más nadie a quién matar? A esto se reduce el cine: a eso que nos permite atravesar con un fierro la cabeza de dos amantes. 

Afuera

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