Kindle me softly: sobre “Contra Amazon”, de Jorge Carrión

Ramiro Sanchiz escribe sobre Contra Amazon, el libro de ensayos de Jorge Carrión (1976)

En los últimos meses de 2019, Galaxia Gutenberg publicó Contra Amazon, una colección de ensayos de Jorge Carrión. El texto que le dio título al libro es un manifiesto en siete puntos contra la librería/tienda online, y había sido publicado dos años atrás por la revista online Jot Down, para ser después reeditado en distintos formatos y traducido a varias lenguas. En líneas generales, la crítica de Carrión se podría resumir de la siguiente manera: Amazon ha tratado siempre los libros como si fueran cualquier otro tipo de mercancía, expropiando “simbólicamente” el potencial significante del libro en papel. A la vez, si bien todos estamos vinculados a alguna forma de extensión maquínica (y por tanto “somos cíborgs: bastante hombres, un poco máquinas”), no somos (y no queremos ser, sostiene Carrión) robots, vale decir no somos máquinas esclavas, aunque Amazon trata a sus empleados como si lo fueran, en tanto “ha eliminado progresivamente el factor humano”. En efecto, la tienda fundada por Jeff Bezos prescinde del librero humano y anula el contacto personal, subjetivo, lo que hace que sea un servicio barato. Pero “lo barato sale caro”, ya que esto lo pagamos con nuestros datos personales, perdiendo privacidad. “Cuando lees un libro en papel”, nota Carrión, sin embargo, “el Gran Hermano no puede espiarte. Nadie puede quitarte esa experiencia ni analizarla ni interpretarla: es sólo tuya”. 

Por otro lado, Amazon hace aparecer como un rechazo a la censura el mero impulso de maximización del lucro, y por esa razón publica libros que no deberían circular, Mein Kampf entre ellos, pero también textos negacionistas del holocausto y aparentes manuales de pedofilia. No hay, es decir, compromiso ético sino apenas los flujos del mercado, pero la compañía opera al mismo tiempo como una “macroestructura que decide la visibilidad, el acceso, la influencia” y al hacerlo se suma a un proyecto neoimperialista que invade y violenta la legalidad (en particular impositiva) de los estados, y de hecho erige un “estado paralelo, transversal, global, con sus propias reglas y leyes”. Amazon, finalmente, se “apropió de nuestros libros”, por lo que la resistencia consiste en volver a las librerías y al libro de papel.

Hasta ahí los argumentos de Carrión, que no son fáciles de rebatir sin incurrir en lo que parecería una impopular defensa de Amazon. Hacer algo semejante no es la intención de este texto, pero a la vez no se trata de evitar esa “defensa” apelando a una postura ética o a una forma del “bien” sino simplemente por entenderla inane y superflua. Amazon, en tanto avatar del capitalismo global, se parece más a un contagio viral y a un proceso autotélico que a una herramienta; no hay lugar para una “defensa” en tanto no puede establecerse una relación intersubjetiva en la que esté dado un contexto ético que pueda dar significado a ese intercambio; lo que sí se vuelve posible, en cambio, es la resistencia, como bien ha entendido Carrión. Su manifiesto es en esencia eso: la movilización contra Amazon del arsenal de la resistencia, o la proclama, con el pretexto de Amazon de (una vez más) la idea de la resistencia. Una crítica a estas ideas, entonces, más que pretender “salvar” a la corporación, ha de buscar poner en evidencia el trasfondo ideológico-filosófico de Carrión.

Pero, para empezar, mejor una objeción simple: darse el lujo de prescindir de un servicio en líneas generales eficiente y barato (como la compra de libros y discos en Amazon) no es para cualquiera; es decir, tiene un costo que es más fácil de cubrir en los países del Primer Mundo. Doy por sentado que en alguna librería de España, Francia, Alemania o el Reino Unido cualquiera puede comprar Intelligence and Spirit, de Reza Negarestani (por poner un ejemplo), o agenciar un encargo y recibirlo en pocos días. Esto no sucede en los países del Tercer Mundo, donde, simplemente, los libros no llegan del mismo modo, y si lo hacen son caros. Y no quiero decir apenas más caros sino mucho más caros. Amazon, por su parte, como el mismo Carrión lo reconoce, es un servicio más barato, incluso considerando los gastos de envío (haciendo un cálculo rápido, un libro cualquiera comprado hoy mismo en Amazon y traído a Uruguay con la opción de envío más lenta sale lo mismo o menos que cualquier libro importado). Los principios de Carrión parecen admirables, pero está claro que él puede costearlos, y que no todos podemos hacerlo. Prescindir de Amazon, entonces, es un gesto primermundista que, lamentablemente, no es fácil de replicar en el Sur.

Además, la plataforma de edición/autoedición de Amazon, tan denostada por el sistema literario-editorial (como lo ha sido siempre la autoedición, por supuesto), no sólo permite que cualquier bobalicón escriba una saga espantosa que copia una copia de una copia de Canción de hielo y fuego, sino que además da vida a las editoriales alternativas que, por mantenerse al margen del modelo empresarial orientado al mercado que hace necesariamente a las editoriales establecidas y por publicar libros no comerciales, textos experimentales, radicales o de vanguardia, apelan al sistema de print on demand sin necesidad de invertir capital y logrando que sus libros estén disponibles globalmente y ya no solo en el circuito de, pongamos, ferias del libro alternativo o artesanal. De este modo, si quiero comprar un libro de Ansgar Allen o de David Roden publicado por Schism, puedo hacerlo porque ha sido producido en el sistema de print on demand de Amazon; de otro modo ni la editorial en cuestión ni yo podríamos cubrir el costo de hacer que esos libros lleguen a mis manos del otro lado del mundo. Estas editoriales, incluso, suelen apelar a la accesibilidad gratuita de la versión en pdf del libro, dejando a la versión en papel para quienes quieran y puedan costeársela, a través de Amazon.

Pero incluso dejando de lado lo señalado en los dos párrafos anteriores, es fácil detectar en el manifiesto de Carrión una serie de valores implícitos que pueden ser pensados como cándidos o tendenciosos desde un punto de vista filosófico/ideológico. Por ejemplo, su aprovechamiento del concepto de cíborg (bastante manoseado y en camino a la insignificancia) no es otra cosa que una afirmación del credo humanista: somos cíborgs, sí, pero los cíborgs no son “sólo” máquinas; por lo tanto, lo maquínico no nos agota, y si no somos enteramente máquinas, somos humanos. Es a partir de esta afirmación de lo humano que se entiende el rechazo al algoritmo y la preferencia del trato humano, pero, sin embargo, cabe pensar que los libreros también son algoritmos, más complejos sin duda, más intrincados, pero no por ellos ajenos a una programación: la llevada a cabo por las instituciones educativas, el sistema literario-editorial, la ética de la profesión, los tropismos personales, la ignorancia, el entusiasmo y los afectos. No es fácil establecer una medida por la que podamos saber si un librero “se equivoca” más o menos que el algoritmo o los algoritmos de Amazon (o Google, o Netflix), pero pensar al librero como una instancia libre, independiente de sistemas más amplios o distinguible, en última instancia, de un epifenómeno o producción de esos sistemas, es volver a la noción humanista de que los humanos somos excepcionales, que las reglas del universo físico/natural no rigen para nosotros y que, en última instancia, somos una sustancia aparte, irreplicable por las “máquinas”. 

Supongo que no es este el lugar para argumentar por el caso contrario, pero cabe señalar que la visión humanista/excepcionalista ha conducido a lo largo de la historia de las ideas al colonialismo (en términos de imposición de una visión de lo humano y un orden de las cosas asociado), el antropocentrismo y las diversas modalidades de la postura extractivista que ve en la naturaleza algo tan ajeno a lo humano como potencialmente útil para su prosperidad. Se puede argumentar, no obstante, que no todo humanismo es ecológicamente irresponsable o incluso antropocéntrico, pero si se establece una distinción esencial entre la maquinaria y lo humano, una frontera concebible, se avanza en la dirección del excepcionalismo. Más allá de esto, lo que en verdad asusta del algoritmo a los pensadores humanistas como Carrión es esa suerte de uncanny valley por la que una representación casi certera de lo que vemos en nosotros pone en evidencia que nuestra naturaleza no es realmente distinta, que somos hackeables, y que tanto como los animales y las plantas son máquinas orgánicas y autopoiéticas programadas por millones de años de evolución para replicarse y metabolizar la energía solar, también lo somos nosotros. Claro que nuestros algoritmos son más complejos: han contado con cientos de miles de años de evolución, a diferencia de los de Amazon, que han hecho lo suyo en apenas décadas. El punto, en todo caso, es preguntarse si la diferencia es cualitativa: si la respuesta es afirmativa, entonces afirmamos una cualidad esencial de lo humano, extirpándolo de la realidad física/natural del universo.

Este núcleo humanista también produce la securocracia de la persona humana, que en el manifiesto de Carrión pasa por defender la intimidad contra la intrusión espía. El modelo, sin embargo, es siempre subjetivista, como si no se pudiera pensar por fuera de la noción de alguien, de un sujeto es decir, que está mirándonos como un voyeur, para su propio placer, o como un espía, es decir trabajando para el enemigo. El problema, en cualquier caso, es que los datos minados por Amazon pueden ser comprados por otras corporaciones y usados para fines que no son los nuestros: este es el proceso autotélico del capitalismo global, en cuyo contexto las “personas humanas” no son fines en sí mismos (como da por sentado el humanismo a partir de la excepcionalidad y singularidad de lo humano, como da por sentado el programa de la Ilustración) sino medios para la multiplicación del capital. Amazon nos espía para darle información a los parásitos, es decir, y lo hace, para colmo, pervirtiendo ese objeto singular/prestigioso que es el libro. Un humanista como Carrión sin duda percibe en esto una forma de traición: se ha tomado algo sagrado y se lo ha hecho trabajar contra nosotros. Entonces, para atacar la apropiación del libro llevada a cabo por Amazon, se procede a desmantelar el libro típicamente “de” Amazon, o la visión de Amazon de lo que ha de ser o es un libro, o sea el que leemos en el Kindle. En este sentido, no queda claro si Carrión está criticando al ebook en general (hay otros formatos, incluyendo el libre epub, que permiten el saludable hackeo del sistema literario-editorial a través de la piratería) o si sólo se refiere a la versión de Amazon del formato, pero en última instancia su defensa del papel (con toda su carga sensorial) puede leerse en la línea de su apego a lo humano: el papel, el libro manipulado, olido, mimado por nosotros los lectores humanos, confronta su gemelo oscuro o equivalente maquínico insidioso en el ebook aséptico, replicable, digital. 

Carrión estaría dispuesto, sin duda, a defender los medios analógicos de reproducción de la música contra los digitales, apelando siempre a esa “magia” o “espíritu” o “corazón” ausente de todo aquello que nos acerque demasiado a las computadoras, pero en última instancia esta tecnofobia tan hipster/snob como moderada no es otra cosa que una forma prestigiosa de producción de significados e identidad y una forma solidaria con el sistema literario-editorial, con su economía del prestigio, su circulación de visibilidad y sus procesos que tienden a la custodia de un canon. Carrión es un escritor (un excelente escritor de ficción y un ensayista y crítico competente y atendible, como dejan claro los otros ensayos recogidos en Contra Amazon y también en Geopolíticas, publicado por AñosLuz) cuyas ideas y propuestas no van a contrapelo de lo literario sino que, por el contrario, trabajan para el sistema y por tanto son conservadoras y reaccionarias: la literatura, después de todo, es casi siempre humanista y de hecho funciona como un aparato de producción de lo humano, por lo que la defensa de Carrión del libro de papel y su manifiesto contra Amazon van en la misma dirección que las peroratas de otros tantos escritores sobre la buena literatura, los buenos hábitos de lectura y los viejos valores acaso perdidos. 

Eso, evidentemente, le gusta a los lectores: les permite identificarse, conectar sus procesos productores de identidad a esos grandes hubs de lo humano. Quizá, como repite el posthumanismo desde Foucault en adelante, nunca fuimos humanos (porque el hombre no es otra cosa que una invención, una figura en la arena, por reciclar la bella metáfora del final de Las palabras y las cosas) y a la vez queremos serlo, ansiamos desde cada rincón de nuestros algoritmos programados por miles de años de evolución esa pertenencia al colectivo, ese contacto, tanto como todos hemos querido siempre pertenecer a ese club, a esa élite. La postura de Carrión, entonces, se vuelve prestigiosa: queremos coincidir con sus ideas y él, que escribe muy bien, conoce los trucos retóricos para potenciar ese deseo y, por tanto, para acumular capital simbólico y, de paso, ganar unos dólares (pero cómo acusarlo de algo así: es lo que todos queremos: metabolismo, termodinámica, economía, replicación).

Parte de ese prestigio depende de algo que, naturalmente, es más grande que Carrión y hace a buena parte de las posturas político-ideológicas de nuestro tiempo. Me refiero a la noción de resistencia, en particular a la idea de que debemos resistir al capitalismo global, que nos aliena y por tanto nos inhumaniza. Debemos entonces defender lo humano, que está ya no tanto sitiado como invadido, usurpado incluso. Hace cierto tiempo, la noción privilegiada era la de vigilancia: sostener nuestras guardias en las murallas para señalar la llegada de los bárbaros; después pasó a operar una versión agresiva de la defensa, un combate en los campos de Pelennor de lo humano; finalmente, cuando el enemigo ha atravesado las puertas de la ciudad (o nuestra propia piel), debemos “resistir”. Esto, por supuesto, implica una economía de los límites: lo humano es esto y aquello, tiene estos contornos y sostiene tal o cual relación con su concebible afuera. Administrar esa relación es la tarea de tantos aparatos ideológicos, por usar la fórmula althusseriana, y el producto de esa interacción (o el comportamiento que emerge de ese sistema) es lo humano. Definir lo humano, entonces, es señalar al enemigo inhumano y mantenerlo a raya; cuando sentimos que los límites han sido vulnerados, el combate ingresa al espacio doméstico, lo que hace que la resistencia comience por nosotros mismos, por lo que hacemos ante nuestras pantallas. Por ejemplo, no comprar en Amazon.

Esta forma de resistencia no es, al final, más que una ilusión reconfortante que nos ayuda a relacionarnos entre nosotros y sostener el funcionamiento de lo colectivo. En algún momento de la evolución de los homínidos estas ficciones comunitarias, desde lo humano hasta lo nacional, desde la familia hasta la religión y las grandes divisiones políticas, funcionaron como factor de supervivencia ante la presión del entorno. Aprendimos a ser solidarios para sobrevivir, aprendimos a creer que nuestros gruñidos tenían significado y que en ese significado estaba la verdad, aprendimos a confiar, a cuidarnos, a sostener un proyecto común. Así fue como seguimos siendo programados, y por eso la resistencia, en última instancia, nos da placer. Libros como Contra Amazon funcionan en esa línea: nos hacen sentir a cargo, así sea de poner nuestro “pequeño granito de arena”; nos hacen sentir que tenemos cierta capacidad de control y que ese control es colectivo, aglutinante, solidario; nos hacen sentir que podemos oponernos al afuera inhumano y hacer algo al respecto. Libros como el de Carrión podrían, entonces, ordenarse en las librerías junto a los de autoayuda, esos que nos dicen que somos singulares, únicos, “seres de luz”, y que si deseamos algo el universo “conspira” para que lo consigamos: bebe de esta copa, lee de este libro, y te sentirás bueno, te sentirás mejor. 

Afuera

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