“Pizza, birra, faso”: cuando querés escribir sobre “Mank” y sale otra cosa

Gastón Lapaz quería escribir sobre Mank, de David Fincher, hasta que se le cruzó Pizza, birra y faso, la emblemática película de Bruno Stagnaro e Israel Adrián Caetano

Aprovechando el multipolarismo de Netflix, que te lleva en sus pestañas de colores hacia películas-para-ver-en-las-fiestas, podés pararte en el casillero de Mank (2020) o solo picar, y volver a Pizza, birra, faso (1998) junto a los noventa rioplatenses, de más Rolling Stone en papel y menos podcasts inalámbricos. Para cerrar el año, elijo por sobre el mega relato de Mank —y de cómo hacer la peli más majestuosa de la historia contado a través de otra peli más autohomenaje que homenaje que padece la gula del espejo— una historia acá bien cortita y al pie, pero de corazón expuesto y pinceladas de sangre, en la que la fórmula “menos es más” corona cada plano, cada frase, cada sueño. Una historia que es todo lo que nos alcanza para dejar atrás las pandemias del siglo veintiuno: una buena porción de muzarela para salvarse a tiempo.

La historia superficial trata de la vida de cuatro veinteañeros en las calles de Buenos Aires, y de sus queseyós para hacerse de guita y poder terminar sus días más cerca del tridente —imposible— de la porción de pizza, trago de birra y faso de ocasión. Filmada con un bajísimo presupuesto, en un momento del cine argentino escondido, con escenas al borde del ataque policiaco, y sin ninguna esperanza de salas de cine, se convertiría en peli de culto y generaría una calle para Okupas, Tumberos, El Marginal, Un gallo…, etc.

La ciudad tira paredes con el relato, y así funciona con impagable naturalidad la escenografía del centro porteño a las escenas iniciales. La tribu de la calle —que siempre se explica mejor que la del café— nos saca la primera mueca con el Obelisco como fantasía fálica. Pintadas ricoteras y meadas a paredes de afiches políticos, ninguna foto sale gratis, pero todo es minimalista. Todo fluye cortito, no hay necesidad de un gran banquete: es una sola porción de ruidos y luces en descomposición de una ciudad que tiene voz, pero otra voz, una menos pasada por sintetizadores (como tal vez pasa a veces en el cine hermosamente melodramático de Campanella de los 90).

Hay otro lenguaje y otra moral, y la honestidad de la narrativa para no proteger a la calle misma. Los protagonistas se aprovechan —en el código semihumorisitico que plantean ciertos momentos— de un vendedor ambulante —entre otras cosas— sin piernas, para robarle la limosna. Shame (2011) de Steve McQueen dice que no somos malas personas, sino que simplemente venimos de malos lugares (no hay conflicto individual cuando acá es la alta suciedad colectiva la que lo tiñe todo). El infierno de PBF es encantador, pero es el infierno. Nadie reclama un oso de peluche.

Sin gritar muy fuerte ni titular en colores rojos, en esas mismas calles, PBF pone sobre la mesa la delincuencia como cultivo, la policía como último eslabón de un sistema corrupto, el enojo popular como medida de “vínculo”, la falta de esperanza como vehículo, y la vida misma como incertidumbre. Un combo de pequeños casilleros que se entrelaza con la pulsión vital de seguir, tal vez para terminar como solo pueden terminar estos personajes: bien lejos de la pizzería.

Queremos historias así porque existe el riesgo, el riesgo de contarlas y el riesgo de lo que pase al verlas. Mank es un terreno seguro, es la alfombra de Home Sweet Home y el pan dulce navideño, pero estas cosas son barcos sin capitán y melodías que no dejan de tocarse como en una pesadilla. La película termina y la calle está ahí afuera, en los 90 y en Buenos Aires, y acá y en París ahora. Como uno de los personajes que padece el robo en el taxi, vivimos entre los que están yendo a tomarse “otro” avión, y los que están “aterrizando” bajo el puente. En el medio, ¿la religión y el arte? La bolsa de Santa Claus o esa birra bien fría.

En cada esquina de PBF está una mujer disfrazada de la Pradón, el anhelo de las vedettes de los 90 es democrático y también pueden jugarlo los pibes de la calle, que creen que el pago de un cubierto a cincuenta pesos les permite luego llevárselos. Es que en la calle está la infancia del sistema también, por eso este relato tiene lo cruel pero también lo bello de esa ingenuidad de vivir debajo del río del puente, y no respirar. Y en cada rincón de la ciudad también está la búsqueda, todos queremos el mismo fuego, todos precisamos quemarnos de algo. Acá buscan un diente de plata perdido, unas armas escondidas, el billete refugiado en el calzoncillo y, claro, está el amor.

Como en La La Land (2016), pero a contraluz del Riachuelo, corre amor en el estado más puro de todos. No bailan jazz con los paisajes luminosos de Las Vegas, pero nos atraviesan las venas con una escena del Cordobés llevándole algodón robado a su novia embarazada: “me dijeron que vas a empezar a chorrear”. Hermosa fotografía portuaria con la pareja de la mano y la ilusión de salvarse, de viajar, de cambiar, de jugar a otra cosa. Con el mejor final hollywoodense, pero me gusta que la historia salve sus héroes, al menos para la pantalla. El destino irremediable no puede ser cambiado, pero al menos hay un robo exitoso, un bolso con dinero, y un barco al Uruguay. Por más que es falsa, la fotografía final podría ser la de un par de amigos que, a costo de dejar de disfrutar su pizza tranquilos, aventuró las calles porteñas para cumplir una promesa (casi como Mank Mankiewicz, ¿no?).

Afuera

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