Memoria en cassettes: sobre «Mirador», de Antón Terni

Memoria en cassettes: sobre «Mirador», de Antón Terni

Monserrat Cabrera reflexiona sobre la película Mirador, de Antón Terni

A fines del año pasado tuve el privilegio de encontrarme —por sorpresa, gracias a que no leo los cronogramas de los lugares a donde voy — con el documental Mirador, del director uruguayo Antón Terni. Empezaba el verano y los residentes de una casa en Ciudad Vieja a la que llaman “Casa Pueblito” convocaron al primer ciclo de proyecciones en su azotea. Luego de algunos cortometrajes locales y ante la presencia de su creador, se presentó este largo que cerraba la jornada.

Estuve todo el verano pensando en este documental, recomendándoselo a quienes pudiera y predicando sobre la representación sensorial y observacional que propone, y su reflexión sutil que es, a mi parecer, hasta gnoseológica. Mientras tanto, la película seguía rotando por proyecciones en rinconcitos del país, como lo vino haciendo por festivales de todo el mundo durante dos años, desde su creación en 2019. Ahora que sus redes sociales informan que en el correr de este mes estará en salas de cine uruguayas y ahora que, además, se termina el paralelismo estacional con el clima caluroso de la película, que hacía que el cielo, el mar y el aire me remitieran una y otra vez a la sensorialidad del film, me siento a escribir.

El protagonista de Mirador es Pablo, un hombre ciego que vive en Bello Horizonte haciendo licor casero y escuchando cassettes en los que tiene grabadas conversaciones y llamadas viejas. La película lo retrata a él y a sus dos amigos, también ciegos, Oscar y Valeria y los acompaña a acampar, a la playa, a un toque de rock y en su cotidianidad en general. El personaje de Valeria es muy importante en este camino y de cierta manera es el pilar sobre el que se construye el tono cómico o alegre del documental, que va armando una visión de los personajes más allá de la ceguera, defendiéndose ante el peligro de caer en una representación victimizadora y/o condescendiente. Mediante risas, conversaciones comiquísimas, tomadas de pelo y la manera “jodona” en la que se tratan, especialmente ella a sus compañeros, el espectador va detectando las individualidades de los personajes, más que detenerse en su discapacidad visual, que se vuelve simplemente una característica entre otras en sujetos independientes en busca del disfrute de la naturaleza, la música, la compañía y, en el caso del protagonista, la reflexión.
Este retrato múltiple se representa de manera observacional tanto desde un punto de vista estético como de aproximación formal de lo documental. Esta aproximación es, más que acertada, necesaria para que el espectador se una a un recorrido del mundo de los personajes y las maneras en las que lo experimentan y habitan, y que no se vuelva un enfrentamiento de los personajes a un mundo ajeno a ellos, en el que están en desventaja y deben rebuscarse. En este sentido, la ironía del nombre de la película se encuentra también en su propia dimensión representativa: el carácter paradójico de la traducción visual de subjetividades construidas a partir de todo menos estímulos visuales.

Es de esta manera que la textura se presenta como un atributo esencial para la fotografía de la película, dando lugar al tacto como un sentido valioso en sí mismo y no un mero sustituto o complemento de la visión. Los planos detalle llenos de texturas de la naturaleza, de objetos y de la piel de los propios personajes se potencian con la abundancia de planos de sus manos recorriendo las distintas superficies. Estas instancias constituyen el lugar donde se une lo que para quienes vemos es la realidad visual con la realidad táctil de nuestros protagonistas y así, la diferencia en la aproximación y exploración de las cosas. Estos planos se complementan con otros mucho más abiertos que sitúan a los personajes dentro de los ambientes naturales que recorren y, en varias ocasiones, cuando no hay mucha acción (como cuando están los tres sentados frente al mar) nos invita a darle un sentido más amplio al concepto de contemplación. A esto, además, se le suma un trabajo minucioso y envolvente del sonido principalmente natural, que logra generar un ambiente sensorial que también aporta en esta búsqueda de transmisión de lo no visual en un medio predominantemente visual.

Dentro de esta dimensión sonora entran en juego las grabaciones y el contenido de los cassettes de Pablo, que, por un lado, habilitan una caracterización mucho más profunda e intelectual de este personaje, planteando la reflexión central sobre la que se vuelve a lo largo del film: “¿Qué es estar perdido?”, se pregunta, para terminar respondiéndose: “Uno sólo está perdido cuando quiere volver a algún lugar”. Pero además de abrir este hilo conceptual que resume la filosofía de vida del protagonista, los cassettes también abren paso al abordaje de la memoria en la película.
La relevancia de la memoria para Pablo se establece desde el principio, con la preservación de estos recuerdos auditivos, pero es el compartirlos con sus compañeros y más específicamente la reacción de Valeria lo que, en lo personal, me conmovió y me hizo pensar en la manera en la que concibo o pienso en la memoria. Sentados en una mesa con el reproductor de cassettes a su disposición, ponen play y se reproduce la grabación de la primera llamada telefónica entre Pablo y Valeria. Se escucha la voz grabada de ella, que para el espectador no presenta ningún cambio o alteración demasiado evidente pero que en ella despierta la noción clara del paso del tiempo y hace que exprese algo como “¡Ahí tenía como 19 años!”, saliendo de su postura bufona para demostrar un verdadero interés en estos fragmentos de pasado y preguntando si existen más.
Es necesario y recurrente el intento de entender o reflexionar sobre lo que implican las diferencias de capacidades, como la ceguera, en lo práctico, en lo terrenal. Pero en esta oportunidad, la reflexión parte de cómo se traduce esto en el mundo de las ideas, en el que la diferencia de capacidad parece implicar solo un paradigma distinto y no necesariamente un obstáculo. La colección de cassettes funciona igual que un álbum fotográfico y esta instancia del film, por lo menos personalmente, me reveló la predominancia visual y hasta estética en mi noción de la memoria y de las facultades intelectuales o psíquicas en general y así también, reveló mi dificultad o incluso incapacidad de concebir determinados conceptos sin pensarlos en imágenes.
Intentando no caer en una reflexión relativizadora o minimizadora de lo que implica la discapacidad y vivir con ella, me refiero a la puesta en evidencia de la manera exponencial en la que lo visual está presente y sobreestimulado tanto en nuestras vidas como en las distintas disciplinas teóricas que abarcan cuestiones existenciales y fundamentales del ser humano. Es tal la relevancia de la memoria en la experiencia humana (nótese esto en la búsqueda constante del registro y en su preservación) que el lugar predominante que tienen las imágenes visuales en su representación, se vuelve aún más significativo y determinante a la hora de pensar y reflexionar. De la misma manera en la que no podemos obviar el “filtro” del lenguaje en nuestra percepción, aproximación e incluso capacidad de análisis de la experiencia, no le podemos escapar a la dimensión visual que condiciona cualquier elaboración teórica.

En este sentido, también desde lo narrativo se presenta el problema representativo de las limitaciones de los recursos visuales en el intento de mostrar un mundo sensorial conformado por todos los estímulos menos este.

En lo personal, entiendo y veo el valor del cine documental justamente en la posibilidad de expresar distintas subjetividades, partiendo de un vínculo con el mundo que tiene mucho más que ver con la percepción que con la objetividad asociada tradicionalmente a este medio. Desde esta postura, que termina siendo más gnoseológica que artística, Mirador es una obra que, además de hermosa, es sensible y abierta a descubrir y revelar una nueva percepción “otra” y, por lo tanto, cuestionar los cimientos de la propia. Y esta reflexión se respalda desde la forma, la fotografía e incluso el vínculo de los realizadores y del director con los personajes. Previendo el peligro de caer en una representación dramática de los personajes como víctimas de la ceguera y de su vida como un intento de compensar esta “carencia”, Mirador nos invita así a presenciar el disfrute de Pablo, Valeria y Oscar y cuestionar nuestras propias limitaciones.

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