Tierra baldía: sobre «Buenas noticias», de Carolina Silva Rodé

Tierra baldía: sobre «Buenas noticias», de Carolina Silva Rodé

El primer libro de Carolina Silva Rodé, en la lectura de Mateo Arizcorreta

Un mundo usurpado por marcianos. Una especie en extinción que da batalla. Un reguero de cadáveres. Un dios visible. Una única voz superviviente. La sensibilidad de Buenas noticias es bélica, su atmósfera catastrófica y parte de su encanto se cimenta en un reticente orgullo por postular una mitología prodigiosa con escasos versos  e imágenes incandescentes:

 ¿Has visto a los marcianos dormir duros en sus carcasas?
¿los has oído llorar 
en lo alto de sus torres? 
Su saliva oxida los árboles 
y sus gestos ensordecen 
a los gatos.

Sin embargo, el nervio del texto no se encuentra en su capacidad para germinar cosmologías ni en la tentación didáctica de construirles un reverso de sentidos espejados. Antes bien, lo que prima es la tentativa por auscultar los alcances de esa misma mitología en la medida en que esta se va anunciando.

A lo largo de poemas que fungen como partes de guerra y que de ese modo van trazando el esquivo surco narrativo del libro, la voz testigo de Buenas Noticias atraviesa una geografía conocida, ahora perturbada por la irrupción de presencias externas y violentas, que convirtieron el escenario cotidiano en un campo de batalla. Pero, más que las secuelas físicas que deja la invasión, lo que más la conmociona y lo que marca las preocupaciones del texto es cómo esa irrupción trastocó las cosas a un nivel simbólico, haciendo que el territorio usual ya no pueda ser mapeado con la lengua anterior:

solo nos quedan papeles arrugados,
estrategias anteriores,
canciones que cuentan el final de algo 
etéreo y extraño, otro y futuro.

Mientras esta fuerza enemiga asola el orden actual del mundo, también expone la artificialidad del previo y su equilibrio arbitrario de sentidos. De esta forma se desdibuja el significado de elementos tan palmarios como el silencio o los muertos. No obstante, la voluntad por seguir nombrando no ceja, y la voz se esfuerza por resignificar los escombros con las armas que tiene a disposición. Estos significados se arman reordenando lo que siempre estuvo ahí, como si se tratara de un camino que no había sido tomado antes por no haberse reconocido como posible. Las palabras que buscan referir y entender “lo nuevo” son las mismas viejas palabras, pero re-enfocadas desde la negación (“la transformación no fue / ni imperceptible ni paulatina”; “no era bípedo / ni no lo era”; “no es una cárcel / ni no lo parece”). 

La dificultad en nombrar y, en definitiva, en comunicarse, es puesta de manifiesto desde el mismo epígrafe que encabeza el volumen. Además de fijar la filiación de ciencia ficción del texto, la mención de Solaris hermana a Buenas Noticias con temas recurrentes en la novela de Stanislav Lem, en especial la limitada capacidad humana para comprender y establecer un canal de comunicación real con el otro lado; con esa fuerza externa y decisiva que de alguna forma nos entiende mejor que nosotros mismos. En ese marco, en Buenas Noticias las elegías se desarman, las negociaciones son inútiles, los contratos apenas se esbozan. Toda comunicación parece amputada desde el origen y, en esa interferencia incurable, las voces son huecas, los gritos de silencio y los rugidos se perciben lejanos.

En ese intersticio, Silva Rodé ecualiza versos de ímpetu épico y de segurísima demarcación léxica, pero entonados desde un punto de vista casi analgésico, como si estuviesen escritos tras la inesperada serenidad que sucede al fin de todas las cosas. La serenidad dolorosa, culposa y hasta cobarde de quien escapó del destino de cadáver, pero serenidad de todos modos. La serenidad de un apocalipsis referido en tiempo pasado que la arrojó en un futuro que se siente equivocado, en el que el diferente beneficio entre levantar las armas y recluirse en la contemplación pasiva nunca queda del todo determinado. En esa modulación drástica y serena al mismo tiempo, el poemario se planta como la misiva de una voz mediadora que busca dejar un legado —una buena nueva— con la certeza bíblica de quien canta bravas batallas, pero a un auditorio que no puede escuchar, muerto. 

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