Eloísa mientras tanto: sobre “Aún soltera”, de Dani Umpi

El debut de Dani Umpi (1974), leído por Mariana González

Aún Soltera es la primera novela de Dani Umpi, editada por primera vez en 2003 por Eloísa Cartonera, y en ella el autor exhibe ya su particular talento para crear personajes guiados por una pluma con la plasticidad necesaria para dejarlos ser sin juzgarlos, para permitirles llevar las riendas de sus propias historias, que son narradas a través de voces tan frescas como genuinas.

En este caso, la de Eloísa, una mujer de 40 años que se cree vieja pero se siente una niña. Luego de pagar sus deudas al Clearing de informes, está decidida a dejar la capital para irse a vivir a Piriápolis, a comenzar de nuevo en la casa que era de sus padres, que ahora es suya y hace tiempo no visita. En el viaje en ómnibus comparte asiento con una joven que mira de reojo la revista Semanario que Eloísa compró en la terminal. La atención de Eloísa se divide entre las páginas de la revista que muestran las tendencias del verano y el exterior que se filtra por la ventana y la mantiene en un estado de ensoñación activa. Ella quiere abarcarlo todo. La nueva malla de la temporada, el cuerpo de la modelo que la luce y la juventud de la chica de al lado. Los carteles publicitarios que retratan una vida convencional que a ella le ha sido esquiva van quedando atrás y fantasea con que puede pintarlos de blanco. 

Eloísa quiere demasiadas cosas y mientras tanto el tiempo pasa y la vida parece pasarle por el costado. Por la ventanilla se cuela el viento “ es una de las pocas cosas de este mundo que me hace reflexionar y sentirme una mujer profunda y observadora. Cuando hablo del viento hago comentarios lúcidos y trascendentes, con voz de Teté Coustarot”. Eloísa siente una conexión especial con el viento y, a lo largo de la novela, las referencias de la narradora a las formas que va tomando y su interacción con ellas funcionan como alegoría de lo que sucede en el universo del personaje. Al llegar a destino, Eloísa nota que la joven dejó su Diario íntimo en el asiento. Eloísa lo toma, lo guarda y se lo queda: lo roba. Baja del ómnibus y está en Piriápolis, donde transcurrirá la historia de Aún Soltera.

Al igual que sucederá en sus novelas posteriores, el autor parece marcar el designio del personaje ya desde el propio título. Aún: la espera, lo que separa la realidad de lo que está por ser. Aún adquiere su sentido por lo que no es. Desde el comienzo de la novela Eloísa parece vivir en una sala de espera rodeada de revistas Semanario donde puede desear objetos que la acerquen un poco más a la vida de verdad, la vida de los demás que ella mira vivir.  El deseo de ser otra aparece representado en la recurrente figura de Teté Coustarot, la efigie de una vida idealizada que ella solo puede contemplar desde los márgenes. Soltera: La vida adulta que parece serle negada a las mujeres que no están casadas. Las que son señoritas. Las que, en sus palabras, todavía no nacieron:

“A mi edad la mayoría de las mujeres ya están divorciadas, recostadas en sus camas de dos plazas con un teléfono en la oreja, conversando sobre viudos con sus nuevas amigas, acariciando un gato, intercambiando dietas lactovegetales o tomando sol con lentes supermodernos. A mi edad la mayoría de las mujeres viven esperando que llegue el fin de semana para tomar un taxi rumbo a algún pub de esos que no sé dónde quedan. A mi edad la mayoría de las mujeres están deshidratándose con gimnasia aeróbica y sintonizando rankings para aprenderse los nombres de los nuevos intérpretes y poder comentar con propiedad que los boleros cantados por Luis Miguel son mejores que sus versiones anteriores. A mi edad la mayoría de las mujeres dejan a sus hijos con sus ex esposos y salen solas a bailar, con una caja de preservativos en el bolso. A mi edad la mayoría de las mujeres piden ropa prestada a sus amigas o sus hijas, decoran sus casas y hacen tarjetas personales con su nombre de solteras. A mi edad todas reviven. A mi edad yo ya estoy vieja y aún no he nacido.”

Eloísa siente que algo la diferencia de la mayoría de las mujeres de su edad. Piensa en ellas, se las imagina, adivina sus deseos y los objetos que las rodean. Desde afuera puede describirlas a la perfección, como si describiera la imagen de una revista o personajes de una película. Estas mujeres, divorciadas, reviven. Eloísa lo presenta casi como una conclusión natural: se divorcian, vuelven a salir, vuelven a pertenecer, vuelven a desear, vuelven a usar sus nombres de soltera; reviven. Pero para revivir hay que haber muerto. Y allí estalla la complejidad de este personaje que, a la vez que desea la vida de la mayoría y lo que se supone que ello conlleva, se topa con que en ese deseo de ser a través de otro yace el deseo de muerte.

En Piriápolis la recibe otro viento que llega “de repente, en forma de brisa, colándose con dificultad entre las casas para terminar, envolviendo, invadiendo todo, completamente”. Mientras intenta habitar un hogar que no sabe si denominar “mi casa” o “el chalet”, Piriápolis, con esa extraña familiaridad de un pasado que no le pertenece, que no la necesita, se convierte en el escenario propicio para que entre girasoles artificiales, enanos de jardín y la música de Piero y Rafaella Carrá (los epígrafes de cada capítulo pertenecen a canciones interpretadas por la italiana) encuentre en otros lo que cree que le falta. En esa sala de espera con estética camp, Eloísa se encuentra con Kiwi, una peluquera travesti que peina a domicilio, y Elisa, la chica cuyo diario arrebató en el ómnibus y lee a hurtadillas.

Ellas dos, también atrapadas en un loop de espera de aquello que nunca va a llegar mientras ven pasar todo lo que pudo haber sido, se van colando de repente, en forma de brisa, en la vida de Eloísa. Ella, mientras tanto, se va colando en ellas entre objetos que va robando de a poco, como el diario íntimo de Elisa, o las pelucas, lentes de contacto, maquillaje que ella cree que hacen de Kiwi la mujer que es hace dos años. Ella roba cosas y no sabe por qué. Intuye que algo le fue robado y no sabe qué.

Eloísa compensa esa falta tomando lo que no le pertenece y entrometiéndose en las cosas de los demás. Y es en ese “estar entre” – entre extrañeza y familiaridad, entre un pasado que no fue y un futuro que no llega, entre ciudades y balnearios, entre su casa o un chalet, entre estados civiles, entre ser una vieja y una niña, entre los sueños y la pasividad, entre las fantasías y la resignación, entre el deseo a la vida y el deseo de muerte – que Eloísa puede encontrarse y devolverse lo arrebatado.  

Si con el título Umpi marcaba el conflicto central del personaje, lo contenido parece ser la creación de un terreno fértil en el que pueda encontrarlo, atravesarlo y, si es posible, resolverlo. Y es a partir de la tragedia final de la que solo ella sale indemne, cuando la muerte también la pasa por el costado, que se permite habitar el espacio donde finalmente puede encarnar su designio. 

En definitiva, Aún soltera es un viaje de autodescubrimiento transitado por el borde. Es sobre la apropiación de ese espacio que parece relegado a aquellos que quedaron afuera. Es sobre encontrarse en otros (ya sean Kiwi, los jóvenes o Teté)  solo para, en última – y en primera- instancia, dejarlos caer. Es sobre descubrir el deseo, tomarlo y soltarlo al precipicio de lo imposible. Sólo allí, con las manos vacías, Eloísa se deja envolver por el viento y es Teté Coustarot. 

Afuera

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