Protesto contra cualquier conclusión absoluta: sobre “Anne with an E”, de Moira Walley-Beckett

Clara Vázquez Vila reseña Anne with an E, la serie de Moira Walley-Beckett que adapta los libros de Lucy Maud Montgomery

Hay series que duran una sola temporada y no necesitan más que unos diez capítulos para contar su historia; otras se estiran eternamente y, aunque su popularidad les garantiza longevidad, no siempre pueden mantener la calidad con la que empezaron. Hay casos más felices: series de varias temporadas que terminan mucho antes de agotarse y decaer. Anne with an E no es ninguno de estos casos: con tres temporadas, esta coproducción de Netflix y CBC fue cancelada cuando se cortó el vínculo entre la plataforma de streaming y el canal. Considerando todos los escenarios posibles, hay que admitir que existen peores formas de terminar una serie. Un final terrible siempre es peor que un final a medias, pero ese nunca iba a ser el caso de esta serie hermosa creada por Moira Walley-Beckett (Breaking Bad, Flesh and Bone). 

Anne with an E es una adaptación de Anne of Green Gables, la colección de novelas de la escritora canadiense Lucy Maud Montgomery. La historia empieza en 1896, en Avonlea, un pueblito imaginario en la isla del Príncipe Eduardo, en Canadá. La protagonista es una huérfana de 13 años que llega accidentalmente a Green Gables, la granja donde viven los hermanos Marilla y Matthew Cuthbert. En realidad, el deseo de los hermanos era adoptar un varón que los ayudara con las tareas de la granja, porque se dieron cuenta de que ya eran demasiado grandes para seguir haciendo todo el trabajo ellos solos. Con su carácter particular, su enorme imaginación, su ingenio y entusiasmo por todo lo que la rodea, Anne no tarda en ganarse a Matthew y Marilla, que deciden adoptarla en lugar de enviarla de nuevo al orfanato. A partir de ese momento, Anne comienza a vivir en Green Gables la infancia que no tuvo hasta entonces. Empieza a ir a la escuela, a relacionarse con gente de su edad y hacer amigos, y de a poco encuentra un lugar en la comunidad, que al principio la rechaza y la juzga porque no la entiende pero aprende a amarla y a dejarse transformar por su espíritu inspirador. 

El episodio piloto es excelente: involucra, conmueve y mantiene la atención durante una hora y media. A partir de entonces, la serie no decae en ningún momento. A diferencia de otras producciones originales de Netflix, Anne with an E no hace grandes sacrificios para priorizar la “bingeabilidad”: aunque permite hacer una maratón, y todos los episodios se inscriben dentro del arco de la temporada, también es ideal para disfrutar de cada capítulo por separado, porque funcionan por sí mismos. Esto permite un visionado más casual y habilita la posibilidad de volver a ver cualquier capítulo suelto y disfrutarlo. 

Lo que hace de Anne with an E una serie inolvidable es la ternura que la atraviesa y está presente en cada detalle: en las mangas de un vestido, en un adorno de caracoles, en una pizarra rota, en una cinta para el cabello. Está en la historia principal, en las subtramas y de alguna forma u otra define todas las relaciones entre los personajes. Los momentos más traumáticos son los que atentan contra la ternura y la inocencia, que tienen que ver con la dura niñez de Anne antes de llegar a Avonlea: en consecuencia, el tono idílico de la serie cambia bruscamente durante esos flashbacks a la vida anterior de la protagonista y la calidez y la luz desaparecen de la imagen, los encuadres y el tratamiento del sonido hacen que las escenas se vuelvan asfixiantes.

Anne es despierta, inteligente, apasionada y extrovertida, y su imaginación no tiene límites. En ella conviven la inocencia de una preadolescente que no pudo tener una niñez adecuada y el trauma resultante del maltrato infantil y el bullying que vivió antes de llegar a Green Gables. Ignora cómo funcionan los vínculos con niños de su edad y debe aprender a ser hija, amiga, compañera y parte de la comunidad, pero a la vez conoce lugares oscuros del mundo adulto por haber vivido en hogares rotos, con adultos negligentes y violentos. Su imaginación es lo que la salvó entonces y lo que la ayuda a navegar su vida nueva, pero también la pone en apuros más de una vez.

De una manera clara, la serie pone énfasis en el vínculo de la protagonista con la literatura. A través de la lectura, Anne se acerca a algunos de los personajes secundarios más memorables. A Josphine Barry, la tía abuela de su mejor amiga Diana, por compartir un cariño especial por Jane Eyre; a Jerry, el niño que empieza a trabajar con Matthew en Green Gables, porque le enseña a leer y escribir en su tiempo libre; a sus amigas de la escuela, porque crea un club de lectura y las motiva a escribir sus propias historias y compartirlas. Además, los nombres de todos los episodios son citas de libros que tienen que ver con cada temporada: Jane Eyre, de Charlotte Brontë, en la primera, Middlemarch, de George Eliot (Mary Ann Evans), en la segunda y Frankenstein, de Mary Shelley en la tercera. 

Es cierto que sin Anne no hay historia, y la interpretación de Amybeth McNulty hace de la serie lo que es, pero cada personaje secundario le aporta algo fundamental a su mundo. Esto se ve principalmente en Marilla y Matthew, porque criar a Anne les cambia la vida por completo, los hace enfrentarse a sus miedos y defectos y crecer junto a ella; en sus amigos Diana, Cole y Ruby, porque aprenden tanto de Anne como ella de ellos, y porque además cada uno atraviesa sus propios procesos independientemente de su relación con la protagonista. Es imposible en este sentido dejar afuera a Gilbert Blythe, que no solamente es el interés amoroso de Anne sino que, viviendo sus propias aventuras, presenta a los personajes que se convierten en su familia conforme avanza la serie. 

A través de los distintos personajes femeninos y sus circunstancias, la serie cuestiona el lugar de las mujeres en la sociedad de fines del siglo XIX: lo que se espera de las niñas, los prejuicios de la gente del pueblo hacia las mujeres solteras, el matrimonio y la maternidad como un deber, y el vínculo entre las mujeres y los estudios, a qué saberes pueden acceder y qué áreas del conocimiento son exclusivas para los varones. Anne with an E resalta entre otras series de época por su enfoque optimista con respecto a estos temas: muchos de los problemas que se plantean son resueltos de la manera más feliz, sin sacrificar la ternura que la caracteriza. A pesar de que esto resulta un tanto inverosímil por momentos, valen la pena los pequeños anacronismos. Primero, porque no distraen de la historia ni interrumpen el vínculo del espectador con la serie; segundo, porque ya hay suficientes series y películas de época donde las mujeres y los personajes LGBT sufren constantemente o en las que sus arcos narrativos terminan de forma triste; tercero, porque durante las tres temporadas la serie insiste en la importancia del crecimiento personal, en familia y en comunidad, la posibilidad de ser mejores junto a otros y para otros, el valor de las familias encontradas, y más que nada, la necesidad de vivir de forma apasionada y auténtica. 

Desde que se supo que la serie sería cancelada, los fanáticos de todo el mundo juntaron casi un millón y medio de firmas para llamar la atención de Netflix y CBC y lograr que la renueven para una cuarta temporada o una película. Lo más probable es que la petición tenga el mismo éxito que todas las otras que se publican a diario en Change.org, porque hasta ahora lo máximo que consiguió fue que la creadora explicara por Twitter que no hubo nada que pudieran hacer, y aunque las ganas de terminar la historia están, las posibilidades no aparecen. A pesar de que Anne with an E no pudo tener el final que se merecía, el último capítulo de la tercera temporada se encarga de cerrar el arco narrativo principal. No es una conclusión absoluta: quedan muchos cabos sueltos y subtramas apenas empezadas que prometían mucho para las futuras temporadas, pero es suficiente, porque el espíritu de la serie no se traiciona jamás, y se le hace siempre justicia a la historia y a los personajes. 

Afuera

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