Because I’m a mirrorball: sobre “Miss Americana” y “Dancing with the Devil”

A partir de los documentales Mis Americana y Dancing with the Devil, sobre Taylor Swift (1989) y Demi Lovato (1992) respectivamente, Clara Vázquez Vila reflexiona en torno al documental como forma

El mes pasado, cuatro días después de lanzar su nuevo álbum, Daddy’s Home, Annie Clark (mejor conocida como St. Vincent) subió a todas sus redes el tráiler de una película en la que participa, que se estrenará en setiembre de este año. The Nowhere Inn es un falso documental guionado y protagonizado por ella misma y Carrie Brownstein, la líder de Sleater-Kinney. En el trailer, St. Vincent dice “Iba a ser un documental musical normal, con material en vivo, entrevistas… Quería que la gente sepa quién soy en realidad. Una de las razones por las que estaba tan entusiasmada por hacer un documental era porque finalmente iba a ser la dueña de la narrativa”. Por lo que anuncia el tráiler, la película exploraría lo que sucede cuando esto sale mal y la historia se desvía, cuando la realidad desborda el formato. La idea parece prometedora, considerando la cantidad de documentales musicales de artistas pop que se han estrenado durante los últimos años, y las palabras de St. Vincent resultan muy familiares. Las hemos escuchado en boca de muchas estrellas del pop, y más recientemente (por razones muy distintas) de Taylor Swift y Demi Lovato, dos artistas que en 2019 y 2021 respectivamente protagonizaron documentales sobre sus propias vidas. En el caso de Taylor Swift, Miss Americana, dirigido por Lana Wilson, y en el caso de Demi Lovato, Dancing with the Devil, dirigido por Michael D. Ratner.

Las dos películas están atravesadas por estas ideas un tanto contradictorias sobre de “tener el control sobre la narrativa” y a la vez prometer “decir toda la verdad”. Son cuestiones que siempre están presentes a la hora de pensar en los modos de representación de los documentales y que, de elegir como tema para un retrato, todo buen documental debería cuestionar o por lo menos reconocer su complejidad, cosa que ninguno de los dos termina de hacer. Por el contrario, ambos intentan realizar la operación contraria a través del borrado de la enunciación en casi todo momento. Borrar por completo a la voz enunciativa contribuye en consecuencia a ocultar el discurso y presentar la historia como una verdad absoluta, pero decirlo suena mucho más fácil que hacerlo, y en ambas películas es posible ver a través de estos intentos todo lo que se busca invisibilizar.

I’m still trying everything to get you laughing at me

Miss Americana propone un proyecto interesante: retratar a Taylor Swift como nunca antes, contando la historia de una mujer que al principio del documental reconoce que todo lo que hizo en su vida fue en función de ganarse el amor del mundo y de ser percibida como una buena persona. La película intenta buscar a la persona que se encuentra detrás de esto y se adivina su intención de captar a una Taylor Swift íntima, “verdadera”, que haya bajado la guardia lo suficiente como para dejar de esforzarse por ser perfecta e intachable todo el tiempo, y justamente por esto está destinada a fracasar desde el comienzo. Ella misma lo dice: no puede vivir sin complacer y no puede evitar querer ser la buena de la historia, y por lo tanto no puede permitirse tener un rol pasivo en su retrato. No puede evitar controlar la imagen de ella que el documental quiere transmitir, porque si hay algo que la caracteriza como artista (y lo reconoce ante la cámara) es su capacidad de contar historias. 

El fracaso de la película también tiene su explicación en la propuesta de representación a nivel formal. Para llevar a cabo una idea tan ambiciosa como la de Miss Americana, los recursos y las estrategias que utiliza Lena Wilson no son suficientes, y hasta le juegan en contra. En un documental que no busca presentarse como una verdad absoluta, las situaciones armadas (tanto las que se evidencian como tales como las que lo disimulan) no molestan si cumplen una función en la película y tienen sentido. Son parte de lo que entendemos que es una historia, y, en definitiva, un documental siempre es un relato. En esta película, las situaciones que evidentemente fueron armadas para construir a Taylor como personaje no son convincentes porque, aunque lo disimulen, terminan haciendo evidente el artificio, y por lo tanto contradicen esa intención de hacer pasar este relato como una Verdad con mayúscula. 

A pesar de esto, Taylor Swift logra mostrarse como un ser humano totalmente adorable, incluso con sus contradicciones y sus momentos ensayados, porque ella sí se evidencia como la voz enunciativa del discurso sobre sí misma que construyó. Nos ruega que la escuchemos, que la miremos y le creamos, y muchos vamos a seguir estando dispuestos a hacerlo porque necesitamos sus historias tanto como ella necesita contarlas. Quizás un director o directora con mayor experiencia y carácter podría acercarse más a lo que Miss Americana quiso hacer, podría generar un relato capaz de desafiar a Taylor Swift u ofrecerle una alternativa al mecanismo que desarrolló para vivir como figura pública, pero quizás sea ella misma la única que puede hacerlo. En “mirrorball”, la sexta cancion de su álbum folklore, Taylor canta: “I want you to know / I’m a mirrorball / I can change everything about me to fit in (…) I know they say the end is near / But I’m still on my highest tiptoes / Spinning in my highest heels, love / Shining just for you”.  

La imagen de la bola de espejos ilustra perfectamente lo que el documental deja en evidencia más por sus fallas que por sus aciertos. La música es el ámbito de la vida pública de Taylor Swift en el que se permite ser más honesta y vulnerable, mucho más que en cualquier entrevista, mucho más que en Miss Americana. En la canción puede reconocer que estar constantemente bajo la mirada pública y desear la aprobación del mundo la convirtió en eso: un montón de fragmentos pegados juntos, girando constantemente y reflejando la luz pase lo que pase.

And when I break it’s in a million pieces

En Dancing with the Devil, Demi Lovato y sus personas más cercanas cuentan la historia de la sobredosis que casi no sobrevive en 2018 y su vida desde entonces. Al principio del documental, tanto Demi como varias de las personas entrevistadas se muestran entusiasmadas por contar “toda la verdad”. El entusiasmo de las amigas resulta bastante anticlimático considerando el tema del que van a hablar, y la solemnidad de Demi al respecto. Este es el único momento del documental donde se evidencia la cámara¸ aparecen en cuadro personas del equipo, se ve una claqueta, todo mientras los personajes prometen no dejar nada afuera. En este momento, mostrar el “detrás de escena” es otro intento por hacer pasar el discurso como una verdad completa, pero es imposible olvidar que si hay un cuadro hay un fuera de cuadro, hay un límite que no es arbitrario, hay intención y hay montaje, hay cosas que quedan por fuera del relato. 

Nuevamente, la propuesta formal es muy injusta con la historia y con su personaje principal. En un ochenta porciento se compone de cabezas parlantes dando sus versiones de las cosas, algunas pertinentes y otras totalmente injustificables o por lo menos irrelevantes para el relato. El resto es material de archivo. Además de la búsqueda de la verdad, el documental anuncia que su otro objetivo es servirle de ayuda a Demi Lovato en su camino de recuperación, y más adelante, a otras personas que se encuentren en una situación similar a la suya. En ese sentido también parece deshonesto, porque constantemente surgen intereses particulares desde su entorno que desvían la atención. Por un lado está la intención de “lavarle la cara” a todos los amigos que se encontraban con Demi en la noche de su sobredosis. Por otro está la intención clara de Scooter Braun de construirse como el héroe que aceptó ser su manager cuando nadie más lo hubiera hecho, también para limpiar su reputación de villano preexistente desde que compró los másters de Taylor Swift. Finalmente, y es la intención más burdamente expresada, los familiares y amigos no pueden evitar hacerle publicidad al nuevo álbum de Demi, diciendo que está cantando mejor que nunca y que a su voz le hizo bien el reposo de dos años. Cuando terminan de exponer todos los detalles, cuando pasa el momento de vulnerabilidad y vuelven a sonreír, ninguno duda en recordarnos que a pesar de todo no están dispuestos a dejar ir a la gallina de los huevos de oro, que después de todo sigue siendo la gallina de los huevos de oro. 

Las preguntas en todas las entrevistas parecen quedarse en la superficie de la cuestión, en lugar de adentrarse en lugares más profundos, que quizás hubiera sido más interesante y provechoso explorar. Además, constantemente apuntan a explotar el morbo y hacer un espectáculo de la situación de Demi con su depresión, el abuso sexual que sufrió, su trastorno alimenticio, su relación con su padre y su relación con las drogas. La puesta en escena, desde las locaciones hasta la distribución espacial de los personajes parece ir en contra de la película constantemente. Es muy triste ver cómo Demi Lovato, la persona más expuesta pero también la más atrapante y encantadora de la historia, está casi siempre sola, en espacios diferentes al resto, y mucho más amplios y despojados. Durante las entrevistas, solo en dos momentos aparece junto a otras personas, y no son ni sus padres, ni sus amigos, ni sus hermanas, sino su guardaespaldas y el médico que le salvó la vida. El discurso de los personajes y el de autor (no me refiero específicamente al director porque no quiero pasar por alto el rol de la producción en la construcción del discurso) parece ir por un lado totalmente distinto al de Demi y al que ofrecen todos los elementos de la puesta que sin querer operan en contra de la película. El documental quiere ser más o menos tranquilizador, sus familiares y amigos quieren creer que todo está bien, pero Demi admite que no puede saber eso, y que estar bien es una lucha constante que a veces puede perder. 

I’ll show you every version of myself tonight

Aunque en Miss Americana se hace presente de manera más explícita, ambos documentales dan cuenta de una necesidad de sus respectivas estrellas de complacer a todo el mundo a la vez, estar bien con dios y con el diablo. Como eso aparece temprano en ambos casos, cuando más adelante intentan traer a la conversación cuestiones sociales y políticas parece más un bingo de cosas para quedar bien con los jóvenes progres sin comprometerse tanto como para alienar a todos los fans que piensen distinto. En Miss Americana funciona de manera diferente que en Dancing with the Devil, porque Taylor Swift hace de su vínculo con la política su propio arco de personaje, pero de todas formas queda trunco por su propia tibieza: no puede ir más lejos que pronunciarse a favor de un candidato demócrata y hacer una canción olvidable al respecto cuando pierde las elecciones a nivel estatal. 

Con la preocupación por encontrar una verdad indiscutible, Miss Americana no pudo ofrecerle a Taylor Swift una oportunidad de mostrarse a través de otro lente que no sea el suyo, y Dancing with the Devil no pudo darle a Demi Lovato la autoridad o el control que merecía tener sobre su propia historia. Ambas estrellas se las arreglan para salir más o menos victoriosas, porque entienden y aceptan lo que el mundo espera de ellas. Siguen creando constantemente y reinventándose una y otra vez, mostrándonos cada versión de nosotros mismos, como la bola de espejos que no para de girar aunque el circo se cancele y la discoteca se prenda fuego. 

Afuera

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