Cuaderno de Afuera: «Elogio de los fans», por Eugenia Santana Goitia

En el verano de 2006, volví de unas vacaciones familiares y fui al cine con dos amigas a ver una película que acababa de estrenarse en las salas argentinas: Orgullo y prejuicio, basada en la novela homónima de Jane Austen. Tenía quince años. El efecto fue rotundo e inmediato. A la semana, ya la había visto dos veces más y había intentado persuadir, sin éxito, al responsable del cine de mi infancia para que me guardara el póster oficial (finalmente se lo llevó la distribuidora). Creé un fotolog alusivo a mi fanatismo por la película: se llamaba /mr_darcy y requería frenéticas búsquedas de fotos de rodajes y screencaptures de la película para no repetir las mismas cinco stills que circulaban por internet. En pocas semanas, el fotolog empezó a llenarse de seguidores y comentarios. El perfil de casi todos esos comentarios era el mismo: chicas adolescentes. Fan girls

Internet era una novedad en mi vida:  después de una larga batalla contra la digitalización, una separación definitiva de mi padre y una mudanza, mamá finalmente había cedido y había comprado una computadora que hasta tenía un cuarto propio en la casa nueva. Los días de exilio en un cyber habían llegado a su fin. Me zambullí en la web con la confianza absoluta y la atención indivisa de una verdadera entusiasta. 

YouTube había nacido aproximadamente un año atrás; era, para mí, apenas una herramienta para buscar y ver videos musicales de otras generaciones. Pero con este nuevo despertar, algo cambió: empecé a buscar mis escenas preferidas de Orgullo y prejuicio. Por el camino, me topaba con miles y miles de fan videos que, inicialmente, me molestaban: yo quería ver las escenas completas y escuchar todos los diálogos sin una canción cursi de fondo. Miraba las pocas escenas y clips oficiales disponibles (todavía no había salido a la venta el DVD) obsesivamente y me aprendía de memoria diálogos enteros que aún hoy puedo recitar sin esfuerzo. Hasta ese momento, jamás se me había ocurrido que podía buscar entrevistas de los famosos que me interesaban y ver cómo interactuaban en tiempo real con sus co-stars y con los entrevistadores. YouTube ofrecía todo eso y más. Mi atención empezó a virar hacia la protagonista de la película: Keira Knightley. 

Me encontré, de pronto, interesada en su vida: entrando a sitios con noticias sobre ella, bajando fotos y organizándolas perfectamente en carpetas que ocupaban varios MB en la computadora familiar. El orden era implacable: por año, tipo de foto (candids, screenshots), las categorías eran prácticamente infinitas. Memorizaba datos intrascendentes sobre su vida, desde su cumpleaños hasta los nombres de sus padres y su hermano o sus comidas preferidas; leía entrevistas escaneadas por algún alma generosa haciendo insistente zoom para llegar a ver la letra minúscula. Por supuesto, tuve que crear un fotolog: ya tenía una plataforma de seguidores del fotolog anterior y en poco tiempo el nuevo (que se llamaba keiraa_k y ya no existe, excepto tal vez en algún lugar misterioso al que van a parar los fósiles de internet) también empezó a llenarse de comentarios y seguidores. Todavía recuerdo una de las fotos más comentadas y celebradas: Keira Knightley en blanco y negro, de perfil, con un pañuelo en la cabeza. La foto es de Mario Testino. 

Pero, a pesar de todo, el mío era un fanatismo en primera instancia condenado a la clandestinidad: no era prestigioso. No era, digamos, como ser fan de los Beatles o de Joni Mitchell y conseguir un disco importado en un local de usados. Ni siquiera era como ser fan de Jane Austen, prácticamente un rito de pasaje para toda adolescente lectora de clase media y media alta. Había algo ligeramente ridículo y en lo ridìculo se cifraba la posibilidad de compartirlo: dos o tres personas me dejaron sus mails en los comentarios de fotolog y empezamos a chatear por MSN y a convertir este fanatismo u obsesión en una experiencia colectiva. Primero era el ir y venir de fotos, siempre con un costado ligeramente competitivo: era prestigioso ser el primero en enterarse de una noticia, ser el que la compartiera o difundiera por primera vez. Había que inventar watermarks para los fotologs así nadie te podía robar las fotos sin el crédito correspondiente. También era una especie de condena: sí o sí tenías que ver todas las películas en las que el sujeto de tu fanatismo había actuado, buenas o malas, te interesaran o no, y lo antes posible (idealmente en la primera función, si era un estreno) porque de lo contrario te convertirías en un(a) mal(a) fan.

¿Pero qué es ser un buen fan?¿Cómo se juzga el alcance del fanatismo?

Conocí a Victoria, una de mis mejores amigas (hace cinco meses murió mi papá y fue ella quien organizó su velorio), en el hábito de profesar fanatismo por Keira Knightley. Vicki (que, debo aclarar, durante un tiempo escribió su nombre Vickei) solía decir: “Keira es mi mejor amiga, aunque ella no lo sepa”. Cuando, hace pocos años, Keira Knightley se casó con un novio que juzgamos inconveniente, Vicki sugirió (entre lágrimas de ambas): “Esto es culpa nuestra porque dejamos de ser tan fans”.

Es que el fan (o el buen fan) siente, ante todo, un vínculo, una relación afectiva intensa con el sujeto de su fanatismo. La idea de la fangirl histérica que grita, se desmaya o se hace pis encima en presencia de sus ídolos sigue vigente aún hoy. También: la idea de que existe cierta peligrosidad latente en los fanatismos, que rápidamente pueden volverse hostiles y devenir intentos de homicidio. El fan, a pesar de que participa plenamente de la cultura de masas, es caracterizado como una persona solitaria, vulnerable o en busca de algún tipo de compensación por una vida mustia en un mundo fragmentado y caótico. La literatura científica, incluso, ha llegado a asociar los fanatismo con la erotomanía o el síndrome de Clérambault. De Clérambault, un psiquiatra francés, describe a una paciente que está segura de que George V, el rey de Inglaterra, está enamorada de ella y le envía señales a través de sutiles movimientos de las cortinas del Palacio de Buckingham. Este síndrome de amor no correspondido no estaría tan lejos del ethos del fan, que sostiene un diálogo imaginario y sin respuestas con el ídolo. 

¿Pero qué pasa cuando el ídolo responde?

En sus últimas declaraciones ante el juez a cargo de resolver el dilema de su tutela, Britney Spears les habló de manera casi directa a sus fans, muchos de los cuales se apiñaban  afuera de los tribunales, ansiosos por escuchar sus palabras y el veredicto. Sus palabras fueron, en su estilo cristiano y sureño, puro agradecimiento y amor. Hace años los fans sostienen el movimiento FreeBritney, que busca liberar a la cantante pop de la tutela de su padre, una suerte de tirano antediluviano. El perfil de la mayoría de estos activistas es similar: todos tienen alrededor de treinta años, todos vieron a Britney en su época de indiscutido esplendor, cuando “Baby One More Time” se convirtió en el himno de una generación criada por la televisión y bastante confundida. Todos sostuvieron que las condiciones de la tutela de Britney eran abusivas cuando a nadie (ni siquiera a la propia Britney) le interesaba siquiera hablar del tema. Para todos ellos, Britney es una figura central en sus vidas: porque gracias a ella encontraron un modo de convivir con su orientación sexual, porque acompañó momentos decisivos o simplemente porque los hizo felices. Todos coinciden en su preocupación por la salud física y mental de Britney; todos vieron en vivo su derrumbe frente de un paparazzo inescrupuloso que insistía una y otra vez en conseguir una foto exclusiva en uno de los peores momentos de su vida. 

Pero en el crack-up de Britney, tal vez el más famoso, el más público, el más publicitado y el más ridiculizado de todos los tiempos, también participan (participamos) los fans. Somos nosotros los que consumimos imágenes de nuestros ídolos en la vida cotidiana, los destinatarios de las fotos y videos que se vendían (y venden) por millones de dólares. Oferta y demanda. También somos un poco culpables de esa persecución incesante. Pero los fans de Britney ya no son consumidores pasivos de imágenes: se convirtieron en los defensores e incluso en los garantes de su libertad. En el podcast Britney’s Gram, un grupo de fans empezó a analizar uno por uno todos los posts de Instagram de la cuenta de Britney en busca de mensajes ocultos. No buscaban, claro, mensajes de amor, sino más bien explicaciones y pedidos de ayuda cifrados en fotos de paisajes y emojis. Lo que en principio parecía un exceso de afectividad o un delirio de cercanía se volvió real cuando un llamado telefónico anónimo confirmó las sospechas que todos albergaban: que los términos y condiciones de la tutela de Britney eran, como mínimo, polémicos. Nadie podía imaginar las ramificaciones de este diálogo imaginario.

No podría decir de buena fe que fui fan de Britney Spears, o que ser fan de Britney Spears cambió mi vida, como sí puedo decir que lo hizo ser fan de Keira Knightley. Conocí a grandes amigas que siguieron siendo mis amigas incluso cuando la etapa más intensa de fanatismo quedó atrás; conocí escritores que tal vez no hubiera conocido si no me hubiera obligado a leer todas las novelas adaptadas al cine con Keira Knightley. Pero sí puedo decir que a Britney me une una extraño sentimiento de familiaridad, como si fuera una amiga de la infancia que dejé de ver hace muchos años. Recuerdo con claridad meridiana el momento en el que su primer disco irrumpió en forma de cassette en mi vida: yo tenía ocho años, y mi hermana once. La norma eran las boy bands, o las Spice Girls; Britney era diferente. Hasta mi mamá terminó aprendiendo los temas y eligiendo sus preferidos. Por eso, tal vez, una de las últimas confesiones de Britney me conmovió. Britney pidió perdón: “Les pido disculpas por hacerles creer que estaba bien”. Ahora dialoga con nosotros, y ya no está sola. 


La fotografía que acompaña este artículo fue tomada por Maggie Shannon para The New York Times.

Afuera

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