Cómo arruinar la fiesta: sobre “Vivir una vida feminista”, de Sara Ahmed

Vivir una vida feminista, de Sara Ahmed (1969), en la lectura de Lucía Giudice

En Vivir una vida feminista, Sara Ahmed apela a su memoria y la convierte en una verdadera caja de herramientas para construir una teoría feminista robusta y esperanzadora. Pero la propia autora lo advierte desde el principio, “donde hay esperanza, hay dificultad”. Vivir una vida feminista es arrojarse a la tarea de cuestionarlo todo, y encontrar nuevas formas de habitar nuestros cuerpos en los espacios que el sistema nos tiene asignados, cuando no vedados. 

Sara Ahmed es una escritora feminista y académica independiente nacida en Inglaterra en 1969, pero criada en Australia. Hija de madre inglesa y padre pakistaní, Ahmed es marrón, mestiza, y consciente de lo que esto implica porque junto con el ser mujer y lesbiana, la raza es el hilo conductor de su labor teórica. Las ideas feministas, dice Ahmed, son eso que inventamos para entender aquello que sigue existiendo a pesar de que nadie quiera nombrarlo y oírlo: el sexismo, la explotación y la opresión sexual. Y para la autora, siguiendo a Bell Hooks, el sexismo es inseparable del racismo y de la forma en que el presente está atravesado por la historia del colonialismo y la esclavitud. 

Vivir una vida feminista es una pieza central en la tarea de pedagogía feminista basada en lo cotidiano que Ahmed lleva adelante desde sus libros La promesa de la felicidad (como este, editado por Caja Negra en 2019) y Fenomenología queer, entre otros. El feminismo es aquí, y desde antes, una postura ética que exige una mirada crítica ante todos y todo, incluidas las propias prácticas que se asumen como acordes al ideal de la feminista killjoy: Ahmed se pronuncia en términos de lo que es correcto o incorrecto, de lo que está bien y lo que está mal, del feminismo y el antifeminismo, pero su posicionamiento no es producto de la ingenuidad ni un acto reflejo del patrulluje moral atribuido maliciosamente a las feministas, sino todo lo contrario. 

La palabra “killjoy” es usada en inglés para referir a una persona que deliberadamente trunca el disfrute de los demás a través de comportamientos o comentarios soberbios u hostiles. Tamara Tenembaum, la traductora de la edición de Caja Negra del libro, explica que “se trata de una palabra compuesta por otras palabras: kill [matar] y joy [alegría]. La killjoy, literalmente, es la que mata la alegría.” El uso de este término por supuesto no es casual, ya que con él Ahmed nos recuerda que el feminismo se entiende muchas veces como una forma de asesinato, porque el reclamar por el fin de un sistema que produce y privilegia al varón cis se interpreta con frecuencia como pretender el exterminio de los varones. Bien podríamos sospechar que la elección de este término es un homenaje a la feminista radical estadounidense Valerie Solanas y su manifiesto SCUM (Society for Cutting Up Men, 1967) que literaliza, como un buen manifiesto debe hacer, esa fantasía de la feminista asesina, imaginando un colectivo feminista que persigue la eliminación de los hombres. Ahmed explica por qué este manifiesto fue tan despreciado por literal: los manifiestos funcionan porque ponen en acto la literalidad que habilita que se lo rechace. Es verdad que las feministas somos peligrosas y lo somos porque reclamamos lo que originariamente no nos pertenece. Las feministas no queremos asesinar a los hombres (parece increíble tener que explicarlo), sino eliminar al varón blanco cis, no entendido como un individuo de carne y hueso sino como una auténtica institución. Esta institución juega un rol fundamental en la metáfora de “los muros de ladrillos” que Ahmed emplea para explicar las dificultades de las trabajadoras de la diversidad:

es un trabajo que se trata de golpearse la cabeza contra un muro de ladrillos […]. Chocamos contra algo que otros no ven; y (esto es aún más duro) chocamos contra algo que los demás en general se esfuerzan por no ver. 

El no querer lo que otras personas quieren y que además quieren que queramos, escribe Ahmed, puede ser leído por esas personas como un rechazo de sus deseos. Y de este acto casi vandálico no podemos salir indemnes. Desde la felicidad de la mesa familiar hasta un gran puesto de trabajo, todo es amenazado por la feminista que arruina la fiesta. La disconforme, la que menciona aquello que los otros no se animan a nombrar, la que no deja pasar el sexismo aun cuando se trate de una comedia romántica de enredos para sobrevivir en estos tiempos sombríos de encierro. El feminismo es presentado por Ahmed como una pregunta vital que nos obliga a desafiarnos a nosotras mismas y nos ayuda a crecer mientras intentamos impulsar al mundo a crecer con nosotras. Ejercerlo tiene consecuencias y a cómo vivir con ellas pretende enseñarnos este libro colmado de advertencias para la supervivencia. La feminista que escupe el asado debe estar preparada a que depositen en ella toda la discordia que se genere ante su presencia. Porque justamente, además de cuestionar un mundo que excluye a las mujeres, en especial a las mujeres no blancas, la feminista aguafiestas pone en crisis la idea de “felicidad” tan funcional sistema capitalista y que la autora viene trabajando con intensidad desde La promesa de la felicidad y que aquí retoma. Por ello el principio número 1 del propio manifiesto que Ahmed presenta al final del libro es “NO ESTOY DISPUESTA A HACER DE LA FELICIDAD MI CAUSA” y nos convoca a desoír los llamados a hacer cosas para hacer felices a los otros, sin importar lo infelices que nos haga a nosotras. Explica la autora que este primer principio ha sido la base de una parte importante del conocimiento y el activismo feministas:

la comprensión de cómo las instituciones se construyen como promesas de felicidad, promesas que muchas veces esconden la violencia de estas instituciones. Estamos dispuestas a exponer esta violencia: la violencia de la elevación de la familia, de la forma de la pareja, de la reproductividad como la base de una buena vida; la violencia reproducida como por organizaciones para las que hablar de violencia es una forma de deslealtad.

Ahmed llama a las feministas a exponer los mitos de la felicidad del neoliberalismo y el capitalismo global, desmontar la fantasía de que el sistema creado por unos pocos privilegiados se trata en realidad de la felicidad para muchos o para la mayoría. Pero advierte: exponer los mitos de la felicidad es sin más estar dispuesta a ser la feminista que mata la alegría, produciendo infelicidad. 

En esa materia, la de incomodar y arruinar la mesa familiar, Ahmed tiene miles de millas acumuladas que recupera y relata detalladamente en este libro, desde sus recuerdos de niña mestiza en un contexto de blancos, hasta su renuncia como directora del Centro de Investigación Feminista de la Universidad de Goldsmiths cuando se negaron a investigar denuncias de acoso sexual. La coherencia de sus actos con sus palabras se debe a que “ser feminista en el trabajo consiste o debería consistir en desafiar el sexismo cotidiano y corriente, incluyendo el sexismo académico. Esto no es optativo: es lo que hace feminista al feminismo.” 

Este libro bien podría ser el manual de como convertirse en la feminista que arruina la fiesta y no muere en el intento. Pero no es un manual, es un libro de teoría que no se parece en nada a los productos para los cuales la academia dominante tiene reservada esa etiqueta. Ahmed, a través del feminismo, recupera su experiencia de habitar el mundo en un cuerpo no blanco, pero tampoco negro. Y, a través de este libro que, sin ser en absoluto una autobiografía, encarna el ejercicio vital de una feminista que afirma que “lo personal es teórico”. La autora se rehace en tanto se recuerda y recorre a sí misma, y correlativamente alimenta a la teoría feminista que abarca su obra intelectual. Vivir una vida feminista es la puesta en práctica de lo que Ahmed entiende y explicita en el texto, es uno de los núcleos del trabajo feminista, la memoria:

Trabajamos para recordar eso que desearíamos poder dejar atrás. Al pensar qué significa vivir una vida feminista, he estado recordando; intentando armar el rompecabezas. He estado apoyando una esponja sobre el pasado. 

Ese arsenal de recuerdos, el de las mujeres, está necesariamente conectado con lo cotidiano y lo doméstico; por eso, dice Ahmed, el feminismo sucede justamente en los espacios que han sido históricamente etiquetados como no políticos. Y es allí donde la escritora encuentra el terreno fértil para la teoría feminista, proponiendo llevarla a casa, alimentarla y luego traerla de vuelta.  La teoría feminista es más accesible cuanto más cerca se mantiene de lo cotidiano. En definitiva, Ahmed se propone mostrar que la teoría feminista es eso que hacemos cuando vivimos nuestras vidas como feministas: hacer confesadamente de lo cotidiano la base del conocimiento, en clara oposición a lo que impone el canon teórico-académico, que premia la abstracción y homenajea la complejidad. El feminismo puede así experimentarse o narrarse como algo que da vida, o como algo que permite recuperar la propia vida que quizás entregamos a otras personas o aquello que las expectativas de otras personas nos han quitado. 

El terreno en el que nos coloca el feminismo que defiende Ahmed es el de lo inestable y de la puesta en crisis constante. Sin embargo, es un terreno que se habita en compañía. La vida feminista es, según la autora, una “escucha de resonancias”, un tejido que puede comenzar a partir de un solo cuerpo ante un mundo que lo excluye, pero que se construye con las otras que han vivido experiencias similares. Otras que cuando recuerdan llegan a lugares prácticamente iguales que nosotras: ser acosadas en la niñez por algún varón adulto, sufrir manoseos en los medios de transporte, sentir miedo al caminar sola de noche, temer a un grupo de varones si estamos solas en la calle, ganar menos por las mismas actividades que cumple un varón, sufrir acoso laboral y no poder denunciarlo por miedo a perder nuestro trabajo. Incontables manifestaciones de un tipo de violencia específica que resuenan en nuestro cuerpo aunque no las hayamos vivido en carne propia. Ese trabajo de memoria, compartido, engarzado, constituye un verdadero trabajo feminista. La buena compañía en el feminismo es tan importante que el kit de supervivencia aguafiestas que Ahmed propone como conclusión de su libro incluye lo que antes denominó “textos compañeros”, tomando prestada de la enorme Donna Haraway la formulación de “especies compañeras”. Así, un texto compañero es un texto cuya compañía nos permite abrirnos paso en un camino menos transitado, que puede despertar un momento de revelación en medio de una proximidad abrumadora. Pero también, y quizá sean estas las funciones más valiosas de los textos compañeros, pueden hacernos dudar y cuestionar la dirección en la que estamos yendo. Pueden darnos recursos para entender algo que hasta entonces había estado más allá de nuestra comprensión. Junto con estos textos, los clásicos feministas tienen un lugar protagónico en el kit de supervivencia. Como plantea Ahmed, hacerse feminista es seguir siendo estudiante: la feminista aguafiestas es una figura estudiosa que sigue intentando entender algo, una dificultad, una situación o una tarea. Y para esto la autora recomienda prestar atención a los clásicos feministas porque lo que está detrás de nosotras merece ser revisado, merece ser puesto delante de nosotras:

hacer una pausa, de no apurarse, de no dejarse seducir por el zumbido de lo nuevo, un zumbido que puede terminar siendo lo único que escuchas, y bloquear la posibilidad de abrir nuestros oídos a lo que vino antes. 

Cuando Vivir una vida feminista llegó a mis manos, en el medio de sus páginas me encontré con el geométrico doblez de dos hojas unidas por el margen inferior del papel, una suerte de solapa que en tamaño excede el formato del libro. Si uno lo mira de afuera y desde lejos, mi ejemplar es un conjunto de 470 páginas que funciona como un sistema en perfecto equilibrio. Pero, como sucede con cualquier asunto a cuya indagación nos arrojamos, abrirlo expone el problema indisimulable que reclama una decisión: o bien sostener la solución que la imprenta impuso y omitir las páginas 230 y 231, o bien, recortar la unión inferior, así como los márgenes que sobresalen del libro. Casualmente (o quizá todo lo contrario) en esas páginas Ahmed refiere a la adaptación de los “inadaptados”: cuando intentamos encajar en una norma que no ha sido moldeada para incluir a nuestros cuerpos, creamos una incongruencia al tiempo que nos convertimos en ella. Cuando una no puede pasar por lo que en verdad no es, tiene que esforzarse más para pasar a través o hacia el interior del sistema. La solución no es recortar las hojas, sino comprometerse con la lectura de las páginas ocultas, sin importar lo inaccesible que parezca.   

Afuera

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