Un juego de ti: sobre “Gambito de dama”, de Scott Frank y Allan Scott

Gambito de dama, la miniserie de Scott Frank y Allan Scott protagonizada por Anya Taylor-Joy, en la mirada de Carolina Bello

La mitología del deporte ha sido desde siempre punto de partida para el drama literario. Toda competencia implica una épica y uno de los binarismos más viejos de la historia: ganar o perder. Sus protagonistas son seres que se esfuerzan por obtener un resultado a costa del sacrificio, de renuncias e, incluso, de un don. También a costa de una obsesión, de un trastorno. 

Si decimos que Gambito de dama es una serie sobre el ajedrez, incurrimos en una doble falta: con la serie, porque no se trata de eso; y con el ajedrez, apenas una excusa que no llega a ser didáctica, sino meramente incidental dentro de la historia, como el crujir que nos mantiene alerta en una película de terror. 

A diferencia de los deportes populares o masivos —más o menos sabemos que en el fútbol son once contra once y que un partido dura 90 minutos— el ajedrez es un juego, considerado deporte, vedado para la mayoría. Ante la escasa promoción previa a su estreno, una miniserie sobre ajedrez no parecía ser un imán de televidentes. Sin embargo, esta creación de Scott Frank y Allan Scott basada en un libro de Walter Tevis y protagonizada por la hipnótica Anya Tylor sortea rápidamente la posible indiferencia o aprehensión a este deporte y lleva al lector por otros parajes.  

Y digo lector pues no hay otra manera de acercarse a las transposiciones que surgen de obras literarias. Aunque en otro soporte y con otros recursos, en Gambito de dama se percibe lo mismo que, por ejemplo, en El diablo a todas horas (2020) —película de Antonio Campos recientemente estrenada por Netflix basada en el libro de The Devil All the Time de Donald Ray Pollock—: el peso de la narración literaria, como un vaso de tinta volcado sobre el guión. 

Como ejercer un deporte, toda transposición incluye sacrificios. Ya los teóricos de la recepción explicaron por qué sufrimos una cierta decepción cuando vemos una película basada en un libro. Y es que la materialización de todo aquello que leímos cobra de repente un peso tan unívoco, que suele perder frente a la ambigüedad de significaciones agolpadas en nuestro imaginario. Todos los lectores creíamos saber cómo era Dorian Gray hasta que lo vimos en la película La liga extraordinaria (Stephen Norrington, 2003) y nos pareció demasiado flaco, o demasiado rubio, o demasiado mañoso.  

También sucede lo mismo a la inversa. Cuando los libros que dan origen a las series o películas adquieren relevancia masiva tras los estrenos, como en el caso de Pienso en el final (Charlie Kaufman, 2020) y, probablemente, el libro que dio origen a Gambito de dama. Es menester decir que no lo leí y que por lo tanto el análisis que puedo hacer de la serie se circunscribe a su propio sistema. 

¿Y qué sistema plantea? ¿Es necesario saber de ajedrez para entender esta serie o para lograr lo que cualquier mente en estado de sumisión pandémica desea: entretenerse? Aventuro, por experiencia propia, que no, así como no era necesario entender nada de boxeo para saber que Creed (Ryan Coogler, 2015) es de una inteligencia por momentos perturbadora o que no era imperioso saber los pormenores de la lucha libre para comprender que Foxcatcher (Bennett Miller, 2014) es digna de medalla. 

Las películas sobre deportes, por lo general, recurren a una fórmula, a la que también echa mano Gambito de dama. El deporte funciona como atmósfera, contexto y motivo de sus héroes. Da, por momentos, lo mismo si la hazaña es un knock out, un gol en la hora o un jaque mate. Lo que importa suele ser la historia de superación y los sacrificios asociados a las disciplinas, en donde no existe la diferencia entre la mente y el alma, como decía Oscar Wilde, tan ajeno a cualquier actividad deportiva en el imaginario mundial. 

Gambito de dama ha generado cierta polémica. Quienes entienden ajedrez le reprochan que las movidas no sean las adecuadas para la resolución que se plantea. Entiendo que, de ser así, la serie es poco rigurosa con la disciplina elegida y sería un error para construir el verosímil. Son demasiadas horas de pantalla las que ocupan primeros planos del juego como para descuidar, ante el público especializado, la resolución estratégica y matemática de los conflictos. Es como que en una película de fútbol existan planos de jugadas descritas como offside cuando en verdad no lo son. 

No obstante, para quienes no sabemos nada de ajedrez, la serie funciona. Funciona, como un artefacto que anda. En paralelo a cada partida, son otros los temas que se juegan en cada escena. Esto es así porque si bien las constantes partidas disputadas ocupan grandes porciones del relato, no son los tecnicismos del juego los que captan la atención, sino la atmósfera y la empatía lograda por el personaje principal en donde sentimos la imperiosa necesidad de que gane, de que sea ella la que se mueva a sí misma. 

Poco ortodoxa 

¿Que le gane a quién? o ¿que le gane a qué? He ahí lo más destacable de la serie. Si bien podría caer en la tendencia de incluir mujeres poderosas, no como una necesidad de la trama o de una intención genuina sino como un mandato de lo que el mercado identifica como políticamente correcto, Beth Harmon no es una mujer poderosa, es una mujer rota. Nacida de una pareja deshecha, de una madre biológica adicta, crecida en un orfanato donde desde niña se hace adicta a las pastillas, adoptada por un matrimonio en ruinas, con una nueva madre errática y deprimida que le convida la que sería la primera cerveza de una nueva adicción. 

En ese contexto, durante los efectos de las primeras pastillas que consume de niña, Beth comienza a tener ensueños en donde visualiza partidas de ajedrez en el techo, con fichas que parecen arrancadas de Alicia en el país de las maravillas, evocación que podría trazar un paralelismo con los hallazgos de la propia Beth. El principal es el descubrimiento del hombre que juega al ajedrez en el sótano del orfanato. Junto a él ocurren las secuencias de aprendizaje de héroes y heroínas —que en Gambito de dama funciona como despertar de una obsesión— fundamentales en todo relato de superación. 

En los primeros episodios de la serie, Beth es una niña cuya circunstancia anterior la ha determinado en el presente. Crecer es constatar la negación de su lugar en el mundo. Ella existe porque sobrevivió al accidente en el que su madre la quiso matar. ¿Qué es el ajedrez para Beth? ¿Un deporte? No. Es un lugar matemático donde poner la mente y es, además, un sector de certezas y de control. 

Más allá del devenir del personaje, siempre roto, siempre distante, siempre ajeno al mundo, otro gran acierto de la serie es no descuidar el contexto y su significado. Similar al tratamiento de época que hace Mad Men (Matthew Weiner, 2007-2015) —donde los personajes jamás eran actantes en una escenografía de cartón, sino arquetipos en un universo que activaba sus acciones y motivaciones—, en Gambito de dama hay una especial preocupación por hacer hablar a la época, es decir fines de los 50 y casi toda la década el 60. 

Varias problemáticas se muestran como composición inherente de los personajes y no como telón de fondo: la mujer, siempre relegada a un plano subsidiario, la hegemonía del hombre como sujeto de poder en todos los ámbitos, el consumo de alcohol en las llamadas “amas de casa” y las enfermedades silenciosas asociadas a ello; pero, sobre todo, una denuncia notarial: el uso de estupefacientes en instituciones no mentales para controlar y sedar a los niños, práctica extendida durante los años del American Dream. 

Respecto a la época en la que transcurre, otro acierto de Gambito de dama es el tratamiento que hace del imaginario de la Unión Soviética. A diferencia de la acomodaticia Stranger Things (Matt y Ross Duffer, 2016-presente), por ejemplo, Gambito de dama rompe la bipolaridad Estados Unidos/URSS y configura este territorio como el gran anhelo. Aquel en donde están los que saben y no “los malos”; aquel en donde están los héroes. Un planteo un tanto exótico para el común denominador de producciones masivas norteamericanas —exceptuando series como The Americans (Joe Weisberg, 2013-2018)—, que se han encargado sistemáticamente de reproducir un modelo en el que los buenos existen en occidente y el mal es siempre siberiano. 

Cada vez que está por caer en la sensiblería, da un viraje, acaso un volantazo como el que dio la madre de Beth para matarse e intentar matarla. Toda reconstrucción de época supone mucho más que dirección artística y gestión de vestuario —irreprochables en este caso—: implica reproducir un modelo y activar determinados sentidos que a veces hablan como una foto y otros, como una denuncia. 

Dentro de su rubro, Gambito de dama es una serie poco ortodoxa. Se viste con los tules de las fórmulas para contar la historia, pero crea perspectiva en subcapas del relato para decodificar, en clave de denuncia, modelos epocales que nos han centrifugado hasta arrojarnos en el presente. Un presente en el que las mujeres debemos continuar esforzándonos por patear el tablero, donde el sentido de no pertenencia es extendido en todos los estratos y en todas las generaciones y las adicciones serán siempre paraísos artificiales para sobrellevar al mundo. 

Afuera

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