Better Call Saul: la vida secreta de las palabras

Las impresiones de Carolina Bello tras el final de Better Call Saul, de Vince Gilligan y Peter Gould

No hay nada tan increíble que la oratoria no pueda volver aceptable
Cicerón

Como venganza a la traición de su esposa, el rey Shahriar decidió acostarse cada noche con una doncella del reino para decapitarla al día siguiente. Cuando ya pocas quedaban, le tocó a Sherezade ser llamada al palacio. Ante ese panorama poco esperanzador, se sirvió de una artimaña módica, aunque ambiciosa: guarecerse en el poderío de su oratoria. En la noche número uno comenzó a contarle al rey una historia que no vería su final hasta la noche del día siguiente. Pasaron mil y una porque el Rey, subyugado por la intriga de cada trama dispuesta en la voz de su próxima víctima, le perdonaba la vida cada amanecer con tal de saber cómo terminaban las narraciones. Sherezade salvó su vida sin otra defensa que sus palabras. 

Terminó Better Call Saul, esa historia del fracaso que, como dije alguna vez, hizo un banquete con las minucias de Breaking Bad y reivindicó la importancia del personaje secundario como aquel en el que se erige toda historia bien contada. Porque Better Call Saul, antes que nada, es eso: un relato construido con talento, lejano al fenómeno del arte de estándar o de molde, tan campante estos días en todos los ámbitos. 

A Better Call Saul se la puede admirar por muchos aspectos distintos: la preocupación estética por hacer de lo convencionalmente feo algo bello —alcanza con pensar en planos ordinarios como un helado derritiéndose en la acera—; el planteo ético y moral en acciones pequeñas aunque definitorias —alejar a una anciana de todas sus amistades para que dé el brazo a torcer en beneficio propio—; la importancia del guion como esencia de contenido —no es necesario el paréntesis—;  la historia de amor que, aun enfocada desde sus aristas lentas y cotidianas, es distinta y única; la forma en la que dispone los elementos de la narración siempre más cerca del relato y el cine, que de la serie en serie. 

También, como he visto mucho por YouTube, se la puede ponderar por la conexión ajedrecista de sus referencias. Que el plano de Kim llegando al aeropuerto de Albuquerque es el mismo de Walter en no sé qué temporada; que el cartel de Exit de la escena del juicio de Jimmy es el mismo que el del juicio de Chuck. En fin. Están muy bien las referencias —sobre todo cuando operan como conectores de la trama, más que como guiños para fans— pero son algo que considero insustancial: apenas ornamentos vistosos en los que estamos invirtiendo demasiado tiempo y que, pasados los días, ni siquiera recordamos, porque no nos invitaron a pensar. Y eso es injusto con una serie que se ha preocupado por todo lo contrario. 

Elijo destacar un aspecto que cristalizó en esta última temporada: el poderío de la palabra minuciosa puede agujerear más cráneos que cualquier balacera. 

Convencer, sobrevivir

Al igual que Sherezade durante mil y una noches, Saul ha vivido para convencer a otros de algo: a su hermano de que podía convertirse en abogado; a Kim de que existía una forma del amor en la que ellos encajaban; a sus clientes potenciales de que podía sacarlos de la cárcel; a Lalo de que no lo mate; a los viejos de Sandpiper de que ganarían el juicio; a Marion, de que había perdido a su mascota. Ninguna acción de Jimmy se dispara sin que antes lo haga su única arma: la capacidad de repentización verbal ante una situación cuyas palabras podrán modificar. 

Aristóteles lo llamó retórica, un mecanismo discursivo que las personas activamos para convencer, para persuadir, amparadas en el universo de lo creíble. 

Sin la retórica como disciplina, no hay otra razón para que sigan existiendo los spots de políticos mirando a cámara mientras prometen, en el plano de la palabra, todo aquello que podrá o no tomar forma en los hechos. No hay otra razón para que la publicidad invierta millones en convencernos, por ejemplo, de que ensuciarse hace bien. En el mundo de lo creíble, siempre estaremos dispuestos a creer. La abogacía parte de ese precepto: por lo pronto, elige creer en una serie de convenciones enunciadas en códigos y leyes. Pero entre las leyes y los hechos están los seres humanos, aquellos que tienen la capacidad de enunciar, pero, ante todo, de volver cualquier hecho objeto de interpretación. 

Es en ese juego de interpretación donde el resbaladizo Jimmy encontró su pista de despegue. Entendió como nadie que la ley es un texto ortodoxo, pero las acciones humanas contempladas en ella, no. Ally McBeal y Matlock jamás se atrevieron a tanto: estafar dentro del oficio o, lo que es lo mismo, servirse de todas las herramientas (lícitas o no) para convencer a otro de algo habilitado por su siempre encendido sentido de la oportunidad. 

Ser abogado es su manera de ser otro, siendo él mismo. Su ego no le permite esconderse tras un antifaz, pero sí camuflarse, paradójicamente, en la exageración multicolor, lejana a las convenciones aletargadas de una corte. Su vestimenta es, también, un ejercicio retórico. A diferencia del súper héroe y el disfraz, Jimmy necesita y quiere ser reconocido. Esa es su ambición. Su disfraz no se esconde en ninguna guarida, lo arma incluso a la vista de todos para que penda de una percha de shopping mientras comienza la última mutación. De Jean a Saul, de Saul a Jimmy. 

Su afán no es superarse a sí mismo —sus acciones siempre están cargadas de bajezas para cumplir la meta— sino superar la imagen de fracasado que le han endosado desde el día uno en que se salteó una regla. Quizás, de haber sido honesto en el diálogo con Mike a la vera del pozo de agua en el desierto, hubiese sido ese el momento fundacional al que regresar con la máquina del tiempo. 

Así como la semiótica —esa querida ciencia en desuso— se remontaba hasta el mito bíblico acerca de que Dios creó con la palabra para explicar que nada en el mundo es ajeno a un sistema de signos, o Heidegger afirmaba que solo hay mundo donde hay lenguaje, en Better Call Saul es la palabra la que construye, habilita y destruye. Jimmy se inventa a sí mismo con base en las palabras “Better Call Saul”; se hunde en el principio de un viaje sin retorno moral al cambiar las letras de una dirección que derivarían, más tarde o más temprano, en el suicidio de su hermano; se defiende a sí mismo con una hábil narración de hechos y logra siete años de pena en vez de ochenta; se redime en su último discurso donde Saul vuelve a ser Jimmy ante los ojos de Kim, la única que para entonces le importa. 

Compasión y temor

El componente dramático —en el sentido teatral— impregna toda la serie como un recurso que le roba a la parodia un poco de su desparpajo y a la tragedia un poco de su compasión. Jimmy antes que abogado es un performer, un sujeto dispuesto a suspender todo aquello que lo conecte con sus moléculas más genuinas y, en cambio, lo parapete en el escenario donde se mueven quienes representan algo. «Showtime Folks» frente al espejo del baño.

Fuera de la corte, Jimmy sigue representando o armando —como un director— las escenas: tanto como para convencer con acciones a alguien (la recreación del juez con el brazo quebrado que hubo que filmar dos veces) o en su creación máxima: los avisos publicitarios de Better Call Saul, aquellos que le otorgaron su constreñida gloria y también fueron la estocada final de su actuación. 

Así como en la antigua Grecia la tragedia era una de las maneras que el Estado encontraba para amedrentar y adiestrar a las almas inquietas que se encontraban en las graderías con obras que “movían a compasión y temor”, Saul también tiene un público permeable a la empatía delante de cada acción como abogado. El espacio escenográfico es la corte; sus espectadores: el juez, los fiscales o, en su defecto, los jurados. 

Esta posibilidad de perfomar es fértil sobre todo si contemplamos el sistema legal americano que tantas veces vimos en las películas o en las series (desde 12 Angry Men, The People v. O.J. Simpson o Making a Murderer): el acusado ya no depende solo del rejunte de pruebas en su contra o a favor, sino de la interpretación que hagan doce empleados públicos, llamados a cumplir su obligación cívica con el sistema. El juicio, así planteado, tiene un halo de representación teatral, —incluso de ritual: juran sobre la Biblia— donde hay un público —el jurado o el juez— que opinará seducido o espantado ante aquello que ocurre frente a sus ojos.

Jimmy ejerce su oficio amparado en la premisa de que su traje es un disfraz, uno con el que puede exponer sus habilidades con solvencia, a la vista de todos, ser invencible. Kim, otra escuela, también tiene esas habilidades —ligadas a un génesis como un personaje de historieta: alcanza con recordar el robo de los aros y la estafa de la madre ante sus ojos de niña— pero tiene permanentemente la duda ética que en Saul es inexistente. 

Si la Kryptonita de Saul es su afán de reconocimiento —a su vez, aquello por lo que se mueve—, la de Kim es esta duda ética. Al igual que su novio, tiene las habilidades e incluso parece superarlo en sagacidad, pero su escala de valores colisiona con sus puestas en escena. Kim por lo general se arrepiente y mientras en Breaking Bad Saul eligió lavar dinero, ella intentará lavar su culpa hasta el final. ¿Cómo? Usando un disfraz que derogue sus poderes. Es esa nueva Kim que nos dio pena, vestida como una buena samaritana de la Florida, hablando como cualquiera de nosotros en el almuerzo de trabajo acerca de la mostaza o, lo que es peor, de cosas que no le importan a nadie. Esa no es nuestra Kim. 

Un amor de películas viejas

Decía Alain Badiou en su Elogio del amor, que “El drama amoroso es la experiencia más clara del conflicto entre la identidad y la diferencia”. 

Pocas veces vimos en la televisión una historia de amor tan sólida que pueda prescindir, sin reclamos, de la pasión. El vínculo de Jimmy y Kim se funda en un origen que los signó a ambos, que los identifica y que han intentado disimular o torcer. El amor se construye entre ellos como una entidad que cuida y destruye al mismo tiempo, porque aquello que los une es la diferencia de criterio que terminará por separarlos.

En una línea similar a la dupla que proponía House of Cards, donde el vínculo amoroso constituía, como también dijo Badiou “la creación de un nuevo punto de vista sobre el mundo, el punto de vista de los dos”, en Better Call Saul el amor funciona como la realización de poder ser uno mismo con el otro. Al llegar al apartamento Kim se despojaba de sus zapatos de abogada con la desesperación de una actriz detrás de escena y pocas veces vimos a Saul deambular en el living con su traje multicolor. Puertas adentro y liberados de los atavíos, compartían sus escasos momentos de verdad. 

Con Kim, Jimmy puede callarse. Dejar de actuar, aunque no de mentir. Con ella suprime la verborragia que lo ampara porque ella lo conoce y no necesita diatribas de ningún tipo para corresponderlo. Kim fue la única que lo conoció realmente y no le demanda lo que el resto: que sea otro. 

Todo lo que era performance y palabras para convencer en el día a día de cada uno, se suprimía en ese espacio silencioso que era el ámbito de su intimidad. Allí eran Jimmy y Kim, tan reales que dolía verlos en el balcón arrojando botellas de cerveza al estacionamiento o en el silencio de la luz del living, siempre tenue, apenas iluminada por la pecera, mirando películas en blanco y negro, ajenas al amarillo de Alburquerque y anticipatorias de sus propias vidas en el futuro. 

Si no fuera porque sabemos que Jimmy siempre obró para su beneficio, podríamos decir que, desde Kim en adelante, sus sucesos más graves fueron un acto de amor. Pero como se trata de Jimmy, el que no da puntada sin hilo, sabemos que ayudarla a recuperar Mesa verde más que un acto de amor, fue un acto de venganza. Un antes y un después en la gama de oscuridad del personaje, como lo fue, con un impacto más claro, la sobredosis de Jane a los ojos de Walter. 

Fuera de esa intimidad y queriendo sortear el aburrimiento —quizás el aspecto que los une más que cualquier otra cosa— Jimmy y Kim establecen un código en donde la palabra habilita la oportunidad de jugar a ser otros, pero juntos. Jimmy es, ante todo, un estafador: el delincuente que, para lograr su fin, no necesita otra arma que su lucidez y su capacidad de hablar y convencer. Kim también lo es, pero su barrera moral se le prende como una marquesina y solo se apaga cuando necesita un shot de diversión y de zafiro añejo. Lo que para Kim es un juego, para Saul es la única forma que ha concebido de vivir la vida: mentir, hablar, mentir.

Better Call Saul no es una serie de impacto, sino de secuencias. Así como priorizó al personaje secundario y le dio la entidad que realmente tiene en toda historia bien confeccionada, hizo lo mismo con la velocidad de la narración y el detalle. Los objetos también fueron personajes en esta serie —incluidos en el relato como cuando se cuenta una anécdota sin prescindir de su importancia para el desenlace— al focalizar en lo ordinario y convertirlo no solo en una sucesión de planos memorables, sino en hacer hablar al universo de las cosas (un roll de canela, un peaje, un tarrito de jugo de limón, una tapa de tequila) y otorgarle la responsabilidad de construir sentido al servicio de la historia. 

Better Call Saul es un producto de masas que, aun jugando el juego del sistema del que forma parte, no sacrifica el planteo con arte, pero, sobre todo, el contenido que propone alguna traslación neuronal. Extrañaré el ejercicio de todos los martes.

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