Infierno documental: sobre «Guarda e passa», de Eduardo Casanova

Carolina Bello piensa en el par «ficción/realidad» y en el lugar del arte después de la catástrofe a partir del documetal Guarda e passa, de Eduardo Casanova (1957)

Desde 1982 hasta mediados de los años 90 un grupo de realizadores audiovisuales nucleados en el CEMA (Centro de Medios Audiovisuales) se ocupó del pasado reciente mientras era, todavía, presente continuo. Uruguay arribaba a la democracia con los desgarros de un sistema violado. En 1988 Eduardo Casanova filma un documental que propone  “un viaje por la Colonia Etchepare y Santín Carlos Rossi”. Se tituló Guarda e passa. Mira y sigue. 

Esta película corre la discusión que propone el género documental entre realidad, verdad, subjetividad, sentido, intervención, montaje. Es de tal contundencia la materia prima que muestra que su escasa aunque importante manufactura estética pasa a un segundo plano. Son otras las categorías que se avivan al mirarlo, relacionadas más con el efecto, con la interpelación como receptores, que con la inmanencia de la obra. Verla no fue una experiencia estética como receptora, fue un acto de sentido revelador que, sin embargo, es insignificante. 

Este documental no es una obra maestra de la edición, es más bien una arqueología de archivo. Guarda e passa no monta sus imágenes con el regocijo del impacto. Un paso más allá de la pornografía de la locura, el sentido creado por la película es el truco del hiperreal. Aquello que, de tan icónico y referencial, no se asemeja a ninguna recreación ficticia. Es la deuda eterna de audiovisual de horror: nunca estará a la altura de su gemelo en el mundo. 

La ablación de la mente, de la dignidad en el sentido estricto. Locos reales de acá para allá, vagando desnudos, bestiales, comiéndose los pies, la piel, unos a otros. El deambular, las abominaciones escondidas de la Edad Media, un campo de concentración en el departamento de San José. 

Quizás el único paratexto del documental —en una decisión más que atinada del realizador, porque no precisa más fragmentos que connoten— es una cita de la Divina Comedia leído por Marosa Di Giorgio: 

Conviene abandonar aquí todo temor, 
aquí debe finalizar toda cobardía. 
Hemos llegado al lugar 
donde verás a los desconsolados 
que han perdido el bien de la cordura. 
El mundo no conserva ningún recuerdo de ellos. 
La misericordia y la justicia los desprecian. 
Pero no hablemos, más mira y sigue.

El siguiente será un viaje por el infierno. Ver Guarda e passa no es solo asistir al archivo de un horror, es saberse interpelado en donde más duele: la conciencia de nuestra indiferencia constitutiva. Verlo es comprobar que el Estado, aún en democracia, continuaba privando de garantías a cientos de personas, confinándolas al vertedero insalubre de lo no funcional, de lo que no sirve. 

Las imágenes recogidas en Guarda e passa podrian pertenecer a un documental sobre el holocausto. Ese hito histórico del horror con método, que pudo significar el fin del arte. Escribir poesía luego de Auswitch sería un acto de barbarie, dijo Adorno. 

¿Qué sentido tendría todo el después?

Estuve días tratando de acomodar el cuerpo, intentando pegar el sentido de todas las cosas. Pero Guarda e passa me había reconfigurado la percepción. No podía dejar de pensar que eso que vi también era un campo de concentración. Un vertedero de seres humanos privados de dignidad, pero locos, foráneos a la lógica, inservibles para todo sistema que se precie. Pero de pronto, entre las imágenes del grado cero de la locura que de tan reales ni siquiera mediaba la valoración estética que podemos hacer de un documental, se colaban dos entrevistas. En una de ellas: 

—Y qué te gustaría hacer a vos, ¿querés seguir acá? 
—No, no me gusta estar acá. A quién le va a gustar, y más siendo lúcida. 

Contesta una mujer joven, luego de narrar que estaba en el infierno por haber agredido a un funcionario del Consejo del niño donde había pasado toda su vida. 

Ese Estado de reciente democracia no solo preveía un basurero de seres humanos, sino que confinaba en él, de forma arbitraria, a personas que hubiesen cometido faltas o delitos menores, aún sin padecer una patología psiquiátrica.

—….y más siendo lúcida.

Desde entonces, esas palabras serpentean como axones cada vez que miro o escucho, cada vez que pienso. Una vez más me acuerdo de «Lo fatal», de Rubén Darío: «Dichoso el árbol que es apenas sensitivo / y más la piedra dura porque esa ya no siente, / y no hay dolor más grande que el dolor de ser vivo, / ni mayor pesadumbre que la vida consciente». 

En la semana siguiente estuve rastreando información en diarios nacionales para comprobar ya ni siquiera las condiciones infrahumanas de esos establecimientos —que según da cuenta la página de Asse fueron remodelados para asegurar la dignidad de los pacientes—, sino para apaciguar la noción de que la evolución democrática no continuaba enviando allí a personas sin patologías mentales por negligencias del sistema. No encontré una respuesta concreta, pero pienso en la arbitrariedad de un juez, en las fisuras del sistema de cara a las personas sin recursos, sin familia, sin garantías. No puedo aseverar qué tan lejos estamos de lo que nos mostró Guarda e passa. 

En Uruguay existe una Ley de Salud Mental desde 2017, que en su artículo 38 mandata:

Queda prohibida la creación de nuevos establecimientos asilares y monovalentes, públicos y privados desde la entrada en vigencia de la presente ley. Los ya existentes deberán adaptar su funcionamiento a las prescripciones de esta ley, hasta su sustitución definitiva por dispositivos alternativos, de acuerdo a los que establezca la reglamentación.
Queda igualmente prohibida, a partir de la vigencia de la presente ley, la internación de personas en los establecimientos asilares existentes. Se establecerán acciones para el cierre definitivo de los mismos y la transformación de las estructuras monovalentes. El desarrollo de la red de estructuras alternativas se debe iniciar desde la entrada en vigencia de esta ley.

Si bien la Ley explicita que a 2025 este tipo de establecimientos deberán cerrarse, según testimonios recogidos por Joaquín Pisa en Radio Universal, a 2021 ASSE no prevé cerrar ninguna de las dos colonias. 

Al terminar de ver Guarda e passa,  vi una entrevista a Idea Vilariño para testear la percepción. Ahí estaba la poeta, hablando de su amor por Onetti, de su infancia mullida, de sus cuitas de humana. Pero en mi mente aparecía la muchacha del infierno, encerrada en la estructura de todas las pesadillas que ese documental había recogido. No era ficción y yo no lograba mirar al mundo con los mismos ojos de sorpresa ante cada bocanada de arte. 

Estuve días y días mirando el mundo escéptica, adolescente. Pensando que no valía la pena ni escribir, que para qué, si el mundo sigue andando y le faltan tantas, pero tantas tuercas. Estuve pensando en el arte, en su función, en su lugar. Estuve pensando en su modestia, en su falta de ciencia, estuve pensando en que debe existir, aunque no esté llamado a crear curas, ni mandar cohetes al espacio.  

Y entonces, días después de Guarda e Passa, de Idea Vilariño, vi The Square. Una sátira sobre el lugar del arte en las sociedades de la indiferencia. Ahí estaba la ficción para recordarme su magra, aunque imperiosa, razón de existencia. Pero de eso, hablaré en otra entrega, en otro texto, en otro intento de encontrar sentido. 


Acompaña el texto un detalle de uno de los grabados de Gustave Doré realizados para el tercer canto del Infierno, de Dante Alighieri.

Afuera

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