Diario de lectura: la escritura personal de Susan Sontag

Los primeros dos tomos de los diarios de Susan Sontag (Renacida y La conciencia uncida a la carne) en la lectura de Mayte Marichal

15 de abril de 2021

Comienzo a leer el primer tomo de los diarios de Susan Sontag, Renacida. Lo leo en inglés, en el Kindle. 

La primera vez que leí a Sontag fue en el segundo año de mi carrera, en una clase de teoría literaria. Después de una serie de lingüistas rusos, estudiar “Contra la interpretación” me trajo de nuevo a tierra. No volví al texto hasta que, un año más tarde en un seminario, escuché como una compañera de clase lanzaba un montón de conceptos lacanianos para explicar la representación realista en unos cuentos de Mario Levrero. En ese momento, con una amiga y compañera, Sofía, quedamos sorprendidas ante el desfile terminológico que terminó por destruir, por unas semanas, nuestras ganas de leer más cosas de Levrero; recuerdo que enseguida mi amiga me dijo en voz baja: “en lugar de una hermenéutica, necesitamos una erótica del arte”, la última oración del ensayo de Sontag. A partir de ese momento, la frase era repetida cada vez que aparecía algún iniciado en los secretos de Lacan para aclarar los límites de lo real en cualquier cuento estudiado.

“Contra la interpretación”, escrito en 1964, articula una práctica que se mantendrá en toda la obra de Sontag: la escritura como una forma valiente, que surge, en principio, desde una experiencia inmediata y sensible de la vida. Consciente de que, pese a que teóricos indicaran que forma y contenido eran inseparables, en la crítica de arte la división continuaba jugando un rol de importancia, Sontag retoma una herencia que parte de Oscar Wilde y aquello que el irlandés escribió en una carta: “son las personas superficiales las únicas que no juzgan por las apariencias. El misterio del mundo es lo visible, no lo invisible”, frase que también resuena a uno hermoso pasaje de La idea fija, de Paul Valéry, que dice “lo más profundo es la piel”.

El ensayo, escrito desde el deseo de comprender las nuevas sensibilidades vanguardistas de Europa y Estados Unidos, pretende acercar al lector al mundo de posibilidades de una lectura nueva, situada desde una posición más expansiva y espacial, que renuncie a la clausura de resonancias y afinidades que la crítica más convencional termina por establecer, de la mano de diferentes instituciones y sistemas hermenéuticos, como el psicoanálisis o el marxismo. Es, también, una intención a futuro —la de Sontag—, de crear el tipo de lectora que ella desea ser en los años venideros.

La preposición del título desenvuelve la postura adversativa de Sontag ante la academia y su limitación temática en áreas de estudio, pero también despliega una pose ante su propia vida y su rol público: inclasificable —escribía ensayos y ficción, pero también dirigía obras de teatro y películas—, lo que la define es su afán de conocimiento, que la lleva a explorar diferentes superficies creativas. Desde sus primeros textos hasta los últimos, la búsqueda por esclarecer todo aquello que le causaba curiosidad y aprehenderlo es lo que guía su actividad intelectual. Es por esto que la praxis Sontag desmorona los límites entre lo que se entendía como “alta cultura” y “baja cultura”, pero nunca para desarmar las posiciones entre ambas ni asignarles un mismo valor, sino para mostrar que estas dos categorías no son excluyentes: “estaba —estoy— a favor de una cultura plural, polimorfa. Entonces, ¿no hay jerarquía? Por supuesto que hay una jerarquía. Si debiera elegir entre The Doors y Dostoievski, entonces —desde luego— elegiría a Dostoievski. Pero ¿tengo que elegir?”, dice en un segmento de “Contra la interpretación”.

16 de abril de 2020

Renacida comienza cuando Sontag tenía 14 años con una lista de convicciones:

Creo:
(a) Que no hay un dios personal o vida después de la muerte
(b) Que lo más deseable en el mundo es la libertad de ser fiel a uno mismo, es decir, la honradez
(c) Que la única diferencia entre los seres humanos es la inteligencia
(d) Que el único criterio de una acción es su efecto último en la felicidad o infelicidad de una persona
(e) Que está mal privar a cualquiera de la vida

Las entradas de los primeros años, que incluyen su paso por Berkeley y su entrada a la Universidad de Chicago y numerosas listas de libros por leer, elaboran una Susan adolescente deseosa de otorgarle cuerpo y volumen a su vida, lejos de su madre y padrastro. Lee con la ambición de que sus lecturas y la sabiduría que ellas puedan guardar la guíen y la acompañen en un mundo que percibe confuso y soso. Leyendo a André Gide, por ejemplo, comenta: “…por eso no pienso: ‘¡cuán maravillosamente lúcido es esto!’ —sino ‘¡alto! ¡No puedo pensar tan rápido! ¡O mejor dicho, no puedo crecer tan rápido!'”. No sólo lee, sino que re-lee. Siempre está releyendo. La relectura es, para la Susan adolescente —gesto que continúa en la Susan adulta— un espacio propio de creación, porque es el placer de la lectura lo que habilita el acto posterior de la escritura. Renacida es el mapa y la extensión de un deseo intelectual, así como el registro de sus inseguridades, obsesiones y ansiedades: “soy vaga, vanidosa, indiscreta”.

Enamorada y con 16 años, decide que no le interesa la vida académica y que no aspirará jamás en su vida a un puesto académico (tres años más tarde, en 1952, comienza a dar clases universitarias, hasta 1965). Habla de sexo, el tema que más se repite en Renacida: registra, en mayúscula: “NO DEBO TRATAR DE HACER EL AMOR CUANDO ESTOY CANSADA. SIEMPRE DEBO SABER CUÁNDO ESTOY CANSADA. PERO NO LO HAGO. ME MIENTO A MÍ MISMA. NO CONOZCO MIS VERDADEROS SENTIMIENTOS”. Luego de un episodio amoroso con Irene, una compañera de universidad y su primer amor, escribe lo que le da título al primer tomo: “Ahora sé la verdad. Sé lo bueno y lo correcto que es amar. En alguna parte, se me ha dado permiso para vivir. Todo empieza desde ahora. Renazco”. 

18 de abril de 2021

Hace unas semanas compré Ollas, de Garage Gourmet, decidida a mejorar mis habilidades con la comida de invierno. Hoy resolvimos con mi amiga Yoana hacer Ash-e-anar, sopa de granada, de la que una vez me había hablado Fatemeh, una alumna iraní de español que tuve por meses. El plan termina cuando no encontramos carne de cordero decente, y como somos fundamentalistas de las recetas, decidimos no hacerla. Optamos, en cambio, por hacer la francesísima sopa de cebolla. Mientras corto las cebollas y espero a que se doren, Yoana me cuenta ciertas cosas de su día anterior y pienso en lo que dice en relación con una frase que había leído en la mañana en Renacida. Le comento, mi amiga hace preguntas, decido pedirle que lea en voz alta algunas partes del diario.

Yoana lee una lista de reglas y deberes que Sontag escribe cuando cumple 24:

Tener una mejor postura.
Escribir a mamá tres veces por semana.
Comer menos.
Escribir dos horas al día como mínimo
Nunca te quejes públicamente de Brandeis [Universidad] o del dinero.
Enseñar a leer a David [su hijo]

Algunas semanas después, Sontag resuelve:

NO
Criticar públicamente a cualquiera en Harvard.
Aludir a tu edad (con jactancia, burlarse respetuosamente o de otra manera)
Hablar de dinero
Hablar de Brandeis
HACER
Ducharse cada dos noches
Escribir a mamá día por medio.

Chusmeamos. Sontag aprende a leer a los 3 años, a los 16 años entra a la universidad, a los 17 se casa con un profesor más grande que ella. En sus diarios se refiere a sí misma como queer, clasificación que aumenta su “deseo de ser invisible”. A los 19 es madre, a los 24, después de un posgrado en Harvard, viaja becada a Oxford, aunque meses después está en París con su amante, Harriet Sohmers. A los 26 años se divorcia. Cuánta vida. Era de Capricornio, muy autocrítica, melancólica: tiene un libro llamado Bajo el signo de saturno. Vemos fotos, en muchas está acostada, hay una en la que está disfrazada de oso. El mechón blanco que le copió María Inés Obaldía (obviamente). Vemos en YouTube una discusión entre ella, Agnès Vardá y Jack Kroll, en el Festival de Cine de New York. El tipo no deja que ellas terminen una oración. Las miradas de las dos invitadas son fuertes y amenazadoras. Dos mujeres que han representado desde hace cincuenta años la imagen de lo que es una escritora-activista y una directora de cine. Qué hermosas, qué elegantes.

20 de abril de 2021

Abierta a lo actual, sus categorías nunca son estáticas. Se propone prestar atención a todo, lo haga de forma correcta o errada. En “La escritura en sí misma”, un ensayo sobre Roland Barthes, expone su convencimiento en hallar “algo nuevo y desconocido que alabar (lo que requiere tener la disonancia adecuada con el gusto establecido), o alabar una obra conocida de un modo diferente”. Su visión de la literatura es como un gran diálogo entre voces individuales que persisten de manera espacial, en posiciones, intersecciones, pasajes, desvíos, callejones sin salida, calles de un solo sentido, como señala en su ensayo sobre Walter Benjamin. No cree que la escritura sea expresión de un yo y aunque, a propósito, evite la referencia biográfica con una marcada impersonalidad, también escribe un libro llamado Yo, etcétera.

Uno de sus talentos era, como dice Alan Pauls en una entrevista, su forma única de incorporar y modular teorías en primera persona sin naufragar en la vanidad. Sus mejores textos, como los perfiles agudos que compuso sobre Benjamin, Elias Canetti y Roland Barthes en Bajo el signo de saturno, marcan los vínculos entre intenciones personales y su contexto histórico, así como reflejan su propio posicionamiento ante el ego como proyecto, como acontecimiento a descifrar, mientras dibuja un plano de sensibilidad y cariño hacia otros escritores que admira.

21 de abril de 2021

Algo que siempre me gustó de Sontag: sus ensayos parten desde una posición que se podría llamar ingenua: los temas de sus textos, extremadamente variados, no parecer ser particularmente escogidos por ella, sino que se le presentan delante y ella comienza a comprenderlos en el momento en que empieza a escribir. El tiempo y el desarrollo del entendimiento es el tiempo y el desarrollo de la escritura. La chispa que la activa es la consciencia de la importancia de saber las formas de la ignorancia propias para poder, en plena práctica, acceder al conocimiento que diversas obras y autores ofrecen. 

De ahí parte también su obsesión con las listas, que en Renacida se extienden hasta cinco páginas y aparecen constantemente: es evidente su preferencia por la amalgama antojadiza de escritores, películas, palabras, lugares por visitar, comidas, cosas que definen su cuerpo (asma, anemia, intolerancia al alcohol, consumo excesivo de cigarrillos, ansias de comer proteínas). La lista es una forma de atención inmediata; para Sontag, además, es el primer paso en la percepción y creación de valor: solo al escribir el nombre de un escritor o un cineasta en una lista marca su interés y lo significa. Es también, por su predilección y por la cantidad de listas que hizo, un archivo ansioso de su necesidad de saberlo todo. 

25 de abril de 2021

El jueves empecé a leer el segundo tomo de los diarios. El título viene de una anotación de 1965, cuando examina escribir una novela sobre el pensamiento, o sobre un artista que reflexiona sobre su obra: “un proyecto espiritual —pero ligado a producir un objeto (al igual que la conciencia está uncida a la carne)”.

¿Los libros no se escriben justamente para ocultar de todos lo que ocultamos de nosotros mismos?” expresa. Aunque periodistas y biógrafos insisten en la trama de la “autoinvención”, de cómo una joven judía criada en un desierto llamada Susan Rosenblatt adoptando el apellido de su padrastro se transformó en Susan Sontag, los diarios revelan que ni Susan Sontag era Susan Sontag. La primera en destruir su confianza (así como la primera en rearmarla), la inseguridad que se lee en sus registros cotidianos, expone la complejidad de su persona, moviéndose entre un personaje público, fuerte y hasta arrogante, y la autoconsciencia de sentirse, en algunos instantes, incapaz y cobarde. Es su creación como mujer intelectual y su actividad constante —auxiliada por las anfetaminas—, la forma de triunfar ante sí misma; en el tomo anterior dejaba en claro, en una entrada de junio de 1958: “a través de la máscara de mi comportamiento, no protejo a mi ser puro y genuino. Lo supero”.

27 de abril de 2021 

Sontag describe la “vida de la mente” con las siguientes palabras: “avidez, apetito, ansia, anhelo, deseo, insaciabilidad, entusiasmo, disposición”. “Enamorarse y llegar a conocer me hacen sentir genuinamente viva”, escribe en 1949. “¿Qué me hace sentir fuerte? Estar enamorada y trabajar”, dice el día de su cumpleaños, en enero de 1971. Amar y escribir: dos actividades básicas y radicales, y por sobre todo, contiguas. Como asocia Jonathan Cott en el prólogo a la edición de la entrevista completa que apareció en Rolling Stone en 1979, en Eros, el dulce amargo, la poeta Anne Carson —escritora a la que Sontag admiraba— propone que puede haber “alguna semejanza entre el modo en que Eros actúa en la mente de un enamorado y el modo en que el conocimiento actúa en la mente de un pensador. Cuando la mente alcanza el conocimiento, el espacio del deseo se abre”, idea que la acerca a Sontag en su ensayo sobre Roland Barthes, cuando dice que “escribir es un abrazo, es ser abrazado; toda idea es una idea que extiende su brazo”. 

El diario continúa. La consciencia… tiene un formato más cuadernístico; no precisamente es un registro de su vida cotidiana, sino una yuxtaposición de palabras, citas, descripciones, listas de jamones, de frases cortas e impacientes, casi aforismos, de ideas escritas como ayudamemoria para un texto mayor. Un chusmerío convive con una revelación trascendental. Fechas saltadas: un día está en París, el otro en Córcega; ambos tomos permiten más el conocimiento del ambiente intelectual en las tres décadas que los libros abarcan que una cartografía autobiográfica. En ciertas instancias, las anotaciones de Sontag se refieren a los hechos contados de forma alejada, como si fuese una espía de su propia vida. Apenas hay mención al diagnóstico y tratamiento de un cáncer de mama que descubre en 1974 —aunque es en esos años que escribe una de sus obras más importantes, La enfermedad y sus metáforas. Los diarios de artistas son substancia de vida, de ahí las constantes elipsis y los momentos de incoherencia e irrelevancia. Lo particular de los diarios de Sontag es que no son un espacio de confesión, honestidad o introspección, sino que es la zona donde mapea la creación de su imagen como escritora—y de su personaje.

30 de abril de 2021

En 1977 anota “tengo más que suficiente inteligencia, saber, visión. El obstáculo es de carácter: la audacia”. Hacia el final del segundo tomo, considera dejar de escribir ensayos, porque parece “la portadora de certezas que no poseo — ni estoy más cerca de poseer”. Leer la creencia autoimpuesta de cobardía por parte de Sontag es una de las piezas más particulares de sus diarios porque fue, desde su activismo, una de los escritores más controversiales en el campo cultural norteamericano. La articulación con lo vital de su pensamiento la llevó a ser una intelectual combativa, y hasta en sus momentos más polémicos, estuvo convencida de la responsabilidad de pronunciarse ante situaciones de violación de derechos humanos. 

En 1989 participó en la denuncia de un grupo de escritores estadounidenses contra las amenazas del régimen islámico de Irán contra Salman Rushdie; en junio de 1993 acompañó a su hijo David Rieff a Sarajevo, se contactó con intelectuales bosnios, criticó la negativa de otros escritores a viajar a Bosnia y demandó públicamente la intervención de los países occidentales en el conflicto. En mayo de 2001 aceptó el Premio Jerusalén de Literatura y aprovechó la ocasión para condenar la política de ocupación israelí en territorios palestinos. En 2003, en la Feria del Libro de Bogotá, inquirió a Gabriel García Márquez por su silencio en relación con las condenas hacia los disidentes del régimen de Fidel Castro. Su carácter enérgico y rebelde, abierto a lo emergente, deseoso de hallazgos, marcó su experiencia intelectual y la del campo cultural de los últimos cincuenta años.


La imagen que acompaña la entrada es una fotografía de Annie Leibovitz de las notas de Susan Sontag para su novela The Volcano Lover (1992).

Afuera

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s