En su Paraíso: sobre Tiempo sin claves, de Ida Vitale

Francisco Álvez Francese escribe sobre Tiempo sin claves, último libro de poesía a la fecha de Ida Vitale

Tiempo sin claves es un libro sobre la memoria que parece regirse por esa frase de Adam Zagajewski que Ida Vitale recuerda en uno de sus ensayos sobre el escritor polaco, según quien «El tiempo arrebata la vida y devuelve memoria». El tema se hace presente entonces en este libro de poemas porque hay algo que la llama, una fuerza vital que no se resigna a la fatalidad del mundo.

Vuelvo a ella, a sus propias palabras, para encontrar una manera de leerla: para, viendo cómo lee Ida a sus poetas escogidos, abrirme paso por su obra, que con este volumen suma nuevos versos. En un ensayo sobre Homero Aridjis, por ejemplo, leo una frase que ofrece un punto de partida. Dice ahí Vitale que «La poesía se constituye así, una vez más, en memoria, en la más legítima de las memorias». Desde otro lado, con otras búsquedas y otros descubrimientos, ella construye y reconstruye también un espacio difuso donde los recuerdos se enfrentan a la negatividad acechante, al olvido, a la vez que el quehacer poético se encuentra siempre estrechamente ligado con el acto de rememorar. 

Si hace unos años, en el texto «De la poca memoria», incluido en el libro Trema (2005), la poeta se preguntaba «¿Cómo perdí el desmenuzado caballo / en las provincias sueltas?», en este libro la cuestión pasa más bien por lo que perdido vuelve, ese paraíso que encanta a Vitale como un lugar en el que el tiempo aparece borroneado, detenido, una parcela de eternidad absuelta del devenir, que está a la vez en el pasado y en un porvenir indescifrable. Así, mientras en «Contrahierba» su pareja de tantos años Enrique Fierro reflexionaba sobre el amor y afirmaba que «el paraíso es un parque donde / crece el árbol del paraíso», en una duplicación especular de las palabras parónimas que se miran asombradas, sobre todo a partir de la sección del libro dedicada precisamente a Fierro, Vitale hace múltiples referencias a ese mismo (o, acaso, otro) paraíso, en versos que juegan también con los dobleces del lenguaje. «El Paraíso», dictamina seguro un verso en el que la palabra aparece con una p mayúscula primero y minúscula después, y «¿acaso el paraíso?», se pregunta enseguida, como dudando de sí misma, para aclarar «Un paraíso de árboles y cielo», y cuestionar, esta vez entre guiones, lo dicho «—pero en el cielo», con c minúscula, «¿cómo ver el Cielo?—», esta vez con mayúscula. 

Porque, después de todo, en su constante corrimiento de los significados, su apuesta a la multiplicidad de interpretaciones, su deleitación en la aliteración, la rima, la construcción de un ritmo a través de los versos medidos o libres, la poética de Vitale es una poética del escepticismo, de quien anula las grandes dicotomías y queda en un área abierta a la contradicción: «Ahora es ayer», dice más adelante, en este territorio pantanoso de la memoria en el que los tiempos transcurren sin orden, en el que todo se mezcla y las cosas renacen y desaparecen como en una niebla que se asemeja mucho a la que puebla cuadros de J. M. W. Turner como el que sirve de portada de la edición de Estuario.

En un poema como «Tiempo variable» se introduce, para abundar en este sentido, el pronóstico del tiempo atmosférico como esa tentativa adivinación del futuro que, sin embargo, nos distrae del paso de los años, ese otro tiempo que «nos lleva al infinito más del daño». Hay algo de sorpresa en este libro, algo de aprendizaje a vivir una vida inédita, después de la partida del ser amado, una vida que lanza una mirada hacia atrás, casi estoica, deseando no el ocio, sino «algún leve deber». Por eso estos poemas logran momentos de tanta intensidad: porque dejan ver, como en los entretelones de sus construcciones meditadas, en sus formas reposadas y firmes, una emoción cruda, el dolor del duelo y también la determinada alegría que la lleva a la mesa de trabajo, a los papeles, a abrir el tiempo como una hoja en blanco, atravesarlo, estar a la vez en el hoy y en el momento inicial.

«Voy por un nuevo reino», afirma en medio de un recuerdo infantil, «y todo es muy distinto», agrega un poco más adelante: lo desconocido, el tiempo sin claves, aparece como una aventura de la poesía, un destino que se acepta, el comienzo de lo distinto radical. «Muchas cosas se dan al margen de las palabras», dice en «Compensaciones», y, como un ruego, agrega: «Que no se pierdan en la sombra / las que quizás alguien espere».  Esas cosas que habitan en lo que no tiene lenguaje son como el pájaro del poema que con contundencia cierra este libro breve y condensado, lleno de sugestiones.

El pájaro que no tiene nombre, o cuyo nombre no se retiene, ese pájaro no identificado, es también el pájaro que «No tiene nido o ha perdido el rumbo». «Qué soledad», exclama el verso, «como de ser sin alma», y parece hablarnos con la voz de Walter Benjamin, que en su ensayo «Sobre el lenguaje en general y sobre el lenguaje de los humanos» (en realidad una carta a su amigo Gershom Scholem) se lamenta por las cosas, que no pueden hablar, y para quien, después de la Caída, «La naturaleza es triste porque es muda». Así, la incapacidad de proferir del pájaro en la lluvia, perdido en una tempestad que se siente como una persecución para el animalito, presa de todo, es pronto un recuerdo que se dispersa, un instante de claridad que desaparece solo para habitar luego ahí, en un poema.                                    

«De la memoria sólo sube / un vago polvo y un perfume», decía Ida en una de las piezas de Sueños de la constancia (1984), y todavía eso es cierto: la memoria no deja de ser apenas una sombra de lo que fue, pero también es verdad que ese perfume es mucho. Y que puede serlo todo.


El texto es una adaptación de lo leído en la presentación del libro de Vitale, el 23 de setiembre de 2021.

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