Una poética del desamparo: sobre “El desorden de la luz”, de Mariana Amato

El desorden de la luz, libro de Mariana Amato, en la mirada de Gustavo Verdesio 

El desorden de la luz, de Mariana Amato, es una colección de textos breves que retratan personajes cuyos nombres suenan, según los casos, exóticos, anacrónicos, peculiares, o ridículos. Digo textos porque no está claro que se trate de cuentos o relatos. De hecho, la autora ha manifestado que su intención fue producir algo más cercano a retratos cuyo modelo, según sugirió Guillermo Saavedra en la presentación de este volumen, podría estar en obras de J. Rodolfo Wilcock como El libro de los monstruos o, me atrevo a agregar, La sinagoga de los iconoclastas

Estamos por tanto ante ese tipo de obra que juega a decir lo justo con pocos elementos y que algunos podrían llamar minimalista. Es, también, un libro donde los personajes y los mundos que habitan nos resultan levemente inquietantes, apenas desviantes —nótese que no digo desviados— en relación a nuestro mundo cotidiano habitual. Me refiero a aquellos personajes que por fuera parecen iguales a la gente que por comodidad llamamos normal, pero que luego de pasar un rato observándolos vamos tomando conciencia de que, en realidad, son, o pueden ser, otra cosa. O que, por lo menos, no participan del todo (o exitosamente) del mundo de las convenciones sociales que hemos naturalizado. 

El universo que crea el libro no parece aludir a un lugar concreto. Es cierto que se nombra una avenida Lancaster y que existe una de ese nombre en Brooklyn, pero podría estar perfectamente ubicada en otra parte —lo mismo puede decirse del Parque Central, que puede ser el de la ciudad donde vive la autora (New York), pero también el de cualquier otra. Me siento tentado a suponer otros lugares, debido, en parte, a que los nombres de los personajes, en su mayoría poco comunes (Almaadele, Cleofa, Berengario, Emelina, Abundio, Ercilia, Froilán, Hermión, Indalecio), parecen sugerir que su origen es alguna sociedad hispanohablante o alguna en la que la lengua que se habla está emparentada con el latín, excepto, claro está, en el caso del texto en que el protagonista se llama Henry Darger. 

Sea como fuere, lo cierto es que personajes como el mocoso danzarín, la niña eterna, la interlocutora del televisor, el hombre de la caja en la cabeza, el reidor compulsivo (que parece una encarnación del viejo adagio latino que reza semper ridere stultum est), o el cartero renuente (el indolente Indalecio), lo hacen entrar a uno en situaciones y mundos que parecen vecinos a aquellos a los que la cotidianidad nos tiene acostumbrados, pero que difieren puntual y sustancialmente de ellos. Es cierto que los casos de Gracia y la chica que sufre el desorden de la luz parecen menos desviantes que los otros, pero igual encajan bien en esta colección de relatos porque la mirada de la autora, la forma en la que se aproxima a sus peripecias, opera de manera tan poética como en el resto del libro y surge de ángulos que nunca resultan convencionales, y si digo “poética” es para ahorrar tiempo oacaso por pereza. Porque es el término que se me ocurre para referirme a lo que hace su prosa cuando describe, por ejemplo, la forma en que seis amigos caminan durante un picnic: avanzan como un acordeón. O ese Parque Central que “parece la boca de un enorme animal subterráneo abierta en medio de la ciudad”. O esas monjas que repiten la lección “como quien masca un chicle viejo”. O el pasaje: “Siempre ha pensado en su hogar como un agujero cavado en la negrura, un refugio a la medida exacta de su sombra”. O esa música que es “íntima e incomprensible como un beso”. Lo que quiero decir es que fragmentos como estos podrían ser versos de algún poema:

“Acariciaba en su piel el envoltorio de lo que siempre se le escabullía.”
“mecían la cuna en la que ella dormía su viudez.”
“la ciudad estaba habitada por todos los nombres del desamparo.”
“Las sustracciones no son inocentes: suelen abrir un agujero por el que se desliza el precario teatro de las cosas.” 
“Inmóvil como un tótem y casi idéntica a su ausencia, Roberta existía paciente como un enigma.”

Todo esto no debería sorprendernos, porque la autora hace tiempo que viene traduciendo la obra de Anne Carson. Ese amor de Amato por la poesía hace que en el libro haya situaciones en las que aparece la poesía de otros, como cuando cruza la escena un niño leyendo a Vallejo en voz alta y cuando el lenguaje no es tan explícitamente poético, la mirada lo es. Es decir que su percepción de las cosas hace, casi siempre, resonar sus palabras en algún lugar de nuestra memoria sensorial o emotiva. Y cuando no, simplemente, gracias a la novedad del ángulo del que viene su mirada, nos hace reparar en cosas que no habíamos notado. O que sí habíamos notado, pero para las cuales no teníamos una explicación o, peor aún: sabíamos que estaban allí pero no les prestábamos demasiada atención. Un ejemplo: “Había notado que cuando las personas decían su propio nombre, lo hacían sonar ligeramente distinto a como lo decían todos los demás”. Esto me hizo recordar que ya hace unos años que noto que no digo “Gustavo Verdesio” de la misma manera que lo hacen o harían los demás. Sin embargo, no me he puesto a reflexionar sobre las posibles razones por las cuales hago eso. Ahora, gracias a las palabras y las intuiciones de la autora, me he quedado pensando, no solo en los por qué de mi pronunciación diferencial, sino también en que es posible que, como cree uno de sus personajes, el resto de la gente haga algo parecido con sus propios nombres.

Las situaciones que la autora crea, sobre todo aquellas en las que alguien se comporta de manera inesperada —al menos para aquellos que son parte de lo que Rubén Darío llamó “el vulgo municipal y espeso”— son las que más llaman la atención. Por ejemplo, la combinación de mocos y baile en el personaje llamado Berengario es notable: es muy difícil sacarse esa imagen de la cabeza. O el juego provocador e infantil de Froilán, quien munido de una caja de cartón que le cubre la cabeza      se les para enfrente, obstaculizándoles el paso, a desprevenidos transeúntes. O la situación de un cartero que deja de repartir correo que, casi kafkianamente, va in crescendo, hasta desembocar en el gesto final, que no me animo a llamar liberador, del personaje llamado Indalecio. Esa incapacidad de pertenecer, de ser parte de la sociedad, de jugar su juego (que vemos también en Doroteo, un hombre que manda cartas sin ponerle estampillas al sobre), es algo que se da a lo largo de buena parte del libro y parece funcionar como elemento forjador de isotopías. Le da un tenor al conjunto, le proporciona una textura propia, algo que en la música se podría llamar, acaso, timbre. Otro elemento que da coherencia al todo es esa especie de inocencia (no se me ocurre ahora otro término, pero debe haber mejores) que vemos en varios de los personajes, quienes ven el mundo desde un lugar muchas veces ingenuo o, como en el caso de Cleofa, incluso infantil. Por último, otro rasgo que está presente en todos los personajes retratados es la enorme soledad que los rodea y los define. Tal vez por ello uno quede con la impresión de que la voz autoral nos invita a sentir una mezcla de simpatía y conmiseración por esos seres incapaces de adaptarse a los valores, principios, prácticas y rituales de la sociedad burguesa. Acaso sea por todo esto que el libro rezuma ese tipo de poesía que solo los que perciben lo sutil y lo diferente pueden ofrecer. 

Afuera

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