Cualquier pavada puede indicarte cómo es todo: sobre “Un poquito tarada”, de Dani Umpi

Un poquito tarada, última novela a la fecha de Dani Umpi (1974), en la mirada de Mateo Arizcorreta

En Un poquito tarada (2012) —su cuarta y, al momento, última novela— Dani Umpi recarga los aspectos más característicos de su obra narrativa previa y los hace explotar en un relato más extenso y complejo, con el que llega más hondo que nunca en en sus estudios de personaje y ejercicios de estilo.

La narradora-personaje de Un poquito tarada es una veinteañera de Villa Ballester (Provincia de Buenos Aires) que viaja por San Pablo, Potosí, Punta del Este y Las Vegas detrás de una pesquisa familiar muy concreta que se va comprendiendo recién superada la mitad del libro. Al mismo tiempo, reconstruye su infancia y adolescencia, mientras desarrolla morosamente a personajes secundarios que son fundamentales para concluir la búsqueda, principalmente Diego Muniz, su padre y Valeria Ache, la pareja de su padre. Además del conflicto padre-hija que estructura la novela, los temas que rigen Un poquito tarada son lo esotérico, la numerología, el tarot y el azar, tanto en sus variantes más puras como en las más mercantilistas.

Sin embargo, si algo quedaba claro en las novelas previas de Umpi es que temas y tramas están siempre supeditados a dos aspectos cruciales: por un lado, las estilizadas voces de sus narradores en primera persona que simulan un registro oral ordenado y son esculpidas al detalle para volverse familiares (aunque sin esconder su afectación performática); por otro, la perspicaz mirada de esos mismos narradores, que van erigiendo la realidad del texto desde una tensión no resuelta con sus lugares de origen, y que desde ese extrañamiento manifiestan una capacidad de observación punzante, que puebla las páginas de comentarios sagaces.

En cuanto a la voz, si bien cada narrador tiene un registro particular —la tonalidad señorial de Eloísa en Aún Soltera (2003), la inflexión más aniñada de Natalia en Miss Tacuarembó (2004), la voz más insegura y adolescente del innominado narrador de Solo te quiero como amigo (2006)—, los tres vocalizan el fluir plástico de personajes en constantes melodramas, que pendulan entre los vaivenes emocionales del discurso amoroso de la cultura popular. En ese sentido, el matiz diferencial de la voz de Un poquito tarada estriba en su carácter hiper acelerado y certero, que dota al relato de un vértigo arrollador. Véase como ejemplo este párrafo que describe el reencuentro de la protagonista con su amiga Mica, a quien no veía hacía largo tiempo:

Se baja de un taxi. Pobre. Está muy gorda. La vereda está en desnivel. Necesita apoyarse en la puerta y la pared. No quiero verla así. El calor hace reventar los sapos. Mica me ve y se detiene. Pausa. La telepatía vuelve a unirnos y el pecho me estalla en tres latidos secos. Es así. Mi corazón quiere reubicarse. Tropieza. Se me cierra la garganta y dejo de producir saliva. Las venas se enredan como un ovillo de lana, un ovillo de telarañas. Ya no escucho la música. Quiero respirar hondo y no lo logro. Me reseco. Llevo la mano al pecho. No puedo creer que me vuelva el pánico. No entiendo mi cuerpo, por qué reacciono así y sigue. Mica se acerca sin sonreír. Todavía le queda distancia. Es un fantasma de bajo presupuesto. Tiene un vestido floreado de señora pobre y zapatillas de basquetbolista.

Como se aprecia, más que una mera compresión de las oraciones, Umpi realiza un apabullante trabajo con el ritmo, con la finalidad de que el fraseo agitado revele el alma de la ansiosa narradora. Este trabajo es más notorio aún al cotejarlo con una escena similar de Aún Soltera, en la que Eloísa presencia la llegada de la madre de su nueva amiga a Piriápolis:

Llegó el ómnibus. Se detuvo y los tres autos de jóvenes se fueron. Se abrieron las puertas y un bullicio insoportable de niños histéricos bajó apelotonado entre codazos y palabrotas; era un club de baby fútbol que viajaba con sus respectivas madres y directores técnicos. “¡Alguien se olvidó esta bandera!” gritó la mamá de Elisa, mientras bajaba con una especie de pancarta roja y un bolso de mano nacarado. Se acercó a nosotras y abrazó ligeramente a su hija. Era una señora en todo el esplendor del término; una señora aún sin terminar que llevaba una gasa cubriéndole la nariz, recuperándose de su última cirugía estética. 

En ambos fragmentos los detalles menores de la escena (“un vestido floreado de señora pobre y zapatillas de basketbolista”; “una especie de pancarta roja y un bolso de mano nacarado”) son los puntos de apoyo para arribar a una conclusión axiomática sobre el personaje en cuestión: “Es un fantasma de bajo presupuesto” en un caso; “una señora aún sin terminar” en el otro. La diferencia está en cómo en este párrafo de Un poquito tarada, y en todo el texto en general, se suceden oraciones muy breves que describen acciones precisas, acotadas por oraciones aún más lacónicas que segmentan segundo a segundo la acción (“Pausa”, “Tropieza”, “Me reseco”). En este entramado, Umpi prescinde de conectores y subordinadas, mientras que las comas parecen existir solamente para señalar enumeraciones. También se reducen los verbos que median las acciones (miro, observo, pienso, etc.), tan presentes en sus anteriores trabajos, y se pasa a referir los hechos sin más rodeos. 

Todos estos elementos logran acompasar las apresuradas andanzas de la narradora y hacer más inmediatas y visuales las escenas. A su vez, el arrojo de la protagonista aleja al relato del tinte de novela íntima de los anteriores trabajos de Umpi, y lo acerca más al de novela de aventuras cargada de peripecias. Si Eloísa en Aún Soltera robaba un diario íntimo con culpa o entraba a la casa de la madre de su ex amiga fallecida con cierto recato, en Un Poquito Tarada ella directamente usurpa la identidad de Mica, su mejor amiga; si Miss Tacuarembó era una huída en escalas de un pueblo chico, hacia otro un poquito menos chico donde apenas podía llevar una vida distinta a la anterior, en Un poquito tarada el mundo es el destino; si en Solo te quiero como amigo el narrador reconocía la necesidad de inventarse un mundo propio, en Un poquito tarada ella arma y desarma mundos propios cuantas veces sean necesarias y hace que los demás los habiten con naturalidad.

Para lograrlo hace uso de una capacidad casi androide de observación. En tanto que la voz marca el tempo de la narración, la mirada que despliega la narradora es la que va pintando los escenarios exteriores de la novela. Pero más que experimentar su entorno, parece escanear las cosas, para de inmediato diseccionarlas y clasificarlas. De esa forma, cada objeto, gesto, vestimenta o mero silencio que circula a su alrededor se vuelve un indicador obvio de algo macro: un regalo (“¿Qué se puede esperar de alguien que para el día de tu cumpleaños te regala una piedra? Nada. Muy piscis.”), un electrodoméstico (“Para vivir no necesitaba más que una Nespresso.”), una cualidad física (“Se creía por encima de todo pero era casi enano”), un artículo de moda (“Aún no se habían puesto de moda los tiradores, ni usar bigote, ni los lentes de nerd. Un nerd era un nerd, o sea, un imbécil. Se veía venir el flúo. Estaba todo por inventarse. Pre Big Bang”), el diseño interior de una habitación (“[P]aso a una segunda habitación más grande e innecesaria que la anterior, con cuadros de colores plenos de casas de decoración, sofás de cuero sintético y pufs muy dos mil y algo que hicieron que cada casa pareciera un pub de diseño. Una casa estancada.”)

“La gente es así” es el estribillo que intercala entre cada una de estas sinécdoques recurrentes. El conocimiento pormenorizado de cada tipo de gente se convierte en su kit básico para emular a quien quiera, haciendo del disfraz una naturalidad. De esa forma, puede cruzar la frontera con el documento de identidad de su amiga Mica, llegar a una megalópolis como San Pablo donde no conoce a nadie y hacerse amiga en dos minutos de la persona clave para su pesquisa; aprender portugués impostando el idioma de los presentadores de videoclips o leyendo revistas en el Sesc Pinheiros, de donde finge ser socia; generarse una identidad de cero como reseñadora de restaurantes y comer de en los mejores lugares gratuitamente. 

Este mecanismo está exacerbado por el espejo maleable en el que fue modelando su subjetividad desde la adolescencia, que es el de Fotolog, una de las primeras grandes redes sociales, que le permitió forjarse una imagen descartable y reemplazable. A diferencia de los espejos más estáticos y lejanos que marcaban las anteriores novelas de Umpi, como las revistas de espectáculos en Aún Soltera o las telenovelas en Miss Tacuarembó, aquí la protagonista cuenta con una herramienta que le permite perfilar a su antojo cómo desea ser percibida por el exterior y, de esa forma, poder replicar y ser replicada, seguir y ser seguida, mirar a los demás desde una superioridad siempre simbólica, porque en definitiva “la gente es así”, bastante manipulable y un poquito tarada. 

Con gran solvencia, Umpi se las apaña para que esta cualidad que la destaca y le causa constantes subidones de energía (“pensar que, si quiero, puedo llegar a ser dueña de todo esto” afirma mientras se infiltra en San Pablo), sea al mismo tiempo una pesada cruz que carga desde la niñez y que sobresale en accesos de ansiedad en los momentos que cree tener todo controlado. En ese sentido, su estribillo “la gente es así” también subraya una y otra vez la distancia que media entre ella y los demás.

Más allá de que a lo largo de la novela la narradora ya adulta estará siempre en modo nómade, la sensación de extranjería que se va desplegando en el relato es previa. Se trata de una extranjería interior y subterránea que tiñe su percepción de las cosas, o más bien el lugar distante desde el que las experimenta. Abandonada por su padre mientras crecía en una ciudad que le resultaba incomprensible (Punta del Este en invierno), la narradora miraba el pasto de la casa de enfrente con admiración y rabia a la vez. La vecina de su edad era rica, pero más que el dinero, le envidiaba cierta sensación de clase que se transmitía en pequeños detalles, y la insolencia de quien, a diferencia de ella, no debía aprender pequeñeces como leer y escribir, porque su futuro estaba asegurado. “Intentaba copiarle los hábitos que me parecían más finos y civilizados pero terminaba haciendo cualquier cosa, refregándome cualquier tuna en la piel”. Con el tiempo irá puliendo esos aprendizajes, para eliminar cualquier traza que delate el esfuerzo.

Tanto la creación de máscaras como el escaneo constante de la vida de los otros funcionan como mecanismos para desviar la atención y evitar exponer ese doble vacío que, más que dolerle, la avergüenza: el afectivo y el material. Nunca sabremos cómo son sus ojos ni cuál es su nombre real, pero sí veremos a través de ellos y conoceremos los nombres que adopta mientras va en busca de las respuestas que expliquen esa herida de infancia. Con el transcurrir del relato, quizás la obtención de esas respuestas nada cambie y más que una estrategia de desvío hacia el exterior para esquivar el adentro, simplemente suceda que adentro no haya nada. Por todo esto, Dani Umpi logra representar en la protagonista de Un poquito tarada —entre escenas desopilantes, frases divertidas y la aparente superficialidad que barniza su obra—un cuadro agudo de la soledad contemporánea 

Afuera

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