Nona Fernández: una invitación

De un tiempo para acá, feminismo mediante, cada vez que me encuentro con una autora necesito devorar toda su bibliografía. Lo que salió ayer, lo que salió hace diez, veinte, treinta, cien años. En un ritual que borda lo obsesivo voy buscando, cronológicamente, lo que hay publicado, lo que se consigue en Montevideo, lo que está para el Kindle, lo que puedo conseguir prestado. La actriz, guionista, dramaturga y escritora Nona Fernández (Santiago de Chile, 1971), no fue la excepción. 

Durante meses estuve tratando de acordarme cuándo apareció su nombre en mi radar y no logro dar con el recuerdo —la memoria tiene un poco de eso. Sé que el nombre Space Invaders estaba ahí, resonando hace algunos años, anotado como lectura pendiente en alguna aplicación. Sé que volvió a resonar después de que Patti Smith, durante su gira del 2019, compartiera en su Instagram una foto con ella y se declarara fan de la novela.

En el inicio de una cuarentena que nunca fue, de una pandemia que nos agarraba mal parados, volvió el recuerdo de ese pendiente, se prendió, como el marcianito del videojuego, y me hice de todo lo que pude encontrar de Nona. Fui recolectando, como exploradora de lo desconocido, un libro acá, otro allá. Me encerré y leí. Leí ávida, vorazmente. Leí un libro atrás de otro y otro y otro. Leí sin parar. Me hundí en el sillón y me dejé llevar por su prosa. Me angustié y lloré y se me estrujó el alma. También me hizo feliz. 

Mapocho (2002), Space Invaders (2015), Chilean Electric (2015), La dimensión desconocida (2016), así me adentré en su universo. Un universo atravesado obsesivamente por un tema: la memoria. En una entrevista que le hizo Diego Recoba para El País, la autora chilena declara al respecto: “Creo que la memoria personal y la memoria colectiva no están tan separadas. Nuestra historia personal no está desvinculada en lo absoluto de la historia de tu casa, del barrio, de tu región, de tu país, de tu continente, de tu mundo. Por lo tanto si no estamos aislados en el acontecer diario, presente, no lo estamos en el acontecer pasado tampoco”.

Fernández teje sus relatos a partir de esta idea, en una búsqueda de la construcción de la memoria colectiva alrededor de la historia de Chile, y en particular, de la larga dictadura de Pinochet. El mundo de sus recuerdos, de los recuerdos de los otros, de la imaginación, de la realidad y de la ficción que se enredan para dar lugar a uno nuevo, en el que conviven dramas familiares, manitos verdes, dimensiones desconocidas, bombitas de luz, niños de bigotes pintados con corcho quemado y detenidos desaparecidos. Un mundo que nos recuerda que no podemos olvidar.

Luciérnagas en Santiago, por Nicolás Campisi

Algunas de las formas más originales que han adoptado los ejercicios literarios en lo que va del siglo tienen que ver con la arqueología y el reciclaje. No se trata, sin embargo, de la restitución de ruinas románticas, reliquias de un pasado inamovible, objetos que producen un corte radical con la historia, sino, como afirma Gastón Gordillo en Rubble: The Afterlife of Destruction, de ruinas desintegradas que se corresponden más fielmente con la imagen de los escombros: un pasado que nunca deja de pasar, que es parte intrínseca del presente del nuevo siglo. En un momento histórico en que los restos del pasado distante se mezclan con los fósiles posindustriales de las sociedades contemporáneas, la imagen que se impone es la del palimpsesto,: temporalidades que se entrecruzan y piden ser examinadas desde cerca para concebir, como lo hacen los escritores del siglo XXI, una historia alternativa del presente. Seguir leyendo

¿Cómo testimoniar de la ausencia?, por Gisele Amaya Dal Bó

Una de las apuestas de los gobiernos de transición, tras las dictaduras que atravesaron el sur de América durante los años setenta, fue establecer un marco de oposición entre democracia y dictadura. En el Chile de la Concertación, en base a esta oposición se estableció una serie de correspondencias: si la dictadura había sido el mal y la manifestación del conflicto radical, la democracia basada en el consenso y la unión era el bien. Siendo pensada la democracia liberal como lo único que podía conjurar la dictadura y su tendal de amarga memoria, esta fórmula, binaria y tranquilizadora, servía como promesa de un “nunca más”, pero volvía incomprensible, también, aquello que había precedido al régimen pinochetista. Seguir leyendo

Ayuda pueblo chileno, por Leonor Courtoisie

Mi padre me llevó a la primera marcha a la que fui en mi vida, o la primera que viene a mi memoria. Recuerdo que me dio miedo y que la gente vociferaba un nombre o habían carteles con la silueta de un rostro, creo, no estoy segura, porque todavía no sabía leer: tardé mucho en hacerlo, mucho más de lo aparente normal. Principios de los noventas, Plaza Libertad. ¿Quién es ese señor? Pregunté a mi padre. Es un señor muy malo que hizo cosas malas en Chile. Chile, esa fue la primera vez que escuché el nombre del país. Seguir leyendo


La fotografía de la autora que encabeza el texto es de Sergio López Isla.

Afuera

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s