Cuaderno de Afuera: “Historia reciente de dos colores”, por Verónica Manavella

A partir de los pañuelos que protagonizaron la discusión reciente en Argentina, Verónica Manavella reflexiona sobre la importancia política de los colores

A casi cien días de la jornada histórica en la que la Argentina pegó un estirón en materia de derechos para cuerpos gestantes, se puede asegurar que los pañuelos son, pueden ser, actores políticos tan presentes en el debate como las personas. Me refiero a los pañuelos verde y celeste, representantes de los polos opuestos en la discusión sobre la legalización del aborto, respectivamente, a favor y en contra. Llevados al centro de la cuestión en agosto de 2018, cuando el proyecto de ley para la interrupción voluntaria del embarazo (IVE) llegó a la Cámara de Diputados, estos símbolos forman parte de una genealogía política que data de hace varias décadas. 

Heredero del pañuelo blanco portado por las Abuelas de Playa De Mayo en 1977 en reclamo por sus hijos desaparecidos durante la dictadura militar (1976-1982), el pañuelo verde fue elegido como emblema de la Campaña Nacional por el Derecho al Aborto Legal, Seguro y Gratuito, nacida en mayo de 2005. A raíz de numerosas marchas, jornadas multitudinarias y “pañuelazos”, este objeto de confección simple no sólo se ha propagado a lo largo y a lo ancho del territorio argentino sino que extendió su alcance por toda América Latina. Símbolo de la conquista popular callejera, el pañuelo verde es, para quienes lo portan, sinónimo de feminismo, de derechos reproductivos y de conciencia colectiva. Por su parte, el pañuelo celeste fue adoptado en rechazo a la propuesta encarnada por el verde y estuvo acompañado por el lema “Salvemos las dos vidas”. Si bien sus orígenes remonan al estallido de la crisis económica en diciembre de 2001, fue en los últimos años que el celeste se propagó por las calles, demarcando así una clara oposición simbólica entre un color y el otro: a los pañuelazos “pro aborto” se sucedieron numerosas marchas de “celestes” enarbolando banderas argentinas y monstruosos fetos gigantescos de papel maché que reclamaban los derechos del niño por nacer. 

A partir de la consolidación de estos dos polos, el discurso mediático se tiñó de colores. Expresiones como “la marea verde puso el cuerpo”, “la enorme ola celeste de Argentina y del mundo”, “una fiesta celeste”, “manifestantes verdes” atestiguan el rol protagónico que se le confiere al color en este debate, así como la predilección de los medios masivos de comunicación por las fórmulas simples. A tal punto es así que dichos colores pasaron a llamarse, en el lenguaje popular, como la postura que encarnan: el verde, “verde aborto” y el celeste, “celeste provida”. 

No puedo dejar de preguntarme entonces: ¿por qué esos colores y no otros? ¿Quién los eligió y cuando? ¿Qué otros símbolos se ocultan detrás del verde y del celeste? Y sobre todo: ¿pueden estas consideraciones ayudarnos a comprender mejor este colorido panorama socio-político que se ha gestado en América Latina en las últimas décadas?  El color es un hecho social, precisa el historiador Michel Pastoureau. La genealogía de los colores que emanan de los pañuelos hacia las calles lo confirman: detrás del verde aborto y del celeste provida se tejen amplias y complejas redes de significados y símbolos, que no hacen más que enriquecer el debate.

“Verde que te quiero verde, verde viento verdes ramas”, reclama el interlocutor del poema de García Lorca. Así se quiso que fuera el pañuelo al consolidarse la Campaña Nacional por el derecho al aborto: verde. Curiosamente, el verde precede a la Campaña. Lo eligieron Susana Chiarotti, directora del Instituto de Género, Desarrollo y Derecho de Rosario y Marta Alanis, de la ONG Católicas por el Derecho a Decidir en vísperas del XVIII Encuentro Nacional de Mujeres en Rosario en 2003: su antecedente directo es el pañuelo lila portado por Católicas por el Derecho a Decidir en la Conferencia Internacional de la Mujer en Nueva York en el año 2000. Si se optó por el verde y no por el lila  no fue tanto, entonces, porque el verde tuviese un significado preciso, sino todo lo contrario: el violeta y el lila ya eran los colores del feminismo en su integralidad; el blanco, el color del pañuelo de las mujeres que reclamaban por el derecho al voto en la década de 1940, y luego el de abuelas de Plaza de Mayo; el amarillo, símbolo papal; el celeste, color de la bandera argentina; el rojo, representante de varios partidos políticos de izquierda y el azul, representante del justicialismo.

El verde fue elegido, entonces, por descarte. Pero fue adoptado rápidamente por la procesión de mujeres en el marco de aquel Encuentro donde se repartieron los primeros miles de pañuelos de acetato en los que se leía la frase: “Por el derecho a decidir”. A partir de mediados de 2018, mientras se debatía en la Cámara de Diputados el proyecto presentado por la Campaña, el lema se extendió: “Educación sexual para decidir, anticonceptivos para no abortar, aborto legal para no morir”, consigna que refleja los significados que se le atribuyen al color del pañuelo: la esperanza y la vida. En aquella oportunidad, el proyecto fue aprobado en la Cámara de Diputados y rechazado en Senadores. Si bien no se logró la tan esperada victoria, estos eventos marcaron un punto de inflexión en lo que a este color respecta. En las tiendas lo llaman verde Benetton. En la calles, se lo ha rebautizado verde “aborto”. El pañuelo se ha vuelto un objeto de uso cotidiano: colgado de mochilas y carteras, en el retrovisor del auto o el manubrio de la bici y hasta en la trompa de un tren subterráneo (contribución de la Operación Araña en la ciudad de Buenos Aires), es una insignia identificatoria que transmite seguridad y orgullo entre pares, dentro y fuera del ámbito de la militancia. 

También es un distintivo que suscita el rechazo de quienes no simpatizan con la demanda feminista: coloca a quien lo porta en un “lugar de otredad radical”, en el cual puede correr peligro. Así, el pañuelo se tiñe de una poderosa ambivalencia. Por un lado, de este modo, es un objeto de profunda inversión afectiva de toda una “marea verde” feminista (expresión que alude a las diferentes “olas” del feminismo) que se ha extendido por toda América Latina y porta en sí la carga símbolica de numerosos reclamos que van más allá del derecho al aborto, y se convierte también en portavoz de la denuncia de la violencia de género que las sociedades latioamericanas tan bien conocen; por otro lado, el pañuelo carga con la marca de criminalización y el profundo estigma relacionados al aborto, que hasta diciembre del 2020 era en Argentina una práctica penada por la ley. Denunciante de la clandestinidad y de la maternidad no deseada, el pañuelo verde es un orador que incomoda, pero también un objeto que llama a la responsabilidad estatal, visibilizando una serie de cuestiones de salud pública reservadas, hasta hace no mucho tiempo, a la esfera privada. Desde la legalización del aborto en diciembre de 2020, el color verde es también el símbolo de la victoria.

Por lo tanto, la cualidad ambigua del verde no se reduce a este contexto específico. En  Le petit livre des couleurs (2005), Michel Pastoreau explora las diferentes identidades que los colores han encarnado a lo largo de la historia en Occidente bajo la premisa de que no existe una verdad transcultural del color sino que cada sociedad, cada contexto histórico, dota al color de una serie de significados particulares. Es verdad que el verde se asocia hoy a la vida, la esperanza y a la salud, pero no siempre fue así. Pastoreau precisa que hasta el siglo XVII, el verde era un color transgresivo y turbulento. Omnipresente en la naturaleza, el pigmento verde se obtenía a partir de plantas, por lo que era químicamente inestable e incluso peligroso (en Alemania lo llamaban Giftgrün, “veneno verde”). No es entonces casual que se lo asocie a “todo aquello que cambia”: el azar, el juego, el destino, la suerte… El autor cita el ejemplo de las mesas de juego en los casinos, que exhiben por lo general un tono oscuro de verde pino. La dimensión negativa e inquietante de este color prima, por ejemplo, en las representaciones de los monstruos (demonios, dragones, serpientes) y demás criaturas maléficas, como las brujas con sus pieles verduzcas y sus misteriosas pociones de tonos similares. Sólo a partir del romanticismo el verde es asociado a la naturaleza, y a mediados del siglo XIX, a la farmacéutica a base de plantas y a las herboristerías. Esta noción remite nuevamente a las brujas y a sus prácticas medicinales alternativas, muchas de ellas condenadas entre los siglos XVI et XVII por las autoridades religiosas que desaprobaban dichas prácticas, incluidas el aborto y de la contracepción. Más tarde, además, se asociaría el verde a la medicina y a la higiene.

En las movilizaciones a favor del aborto, en las de Ni Una Menos (cada 3 de junio desde 2015) y cada 8 de marzo (Dia Internacional de la Mujer Trabajadora), el siguiente “conjuro antipatriarcal” resuena por las calles: “Somos las nietas de todas las brujas que nunca pudieron quemar”. El verde “aborto” es también el verde de las brujas quemadas al alba de la modernidad. Y el hecho de que se haya expandido por América Latina a bordo del pañuelo, que numerosos colectivos se hayan apropiado de esa tonalidad específica y la hayan dotado de sus propias revindicaciones dentro de la línea directriz que es el feminismo no es un hecho menor. Nuestras sociedades contemporáneas han llevado a cabo un proceso de revalorización del verde, según Michel Pastoreau. De ahora en más, no sólo es el color del desorden y la transgresión, sino que también es el de la libertad.

Si la carga simbólica que porta el pañuelo verde sorprende, su contrapunto celeste no se queda atrás. El origen preciso de este último es difuso. Algunas fuentes atribuyen la creación del pañuelo celeste a la organización evangélica Mujeres de Fe para una Nación diferente, nacida tras el estallido de la crisis económica en Argentina en diciembre de 2001 y presidida por Marta de Rodríguez; otras fuentes nombran a la organización Mujeres x la Nación, también nacida en 2001. En todo caso, el pañuelo celeste parece ser un símbolo rescatado, en el marco del debate acerca de la despenalización del aborto, por quienes se inclinan por el rechazo a la interrupción voluntaria del embarazo. La organización + Vida decidió tomar ese símbolo como propio, reuniendo a “los celestes” bajo el lema “Salvemos las dos vidas”, frase impresa en el pañuelo y que enmarca una figura que se asemeja a un ocho con un corazón en el centro. Raúl Magnasco, presidente de la organización, prefirió el celeste por encima del rojo, “color de la sangre, del amor, de la pasión” (utilizado en otros países para representar el rechazo al aborto) por el factor patrio. Se optó entonces por un símbolo relacionado a la identidad nacional, en este caso, al celeste presente en la bandera argentina e inicialmente no portaba ninguna insignia, según Magnasco, con la voluntad de apelar más allá de los “personalismos”, de las banderas políticas y de las creencias religiosas.

El lado celeste abarca un público sumamente heterogéneo: participan instituciones religiosas (la Iglesia católica), grupos de jóvenes (Frente Joven, Jóvenes Por la vida, de profesionales (Comisión Federal de Abogados Pro Vida) e incluso ONGs extranjeras con filiales en Argentina. Tal es el caso, por ejemplo, del Comité Nacional por el Derecho a la Vida (NRLC son sus siglas en inglés), la ONG Pro Vida de Roberto Castellano, filial de Human Life International (HLI), Familias del Mundo Unidas por la Paz (FAMPAZ) y la Red Federal de Familias. La revista Anfibia cita algunas otras: Naciente (GRAVIDA), Asociación Civil CULTIVIDA, Pro Vida Déjalo Vivir, La merced Vida, Elegimos la Vida (Buenos Aires), Argentinos Alerta, Fundación Argentina del Mañana. Todas ellas se reúnen visiblemente en torno a una noción común, aquella de la vida del “niño por nacer” y de la premisa según la cual existe vida desde la concepción, equiparando el aborto al homicidio. Según esta perspectiva, y para atenerme al tema que me compete, el celeste se consagró en este debate como la alternativa unívoca, a pesar de la cantidad y variedad de grupos y organizaciones que lo defienden, frente a la ambivalencia del verde. 

A propósito de la singularidad de la postura celeste, me interesa retomar la intención original de servirse del color patrio para encarnar el pedido provida. Evidentemente, se trata de un color ya muy presente en el escenario político en Argentina, siendo un color preponderante en los distintivos del país. Según el mito popular, Manuel Belgrano imprimió el celeste del cielo en la bandera nacional junto con el blanco que representa el reflejo cristalino del agua del Río de la Plata (que en realidad poco tiene de cristalina, sino que es más bien de un tono marrón verduzco y opaco por la sedimentación que arrastra el caudal) o una paloma blanca, símbolo de la libertad. Las fuentes oficiales desmienten, sin embargo, esta versión un tanto simplista de la forja de los símbolos patrios. Existen tres teorías para explicar la elección de los colores de la bandera: la primera evoca el escudo de Buenos Aires, existente desde 1649, cuyos colores fueron utilizados para imponer la unificación de las provincias en el contexto de la Revolución. En el escudo figuran dos carabelas españolas navegando por el Río de la Plata (blanco) bajo un cielo azul pálido en cuyo centro se vislumbra la paloma de la libertad y del Espíritu Santo. Según la segunda versión, Belgrano habría tomado los colores de la dinastía de los Borbones en España, el blanco y el celeste, inspirados, a su vez, por los colores del manto de la Virgen. La tercera versión también hace referencia directamente a los colores del ropaje de la Virgen. Belgrano quiso que su patrona fuese la Virgen de la Inmaculada Concepción y eligió, por eso, las tonalidades presentes en su vestimenta: el azul (celeste) y el blanco. Celeste que se impone, celeste que se hereda, celeste central al culto religioso de una virgen sin pecado concebida: sea cual sea la versión que mejor describa el origen y significado de ese color, no dejo de darle importancia a la versión popular. Porque, en efecto, el imaginario colectivo asocia el celeste no tanto a la Virgen y a los borbones sino al cielo y a la libertad, así como a la noción, sin dudas constitutiva de la identidad argentina, de una cierta unión en la relación vertical que el pueblo guarda con el firmamento. No obstante, el color patrio arrastra consigo una historia íntimamente ligada a los colonos españoles y a la religión católica, por más aconfesional, apolítico y consensual que se quiera el celeste en el debate que me incumbe. Al igual que el verde aborto, el celeste patrio, rebautizado celeste “provida”, aloja también una ambivalencia desconcertante.

La historia del color azul tal como es reconstituida por Pastoreau ayuda, en cierta medida, a aclarar esa contradicción. El autor de Bleu. Histoire d’une couleur (2000) precisa que este color no siempre ocupó el lugar privilegiado que se le atribuye en nuestras sociedades occidentales contemporáneas. En la Antigüedad y hasta la Edad Media, el azul era de hecho muy poco valorado. Apenas es nombrado en los textos griegos, mientras que en Roma era un color “sombrío, oriental o bárbaro”. Símbolo del duelo hasta la Alta Edad Media, el azul se ausentaba completamente de los códigos litúrgicos y comenzó a aparecer poco a poco en la producción artística a partir del siglo IX: primero en el fondo, y luego en la vestimenta de ciertos personajes, como del emperador, de la Virgen, o de tal o cual santo. La rareza y el altísimo costo del pigmento del cual se obtiene, el lapislázuli, contribuyeron paradójicamente a su popularización. A partir del año 1000, el azul pasó a ser un color aristocrático a partir de la dinastía de los Capetos en Francia, reservado luego a la Iglesia y específicamente al manto de la Virgen. A través de la iconografía de la Virgen y de los emblemas reales, el azul se volvió por fin el color “más bello y más noble”, asociado a la prosperidad y a la felicidad. La “promoción teológica, la valorización artística, la producción acelerada de pigmentos y tinturas de ese color, su carácter heráldico y su dimensión moral” son los numerosos factores que contribuyeron a la popularización del azul, antaño despreciado. A partir de la revolución newtoniana, el azul, central en la escala cromática y en la teoría de los colores primarios, pasó a ser el color del progreso, del Siglo de las Luces, de la libertad. También pasó a ser el color más elegido por los organizamos internacionales (la ONU, la Unión Europea) y por varios países (Francia, Estados Unidos, el Reino Unido) como distintivo. Es, a su vez, el color elegido por la mayoría de los occidentales: desde la Primera Guerra Mundial, numerosas encuestas revelan que el azul es el color favorito de más de la mitad de las personas encuestadas. Hoy, sostiene Pastoreau, el azul es percibido como un color diplomático, oficial, conservador, omnipresente y consensual. No es en vano entonces que se elija al celeste, una suerte de azul “suavizado” (Pastoreau lo describe como un “semi-tono”) en el marco del debate sobre la despenalización del aborto en Argentina, como el color que reúne a la postura de orientación más bien conservadora. No es en vano tampoco que participen de esa postura numerosos argumentos inspirados por la religión católica.

Céleste litúrgico, verde brujería: a través de estas consideraciones sobre sus múltiples significados y su genealogía, el color despliega matices insospechados que nutren y diversifican el debate. Entran en escena los bebitos gigantes codeándose con las banderas argentinas, los pañuelos por las dos vidas y las estatuillas de la Virgen. Entran también en escena las multitudes de cuerpos reclamando, bailando y gritando por las calles, las caras pintadas de verde, la parafernalia “abortera” y las pancartas con los nombres de las compañeras y amigas que ya no están. Al apropiarse el discurso mediático del verde y del celeste para designar a una y otra postura, los vuelve partícipes de las decisiones que se toman. Más que atributos de la materia y de la luz, los colores se muestran entonces como entes que ligan personas, que viajan a bordo de los pañuelos y que dialogan cándidamente en el lenguaje simbólico.

Afuera

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