El silencio en familia: sobre «Delia», de Victoria Pena

Delia (2021), de Victoria Pena, en la mirada de Monserrat Cabrera

A pesar de su timbre de voz agudo que retumba en todos los rincones de la casa cuando hablan por teléfono o expresan algo para sí mismas, mi abuela materna y mi madre son mujeres calladas. Calladas aunque disfruten hablar horas y horas y en detalle de las cosas que vieron en la tele, de lo que escucharon en la radio, de lo que leyeron, de lo que les dijo un vecino o una compañera de trabajo. Calladas sobre sí mismas, gritonas sobre todo lo demás. 

Mi abuela nunca habla de su pasado, o al menos no de las partes dolorosas. Mi madre tampoco habla de lo triste o negativo desde un lugar demasiado emocional. Cuando tienen que hablar de enfermedad, de muerte, de desgracias, su postura es más que nada informativa, sin dar muchas pistas de los efectos que esas cosas tuvieron en ellas. Como si la carga emotiva de los sucesos fuese inherente a la información y, por lo tanto, no tuvieran que demostrar nada con su propio sentir. Es muerte, es obvio que significa tristeza, es enfermedad, es obvio que significa una presencia diaria en el sanatorio, es el mundo, claro que es angustiante, no es necesario decirlo. Cuando era más chica, pero ya agnóstica, le pregunté a mi madre si creía en el infierno. Y pienso muy seguido en su respuesta: “No, solo creo en el cielo”. Lo dijo como si fuese una decisión deliberada, lo dijo como una postura elegida. 

A mí, que recibo quejas constantes de mis amigos por la falta de decibeles durante las conversaciones y que incluyo en demasiadas ocasiones oraciones que comienzan con: “mi psicóloga me dijo”, este modo me resulta tan curioso y desesperante en los demás como imposible en mí misma. Pero a su vez, todo lo que hace la diferencia entre lo que hablo, y ellas no, lo que callan y yo no, siempre son fuentes de malestar y angustia. Esto siempre fue suficiente contrapeso para mis deseos incisivos de saber qué siente el otro con lujo de detalles, para poder entenderlo en su dolor tanto como el lenguaje me lo permita. Pero siempre me dio miedo escarbar mucho en ellas, porque así están bien, porque no quiero subestimar su manera de estar bien e imponerles la mía, que me es tan inevitable como contraproducente. Y que tampoco es tanto una manera de estar bien, más bien todo lo contrario.

“Yo me lastimo un dedo y me lo tapo” dice Delia en el documental uruguayo que protagoniza y lleva su nombre, conversando por encima de la cámara con Victoria Pena, la directora, haciendo referencia a todo lo que guardó durante años en su silencio y en cuadernos llenos de poemas y escrituras. La película expone los pensamientos y sentimientos de una mujer que se dedicó a sus hijos y a su hogar sola durante los once años que su esposo, Jorge Mazzarovich, estuvo preso durante la dictadura militar. Una mujer que siempre estuvo a la sombra de su marido como figura política y cuya vivencia en un hecho histórico tan relevante para nuestro país también fue desplazada por el gran interés que siempre suscitó la de él. La magnitud y el peso simbólico de la figura del preso político hizo que la historia de él se asumiera como la historia familiar, lo que deja a Delia con su propia historia a un costado y asumiendo un papel secundario. A partir de los cuadernos que Delia le cede a “Pitoka”, la directora, amiga de la familia Mazzarovich, se recupera su propia vivencia, llena de sentimientos de soledad, de dolor, de miedo, de desesperanza y de las complejidades que implican la frustración personal y los deseos de libertad, condicionados por el amor profundo de una madre por sus hijos y de una mujer por su amado.

En este sentido, el documental es, por un lado, un proceso de descubrimiento de Delia como individuo, con una identidad que no depende y que no existe solo en función de los hombres de su vida. Pero también oficia de diálogo entre ella y su familia, para romper con lo que la directora menciona como “los silencios que muchas veces las familias decidimos resguardar”. Silencios que, muchas veces, son un acuerdo implícito entre todos y difíciles de romper tanto por quien los guarda como por quien lo percibe, cuando siquiera se perciben. Quizás para no ver a nuestros mayores vulnerables o condicionados por lo que nos une a ellos, quizás para no hacernos conscientes de dolores y frustraciones que no podríamos calmar. Pena, con la cercanía y confianza que se nota en las “entrevistas” y hasta en los ojos de los personajes al dirigirse a ella, construye un diálogo entre la protagonista, su esposo y sus hijos. 

Las reacciones de los hijos al leer los poemas seleccionados por la directora denotan una combinación entre asombro y algo que se asemeja a la culpa, de nunca habérselo cuestionado, o de no haberlo notado, que quizás sea parte de la visión nublada que tenemos de alguien cuando está tan cerca. Pero en esos descubrimientos sobre su madre, igual la reconocen, especialmente en sus contradicciones, como reflexiona Santiago, el menor, que, en la lectura de un poema sobre viajar y escapar, comenta que siempre que Delia estaba fuera de su casa parecía querer volver.

Por eso es la escena en la que Jorge habla con ella sobre lo que leyó la más devastadora, porque es la más visceral, la más cruda. Jorge admite, con esa honestidad que solo puede otorgar la edad, que hubiera preferido no saber nada de eso, que hubiese sido otra cosa saberlo en el momento, que qué había para hacer ahora. Y a pesar de esto, personalmente, me es imposible juzgarlo —y de hecho la película no lo hace— porque me pega exactamente en el miedo a buscar y descubrir. Pero, además, porque esta instancia le da lugar a Delia de defenderse, porque es en este intercambio que ella se apropia de su historia en voz alta. Trasciende así de ser la mera exposición de sus heridas ante su familia y de las repercusiones en ellos ante nosotros, a ser un intercambio familiar en el que ella reafirma su verdad. Porque en ese desacuerdo con el planteo de Jorge vemos por primera vez, en lo que dura la película, al personaje manifestando su individualidad abiertamente, destapándose la herida y haciendo que la vean, sin exigir un reconocimiento, pero haciéndose del derecho a no estar tapándola.

Las expresiones de Delia hablan de sentimientos y lugares comunes a todas las mujeres, y ella es tan consciente de esto cuando escribe como lo es la obra en sí. En ocasiones de manera literal, como con la inclusión del poema que dice “cómo me gustaría no ser mujer” y describe las añoranzas compartidas de todo lo que querríamos ser y hacer para lo que sería mejor no ser mujeres. Pero esto se ve también de manera más sutil, que muestra una cámara y un montaje atento a los tiempos y a los espacios, generando una secuencia que bien podría ser el resumen perfecto de la película: Delia y Jorge están en un acto político, sentados uno al lado del otro. El plano medio cerrado se contextualiza de manera sonora. Entre los reiterados saludos, alguien se acerca a Jorge, que se levanta para saludar y se queda conversando. La cámara no se mueve, el cuerpo de Jorge tapa a Delia, que lo mira, mira para los costados y logra esconderse todavía más cuando se inclina para comentar algo con la mujer sentada al otro lado de su marido. Pero se reincorpora y Jorge continúa parado. El plano es largo, vemos a Delia detrás y abajo, silenciosa, acompañante. Corte a una burbuja en el cielo y el comienzo de un poema, pero a diferencia de los demás, que relata la directora, en la voz de Delia. 

En función a la forma y la estructura, es necesario por eso hacer especial mención al montaje, que en una obra documental es la instancia más pesada de la construcción narrativa. Esto se acentúa en aquellos proyectos que, como Delia, tienen un proceso de descubrimiento, más de búsqueda que de plan y, por lo tanto, la cantidad de material bruto, requiere de un tratamiento del montajista, como el de un escultor frente a un bloque de mármol. La directora cuenta que pasó siete años filmando a Delia, que originalmente la historia se iba a construir sobre el intercambio epistolar entre ella y Jorge durante su condena. De no haber habido una voluntad de la protagonista de destaparse el dedo, de mostrar que había más que cartas, que había algo no solo más personal, sino también más honesto, la película hubiese sido otra. Hubiese sido, sí, una película que desplazaba la mirada y el sujeto de la historia, pero hubiese sido en cierto punto, un retrato en función a su esposo, replicando nuevamente lo que ahora intenta deshacer. Sin embargo, esta construcción a través de sus sentires más privados, más propios, que no compartió ni escribió para ser compartidos, logra que a nivel de forma y recursos se reitere el mensaje. Esto es, a mi parecer, lo más cercano que una obra puede estar de la demostración de un teorema matemático, algo que cierra perfectamente, que no tiene restos ni faltas y que se comprueba redondo. De la misma manera, la frustración oculta de realización personal de Delia, que hace gran parte de la película, cierra su arco con su propia existencia como obra.

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