Historia de lo que pudo ser: sobre “Shirkers”, de Sandi Tan

Shirkers: la película perdida, que recupera el proyecto de juventud de la cineasta Sandi Tan (1972), en la mirada de Clara Vázquez Vila

Es común escuchar hablar en el mundito de la cinefilia de la cantidad de proyectos cinematográficos famosos que nunca vieron la luz. Lo dice Taylor Swift en la primera canción de su aclamado disco folklore: las mejores películas de todos los tiempos jamás fueron hechas. Hay programas de televisión, podcasts, cuentas de Twitter y cientos de artículos en revistas dedicados exclusivamente a todas esas producciones que por alguna razón no llegaron a realizarse. Puede parecer un capricho, como espectadores, dedicarle más de dos segundos a ese pensamiento, considerando todas las grandes obras maestras del cine que sí existen y no nos da la vida para ver, pero ¿por qué no satisfacerlo por un ratito y abandonar el presente para sufrir y soñar con las posibilidades que nunca veremos? Cualquier película tiene el potencial de ser perfecta cuando no existe: antes de todas las decisiones que se pueden tomar, antes de los errores que se pueden cometer, básicamente, antes de chocarse con la realidad.

Encontré Shirkers: la película perdida paseando por Letterboxd y estuvo dos años en mi lista de películas para ver hasta que me la crucé en Netflix el mes pasado y la vi. El título, reminiscente de aquel cuento de Felisberto Hernández que me obsesionó durante años, anticipa su pertenencia a un subgénero fascinante del documental: directores que luchan contra las limitaciones de la memoria y el paso del tiempo para rescatar entre su propio material la historia que quieren contar. Como en El caballo perdido, el director devenido en narrador —y personaje, incluso— trata de develar los secretos ocultos entre sus recuerdos, intenta reproducirlos perfectamente buscando explicaciones. Esta empresa imposible lo enfrenta al peligro de vivir en el pasado, ve cómo sus recuerdos se van transformando, y con ellos él mismo, pero encuentra un ancla al presente en el deseo de escribir —o en este caso de hacer cine, documentar, dejar un rastro, un relato, un testimonio—, y es eso lo que le da el sentido que buscaba. 

En esta película de 2018, Sandi Tan, una cineasta y escritora nacida en Singapur, cuenta la historia de Shirkers, la película que escribió y protagonizó a los 18 años, pero nunca llegó a editar. La historia de Shirkers es también la historia de Georges, el enigmático profesor de cine de Sandi, que además de ser su mejor amigo en esa época, dirigió la película y luego desapareció con todo el material. Veinticinco años después, Sandi recupera las latas de película que conservaban su proyecto en perfecto estado, pero no las grabaciones de sonido correspondientes a las imágenes, que jamás aparecieron. A través del documental, Sandi intenta recomponer las piezas revisitando el material, recordando su juventud, reconectándose con el resto del equipo y siguiendo el rastro de Georges a través de Estados Unidos. 

Shirkers iba a ser la primera road movie de Singapur, la próxima gran película independiente que sacudiría una sociedad estricta y marcada por la censura. En un país con tan poco cine doméstico, donde estaba todo por decir y filmar, Shirkers iba a cambiar el panorama por completo. Era el trabajo de tres jóvenes apasionadas y desafiantes, dispuestas a pelear con la academia y con quien fuera necesario para ver y hacer el cine que querían, cueste lo que cueste (al punto de crear un sindicato clandestino de grabadores de películas en cassettes para poder ver Blue Velvet, como cuenta la directora). Shirkers iba a llegar a Cannes, iba a ser la mejor película filmada en Singapur hasta entonces, o al menos ese es el relato que Sandi Tan construye en el documental a través de las imágenes de la película y los testimonios de los actores y el equipo técnico.  

Teniendo esto en cuenta, y aunque puede que sea cruel pensarlo así, en cierta medida debe haber sido un alivio para las tres mujeres encontrar el material tantos años después y no tener el sonido. No deja de ser devastador, por supuesto, tratándose de la gran obra de sus vidas, pero la realidad es que Shirkers era la película de Sandi, Jasmine y Sophie, las tres adolescentes que la idearon, la produjeron, y la filmaron a principios de los noventa. No es la película de las tres mujeres que la encontraron tantos años después, cuando ya se habían dado por vencidas y creían que nunca iban a saber qué pasó con esas 70 latas de fílmico. ¿Tendría sentido intentar terminar el proyecto después de todo? ¿Sería posible siquiera, o relevante? ¿Con qué ojos, con qué criterio editaría Sandi ese material? Podría intentar ser lo más fiel posible a la idea original, esforzarse en imitar la mirada de la Sandi que la escribió y filmó hace tantos años, pero sería demasiado inocente querer despojarse de todo el conocimiento que adquirió después, de la mirada que maduró no solo gracias a los años de experiencia en el cine y en la vida misma, sino por todo lo que vivió a partir de la desaparición de Georges. ¿Cómo separar el dolor, la frustración y el enojo de esos años de su juventud que por tanto tiempo quiso enterrar en su memoria? Más allá de los archivos de audio, fueron el tiempo y las circunstancias los que hicieron de Shirkers una película imposible. 

La ausencia de los archivos quizás hace más fácil aceptar la imposibilidad de la película, descarta de entrada la posibilidad aparente de un montaje que sea fiel a la idea original. El documental es la manera que encuentra la directora de hacer algo al respecto de todas formas: Shirkers puede ser imposible, pero a partir del material y la historia, las posibilidades de que no muera allí el proyecto de su vida son muchísimas. Hacer el documental es abandonar el mundo de ideas posibles, arrepentimientos y “what-ifs”, es dejar de tener un montón de cintas juntando polvo en un cuartito para devolverle la vida al material y darle sentido contando una nueva historia. Es la manera de hacerse cargo del pasado renunciando a vivir en los recuerdos de la película que no pudo ser. Así, Sandi Tan encuentra las respuestas que no tuvo en veinticinco años, encuentra la forma de que Shirkers vea la luz.

Afuera

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