La agonía adictiva de ser vista: sobre “Shiva Baby”, de Emma Seligman

Shiva Baby, debut fílmico de Emma Seligman, en la mirada de Clara Vázquez Vila

Creo que es imposible llegar a agosto de 2021 sin haber escuchado hablar de Shiva Baby, la película más cool del momento. En esta sorprendente ópera prima, la directora canadiense Emma Seligman cuenta una historia pequeña y breve, pero más cargada de adrenalina que casi todas las películas de superhéroes, tiros y o autos que nos dejó el último año y medio. Shiva Baby es una comedia que se siente como un thriller en la que la protagonista, una joven universitaria judía y bisexual que no tiene mucha idea de lo que quiere hacer con su vida, se enfrenta a un escenario salido de sus peores pesadillas: debe pasar una tarde entera junto a todos sus familiares y conocidos en un shiva, la reunión posterior a un funeral.

Adoro este tipo de películas en las que toda la acción sucede en un par de horas y la historia no es de proporciones épicas pero aun así genera un cambio en la vida del protagonista. Es apasionante entrar en estos mundos chiquitos pero complejos, donde es fundamental saber navegar el peligroso campo de batalla que son las relaciones interpersonales, y cualquier paso en falso puede terminar en una caída en desgracia. Las reuniones como los casamientos y los funerales son siempre escenarios maravillosos para el drama y la comedia, más cuando todos los presentes se conocen entre sí y la ocasión los reúne por primera vez en un largo tiempo. 

Mucho se ha dicho sobre la atmósfera claustrofóbica y asfixiante que genera la película. Incluso los momentos más graciosos y alocados dan cuenta del infierno que es para Danielle la situación en la que se encuentra, y con su ansiedad aumenta la del espectador. Aunque pasé gran parte de la película queriendo arrancarme los pelos, y por momentos tuve que pausar varias escenas por la incomodidad que generan, no creo que el tono de horror que puede tomar sea el aspecto mejor logrado de la película. Los puntos más fuertes de Shiva Baby son, definitivamente, todos sus personajes: desde la protagonista hasta cada una de las señoras que cuchichean en el fondo de todos los planos. Danielle, interpretada maravillosamente por Rachel Sennot, es una protagonista genial porque todas sus contradicciones tienen mucho sentido. Es divertida porque está justo al borde de ser insoportable, pero a la vez es adorable e hilarante. Es interesante porque identificarse con ella solo es posible hasta cierto punto, y luego su situación y sus reacciones son demasiado específicas e inesperadas y sacuden al espectador: cuando creemos que entendimos qué quiere y sabemos qué queremos que suceda, Danielle encuentra la manera de complicarse la tarde aún más. 

Quizás lo que hace de Danielle un personaje tan querible es la forma en la que encarna la contradicción de tener veintipocos y querer convencer al mundo de que todo está bajo control sintiendo en realidad que todo es un desastre y cada dos semanas hay un nuevo fin del mundo, porque cualquier evento de apariencia insignificante, como el funeral de un conocido al que se va por presión social y respeto más que por cariño se puede convertir en un mini apocalipsis. Encontrar una protagonista así es reconfortante considerando la cantidad de películas con personajes que a esa edad parecen ser mucho más adultos que ella, o por lo menos tener vidas un poco más ordenadas y problemas coherentes con eso. Danielle no sabe qué quiere hacer con sus estudios, no sabe en dónde quiere trabajar y se enganchó más de lo que le convenía con su sugar daddy, pero todavía extraña a su ex. Disfruta de la libertad que le dio crecer y empezar a independizarse, pero sabe que sus padres siguen siendo una presencia protectora de la que depende, aunque reniegue de eso. Es toda esa incertidumbre, esa búsqueda de seguridad en su identidad y su deseo lo que Danielle quiere reprimir para mantener la fachada de desinterés y control. Todo lo que le pasa durante el shiva de a poco va erosionando esta fachada hasta que a Danielle no le queda otra que hacerse cargo del caos. 

Lo que realmente hace que Shiva Baby destaque es el vínculo entre Danielle y la comunidad que la rodea. La protagonista sufre cada conversación en la que se ve forzada a participar, y constantemente quiere que la tierra la trague, pero en el momento en el que deja de ser el centro de atención necesita hacer lo que sea para volver a serlo. Gran parte de la película se sostiene en la tensión entre sus ganas de huir de la mirada de todos sus conocidos (su ex novia que la persigue y la pelea, su sugar daddy que llegó inesperadamente con su esposa y su hija bebé, las señoras que comentan sobre su apariencia y los señores que no entienden qué es lo que estudia y de qué trabaja, la madre de su ex novia que le hace preguntas incómodas, su padre que quiere presumirla y conseguirle un trabajo y su madre que entiende lo que está pasando mucho más de lo que aparenta) y la necesidad de ser vista por ellos y recibir su aprobación. 

Aunque la situación la pone en un lugar de incomodidad y vulnerabilidad, Danielle va al shiva por una razón que va más allá de complacer a sus padres: su propio deseo de formar parte. Ella también quiere saber qué es de la vida de todas esas personas que preguntan sobre la suya, y aunque está en conflicto con la necesidad de rendir cuentas frente a su comunidad no puede dejar de hacerlo o impedir que lo que todos piensan la afecte. Hace unos días leía una nota en la que Tamara Tenenbaum escribe sobre el chisme (particularmente sobre su importancia en la comunidad judía), y dice que, aunque no hay manera de romantizar el pueblo chico que es un infierno grande, en definitiva, todos los lazos sociales son un poco infernales, y no es posible huir de eso sin huir de los otros. De inmediato pensé en Shiva Baby, porque así como Danielle puede chusmear junto a su madre y su ex e incluso hacer comentarios burlones sobre sus conocidos y disfrutarlo, también es sujeto de la constante evaluación y la mirada de todos ellos, que analizan cada uno de sus comportamientos y la asfixian más y más. El universo de las señoras chismosas es tan apasionante como peligroso, porque no permite una participación pasiva. Para Danielle no es posible mirar desde afuera: para poder chusmear, también debe exponerse a que se hable de ella.

A pesar de que la pandemia fue especialmente dura con el cine independiente, Shiva Baby tuvo un gran paso por festivales internacionales durante el año, y actualmente puede verse en Mubi. Aunque atraiga y divierta por la novedad en el tono y la fusión de géneros, la parte de la película que descansa demasiado en la banda sonora y en los recursos visuales (que sobre el final resultan un poco excesivos) no es la que hace de Shiva Baby la película del momento. Lo que hace de esta pequeña historia de un funeral una película memorable son sus personajes y cómo navegan el infierno que puede ser la vida en comunidad, cómo se las arreglan para dar pelea donde la autocrítica brutal se encuentra con la mirada ajena y cómo, en definitiva, en esas mismas relaciones es posible encontrar un refugio para volver a creer que todo puede no estar tan mal.

Afuera

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