Contar para sanar: sobre “El cuento de la criada” y “Oryx y Crake”, de Margaret Atwood

Tomando como base las novelas El cuento de la criada y Oryx y Crake, Sofía Gervaz estudia el uso del testimonio en la obra de Margaret Atwood (1939)

Hay algo en la obra de Margaret Atwood —poeta, novelista, ensayista, activista y más—, que se repite y que atraviesa varios de sus textos. Desde Resurgir (1972) hasta El asesino ciego (2000), pasando por Alias Grace (1996), y como si fuera un patrón, las historias de sus personajes se ven definidas por sus testimonios, a través de los cuales se trata de dejar una evidencia y contar aquellos hechos traumáticos por los que han pasado.

En el artículo “Margaret Atwood’s dystopian visions: The Handmaid’s Tale and Oryx and Crake”, publicado en The Cambridge Companion to Margaret Atwood, Coral Ann Howells presenta las diferentes visiones distópicas que podemos encontrar en El cuento de la criada (1985) y en Oryx y Crake (2003), además de contextualizar el momento en que Atwood escribió cada una de ellas y cómo algo de eso está presente en los dos textos. En el ensayo de Howells, de este modo, resuena algo ya mencionado: la importancia de contar nuestras historias, de contar qué es lo que nos pasa o pasó, de tener un interlocutor, a partir de lo que surgen una serie de interrogantes, ¿por qué los protagonistas de estas novelas necesitan dirigirse a un interlocutor y contar aquello que les pasa? ¿Necesitan dirigirse a alguien en particular para establecer una coherencia narrativa en su relato? ¿Acaso esto sucede porque para poder comprender el hecho traumático es necesario darle forma y ponerlo en palabras?

Tal vez un modo de responder estas cuestiones sea comparando al personaje de Offred, de El cuento de la criada, con Jimmy/Snowman, de Oryx y Crake, como narradores de sus vivencias postraumáticas en sus mundos distópicos y viendo cómo sus narraciones, dirigidas a un interlocutor que a veces está más definido que otras, los ayuda a sobreponerse al hecho traumático. Para abordar la temática planteada, en consecuencia, es necesario definir qué es el trauma y a qué responde.

De acuerdo con el Diccionario de psicoanálisis de Jean Laplanche y Jean-Bertrand Pontalis, trauma es un “Acontecimiento de la vida del sujeto caracterizado por su intensidad, la incapacidad del sujeto de responder a él adecuadamente y el trastorno y los efectos patógenos duraderos que provoca en la organización psíquica”; por su parte, Leigh Gilmore, dice al respecto en “Limit-Cases and the Jurisdictions of Identity” que:

El trauma, que en griego significa “herida”, se refiere a la experiencia de violencia, lesión y daño que altera la vida de uno mismo, e incluso la destruye. En la experiencia del trauma son cruciales las dificultades que surgen al intentar articularlo. Estas dificultades suelen formularse como crisis al hablar y escuchar: si no hablo, ¿cómo puedo transformar el dolor? Si hablo, ¿cuáles son los riesgos? De hecho, la relación entre el trauma y las representaciones, y especialmente el lenguaje, está en el centro de las afirmaciones sobre el trauma como categoría. [salvo en el caso de las novelas, las traducciones son nuestras]

A lo que agrega que “La psicoanalista Dori Laub afirma que no se puede decir que el trauma haya ocurrido realmente hasta que pueda ser articulado y escuchado por un oyente comprensivo”.

Mundos ustópicos, Gilead y Compounds

Para poder entender a estos personajes como víctimas de trauma y en su contexto, debemos describir los universos en los que transcurren estas historias y delimitar el género literario. En este sentido, podemos definir ambos textos como ficción especulativa, es decir, de acuerdo con Atwood, como “cosas que realmente podrían suceder pero que no habían sucedido del todo cuando los autores escribieron los libros”. A su vez, son también distopías o, como la autora prefiere llamarlas, ustopias, un neologismo acuñado por ella combinando utopía y distopía porque “cada una contiene una versión latente de la otra”.

En su ensayo “Dire Cartographies: The Roads to Ustopia”, que vengo citando, , Atwood define estos términos de la siguiente manera:

Utopía, como se sabe, proviene del libro de Tomás Moro de ese nombre, que en su caso puede significar “ningún lugar” o “buen lugar”, o ambos. […] se cree que las utopías representan sociedades ideales o alguna versión de ellas. […] Las distopías suelen describirse como lo contrario de las utopías: son Grandes Lugares Malos en lugar de Grandes Lugares Buenos y se caracterizan por el sufrimiento, la tiranía y la opresión de todo tipo.

Mientras, que, afirma, dentro de cada distopía, hay “una utopía oculta, aunque sólo sea en la forma del mundo tal y como existía antes de que los malos tomaran el control”.

El cuento de la criada tiene lugar en Gilead —lo que en algún un momento fuera Nueva Inglaterra, Estados Unidos—, una república dictatorial teocrática creada utilizando como coartada diversos ataques terroristas. A partir de estos eventos, efectivamente, un grupo de fanáticos religiosos se hacen del poder y como primera medida suprimen la libertad de expresión y los derechos de las mujeres, sobre todo los de aquellas que eran fértiles, debido a que la fertilidad y los índices de natalidad habían disminuido casi por completo y las mujeres que pudieran parir hijos sanos eran muy escasas en un territorio arruinado por una posible contaminación nuclear.

En Gilead, la sociedad se encuentra organizada en castas. Así, cada uno de los ciudadanos tiene un rol impuesto por el régimen de acuerdo con sus características, clase social a la que pertenecían y si apoyaron o no el cambio político y social. Offred, la protagonista que ocupa el lugar de handmaid, es una de esas mujeres fértiles que fueron seleccionadas y educadas para ser recipientes y perpetradoras de la especie en nombre de un dios.

Oryx y Crake, por su parte, se desarrolla también en lo que nosotros conocemos como Estados Unidos, pero en un mundo postapocalíptico donde la especie humana fue aniquilada por el ataque bioterrorista de Crake, un científico megalomaníaco en el que nos encontramos con que Snowman/Jimmy, su mejor amigo, es el último sobreviviente, solo acompañado en este presente por los Crakers, humanoides creados genéticamente, también por Crake, para suplantar al homo sapiens sapiens.

Previo a este presente postapocalíptico, la Tierra ya se había vuelto un mundo distópico transformado por el cambio climático, dominado por las corporaciones, con un estilo de vida de consumo al borde de la decadencia, con animales genéticamente modificados y en el que el abuso de poder venía desde lo científico. Incluso antes del atentado de Crake, las personas vivían en Compounds —ciudades-domo que pertenecían a las corporaciones— o en los Pleeblands —fuera de los Compounds y el lugar de los rebeldes, de la clase baja, de la escoria y los Painballers— bajo la mirada de los CorpSeCorp, la policía militarizada que, como los Eyes en El cuento de la criada, controlaba todo.

Offred y Jimmy/Snowman

Teniendo en cuenta los contextos en los que transcurren las historias de Offred y Jimmy/Snowman, y de acuerdo con la definición de Gilmore sobre el trauma como aquello “experiencia de violencia, lesión y daño que altera la vida de uno mismo, e incluso la destruye”, podemos decir que estos personajes comparten un hecho traumático. En este caso, este hecho es el cambio en su normalidad: el momento pre-Gilead y el momento pre-apocalipsis, respectivamente. Sus mundos son transformados y más allá de lo personal que los atraviesa, hay algo del mundo exterior que cambia y que funciona como disparador de los hechos traumáticos en sí.

En el caso de Offred, es posible identificar varios momentos que pueden haber dejado heridas en su “psiquis”, pero “hay [para Offred] un recuerdo traumático central, que es la pérdida de su marido y de su pequeña hija”, como afirma Howells. A esta pérdida se suma no saber qué le pasó a su amiga Moira, y tampoco qué fue de su madre; así como ser una handmaid al servicio del régimen y funcional al sistema para sobrevivir. En el caso de Jimmy/Snomwan, se puede decir que hay dos hechos traumáticos que lo definen: el abandono de su madre y lo que esto provoca en su infancia, cuando era Jimmy, y el ser cómplice del plan bioterrorista de Crake y no haber hecho nada para detenerlo, así como tampoco poder evitar la muerte de Oryx, cuando se vuelve Snowman. Ambos son hechos que se vinculan, ya que en los dos entra en juego la pérdida y el primero se despierta al suceder el segundo.

Si, como sostiene Snyder en su artículo sobre Oryx y Crake, “La novela de Atwood retrata el trauma como el shock o la herida que desbarata la integridad del sujeto, y también como aquello que ya está presente en el sujeto”, no es menor hacer referencia a que la identidad de este personaje, así como también la de Offred/(June), se ve desdoblada en dos personalidades y nombres que corresponden a momentos diferentes de su vida.

Contar para sanar

Contar, escribir, narrar, ayuda a sanar y la evidencia de que Offred y Jimmy/Snowman necesitan poner en palabras aquello que les pasó está en los textos. Los momentos en los que se dirigen a un otro, a un you, no son aislados, en efecto, sino que se repiten a lo largo de las páginas de las dos novelas de manera constante, generando un ritmo, ya que están más presentes cuando los personajes están más cerca psíquicamente del hecho traumático y necesitan ir a un interlocutor del tiempo anterior al trauma, en el que no se encontraban fragmentados. Los personajes necesitan, parece, volver a ese lugar para poder rearmarse, juntar las piezas de lo que fueron, poner en palabras lo que sucedió e imponer una coherencia narrativa para de esa manera poder seguir con sus vidas. 

Carol Ann Howells y Eleonora Rao refieren a lo terapéutico de estas narrativas en varios fragmentos de sus ensayos incluídos en The Cambridge Companion to Margaret Atwood:

Offred lucha por su supervivencia psicológica y emocional mientras cuenta su historia [y] La narración de Snowman también es terapéutica, ya que le ayuda a sobrellevar el opresivo sentimiento de culpa por haberse limitado a presenciar el peligroso plan de Crake sin actuar.

A pesar de estas y otras similitudes, se pueden encontrar también diferencias en las historias presentadas en El cuento de la criada y Oryx y Crake. La primera es que el relato de Offred es en primera persona, con una voz narrativa femenina, mientras que en el de Jimmy/Snowman la voz narrativa es masculina y se encuentra en tercera persona. La segunda es el momento en el que están los protagonistas: Offred habla desde el futuro, ya fuera de ese Gilead opresor y viendo de lejos lo ocurrido; Jimmy/Snowman, en cambio, está en su presente, viviendo todo en “ese mismo momento”.

Por otra parte, los paralelismos son muy fuertes, ya que los relatos se encuentran estructurados casi en espejo, con capítulos que refieren a un presente que se intercalan con recuerdos del pasado, que cuanto más cerca del final más cerca se encuentran del hecho traumático en sí. En el caso de Jimmy esto es más evidente, ya que pasado y presente se juntan cada vez más en su regreso a Paradice, lugar del origen del ataque de Crake, y cuanto más armado se encuentra el puzle. Además, como si fuera un espejo nuevamente, los dos eligen como interlocutores, en algunos casos, a personas que fueron importantes en su vida: Luke, Moira, su madre, en el caso de Offred; Crake, Oryx, su padre, en el caso de Jimmy. Pero también hay diferencias en esto último, porque el interlocutor de Snowman es más errático y hay momentos en los que aparece en forma de voces del pasado, impersonales, a las que él responde.

Querido tú

En la lectura de El cuento de la criada se pueden identificar al menos diez momentos en los Offred se dirige a alguien. Es un discurso íntimo y, a pesar de que hay momentos que no se identifica al interlocutor más que con un you, incluso en esos momentos hay una cercanía. Un ejemplo claro es el siguiente fragmento, el primero en el que Offred hace referencia a que lo que se está narrando tiene las características de una historia, algo que se acerca quizás a la ficción, y que puede alejarla de lo que realmente atravesó:

Me gustaría creer que esto no es más que un cuento que estoy contando. Necesito creerlo. Debo creerlo. Los que pueden creer que estas historias son sólo cuentos tienen mejores posibilidades. […] Un cuento es como una carta. Querido, diría. Sólo querido, sin nombre. Porque si agregara tu nombre, te agregaría al mundo real, lo cual es más arriesgado y más peligroso: ¿quién sabe cuáles son tus posibilidades de supervivencia? […] Querido puede ser cualquiera. Querido pueden ser miles. 

A pesar de que decida referirse primero a ese dear you (traducido simplemente por querido en la versión castellana), que puede significar thousands, necesita volver al mundo de los hechos. Es en ese momento cuando cambia el destinatario del mensaje y aparecen Luke y su madre; personajes y recuerdos de cuando ella podía ser:

Luke, digo. No me responde. Tal vez no me oye. Se me ocurre pensar que quizá no está vivo.  […] Madre, pienso. Estés donde estés, ¿puedes oírme? Querías una cultura de mujeres. Bien, aquí la tienes. No es lo que tú pretendías, pero existe. Tienes algo que agradecer.

Cerca de la mitad de la novela, y como si se estuviera rindiendo, Offred dice: “No quiero contar esta historia. No tengo que contarla. No tengo que contar nada, ni a mí misma ni a nadie. Simplemente podría quedarme sentada aquí, en paz. Podría apartarme”. Sin embargo, no deja de hacerlo, no puede dejar de contar su historia a pesar de las contradicciones y por más doloroso que sea. Este fragmento deja en evidencia lo ya planteado: la necesidad de poner en palabras lo ocurrido para hacerlo real.

¿Por qué estoy solo?

En la lectura de Oryx y Crake, por otra parte, se pueden identificar al menos treinta conversaciones que Snowman tiene con esas voces del pasado, pero pensando en un presente y un futuro y de momentos en los que se dirige tanto a Crake como a Oryx. Howells menciona que tanto él como Offred existen en un estado de doble conciencia, con saltos entre el presente y el pasado, lo que sin duda se ve reflejado en sus narrativas. En un discurso errático, cargado de frustración, al borde del pánico y siempre buscando explicaciones, tratando de descubrir el por qué, Jimmy/Snowman va reconstruyendo su historia.

El interlocutor que más se repite a lo largo de la novela es tal vez por eso Crake y los momentos en que se dirige a él están cargados de enojo, de angustia y resentimiento:

—¡Crake! —grita—. ¡Gilipollas! ¡A la mierda los listos! Escucha. El agua salada vuelve a resbalarle por la cara. Nunca sabe cuándo le va a pasar y no consigue detenerla.”  […] —¡Esto lo has hecho tú! —le grita al mar. No hay respuesta, cosa que no le extraña. Sólo las olas, chis chas, chis chas. […] —¡Crake! —grita—. ¿Por qué sigo en esta tierra? ¿Por qué estoy solo? ¿Dónde está mi Novia de Frankenstein? […] ¿Para qué coño me necesitaba? —dice—. ¿Por qué no me dejó en paz? 

La necesidad de que haya un otro al que hablarle se hace presente en todo momento, pero hay un fragmento en particular en el que él mismo recuerda las palabras de Oryx, y que “Tener a alguien con quien hablar es agradable”, cuando tiene un encuentro con un rakunk, un animal cruza de mapache y zorrillo:

En efecto: alguien le escucha. Es un mofache joven. Ahora lo ve. Le está observando con ojos brillantes desde detrás de un arbusto.
—Eh, niña, eh, niña —lo llama con voz mimosa, pero se pierde en el sotobosque. Si se esforzara un poco, si tuviera paciencia, seguramente lograría amaestrar a alguno y tendría con quien hablar.

Si bien Snowman tiene conversaciones con los Crakers, sabe que no es lo mismo, porque conversar con ellos implica volver todo el tiempo al pasado, a los recuerdos dolorosos, a un lugar que estos humanoides creados genéticamente no pueden entender. Esto queda en evidencia cuando el narrador dice:

Él también es una especie de náufrago. Podría confeccionar listas. Eso otorgaría a su vida cierta estructura.
No obstante, incluso un náufrago da por supuesto a un lector futuro, alguien que más adelante aparezca por ahí y encuentre su esqueleto y su libreta y conozca cuál fue su destino. Para Hombre de las Nieves resulta imposible presuponer nada. No habrá ningún futuro lector, porque los crakers no saben leer. Todo lector imaginable pertenece al pasado.

En la escena final de la novela, incluso después de haber reconstruido la historia y juntado sus fragmentos, Snowman necesita que lo escuchen, y una respuesta: “—¿Qué quieres que haga? —le susurra al vacío. Resulta difícil determinarlo. Oh, Jimmy, eras tan gracioso. No me falles.” 

Las experiencias traumáticas, en la medida en que pueden ponerse en palabras, tienen la posibilidad de desgastarse. Este desgaste a través del relato da lugar a nuevos enlaces, a nuevos significados que traerán algo de la elaboración. La experiencia vivida, que, por su intensidad, supera la capacidad de procesamiento en un primer tiempo, ocurrirá en un segundo tiempo, a través de la insistencia, como un golpeteo inconsciente que pueda llegar a enunciarse. En algunos casos, y a lo largo de las dos novelas, podemos dudar de la veracidad del relato, pero no de su función y su efectividad: tanto Offred como Jimmy/Snowman se valen de la palabra y elaboran una narrativa, juntan los pedazos de su historia y la reconstruyen para poder sanar, para saberse sobrevivientes del hecho traumático y, acaso, para que la historia no se olvide ni se repita.


Acompaña el artículo el detalle de una de las fotografías que Alasdair McLellan tomó de la autora para la revista The Gentlewoman.

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