Besos y caricias: sobre “Sólo te quiero como amigo”, de Dani Umpi

Isabel Retamoso escribe sobre Sólo te quiero como amigo, de Dani Umpi (1974)

Era la primera vez que íbamos a una librería juntos. Fue el primer regalo que me hizo. Buscamos el libro por la sección de literatura uruguaya; no estaba ahí. Encontramos primero la edición de Blatt & Ríos, la que tiene el oso de peluche prendido a un corazón rojo, pero él dijo que esa no. A mí me daba lo mismo. Quería salir de ahí. Sentía que estábamos atormentando a la pobre librera. Y él miró hacia arriba y lo vio, el lomo azul. La librera se trepó a la escalera y siguió las indicaciones que le daba a los gritos, mientras yo hundía la cabeza  en la campera cual tortuga en su caparazón, hasta sacar la edición de Interzona, toda azul, sobria, plumas en la tapa. 

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Sólo te quiero como amigo fue originalmente publicada en 2006. Narrada en primera persona, cuenta el después de una separación, cuando le queda al personaje principal intentar unir los restos del recuerdo o desintegrarse en el rencor. El tono es firmemente coloquial: no hay grandes giros, y es un gran monólogo interior en el que el protagonista parece estar estancado. Las referencias son engranajes de la propia neurosis obsesiva, repitiendo palabras —critters— cada vez que se encuentra ante una situación que lo abruma, volviendo siempre sobre sus errores, su estupidez, su falta de estilo. Una parálisis constante. Una parálisis no solo imaginaria sino también física: cada vez que tiene que hacer algo, enfrentarse a una situación, se queda quieto, no puede hacer un gesto. Ni cuando ve a su ex abandonarlo con otro hombre, ni tampoco en sus frustrantes encuentros sexuales, en los que parece ser un muñeco que recibe besos y caricias. Y esas pocas veces en que sí logra un movimiento son también neurotizadas: se siente ridículo, ajeno a sí mismo. La parálisis parece ser el estado por excelencia: paralizado ante la vida que se escapa de sus manos, paralizado frente a su propio deseo.

Al igual que en Miss Tacuarembó, donde Natalia, la protagonista y narradora refiere constantemente a marcas de perfumes, en Solo te quiero como amigo abundan las referencias pop enmarcando la novela en una época y lugar muy puntual: Montevideo a comienzos del 2000. El narrador está en tensión con el ambiente gay: a pesar de frecuentar boliches parece sentirse siempre fuera de lugar, no conectar con la estética y los intereses de los amigos de su novio, los verdaderos modernos, y por eso caer en pose. Mecano, David LaChapelle, Kate Moss, Tinelli y los diseñadores gráficos. Y el protagonista que, en una constante repetición, solo escucha Bebel Gilberto. 

Como en una telenovela, hay un gran despliegue de picos dramáticos: el ataque de ansiedad de Juancho luego de tirar la licuadora por la ventana, el momento de quiebre de la fantasía de Gonzalo en medio de un boliche, la aparición casi mágica de Gaby Bex como hada madrina. Es también algo intrínseco al texto: el libro entero se sostiene en la premisa de la separación, donde el protagonista, en lugar de ser un héroe trágico de una telenovela, parece ser más bien los despojos de algo levemente patético y cerrado en sí mismo. 

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Las plumas de la tapa hacen referencia a uno de los rasgos más distintivos del libro. Dentro de la repetición de ciertos tópicos—lo pop, Brasil como utopía—lo que destaca este trabajo es la presencia constante de las aves, sobre todo los tordos. 

Se puede pensar la novela de Umpi como una reformulación del nativismo o un nativismo pop, por la proliferación de animales y la contemplación que hace de ellos el narrador: abundan ácaros, tábanos, larvas, cotorras, gatos, horneros y teros místicos y la presencia del tordo, con su simbolismo particular. El tordo, ave parasitaria que pone sus huevos en nidos ajenos, con sus crías hambrientas y ruidosas que devoran los alimentos que recoge la madre del nido usurpado es, según la hermana del protagonista Inessa, Juancho y sus amigos, que usurpan el espacio del protagonista. Pero podría leerse también como el propio protagonista, que luego de la separación establece un vínculo con Vilmack, la madre de Juancho, al punto de sugerir que el trato que recibe de ella es más cercano que el que comparte con su verdadero hijo, en espejo con esa cría de tordo que se alimenta de lo que la madre hornera lleva a su nido. 

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Como en Un poquito tarada y en la música de Umpi, Brasil aparece como la posibilidad de algo más. Es más ajeno que Argentina, es de verdad lo otro: otra lengua, otros paisajes, otros ritmos. La partida a Brasil es la posibilidad de reinventarse. De empezar a existir por fuera de la historia de Juancho y de su vida con Juancho, por fuera de las otras posibilidades de amor. Curitiba, esa ciudad súper moderna donde toman cócteles de camarones y salen a caminar por la playa cierra el final feliz de una novela que narra el estancamiento en lo cíclico de la cotidianeidad. Brasil es la utopía, la liberación del recuerdo.  

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Lo empecé a leer en el ómnibus, habitada por una ansiedad intolerable, después de acompañarlo hasta Río Branco. Desesperada, encontrando algo nuevo, algo próximo a mi adolescencia y a esa desesperación dramática de grandes declaraciones de amor y llantos que quiebran la caja torácica. Algo próximo en lo propio de la lengua, en la neurosis, en las referencias espaciales. Reconocible y al mismo tiempo tan perfecto, en sintonía con una forma de contar el mundo ajena a los enclaves realistas más tradicionales, sino vibrante, lleno de diversión y crisis y dramas y un sentido del humor natural y sin fisuras, sin mayores pretensiones que las de ser fantástico. 

Afuera

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