«Our Flag Means Death»: el bote salvavidas de la comedia romántica

Clara Vázquez Vila encuentra en Our Flag Means Death una comedia romántica inesperada

Hace tiempo escucho y leo con frecuencia que la comedia romántica murió. Yo misma lo creía y lo he dicho en más de una ocasión, porque definitivamente no falta evidencia que lo respalde. Encontrar una comedia romántica en la cartelera de cine comercial no es fácil: aparece alguna durante la temporada de premios (en el raro caso de ser nominada), cada tanto sale una nueva película de Woody Allen, otras veces alguna de Suar, y eso es lo más parecido al género que se puede ver en cines por meses. Por fuera del circuito comercial es quizás más frecuente encontrar películas que más o menos entren en el género, pero quienes decimos (o decíamos) que la comedia romántica murió no nos referimos al cine independiente, sino a las grandes producciones hollywoodenses, las películas de sábado de tarde como las que crecimos viendo hasta el hartazgo. Dentro del panorama actual, durante los últimos cinco años ¿dónde encontramos hoy lo que encontrábamos en películas como El diario de la princesa, Un lugar llamado Notting Hill, o 10 cosas que odio de ti? ¿qué heroínas románticas ocupan el lugar de Julia Roberts, Meg Ryan, Barbra Streisand? 

En lugar de mirar hacia el presente, hace un par de años empecé a buscar en el pasado. El cine clásico me malcrió, acostumbrándome a comedias románticas que, además de contar hermosísimas historias de amor, produjo excelentes películas, pero, en realidad, no creo que una buena romcom sea necesariamente una buena película. Muchas de mis comedias románticas favoritas lo son porque no pretenden ser obras maestras ni se toman demasiado en serio. No es un suceso extraño al cine en general, pero su capacidad de generar un vínculo emocional con el espectador (conmigo) muchas veces pesa más que la técnica. Me recuerda a la dicotomía futbolera de mecánica de lo trabajado contra dinámica de lo impensado. Aparentemente opuestas, una depende en gran medida de la otra. Lo impensado siempre existe como una posibilidad, pero no se ganan campeonatos dependiendo exclusivamente de ello. De la misma manera, aunque se necesita habilidad y conocimiento del lenguaje cinematográfico para siquiera intentar producir un determinado efecto, a veces una película logra generar ese tipo de vínculo a pesar de sus carencias en aspectos técnicos, y se convierte en un clásico del género. 

A la hora de definir un criterio básico para calificar comedias románticas tomo en cuenta los siguientes elementos: en primer lugar, es fundamental que haya buena química entre la pareja protagónica. Una comedia romántica puede ser excelente en todo sentido, pero si no hay suficiente química entre los actores la historia es muy difícil de sostener. Asimismo, es mucho lo que podemos llegar a perdonarle a una película terrible si la energía entre los personajes funciona. 

En lo que respecta a la historia, el género no exige demasiada originalidad siempre y cuando se logren combinar con destreza los clichés y tópicos. Las comedias románticas ponen en evidencia que no debería ser motivo de angustia que “esté todo hecho”, porque de ciertas historias jamás nos hartamos. Gran parte del confort que ofrece el género se basa en esa familiaridad, la seguridad de ver a los protagonistas al principio de una película y saber que pase lo que pase se van a enamorar. Esto nos lleva al siguiente elemento de vital importancia: la construcción del vínculo entre la pareja protagonista. Una de mis convenciones favoritas de todo el cine es lo rápido que se enamoran los personajes, siempre y cuando se desarrolle con efectividad a través del uso creativo o cuanto menos apropiado de los recursos que el medio ofrece. Un par de gestos, una mirada, un intercambio con las palabras justas: suena muy simple al ponerlo de esa manera, pero hacerlo verosímil y sin forzarlo es un desafío que muchas películas no saben resolver. 

Con la escasez de estrenos (relativamente) recientes que cumplan con estos requerimientos mínimos, estaba casi lista a aceptar el fallecimiento del género. Fue Our Flag Means Death, la nueva serie de HBO Max, la que, por casualidad, terminó por devolverme la fe en la comedia romántica, superando con creces todas las expectativas. Protagonizada por Rhys Darby y Taika Waititi (director de What We Do In The Shadows y Thor: Ragnarok), y co-creada y co-dirigida por Waititi y David Jenkins, la serie dura tan solo cinco horas, repartidas en diez episodios. La historia sigue las primeras aventuras de Stede Bonnet en su vida como el Caballero Pirata, y su relación con el legendario pirata Barbanegra, también conocido como Edward Teach. 

A pesar de estar basada en personajes históricos, la serie no tiene ninguna intención de historicidad: desde el aviso que reza que toda similitud con la realidad es pura coincidencia (¡!), hasta la cantidad de anacronismos que inundan cada capítulo (un personaje usando crocs, otra pintando cuadros en estilos reminiscentes a corrientes que no se desarrollarían hasta siglos después, el vocabulario actual que manejan todos, las referencias a obras literarias e inventos que no existían en 1717, entre tantos más), Our Flag Means Death deja claro que no le interesa retratar con fidelidad los hechos sino cómo los pueden transformar para contar una historia de amor y compañerismo. 

Lejos de buscar un producto perfecto, los creadores se concentran en construir la relación entre la pareja protagonista en función del público al que apuntan y el objetivo de la historia. A diferencia de muchas comedias románticas fallidas de los últimos años, no intentan reproducir un discurso progresista que siempre queda forzado y llega desactualizado (porque no surge de un genuino interés por las experiencias de las minorías a las que quieren dirigirse sin terminar de entender), sino que eligen retratar personajes contradictorios, moralmente grises o directamente reprochables desde el humor y la ternura, con sus fallas y sus vulnerabilidades exploradas y no explotadas, porque no son un simple vehículo para un mensaje. Our Flag Means Death destaca entre las olas de contenido que se estrena cada mes porque conoce y entiende a su público objetivo, sabe lo que nos hace suspirar y lo que hace años estábamos esperando ver. Por esa razón fue capaz de despertar en tan poco tiempo gran fervor entre su público, que ha tomado todo lo que la serie ofrece y lo ha multiplicado por mil en obras de arte gráfico, canciones, y videos. Este fervor es mérito exclusivo de la obra y no de su popularidad, porque de lo contrario producciones de la dimensión de Euphoria hubieran sido objeto del mismo tipo de devoción, y no fue así. 

Con su irreverente flota de piratas gays y la promesa en el aire de más temporadas y el final feliz que queremos y merecemos, esta pequeña serie de HBO se encargó de demostrar que, por desesperanzador que se vea el panorama, la comedia romántica en el audiovisual no murió, ni va a morir. Puede cambiar de formato, de plataforma y distribución, pero sigue encontrando la forma de mantenerse a flote y con la vigencia de siempre.

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