Vivir con fantasmas: sobre “Contrato familiar”, de Virginia Anderson

“Contrato familiar”, la primera novela de Virginia Anderson (1974), en la mirada de Francisco Álvez Francese

“Pensamos hacia atrás a través de nuestras madres si somos mujeres”, afirma famosamente Virginia Woolf en Una habitación propia (1929) e inaugura una nueva forma de concebir la escritura, que entiende al sujeto femenino como de algún modo diferente, un otro que debe pensarse a sí mismo por fuera de la tradición. Porque si los grandes nombres de la literatura británica (ella nombra a Lamb, Brown, Thackeray, Newman, Sterne, Dickens, De Quincey y agrega un “o quién sea”) “nunca ayudaron a una mujer”, lo que resta es entonces hacerse con la pluma y escribir, aunque lo primero que descubra la escritora al enfrentarse a la hoja en blanco sea que no hay frases comunes listas para su uso. Es a partir de este mirar hacia atrás por la línea materna que funciona el principio: el pensar a través de la madre indispensable para cualquier mujer se sostiene en que hay ahí una verdad que no aparecería en los libros, por supuesto útiles pero mayormente escritos (sobre todo en ese tiempo) por hombres.

Después de tantos años y tan lejos, es interesante pensar en el texto pionero de Woolf en relación a una tendencia de la literatura uruguaya reciente sobre la que llamaba la atención Leonor Courtoisie en un artículo publicado en Brecha hace unos viernes, en el que notaba:

En el 2020 montevideano se publicaron varios materiales que retoman lo denominado literaturas del yo. La escritura biográfica, la autoficción y los diarios aparecieron una vez más como forma o práctica. En particular, tres libros de mujeres que nacieron entre 1985 y 1995 —El espacio podría sonar así, de Eugenia Ladra, Debimos ser felices, de Rafaela Lahore, y Llueve adentro, de Laura Bianchi— podrían formar parte de una constelación de poéticas de la memoria que ubican a sus abuelas como figuras —estrellas— importantes de sus sistemas narrativos, como si una niñez en pleno neoliberalismo y madres trabajando más horas de las esperadas explotaran el vínculo abuela-nieta, como si en una búsqueda por encontrarse a sí mismas, un debe con su herencia o un homenaje hicieran de los resquicios de lo cotidiano una posibilidad literaria.

El desplazamiento, que la reseñista atribuye a la mayor presencia de las abuelas en el contexto familiar (y que tal vez significó una novedad más acusada para la clase media), es entonces generacional, y para una amplia serie de escritoras el pensarse como autoras y como mujeres pasó más por tomar en consideración a figuras femeninas anteriores a la madre, aunque se entiende que el término en Woolf tiene también una parte abstracta. Aparecido en 2019, Contrato familiar, de Virginia Anderson, se trata en primer lugar de una obra que puede pensarse como literatura del yo y, a la vez, como parte de esta escritura sobre la abuela que identifica Courtoisie en su artículo, que además se da de forma fragmentaria, con un aire de historia “mínima”, cotidiana. Sin embargo, la propuesta es en varios sentidos singular.

“Mi abuela se dejaba ridiculizar” es la frase que abre el libro y marca el tono, que tiene sus variaciones en los retazos que van componiendo la historia, por momentos marcados por un humor seco, por otros por la tragedia o por el patetismo y en no pocas por la duda. Y es que, en efecto, la figura central de esta historia surge como una incógnita que Anderson va rodeando finamente y que resulta en una fuga cuando le deja lugar a la sombra del padre, que empieza poco a poco a hacerse con todo, en un reflejo narrativo de un personaje que se presenta como despótico. Así, el libro se arma en dos ejes que estructuran el devenir de estos seres tan bien armados por la autora: por un lado, hay una cuestión que se juega en lo visible, y por otro hay una cosa fantasmática que permanece oculta y actúa como una energía negativa que irradia hacia el mundo desde casi el principio, ya a partir la descripción de la casa, delimitada en los espacios del dormitorio como lugar de la vida cotidiana y el resto, reclamado por otros, “los que ya no estaban, los que nos miraban desde las fotos”.

Como es habitual en estos libros memorialísticos, la construcción del ser querido se va haciendo de a flashes que lo presentan ya sea en momentos marcados como un evento por su singularidad pero que alumbran parte de la personalidad de la retratada (anécdotas concretas, sobre un día específico), ya sea en gestos repetidos que aparecen como paradigmáticos y son los que sostienen la idea que de la persona se quiere dar. En este último tipo de recuerdos entran las palabras usadas por la abuela, sobre la que la narradora deriva en varios pasajes. A partir de lo lingüístico, de estos deslizamientos de los nombres (decirle “bargueño” al aparador), es que se arma un discurso en torno a la identidad, como en el enmascarmiento de la narradora y su hermana, quienes deben fingir ante unos parientes que las visitan tener por segundos nombres Ethel y Ieti, es decir haber seguido una tradición familiar que a todos los efectos se había interrumpido.

Las tensiones en ese plano están presentes por todas partes, ya sea en torno a la prima del padre como a su media hermana, que se instala en Israel y abandona incluso el español, que le prohibe también a su marido, y derivan en un cruce entre lo dicho y lo callado y lo censurado. Es precisamente en esa brecha que surge una mirada atenta que va armando grandes cuadros llenos de detalles, como el que abre el capítulo sexto, en el que se describe el cuerpo de la abuela rodeado por sus nietos, que pronto van moviendo la trama. Es en esa centralidad como corrida que Anderson arma un relato que tiene mucho de elegía y se inscribe en el margen de la ausencia de esa abuela de la memoria física, casi fuera de las fotos, dejada a un lado por el tiempo y por su hijo, que la muda y la violenta. En el punto de quiebre de Contrato familiar, entonces, lo que hay es el otro borramiento: el deseo de destrucción, el poder paradójico de quien, como el dios de los judíos, no puede ser nombrado. Es ahí, en esa lucha entre lo que es y lo que pudo ser, lo que está y lo perdido, la Historia y la historia, que Anderson empieza a recordar, que arma “el puzle” y también es ahí donde se encuentran siempre las trampas de la memoria, todo lo que por no ser capturado se pierde, algo que queda solamente como reflejo del mundo, espectro al que solo la escritura da cuerpo.

Afuera

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