Escribo para hablar a aquellos a quienes he escuchado: sobre Louise Glück

Magdalena Portillo escribe sobre Louise Glück (1943), última premio Nobel de Literatura

Marzo y abril se convirtieron en los  meses en los que me mantuve en mi casa. En la televisión no hacían más que pasar noticias sobre el virus por entonces reciente que azotaba al mundo. Ahí estaban las calles vacías, los bares cerrados y personas arrasando con las góndolas de los supermercados. “Quedate en casa” decían, “no salgas”. Fue así que buena parte de la población se encontró  mirando el mundo a través de la ventana: 2020 se volvía el año en que la vida íntima se manifestaba con mayor fuerza, mientras la esperanza parecía tambalearse en la cuerda de la incertidumbre.

Una de las cosas que me dispuse a hacer en esos meses fue ver todos los vídeos del canal de YouTube de la escritora española Luna Miguel, que cada semana nos presentaba una poeta. Fue así que descubrí a Louise Glück, quien el pasado 8 de octubre se hizo con el premio Nobel de Literatura. Cabe mencionar que no es el primer reconocimiento que obtiene: en 1993 obtuvo el Pulitzer por su libro Iris Salvaje, en el que  las flores toman vida más allá de la que ven nuestros ojos, en 2001 obtuvo el Bollinger y en 2008 el Wallace Stevens Award, entre otros.

Glück nació en 1943, en New York y se crió en Long Island. Poeta prolífica, con más de una decena de libros de poesía publicados y traducidos al español por la editorial Pre-textos, es dueña de una voz que hace de los objetos, de la naturaleza y de su infancia un mundo propio que luego entrega a sus lectores en forma de versos. Un lugar en el que la belleza se hace presente en todas sus variaciones. La delicadeza con que la autora maneja los versos para hablar de asuntos como el matrimonio, la familia y la pérdida nos muestra cómo detrás de sucesos cotidianos puede hallarse el misterio de la vida. Glück conoce de esto y lo vuelca en su poesía de manera magistral. Una escritura en la que los jardines se enojan con las personas que discuten frente a ellos, como en el poema titulado “Abril”, que dice:

No habrá lugar para ti
en este jardín
si piensas esas cosas
mientras haces aburridas
y frívolas señales….
…deberían saber que esperaba más de dos criaturas 
a quienes les fue dado pensar
si no se van a cuidar realmente
el uno al otro
al menos podrían comprender 
que el dolor se reparte entre ambos…

Glück no busca a través de la poesía el consuelo por las vivencias ocurridas, sino crear en ella un lugar en el que la escucha atenta a lo sutil, a la naturaleza y a las diferentes etapas de la vida logren transformar su intimidad en un jardín universal.

Hay una tradición de la poesía norteamericana caracterizada por la transparencia y la fuerza con que los escritores escriben sus versos: una gran lista de escritoras con estas características se me vienen a la mente; una de ellas es Sharon Olds, en quien también se puede ver cómo las preocupaciones cotidianas se transforman en universales. Sin embargo, una de las características de esta poesía es justamente que en el lenguaje sencillo termina apareciendo cierto hermetismo. Tal vez esto se deba a esa observación de lo sutil que hace el poeta antes del verso, a ese contacto que pareciera acercarse a lo sagrado. Las palabras se vuelven reminiscencias, sobreviven y trascienden más allá de cualquier preocupación.

La poesía de Glück tiene eso: nos lleva a ese lugar donde el espíritu observa con mayor atención cada acontecimiento, donde la observación y la escucha atenta a la vida íntima se vuelve necesaria para poder ser plasmada en el poema, de forma que ese poema sobreviva como una presencia, como asegura en uno de sus ensayos sobre poesía:

Los poemas no perduran como objetos, sino como presencias. Cuando lees algo que merece recordarse, liberas una voz humana: devuelves al mundo un espíritu compañero. Yo leo poemas para escuchar esa voz. Escribo para hablar a aquellos a quienes he escuchado.

La poesía de Glück me sugiere imágenes similares que evocan las fotografías de artistas como William Eggleston o Stephen Shore, en las que observamos cómo una América perdida, una América profunda, se vuelven protagonistas del ojo que observa la intimidad que allí se esconde. Al igual que en esas fotografías, la poesía de Glück intenta mostrarnos cómo en lo íntimo, ya sea de un jardín, de una pérdida o de una relación con alguien puede caber todo un mundo interior donde las sensaciones, las palabras, los sentimientos parecieran florecer  y resistir a cualquier temporal. 

Es en el poema titulado “Semejanza final” donde se observa la relación con su padre, con quien no podía quedarse a solas porque no sabía cómo comunicarse.  Para que la relación marchara debían haber terceros alrededor, como si fuesen los que se encargaban de tapar esa distancia que se formaba entre ambos, un escudo para evitar mirarse a los ojos.

Pero el padre se está muriendo y entonces hay un tema del cual tienen que hablar: la muerte. Mientras afuera las otras familias siguen con sus vidas, adentro el tiempo parece detenerse en esa conversación que tal vez sea una de las pocas íntimas con su padre. Pero no hay emociones de ninguna parte, no hay llantos ni abrazos y a pesar del acercamiento a través del diálogo y del tema del cual se está hablando la distancia continúa presente. Podrían estar hablando de cualquier otra cosa.

No obstante, es en los últimos versos del poema donde se ve la reacción de ambos. Cuando el padre por primera vez la saluda, la madre toma la mano de su esposo y con la otra mano “tira besos”  ya que le molesta cuando una mano no se está usando.

Pero por primera vez, mi padre no sólo se quedó parado ahí.
Esta vez saludó.
Eso mismo hice yo en la puerta del taxi.
Como él, saludé para esconder el temblor de mi mano.

La vida familiar, la relación con el padre y ese gesto que demuestra que a pesar de la distancia entre ambos el dolor por lo que se aproxima está presente. El cuerpo diciendo todo aquello que la voz no puede, y ella a punto de alejarse en un taxi. La última vez que ve a su padre ambos hacen el mismo gesto. Esa semejanza final, rodeada por los sonidos de cualquier calle, en cualquier lugar. La intimidad de la conversación lleva de fondo el sonido de un camión estacionando, niños pequeños que van de acá para allá, un taxi que se aproxima. Otra vez, el universo de lo íntimo desprendiéndose hacia cada uno de nosotros. Es interesante cómo Glück maneja el tema de la tristeza en varios de sus poemas, porque si bien  aparece en varios de ellos, no logra del todo ocupar un protagonismo, dado que la poeta termina encontrando la manera en que se transforme en esperanza. Glück la observa, es consciente de ella, decide aprender de ella, escucharla para luego dejarla ir y que con ella otras cosas aparezcan, tal vez otra manera de ver, de sentir, de vivir. 

Se me secó el alma.
Como un alma arrojada al fuego,
pero no del todo,
no hasta la aniquilación. Sedienta,
siguió adelante. Crispada,
no por la soledad sino por la desconfianza,
el resultado de la violencia.
El espíritu, invitado a abandonar el cuerpo,
a quedar expuesto un momento,
temblando, como antes
de tu entrega a lo divino;
el espíritu fue seducido, debido a su soledad,
por la promesa de la gracia.
¿Cómo vas a volver a confiar
en el amor de otro ser?
Mi alma se marchitó y se encogió.
El cuerpo se convirtió en un vestido demasiado
grande
para ella.
Y cuando recuperé la esperanza,
era una esperanza completamente distinta.

Afuera

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