Mayte Marichal lee el último libro de Francisco Álvez Francese
Uno de los momentos de caída más rotundos en mi vida, autodefinida memoriosa y recordadora profesional, fue hace unos años, cuando me olvidé por primera vez del cumpleaños de mi padre. No lo podía creer; esto es envejecer, me convencí. Después le siguieron una brumosa serie de eventos perdidos: el año en que se murieron mis perros, qué me puse en la fiesta de quinceañera de mi mejor amiga, las primeras salidas a bailar, besos que le di a gente que me gustaba, qué hacía en 2016 además de estudiar en la facultad. Todo aquello que tenía un valor especial en la selva de los recuerdos comenzó a difuminarse, a volverse niebla, a mezclarse con recuerdos de sueños, ideas pasadas y lecturas. Las memorias que formaban redes de sentidos comenzaron a desentenderse entre ellas, a sobreponerse las unas a las otras y así, de a movimientos inesperados, conformaron un nuevo misterio personal, indefinido, a la espera de un algo que lo nombre.
Las invasiones es un libro que crea un mapa personal para darle sentido a las intrigas y oscuridades del olvido, ese espacio fascinante y terrible. En una de las tramas del libro, algo que inicialmente parece ser un malón pero luego es un invasor desconocido, sin nombre y forma precisos, acecha y amenaza a una ciudad francesa en La Pampa. Nunca se ve a los invasores, pero sí su paso por la ciudad, sus embarcaciones. Los eventos no se muestran, los nombres no importan. Los acontecimientos, parecería, suceden por fuera de lo narrado.
Al comienzo del libro, uno se siente invadido por una sensación de extrañamiento espacial ante la presentación y natural convivencia en las primeras páginas de ciudades francesas con ciudades rioplatenses, indios en Rennes, panaderos en Saint-Malo haciendo postres chajá; Saint-Malo, ciudad portuaria fortificada que recuerda a otra más al sur, a orillas del río más ancho del mundo. La deslocalización es también temporal, malones de indios en tiempos de páginas web y celulares. ¿Dónde estamos? ¿Qué espacio se está proyectando y creando en las primeras páginas?
Los habitantes de Saint Malo especulan y buscan una explicación ante el ataque en libros, manuscritos, teorías y conspiraciones. Una pareja lee los escritos de un tal Snobby Price, (como el pintor y con artist de la obra de teatro Major Barbara (1905), de George Bernard Shaw), muerto en unas de las explosiones. Un niño sugiere que el evento es el sueño de alguien; Lena, uno de los personajes, se imagina a Snobby Price, de quién está leyendo e intentando traducir sus textos, como el soñador —el escritor es aquí, creador de mundo.
Los diferentes personajes de Las invasiones abandonan el hogar: una pareja huye expulsada por ese gran otro que invade su ciudad, un hombre busca a su amada en un nuevo país, con su cuerpo invadido por ese gran otro que es el amor. Están en constante movimiento. Cuando se deja la casa, la primera patria, uno cambia la imagen que tiene de sí, el plano donde se estuvo parado hasta ese momento se hace inestable y el reconocerse a sí mismo se vuelve tarea imposible. Para los invadidos, el otro desmonta firmezas y nos expone a la endeblez de las imágenes y los pensamientos que tenemos de nosotros mismos:
«Después encontré un camino que parecía descender el monte haciendo zigzag y me dejó en el centro de un pueblo repleto de flores donde viví los primeros meses de mi nueva vida. Porque entendí que este mundo no era ya mi mundo, que no era aquí donde había crecido […] Siento que voy perdiendo los recuerdos del otro lado, que se mezclan con los pocos que produzco en este extraño país».
El personaje, sin nombre, que escribe estas palabras en su diario va al encuentro de Susana, a quien conoció brevemente pero ante la desaparición de ella, inicia un viaje de búsqueda que se transforma —como siempre sucede en la aventura del amor— en un encuentro consigo mismo, y así, motivo de deseo y también de desconcierto. Hay en este personaje cuasi caballeresco una necesidad misteriosa: su exploración espacial buscando a su amada, su andar entre ciudades y pueblos acompaña una realidad invadida por él, no meramente externa pero tampoco íntima; es por esto que su experiencia se aproxima a los sueños, confusa, con imágenes sobrepuestas, por fuera de conexiones significativas, pero que en ningún momento resulta extraña. Los papeles de Susana, que el tío de la joven le deja al enamorado, se plantan como auténtico enigma provocador del tránsito y, por consiguiente, sus movimientos terminan por dibujar un mapa, donde la escritura queda como único testimonio no de los hechos como sucedieron, sino de la fragilidad de la memoria y la arbitrariedad del olvido frente a lo acontecido. Ante esta ausencia —la de Susana y la de los acontecimientos—, el registro escrito crea un cuerpo y con esto una voz que trae palabras.
Ese mapa, “the imagined land” como cita el epígrafe de Wallace Stevens que da comienzo al libro, crea un orden ante la saturación de la realidad. “Mrs. Alfred Uruguay”, el poema de Stevens citado, —aunque Álvez Francese decide dejar afuera el Alfred cuando lo nombra— evidencia el vacío de lo que percibimos como realidad y la necesidad de volverla una expansión elaborada de nuestra imaginación. En el poema, Mrs. Uruguay no ve razón en lo que parece una falsificación sin sentido; para el poeta, ante todo, el principio ordenador del estilo, ese modo de decir el mundo.
En Las invasiones, el lenguaje ordena e intenta recuperar el pasado; se detiene en la materialidad de las cosas, en la comida, en los olores, en las texturas de las telas como rutas de acceso y comunicación entre los hechos y los olvidos, que en su presencia alivian la densidad eerie de la evocación; ya Marcel Proust escribió hace un siglo y Felisberto Hernández afirmó hace menos que es el mundo de los objetos quien nos arroja recuerdos que de otra forma, no saldrían a la superficie. Hacia el final, una urdimbre de oraciones subordinadas enlaza eventos, imágenes, emociones permeadas por la debilidad de la memoria pero que son sostenidos fuertemente por ese signo de puntuación tan escurridizo como la coma, logrando mantener un escritura que parece ir al mismo tiempo que la respiración y el pensar del narrador.
Al mismo tiempo, Álvez Francese desenrolla con el lenguaje un plano de superposiciones geográficas y trasiegos que se dispersan como espectros, pasando por Saint-Malo, en la costa bretona de Francia, hasta el arroyo Tropa Vieja, en el departamento de Canelones, con realidades, imaginaciones y ensoñaciones que se entrecruzan y se confunden entre ellas, creando un espacio ideal. Ante la fuerza destructiva del olvido y la tentación de la nostalgia, solo nos queda la manipulación creativa de la memoria: inventar una cartografía para perderse en ella y ganarle al miedo, dibujar nuevas calles y pasadizos sobre los diferentes lugares donde vivimos y crecimos. Las invasiones responde, ante este caos, siendo varios libros en uno: es una novela corta, pero también es un ensayo sobre la memoria y la creación, un diario personal, un poema en prosa, un atlas para armar, y la continuidad natural de los dos libros anteriores del autor, Los restos del naufragio (2019) y La noche americana (2020), dos obras que presentan formas de enfrentarse ante el poema y sus enigmas y que comparten con Las invasiones una intención de combatir la vorágine ordenando el mundo a partir de la selección de imágenes y sentidos, ajenos y propios, como acto de creación.
Las invasiones continúa una línea montevideanísima de destrucciones y ataques, que delineara Amir Hamed en el libro Orientales: Uruguay a través de su poesía (1996), donde relaciona la violencia revolucionaria y de la guerra civil contra Montevideo del siglo XIX con la producción literaria y cultural, que comienza el siglo XX en igual “estado de emergencia”. Así, las irrupciones extranjeras, el adentro/afuera, los límites quebrantables, las extraterritorialidades políticas, geográficas y literarias trazan recorridos que pasan por la poesía gauchesca, Acuña de Figueroa, Isidore Ducasse, W.H. Hudson, Horacio Quiroga, Jules Supervielle, Amanda Berenguer hasta llegar a poetas contemporáneas como Carolina Silva Rodé en Buenas noticias (2021). Estas infiltraciones llevan a metamorfosis y transformaciones, seudónimos, ser uno y ser otros, lenguas locales y extranjeras que se desplazan en esa cartografía que se da a llamar literatura uruguaya. Es por el ataque de la desmemoria y la incertidumbre que nos deja que existen relatos, monumentos, ciudades como recaudo, porque cuanto más retrocede el pasado más avanza la imaginación, edificando sus principios en lo borroso.
Cuando leí Las invasiones en octubre del año pasado, hacía ya un tiempo que pensaba en el alivio reciente que me generaba saber que lentamente me olvido de ciertos acontecimientos a los que antes me aferraba como si guardaran alguna explicación ante determinados desconciertos en la vida. Me olvido de los eventos que considero en su momento relevantes, no voy a poder contarlos con exactitud, balbucearé ideas asociadas a esos recuerdos, los confundiré con sueños y ensoñaciones; en el momento en que sentencie la importancia de un suceso voy a comenzar a olvidarme de él. Durante esos días pensaba que cada memoria que traía con palabras al presente venía con una confusión de líneas temporales. Últimamente, me pasa que cada beso que le doy en la mejilla me recuerda a otros del pasado y aunque diferentes, voy a pensar que estoy repitiendo un mismo momento con una misma persona, que no es la que fue y no es la que es ahora. Esta alteración temporal, este pliegue de la memoria sobre sí misma, que afirma en su totalidad al presente me dice, de forma temblorosa, que quizás estoy enamorada de nuevo. Veo cosas que mis recuerdos incompletos imaginan, ya no me interesa reproducirlos como una película, ni formar una sucesión de sentidos entre ellos. Si no me acuerdo de por qué me hice en octubre de 2021 un estudio médico en el corazón que acabo de encontrar guardado le pregunto a mi amiga Mariana, que se ha convertido en un mejor baúl de mis acciones pasadas que yo, quien invoca una serie de desmayos que tuve por semanas. Cierto, le digo. Es entonces que los acontecimientos pierden sus límites, se mezclan con otros que vinieron antes, que definen el alcance y la magnitud de los nuevos, y ya no importa la acción misma, ni siquiera que sea mía o lo que yo haga con ella, sino que el propio recuerdo va a tejerse con otros como así él lo establezca.
Acompaña este texto una obra de Liliana Farber, perteneciente a la serie Isolarii.

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