Lo disolución de Lo Real: Sobre “Wandavision”, de Jac Schaeffer

A un capítulo de su season finale, Rodrigo Bastidas Pérez reflexiona sobre Wandavision, la primera serie del Universo Marvel creada para la plataforma Disney+

Cuando se habían transmitido los dos primeros episodios de Wandavisión por el canal Disney+, Alberto Chimal escribió el agudísimo artículo “Mi realidad virtual tiene más dinero que la tuya”, en el que relacionaba las estructuras usadas en la serie con la obra de Philip K. Dick, en especial con la novela El tiempo desarticulado (1959). Al final del texto, el escritor mexicano propuso una provocación: si bien la serie tenía la oportunidad de hablar del presente (un presente de burbujas aisladas y de negación del otro), esta era una opción que claramente no les iba a interesar a unos guionistas de Marvel. A falta de la emisión del capítulo nueve, pienso en una respuesta posible a esa provocación: Wandavisión habla del presente a pesar de sí misma, y no lo hace de la manera en la que Chimal lo imaginaba, sino de una aún más aterradora y preocupante.

Wandavision, al igual que cualquier obra que se estructure dentro de un marco de imaginación con un mundo extrapolado, necesita mantener la tensión narrativa entre dos referencialidades: una a la coherencia interna de la creación artística y otra (tensa, frágil) con Lo Real, con referencias que le permitan al espectador a la vez una conexión con su mundo. Los guionistas han sido sumamente cuidadosos en poner de manera explícita e implícita todos los elementos necesarios para que la serie se encastre perfectamente en el Universo Marvel, pero dicha prolijidad (que coincide con la coherencia interna) ha dejado por fuera la posibilidad de conexión con nuestro mundo. En consecuencia, lo que ha provocado esta exaltación de la verosimilitud narrativa ha sido la puesta en abismo de una hiperstición que se cumple con la realización de un nueva hiperstición. La razón de este laberinto fractal de referencias apunta quizá a la naturalización narrativa de unas verdades, sin sustento en la realidad, que se relacionan con el discurso de la posverdad. Pero vayamos paso a paso.

Fredric Jameson proponía en The Political Unconscious (1981) el desgaste de la enunciación realista y señalaba una reificación de Lo Real por medio de un discurso que ya no se relacionaba con un presente al que, en muchas ocasiones, se contraponía. Creíamos ciegamente que la literatura realista hablaba de la realidad porque se nos había dicho que las dos esferas se relacionaban de manera directa y absoluta; sin embargo, el abismo que había entre ellas era aún mayor que el que había entre Lo Real y la literatura no-realista. Mientras el realismo se vendía como la descripción de Lo Real, la literatura de la imaginación evidenciaba su estructura como artificio y con ello permitía una serie de interpretaciones metafóricas que hablaban más de cerca del mundo que rodeaba a la obra artística. Justamente por eso, Jameson insistía en la necesidad de esa literatura de la imaginación que llamaba “mágica” y que nos permitiría salir de la cárcel de Lo Real que había sido construida con el discurso del realismo. Hasta aquí podríamos pensar en que esta posibilidad casi salvadora de la imaginación estaba echando raíces en los cómics y las novelas gráficas de las cuales Wandavision bebió sus mayores influencias: House of M (2005) y The vision (2018).

Años después, Mark Fisher releía a Jameson en Capitalist Realism (2009) y alertaba sobre una nueva dinámica en la correspondencia entre realismo y realidad. En lugar de esa relación fantasmal de representación del presente, el realismo (impulsado por una estructura capitalista) “creaba” la realidad; así Lo Real debía supeditarse a las formas enunciativas que proponía el realismo como una manera de adecuarse a un deber-ser que solo era posible encontrar en un discurso netamente imaginario. Contrario a lo que había propuesto Jameson, lo imaginario ya no funcionaba como una salida de la cárcel del realismo, sino que había sido apropiado por un discurso que fagocitaba Lo Real para reconstruirlo a su imagen y semejanza. Quizá esta estructura narrativa es lo primero en lo que pensamos con Wandavision: Wanda se enfrenta a una realidad que no se corresponde con su deseo y por lo tanto la reconstruye a partir de una nueva relación discursiva que coincida con su ideal. Sin embargo, dado que no existe en el realismo capitalista una forma enunciativa que concuerde con su perspectiva de Lo Real, recurre a un discurso que lo construye a partir del artificio: las sitcoms. Esta perspectiva es tentadora y fácilmente descifrable, pero si escarbamos un poco más es posible ver que esta relación entre realismo y realidad esconde otras formas de discurso.

En las narrativas hipersticionales, la acción enunciativa tiene el poder no solo de modificar la realidad, sino de crearla. Una hiperstición cambia la relación entre realismo y realidad: el realismo ya no tiene la tarea de describir Lo Real, tampoco el discurso del realismo actúa creando Lo Real; en la hiperstición la acción está puesta en la realidad que debe copiar el discurso del realismo para que las palabras tengan concreción en el mundo. Una mirada más cercana de la serie permite comprender que ya no estamos ante la perspectiva pesimista del realismo capitalista, sino ante algo mucho más sorprendente: ante la disolución de Lo Real. La puesta en abismo de una hiperstición dentro de una ficción le ha quitado lugar a la realidad, al dejarla sin agencia.

Wandavision se propone como una dinámica hipersticional múltiple: sus raíces referenciales ya no están en la realidad sino en un discurso ficcional que es referenciado a partir de otros discursos ficcionales. Por ello, en este plano hipersticional hay un desplazamiento extra, dado que Lo Real ya no tiene lugar: ha sido desplazado por una serie de marcas ficcionales que tienden a desvanecer cualquier tipo de lazo con el presente. Y ese es el motivo, justamente, por el cual los espectadores se han ocupado en la creación de hipótesis en las que prima cómo la serie se relaciona con otros objetos ficcionales. La hisperstición ya no tiene su agencia en la validación de Lo Real, sino que se valida en otros objetos ficcionales, las sitcoms de varias décadas, que a su vez se validan por la existencia de otros objetos ficcionales (las películas), validadas a su vez por otras ficciones (los comics). Lo importante parece ser cómo la serie de Wandavision reelabora un universo cinemático, ya no una realidad. Lo Real ha sido desplazado de tal manera en este tipo de hiperstición fractal ya no propone la creación de una nueva realidad (como lo señalaba Fisher), sino la modificación de una ficción existente. Se podría entender que estamos ante un objeto ficcional que tiene su agencia en la reelaboración de un universo ficcional para la existencia de una historia futura: es mitología in situ.

Wandavision se ha vendido a los espectadores como un puente, un pasadizo que permite la fusión del Universo Marvel con otras franquicias que, hasta ahora, habían pertenecido a diferentes conglomerados económicos. Así, el interés de los espectadores se ha volcado en comprender cómo cada acción o referencia o dato escondido permite vislumbrar cómo serán los próximos años en el universo ficcional. Esta serie se ha convertido en un punto de inicio, una arqueología narrativa que podemos apreciar en su acontecer cotidiano; en los nueve capítulos estarán las claves no solo de lo que ha sucedido, sino de lo que puede ocurrir en las próximas producciones. En otras palabras, el laberinto fractal de las hipersticiones que tienen su cumplimiento en nuevas hipersticiones se encuentra bajo una cúpula ficcional que lo cubre todo: las multinacionales del entretenimiento. En medio de este encajonamiento de validaciones por medio de referencias ficcionales, ¿dónde queda Lo Real? Quizá esté justamente en aquello que aparece como falta, como ausencia.

La intrincada fórmula que propongo como estructura de la serie no es, sin embargo, sino una forma conocida de lectura de la posverdad. En medio de las aseveraciones de políticos y miembros de los Estados puestas en plataformas y redes sociales, el mensaje ha dejado de tener importancia en cuanto a su relación con Lo Real. Su agencia se ha desplazado a convertirse en formas de validación de esas otras ficciones que conforman el discurso de la política; cada afirmación solo tiene lugar en el discurso ficcional que ha construido cada sujeto para una identidad virtual. Por ello, cuando los gobiernos comunican sus decisiones a través de redes como Twitter, la atención se centra en la lógica interna del discurso y no en los efectos que dicha decisión tiene en el mundo. Los Estados digitalizados se han convertido en hipersticiones fractales que se concretan en un discurso de la imaginación, todo ello bajo una cúpula ficcional que lo cubre todo: el poscapitalismo. Quizá la relación que tiene Wandavision con la realidad no sea la vista por Alberto Chimal como la de las burbujas aisladas y la negación del otro, sino la confirmación de que estamos en medio de una producción de discursos ficcionales que han dejado de lado la realidad o la evidencia de que se ha naturalizado una política que ya no se interesa en Lo Real.

Afuera

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