La vida en los otros 180°: sobre “Hierro 3”, de Kim Ki-duk

Clara Vázquez Vila revisita el clásico del recientemente fallecido Kim Ki-duk (1960-2020)

La estatua de una mujer detrás de una red. Una pelota de golf que golpea la red justo delante de donde se encuentra la estatua. Con la primera imagen de Hierro 3, Kim Ki-duk presenta con precisión a un personaje sin mostrarlo hasta dentro de 10 minutos después. Se trata de Sun-hwa, una mujer joven que vive atrapada en su matrimonio y en la mansión que habita junto a su esposo abusivo. Un día, cuando él se va a trabajar, encuentra en su casa a Tae-suk, un joven que, sin hogar propio, habita hogares vacíos mientras sus dueños no están.  

Hasta conocer a Sun-hwa, Tae-suk lleva una vida solitaria y rutinaria, a pesar de lo excéntrico de su estilo de vida. No roba nada en las casas que “toma prestadas”, no deja casi rastro de su presencia. Cuida las plantas, lava su ropa y la de los dueños, les arregla algún electrodoméstico, y por unos pocos días vive sus vidas a través de pequeños rituales: mira sus fotos, come su comida, juega con sus juguetes, se lava los dientes con sus cepillos. Sun-hwa escapa con él y no necesita tiempo para adaptarse a su nueva vida: ella y Tae-suk se entienden desde el principio sólo a través de gestos, miradas, y un entendimiento que va mucho más allá de las palabras. 

No hay casi diálogos en Hierro 3, y no son necesarios. La cantidad de información que aporta cada plano, la capacidad increíble que tenía Kim Ki-duk para dotar una imagen de sentido en tantos niveles hace que las palabras sobren, y que en el silencio esté la clave para entender a los personajes. Mediante el uso de reflejos, el director crea un sistema de imágenes que da la pauta para interpretar la película. Un ejemplo de esto tiene que ver con el plano que mencioné al principio. Cuando se vuelve a mostrar ese espacio, Tae-suk está jugando al golf, y desde adentro de la casa Sun-hwa lo observa, su imagen doblemente mediada por la red y la ventana, y superpuesta con la estatua de la mujer. 

Me gusta pensar en esta película en términos de estrategias y tácticas. Utilizo estos términos tal como los define Michel de Certeau en Artes de hacer (1990), primer volumen de La invención de lo cotidiano: la estrategia es la operación posible al existir un lugar propio y delimitado desde el cual vincularse con todo lo que es externo, y la táctica es la operación que se da en la ausencia de ese lugar propio. Los protagonistas se entienden desde el principio porque, a su manera, ambos se manejan siempre en términos de la táctica: la casa donde vive Sun-hwa no es su lugar sino el de su esposo y aunque las herramientas con las que puede pelear son muy pocas comparadas con las suyas, las sabe aprovechar. Hasta que se escapa, Sun-hwa solo es dueña de su mundo interno, su deseo y su pensamiento. Su única forma de resistencia está en su silencio, que su marido no logra hacer que rompa por mucho que lo intenta. En la vida de Tae-suk todo es táctica: sólo puede vivir en el presente, moviéndose constantemente en lugares ajenos. Donde ve la oportunidad para meterse en una casa lo hace con destreza y astucia, pero sin dejar de estar sujeto a las vidas de los dueños, que pueden regresar en cualquier momento y encontrarlo allí, como de hecho sucede más de una vez. A través de sus pequeños rituales, Tae-suk se apropia de cada lugar sin malicia, pero con la picardía de quien sabe que se está escondiendo bajo las narices del otro y saliéndose con la suya. El libro de fotografía que Tae-suk sumerge en el agua mientras se baña en la mansión es el elemento que mejor expone esta necesidad de hacer suyo el espacio, aunque sea momentáneamente y sin dejar rastro. Cuando termina de bañarse, toma una plancha y seca una por una las hojas, un trabajo que podría haberse ahorrado, pero elige hacer de todas formas porque puede, porque en ese momento la casa es suya y todo lo que hay en ella también. Por otro lado, el esposo de Sun-hwa sí es capaz de delimitar su propio espacio: su casa, su canchita de golf, su esposa. Lo respalda la institución del matrimonio, el patriarcado, la policía, y el dinero con el que los soborna, pero aun así ella y su amante se le escapan. 

Retomando la cuestión del sistema de imágenes en Hierro 3, quiero detenerme en la importancia de las fotografías, que configuran los ejes temáticos de la película y a la vez dan información acerca de los protagonistas. Sun-hye fue modelo, y Tae-suk la conoce por primera vez a través de sus retratos colgados en las paredes de la casa e impresos en un libro de fotografía. Tae-suk lleva siempre consigo una camarita digital que usa para fotografiarse en las casas que invade, junto a retratos de la gente que vive ahí o con sus cosas. Las fotos son lo único que se lleva de las casas, la cámara es una de las herramientas que le permite dominar, a través de la visión, los lugares por los que pasa. La primera casa que los protagonistas invaden juntos está llena de retratos fotográficos, incluyendo uno de la propia Sun-hye. Frente a su retrato, liberada del control de su esposo, puede empezar a recuperar su propia imagen y su propio cuerpo mediante la intervención de la foto, recortándola y reorganizando los fragmentos. 

Cuando no son lo suficientemente rápidos y astutos, los protagonistas son separados, y su única posibilidad de reunirse depende de lo bien que logren escabullirse. Para poder estar con su amada, Tae-suk debe convertirse en un maestro de la táctica, dominar por completo el arte de desaparecer, de moverse entre las zonas liminales de la visión y la percepción. En un momento, un personaje secundario le dice que la visión humana abarca 180°: hasta que no encuentre la manera de existir siempre en los 180° restantes no puede volver con Sun-hwa. A nivel de lenguaje, en este acto es excelente el uso del fuera de campo, que acompaña la transformación del personaje en un fantasma que ni el espectador puede ver. 

Cada vez que me pongo a ver Hierro 3 me pregunto si me seguirá gustando tanto como las anteriores. Cuando paso mucho tiempo sin verla me da miedo recordarla mucho mejor de lo que es y decepcionarme al verla de nuevo, pero nunca pasa. Sigue siendo mi película favorita, por cómo todos los elementos se sostienen entre sí y construyen algo específicamente cinematográfico: la historia, hermosa y conmovedora, narrada a través del montaje, la composición magistral de los planos y el trabajo de los actores, que cargan de sentimiento cada mirada y cada movimiento. Probablemente nunca me canse de esta película, no solo por lo gentil que es su duración de una hora y media con mi capacidad de concentración destrozada, sino porque la cantidad de lecturas que habilita y todas las preguntas que intencionalmente deja sin responder ofrecen una experiencia nueva en cada visionado. 

Afuera

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