Los hijos del nadaísmo: sobre la poesía de Luis Ernesto Valencia y María de las Estrellas

Boris Monneau recorre parte de la vida y la obra de los poetas colombianos Luis Ernesto Valencia (1958-1968) y María de las Estrellas (1967-1981), vinculados al movimiento nadaísta

Buenas noches, señores. Ustedes están diciendo que nosotros somos nada. Pues lo están diciendo en serio porque nosotros somos nada. Y no nos merecemos nada. Y no somos de aquellos increíbles tétanos que daban esa vez sin las inyecciones que llevan mi nombre en la patria de los ratones.

María de las Estrellas, La casa del ladrón desnudo

Para ser poeta / hay que ser Tarzán / porque si no se es Tarzán / no se puede ser poeta.

Luis Ernesto Valencia

No es tan raro que los niños escriban poesía: algunos ejemplos notables de poetas cuyas obras fueron publicadas y a veces reconocidas tempranamente fueron las estadounidenses Hilda Conkling (1910-1986), cuyos poemas orales fueron apuntados por su madre entre sus 4 y 7 años y su primer libro, Poems by a Little Girl, fue publicado en el año 1920, y Nathalia Crane (1913-1998), quien escribió un libro de poemas, The Janitor’s Boy (publicado en 1925), a los 10 años; las escocesas Marjorie Fleming (1803-1811), que escribió un diario y varios poemas admirados por Stevenson, publicados 50 años después de su muerte, y Helen Douglas Adam (1909-1993), que publicó su primer libro, The Elfin Pedlar, con sus propias ilustraciones, a los 14 años e, instalada en San Francisco en los años 50, se vinculó con el movimiento Beat; la uruguaya Circe Maia (nacida en 1932), cuyo primer libro, Plumitas, se publicó cuando ella tenía doce años; la rusa Nika Turbina (1974-2002), que publicó su primer libro en 1984, por el cual recibió el León de Oro de la Bienal de Venecia y, casada a los 16 años, se suicidó a los 27; la argentina Delfina Goldaracena (1990-2006), que con 8 años empezó a publicar en revistas y en la antología Poesía en el subte y murió en un accidente de tráfico; las francesas Sabine Sicaud (1913-1928), que empezó a escribir con 6 años y publicó su primer libro, Poèmes d’enfant, en 1926, para morir de osteomielitis dos años más tarde, Gisèle Prassinos (1920-2015), cuyos textos automáticos escritos a los 14 años fueron descubiertos y alabados por los surrealistas y publicados a partir del año 1935 junto con sus dibujos, Minou Drouet (nacida en 1947), quien publicó su primer libro de poemas, Arbre mon ami, con 8 años, y se convirtió en un fenómeno mediático, y mucho más recientemente Rose Leca, que publicó su primer poemario, L’horizon de la vie, también con 8 años en 2019. Por otra parte, están los casos de publicaciones colectivas, como el de los niños y niñas de una de las escuelas fieles a la pedagogía experimental de Célestin Freinet, que escribieron el libro La porte de la clé perdue (1979), o los de las antologías Children’s Drawings and Poems – Terzín 1942-1944 (1959), Photographs and Poems by Sioux Children from the Porcupine Day School (1971), Ten Second Rainshower: Poems by Young People (1996), Salting The Ocean: A 100 Poems by Young Poets (2000) o Soft Hay Will Catch You: Poems by Young People (2004)

Sí resulta menos “común”, a pesar de la excepción de Gisèle Prassinos, que los niños poetas escriban en el marco de un movimiento de vanguardia poética y contracultural como lo fue en Colombia el nadaísmo, lo que los sitúa  muy lejos de lo que Roland Barthes denuncia en Mythologies del fenómeno Minou Drouet y su poesía: de ser un reflejo de la ideología burguesa a través de una mitificación de la infancia, que conlleva la optimización del tiempo capitalista o “reducción de la duración humana a un problema numerario de instantes valiosos” a través de la figura del niño prodigio, que realiza en 8 años lo que otros tardan por lo menos 20 en hacer; una imagen “limpia” de la niñez, cierta concepción de lo poético sin aristas ni subversión, y la separación misma del mundo del niño del mundo del adulto. 

El nadaísmo nace en Colombia en 1958. En el primer manifiesto del grupo, Gonzalo Arango resume: “El Nadaísmo en un concepto muy limitado, es una revolución en la forma y en el contenido del orden espiritual imperante en Colombia. Para la juventud es un estado esquizofrénico-consciente contra los estados pasivos del espíritu y la cultura”. En cuanto a la poesía según el nadaísmo, se trata de “toda acción del espíritu completamente gratuita y desinteresada de presupuestos éticos, sociales, políticos o racionales que se formulan los hombres como programas de felicidad y de justicia”.

La poesía de Luis Ernesto Valencia y María de las Estrellas, llevada por este impulso colectivo, al cual se vinculan por la influencia de quienes fueron sus padres adoptivos y espirituales – respectivamente los poetas Jotamario Arbeláez y Elmo Valencia –, es sin embargo sumamente singular por la manera en que cuestionan la práctica de la escritura.
Acabemos entonces con la idea de niño prodigio, para ver más justamente el prodigio propio de esos poemas. 

Para esto, veamos primero cómo esas obras responden a las preguntas que nacen del mero hecho de que un niño escriba y publique, y más aún poesía que se pueda percibir como “adulta”.   Un elemento típico de la recepción de las obras de niños escritores es la sospecha: en su tiempo, tanto Minou Drouet como Nathalia Crane fueron acusadas de fraude. Esta última tuvo que escribir bajo la mirada inquisidora de una periodista para aportar el testimonio de su aptitud. Y la americana Opal Whiteley (1897-1992) fue sospechada de haber falsificado su diario de niñez supuestamente hecho añicos por su hermana, y de haberlo escrito posteriormente, imitando un lenguaje infantil, cuando lo publicó con 23 años bajo el título The Story of Opal.

Los hijos del nadaísmo nos hacen entender que la respuesta a tales preguntas debe de hallarse en la poesía misma. El poema se basta como prueba y experiencia de la verdad o la mentira.

Así, María de las Estrellas le da la vuelta a la cuestión de la autenticidad:

Las cosas que uno se inventa
son los poemas de mentiras
Me da rabia que me publiquen
de poemas lo que es verdad

En cuanto a la edad, que tanto preocupa los jueces literarios, nos dice lo siguiente:

He comprendido 
en la mitad de estos dos pasos 
que un año acaba de pasar 
Cada minuto 
cada segundo 
pasa un año 
porque todos los años 
no empezaron al mismo tiempo 
Empecé este poema 
cuando tenía 7 años 
y ahora tengo 700 

Por su parte, Luis Ernesto Valencia habla como provocador profeta:

Tengo la edad según el ojo
con que me veas.
El mundo se está acabando…
¡Amárrense los cinturones!

El poema se escribe en un tiempo en que la edad no cuenta, en un espacio de intervalos que crea su propia temporalidad: “cumpleaños del tiempo” o “fin del mundo”.  Frente a esa experiencia de un tiempo abierto, la identidad misma del sujeto poético parece desdibujarse y desnudarse a la vez, escindirse o desdoblarse:

Yo ya no soy María de las Estrellas 
Yo ya soy un loco 
Pero esto no lo vaya a escribir 
porque después me hace recordar 
y es muy triste 

/

Los niños
del barrio
donde vive
la mamá
del Monje Loco
por mi pelo me dicen
go-gó.
Los niños
del barrio
donde vive
el Monje Loco
me gritan nadaísta
por todo y mi pelo.
Yo soy
en la misma ciudad
dos personas
nadaísta y go-gó.

Sin embargo el tiempo pasó sobre esos dos poetas que no alcanzaron a conocerse, cuya vida creativa se halló achicada o quintaesenciada, pues ambos murieron antes de los 15 años, uno atropellado por un coche, la otra en un accidente de tráfico. “El único movimiento capaz de acabar con el nadaísmo es el automovilismo”, escribía con fúnebre ironía Jotamario Arbeláez en un texto dedicado a los muertos del nadaísmo, cuyo “profeta”, Gonzalo Arango, murió también en la carretera.

De las dos, la obra de María es la más extensa, y en gran medida está aún inédita. En 1975, con ocho años, publica dos libros, la colección de poemas y cuentos compuestos a partir de sus cuatro años, El mago en la mesa, dividida en partes que corresponden a la edad en la que fueron escritos, y la novela breve La casa del ladrón desnudo. En 2018, una parte del primer libro y la totalidad del segundo fueron reeditados en 100 ejemplares bajo el título Cumpleaños del tiempo. Tres libros escritos posteriormente (Taganga, el conocimiento perdido, Mis amores con King Kong y La vida futura de Jesús) serán publicados en un volumen de obras completas en gestación, a cargo de Michael Benítez Ortiz.

La casa del ladrón desnudo, inspirada en la figura del poeta maldito y nadaísta Darío Lemos (quien escribiría, en una carta a Jotamario Arbeláez del 20 de diciembre 1982, después de que le amputaran parcialmente un pie gangrenado: “Me voy a vivir con Gonzalo y con María de las Estrellas al lado de Dios que es la última posibilidad”), es una novela si bien breve, densa. Un buen testimonio de ello es el primer capítulo, “La primera muerte del ladrón desnudo”, que no parece tener un vínculo narrativo con el resto del libro, sino que es más bien un precipitado de personajes e imágenes que se termina por unas bodas en compañía de Simón Bolívar y de sus hijos, y por la visita de un manicomio, precipitado de cuyo caos emergerá el relato más lineal de los capítulos siguientes, que nos narran las aventuras de ladrón desnudo, ángel damnificado por haberse dejado robar las alas “en el Paraíso donde no había ladrones”, y que intentará recuperarlas en la Tierra. 

El libro conjuga dos aspectos aparentemente opuestos, correspondientes quizás a la doble influencia de su madre y de su padre adoptivo: el fervor religioso y místico de Leonor Carrasquilla, poeta y ocultista conocida como la Maga Atlanta; la irreverencia y la cultura contestataria y literaria de Jotamario  Arbeláez. La novela consigue el equilibrio entre la fábula moral —la búsqueda de un paraíso perdido y la reconciliación con el enemigo— y la poética surrealista con su profusa imaginación onírica y su rechazo de las antinomias: en la última de sus siete muertes, el ladrón desnudo desfallece en cámara lenta bailando con Hitler y es salvado por los indígenas; en otro capítulo, visita la tumba de su cadáver en la Tierra para ofrecerle flores y frutas, y en otro roba una casa en la que se puede ver el sol de noche y la luna de día.Después de haber declarado que la magia era la gasolina de la poesía en el prólogo del Mago en la mesa, María se ve reconocida, durante el Primer Congreso Mundial de Brujería que tuvo lugar en Bogotá en 1975, organizado por Simón González (hijo de Fernando González, cuya influencia fue decisiva en la fundación del nadaísmo) como máxima exponente de la literatura mágica, recompensada con el premio al mejor cuento por La casa del ladrón desnudo.

Bastante alejado del misticismo de María de las Estrellas, aunque comparta con ella algunos motivos religiosos o cósmicos, Luis Ernesto Valencia es más sarcástico, acaso más político —aunque también hay que resaltar la sátira social y el discurso antiautoritario como elementos muy presentes en la obra de María. Dejó unos veinte poemas, que serán también reeditados en Colombia este año por Michael Benítez Ortiz, bajo el título Me llamo Luis Ernesto y lo que más me gusta es comer granizo, una de las muchas frases que improvisaba el Gigoló de los Dioses, tal y como lo llamaron los nadaístas, durante sus charlas o conferencias en discotecas de Cali.
De forma semejante a María de las Estrellas, Luis Ernesto se vincula con el nadaísmo a raíz de su adopción por uno de los poetas del movimiento, Elmo Valencia, El Monje Loco, quién lo encontró durmiendo una noche en la escalera de su casa. Luis Ernesto era el hijo prófugo de campesinos que se fue de su casa a los seis años y llegó andando hasta Cali. Más tarde escribió poemas en las paredes de su cuarto, dictó conferencias, cantó canciones y una noche murió con diez años, arrollado por el vehículo de un heladero. Más aún que en el caso de María, su obra se funde con su vida.

Consideremos ahora lo que hay de común entre los dos poetas. Lo primero sería la reivindicación del movimiento nadaísta. En el caso de María: en “Los nadaístas comen tierra” donde evoca de manera delirante los integrantes del grupo, y en “Al fin del Nadaísmo”, donde imagina la posible muerte y resurrección del movimiento.

Luis Ernesto por su parte escribe:

Si una florecita
se estuviera moviendo
estaría hablando del bien
no del mal
del Nadaísmo
no de Dios.

Y:

Para ser nadaísta
no tuve necesidad de ir a Harvard
a tomar cursos de verano
Bastó que la Estatua de la Libertad
me bajara su antorcha
para encender mi cigarrillo

Ambos tienen también en común la idea de su destino post mortem, de la muerte como objeto de la poesía y como transustanciación de su propio ser bajo la forma de este objeto, pero no como fin. Como un evento abierto a la resurrección o al don de sí, el poema es un “Testamento perdido” (María) o un “Ataúd” (Luis Ernesto) dispuesto para el más acá:

A Berlín yo le dejo la gota de oro
A Rusia le dejo la mesa de 30 mil pesos
A Colombia le dejo a Simbad el Marino
Al jefe de la oficina le dejo todas mis riquezas
Y a todo el mundo le dejo todas mis cosas
Y mi cuerpo se lo dejaré a Dios
Y mi alma se la dejo a mi familia
Ahora ya pueden decir amén

/

Cuando yo muera
no me compren ataúd
búsquenme
                                          pero volando
una cajita vacía
de cartón
y guarden allí mis huesos
hasta que resucite.

Esta conciencia de una finitud se perfila a través del poema, y se refleja en una conciencia de la escritura y del momento de la escritura, como en el poema dedicado por María al suicidio de Alejandra Pizarnik (“La palabra de cada día / es la manzana del amor”). María especialmente habla de poesía de una manera a veces desgarradora, punzante como esos ojos tajados como lápices, los que ven “el tiempo futuro de la vida”:

Desde los tres años estoy haciendo poemas 
y ya tengo el doble 
llevo tres y años y ya estoy cansada 
Tú me comprendes 

Esta reflexividad que en definitiva es asombro frente a la poesía como forma fija extraída de un fluir vital la encontramos también en las palabras atónitas y socarronas del Gigoló:

Repítame
lo que he escrito
hasta ahora
que yo no puedo haber hablado
con esa letra.

El método mismo de escritura de ciertos poemas de María de las Estrellas resulta revelador. A veces parecen formarse bajo nuestros ojos a medida que los leemos e interpelarnos personalmente desde su concentrado candor. Esos poemas, a menudo muy breves, están marcados por una forma de oralidad. Y es que algunos de ellos fueron, como lo eran los de Hilda Conkling, frases que María decía y que eran condensadas en escritura. El poema es vivido como límite: estos textos son poemas hablados, en un estado hipnagógico, “charco de babas” recogido por el otro en la “mesa del poeta” (Jotamario Arbeláez haciendo de escriba), como lo explica la niña en el prólogo del Mago

Al límite de la consciencia, de lo personal y lo colectivo, del yo y del otro, de la verdad y la mentira, del más allá y del más acá, del adulto y del niño, de la letra y de la voz, se halla la poesía. Esa “línea mortal del equilibrio” de la que nos hablaba otro gran poeta, fue cruzada por dos niños que jugaron a la poesía con toda la seriedad del mundo.

Afuera

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